HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
   En Axxón:

No se acobarde
por María Laura Amuchástegui

No se acobarde, madre. No me acobarde. Es sólo una laguna, y tenemos caballos. A más, ahí va el Silverio adelante, por si aparecen traidores los pozos de más hondor. Ya sé que estamos cansadas y tenemos hambre, cuántos días llevamos huyendo, como quien arrea ganado. Pero sigamos nomás, por nosotras, por su hombre y por el mío: tal vez esta esperanza nos haya de salvar. Y no vayamos a darles el gusto de nuestro miedo. No se aleje, deme las riendas, dónde se ha metido este hombre. Por Dios, se hunde y vuelve a aparecer, ahora nos hace señas, venga, socorro, socorro, madre, ya no hacen pie los caballos.

Mariana, Rosa, ayúdennos, mi madre se ha desmayado, aguantó hasta llegar al puente y ya no pudo más. También, hemos pasado las peores horas de sol en el agua, a punto de ahogarnos. Cuántas angustias unas por las otras, y ahora tiembla de fiebre, la mujer fuerte, a ver, ayúdenme a llevarla hasta aquel caserío. Tal vez nos dejen tener algún descanso, en vez de amenazarnos con palos o lanzazos para hacernos marchar. Por suerte sobre nuestras cabezas se abatió un aguacero: que sea otro diluvio. Ya le hice hacer la enferma a una de las señoras para tratar de quedarnos algunos días más. Cada tanto aparecen prófugos gritando que viene el enemigo, y acrecientan nuestra esperanza de que lleguen aquí.

Pero ya nos tuvieron que robar los caballos. Ahí traen una mula flaca sólo para usted, madre, y la orden de no detenernos, de no parar hasta la cordillera. Yo no pude dejar de temblar por la fiebre, y así partimos, de a pie los demás, se acuerda. Aunque algo se me fue de las manos: de golpe pasa corriendo un soldado y me roba un atado de hamacas finas: cuando logran quitárselo se disculpa diciendo que era para que no lo aprovechen los negros. A pesar de todo pude reírme, a veces tienen gracia estos rateros.

Llegamos a la cima, preparamos un caldo, después un sargento nos trajo una carreta de mala muerte y así pudimos seguir viaje, muy enfermas las dos. Se acuerda cuando pasamos casi volando, custodiadas por soldados, como prisioneras, por ese lugar donde el hedor a muerte nos hizo amordazarnos. El camino sembrado de hombres y animales muertos, como el camino del infierno. Se acuerda cuando mandé unos espías adonde los prisioneros para escucharles que nuestros hombres ya no existían. Y antes, cuando me presenté a nuestro cónsul para recibir su palabra de que estaban vivos, y muy bien tratados. Y eso me determinó a quedarnos, a no partir en el barco que estaba a nuestra disposición, por temor de que se ensañaran con ellos.

Pero aquí estamos, madre, depositadas en esta tierra baldía, donde sólo podemos buscar cobijo de la lluvia bajo la carreta. No hay cuartos ni galpones aquí, y yo con esta fiebre. Se acuerda que le pedí al jefe que dejara libres a nuestros sirvientes de acompañarnos o no, y no lo quiso, y ahora el Silverio tiene las piernas destruidas por la sarna. Así que me voy a buscar lo que halle para llevar a las bocas, en esta mula que se bambolea a cada bulto del terreno, y a cada sacudón de mi fiebre.

Recuerda ese lugar de espanto donde los sargentos nos querían obligar a ir al monte a cortar palos para hacer catres: pero me resistí, madre, como me resistí a creerle al cónsul a quien le dije palabras sangrientas antes de partir. Hasta el juez me fui también y me quejé de la brutal demanda de la soldadesca, aunque sólo logré que me llamara al orden, a la obediencia debida.

