Me desperté una mañana con una sensación asfixiante. Había soñado que el techo bajaba para aplastarme. Me levanté sudorosa y agobiada, y abrí la ventana para que entrar aire. Pero al abrirla, entró una nube de humo gris con aroma tóxico a caños de escape.
Quise tomar un café y salir. Pero con la humedad, la puerta de la alacena se había hinchado y no pude coger ni el café ni el azúcar. Quise tomar leche y estaba cortada. Las galletas estaban húmedas y el queso, mohoso.
En la radio hablaban de empresas cerrando, fábricas y discotecas incendiadas y dirigentes a punto de ir presos. Salir es peligroso, porque pueden asaltarte. Pero quedarte adentro es peligroso, porque pueden entrar a atacarte, o puede explotar todo. Como prefiero que me ataquen afuera para no ahogarme adentro, resolví salir del departamento.
Decidí no ir a trabajar, porque sería sumar opresión a mi sensación de ahogo.
En el corredor estrecho esperé a un ascensor atestado de gente apretada y sin oxígeno. Contuve el pánico porque me asaltó un temor mayor de que alguno de ellos me siga, secuestre y me tenga encerrada en un barril de petróleo. Lo peor era pensar que nadie pagaría un rescate por mí, sino por el barril de petróleo, que sigue en alza. Para no andar sola por la calle , pensé en tomar el colectivo, pero me aterró la posibilidad de encontrarme prensada en una multitud empujando a los gritos de " ¡Al fondo hay
lugar!", cuando al fondo nunca lo hay. Decidí buscar mi coche a la antesala del infierno: un oscuro tercer subsuelo del estacionamiento. Me hundí en la oscuridad de mi pequeño auto, y arranqué tratando de salir cuantos antes .Los otros autos que intentaban
subir la rampa estrecha y oscura hacían cola, como el subte detenido en el túnel. Empecé a sentir taquicardia y me faltaba el aire. Bajé la ventanilla y respiré una bocanada de humo negro. Apenas estuve en la calle, aceleré y huí raudamente por la avenida
a desesperantes 10 kilómetros por hora. Harta del atolladero de tránsito, enfilé para salir a la autopista, donde quedé atrapada en un cuello de botella, que para colmo tenía corcho.
Cuando encontré una salida, dos malabaristas se pararon delante del coche amenazando lanzar clavas en llamas en mi coche. Un joven andrajoso quiso cortarme el pelo por unas monedas. Aceleré al ver unos chicos que venían con un cepillo de dientes y un vaso
de agua, para lavarme los dientes a cambio de "¿monedita, doña?"..
Para escaparme del acoso, me metí en un shopping. Huyendo de las multitudes, me fui a ver una película que transcurría en un submarino que se estaba hundiendo. Sentí que faltaba ventilación en esa microsala con pasillos laberínticos, donde nunca se sabe
dónde hay una salida de emergencia. " Si esto se incendia, es una trampa mortal", me dije. Y huí anhelando ver la luz. Ya era de noche.
Regresé a casa a paso de hombre por la autopista atestada. En la radio hablaban de un accidente de tránsito en cadena : cinco coches, ocho heridos graves, dos muertos . Bombardeo en Irak. Incendio en una fábrica textil. Una canción romántica " Preso
en tus brazos, atrapado en nuestro amor ..." .
Llegué a casa al borde de la asfixia, y encendí el contestador telefónico, lleno de mensajes aburridos de gente que me invitaba a salir de casa para encerrarme en lugares pequeños sin ventanas donde sólo se respira humo ajeno. No me metí en la cama para
no sofocarme y encendí la tele. Vi un reality show donde diez personas encerradas en la misma casa intentan convencerse de que ese encierro vale la pena. Apagué la tele y abrí una revista que comentaba el éxito de un libro que habla de los laberintos mentales
que nos hacen quedarnos sin queso en una cueva de ratón. Abrí el periódico y leí una nota acerca de una película donde unos presos huyen de la cárcel para encontrase con que la libertad es una prisión más dura que la celda, porque cada uno lleva la prisión
en su cabeza. Sentí un vaído.
Estuve a punto de llamar a mi terapeuta y pedirle un turno nocturno de emergencia para hablar de mi sensación de encierro. Pero recordé que tendría que esperarlo atrapada en una consulta de escasos dos metros cuadrados. Allí los pacientes merecen su nombre
porque no se puede hacer otra cosa que hojear revistas viejas que hablan de artistas internadas en un hospital, atrapadas en un set de filmación , viajando en estrechísimos aviones o entrevistadas en mínimos estudios fotográficos, prisioneras de ropa ceñida
y zapatos con dolorosos tacos aguja.
Al vaído se le sumó un ahogo tan grande que corrí a tomar agua Pero la canilla me lanzó un chirrido burlón y solo cayó una gota de líquido de color óxido. Vi todo negro y sentí que me desvanecía.
Mi vida entera pasó delante mis ojos como una película de bajo presupuesto, filmada en un videocassete digital demasiado pequeño. Luego vi un túnel largo, sofocante y estrecho. Sentí que me ahogaba, pero por suerte había una luz en el fondo. Cuando me
acerqué a la luz, esta se apagó de golpe. A duras penas pude leer un cartel que decía "Por desperfectos técnicos, no habrá luz en el fondo del túnel hasta la próxima experiencia cercana a la muerte".
Cuando volví a tomar conciencia, lo supe finalmente: no hay salida.
No podemos escapar de los microcines, los subtes, los ascensores, los cubículos, los consultorios...¡ni de este pequeño planeta! No se puede huir : adonde vayamos nos llevamos a nosotros mismos. No podemos escapar de la realidad con gin tonics, sin que
la realidad nos atormente con espantosos dolores de cabeza a la mañana siguiente.
Así que más vale que nos vayamos haciendo la idea de que no nos queda más remedio que navegar sin rumbo atrapados en una Vía Láctea que se hunde entre soles mediocres encerrados en un sucio cúmulo de galaxias polvorientas, a bordo de un planeta tan deprimente
que se llama "Tierra", que nos tienen atrapados, adheridos por los pies. El periódico de hoy lo confirma: esta noche veremos centellas en el cielo, restos de mugre que nos dejó el cometa Halley en su sucio andar vagabundo por el vecindario estelar.
Desde que sé esto, mi vida cambió por completo: me levanto todas las noches con una intolerable sensación de asfixia, con una angustia atroz, bañada en sudor, aterrada y con una claustrofobia agobiante.
Pero como ya me acostumbré, me importa menos.
Mis lemas son: "Auxilio" y "¡Socorro!".
Ya avisé a mi familia que cuando muera no quiero que me entierren ni me cremen, sino que arrojen mi cuerpo al viento.
Y así vivo: claustrofóbica, pero asumida.