Se acuerda de ese remanso que duró unos meses, cuando paramos en la casa de aquella campesina, mujer sin hombre, también, a cuyos hijos enseñé a leer y a escribir. La ayudaba por gusto en sus tareas, recuerda, y se portó con nosotras tan cortés, generosa, una dama del campo, a pesar de lo poco que había por compartir. Nuestra sirvienta, en vez, se fue a buscar la vida por su lado, no soportaba comer porotos y comer sin sal. Qué habrá sido de su alma.

Pero después hubimos de seguir la peregrinación hacia ninguna parte: llegaron tropas muy enfurecidas a darnos órdenes, de que debíamos seguir huyendo, a como diera lugar. Los negros, nos persiguen los negros, sólo les oía decir. Tuve que hacer tantas leguas a pie, se acuerda, yendo adelante para que usted no cayera en los pozos, hasta perdí un botín y después el otro, seguí en medias, como mejor pude. En el nuevo destino nos exigían trabajar la tierra, hasta de noche, y nos dieron un sermón, un comandante, y el padre cura: que la que no obedeciera, ya era mujer muerta. Y nos amenazaban, los soldados, y me parecieron tan ridículos que me largué a reír, se acuerda, y uno de ellos me puso la carabina en la cabeza, a ver si entendía de una vez que la cosa venía en serio.

Y el consuelo de la amistad, también. Nos hicimos inseparables con Mariana, a quien ofrecí compartir una sopa, se acuerda, y en una de las marchas forzadas nos custodiaba un sargento que no quería perdernos de vista. Ha de haber pensado que éramos gente importante, porque hasta nos permitía descansar cuando se lo pedíamos. Y sólo por molestarlo nos escondíamos en el monte para reírnos si nos buscaba.

Pero empezó el hambre brava, madre, y a pesar de que conservábamos algunos bienes no había con quién canjear. De pronto abortó una burra, y les dije: aquí tenemos comida, en mi país se come este animal. No le dejaron nada, ni el cuero ni las patas, y es que allí, aun sin hambre, les gustaba el nonato. Ni Mariana ni usted lo soportaron, no podían ni mirar el cocido, pero yo comí, es que quería seguir viva, madre. Viva para encontrarlo a mi hombre. Con el corazón en la boca comí: me tocó en suerte el corazón del burro. Y a cada rato gente huyendo y diciendo que ya llegaba el enemigo, ya llegaban los negros, y nosotras dejando crecer la esperanza. Con Mariana nos escondimos en un montecito a ver si nos perdían de vista, pero la gente venía por todas partes y nos arrastraba en esa corriente sin fin, se acuerda.

Cómo que no recuerda que se deleitaban comiendo nonatos. Si abundaban en las mesas en aquella celebración de la fiesta patria, donde las señoras competían en imitar la moda francesa, con la exhibición de toda su fortuna en sus cuellos: cuellos oprimidos de arriba abajo con cadenas y rosarios de oro macizo. Que no entierren mi garganta. A más de las peinetas y los peines de oro que se reflejaban en sus botines de charol, se acuerda.

Para cuando se nos acabaron los burros principió la desesperación: primero despreciados, después convertidos en un manjar por obra de hambre. Usted no quería ni probar, se acuerda, y cuando la vi languidecer fue tal mi desesperación que por mí lo hizo: conseguí un pedazo a precio de oro y lo sazoné con jugo de naranjas agrias, y así pudo comerlo. Alguna vez encontré medio coco con el que hice una papilla, o el cogollo de los pindó, que podían comerse hervidos. Pero mucha gente seguía muriendo, madre, y habían elegido el terreno junto al río, frente a nuestra casa, para cementerio. Y mejor no recordar los días de lluvia: los que andaban buscando sustento hasta el día anterior, aparecían con los ojos muy abiertos, como mirando sin ver. O a saber qué verían. Sobre todo los niños, y los ancianos. Algunas familias llegaron a comer perros y sapos, se acuerda, y los niños esqueléticos pasaban una y otra vez rastreando lagartijas. Hasta que sobrevino la alegría: unas mujeres aventureras descubrieron un monte de naranjas, y muchas reímos de felicidad. Teníamos para una semana más de vida, y ya nos burlábamos por adelantado del autor de nuestras penas.

Pero eran muchos los días, se agotaban los naranjales, y llegó un momento en que o nos moríamos de hambre o éramos lanceadas por los soldados: no había fuerzas ya para marchar. La solución fue drástica: entregarse a los indios.

Se acuerda que sólo los habíamos visto para carnaval, madre, y no sabíamos si eran reales o estaban disfrazados. En aquella fiesta que dio el juez de paz, cuando quise alhajarme con el hermoso vestido de algodón de las mujeres de la tierra, y ponerme flores en el pelo. Y la única extraña resulté yo: todas las demás vestían a la europea. Y nos sorprendió una comparsa de negros, se acuerda, vestidos de colores vivos, algunos a caballo, irrumpiendo en la fiesta, para pedir bebidas, con sus jocosas rimas. Cómo se reían todos, al grito de: Ahí vienen los negros. Y por detrás algunos indios en un solo grupo, con ojos de miedo, unos, con miradas de odio, otros. Llegaron harapientos en busca de comida, y les dieron las sobras, se acuerda.

Y ahora, en este huir por los montes, ellos son los que mandan, como que están en casa. Hubo familias que ya habían mercado con ellos, pero Mariana siempre les tuvo desconfianza. Yo alcancé a ir un par de veces, regresando con los pies lacerados de caminar, y de golpe me azota un ventarrón que me arrebata lo que traigo entre manos. No, no eran ladrones, eran señoras, o decían serlo, las que se aprovechaban así de las desprevenidas. Al final decidimos buscar un indio, se acuerda, pero después que le dimos lo poco que nos quedaba, vino a anunciarnos que era mejor volver a las viviendas: estaban lanceando a los fugitivos. Lo creímos un ardid para no darnos nada a cambio, pero muy luego pudimos saber que era verdad. Ahí nomás tomé la decisión de volver, pero esta vez a un rancho abandonado, más cerca del monte, para poder escaparnos fácil si nos buscaban. A Mariana le pareció bien, se vino con nosotras. Pero cuánto conservamos la tranquilidad: a los dos o tres días no paraban de llegar como trombas los grupos de soldados huyendo del enemigo, y a los gritos de se vienen los negros, nos quitaban las pocas raíces y frutos que logramos juntar. Los últimos fueron los más crueles, tal vez por el miedo, madre, y nos llevaron de prepo con las otras mujeres ya ordenadas en fila para bien fusilar. No se acobarde, madre, no me acobarde, recuerda que le dije, y esperamos las tres, con Mariana, abrazadas, el final de la huida. O el final de la vida. Y sonó la descarga, y cayeron como siempre delante los primeros, y luego los demás. Pero hasta que la ráfaga de caballos no acabó de pasar, no pude distinguirlos: ya se asentó la tierra, ya vimos sus siluetas, y eran nomás los negros, han llegado los negros, con sus ropas tan vivas, como en el carnaval. Y corrimos, se acuerda, corrimos detrás de ellos gritándoles las gracias, pidiendo que nos lleven a un remoto lugar. Se detuvo un instante la fuerte caballada, y los negros, con risas que fueron un adiós, y así se hicieron humo en la clara mañana. Nos paramos en seco: sólo eso quedó de ellos. Un humo de colores, de pañuelos al vuelo: rojo, verde, amarillo, ascendiendo en perfecta línea vertical. Por un instante sentimos desde arriba el eco de los cascos y un leve olor a azufre que a usted la impresionó. No se acobarde, no me acobarde, le dije. Se acuerda, madre.



María Laura Amuchástegui. Nacida y educada en la ciudad de Córdoba: Maestra y Licenciada en Letras. Ejerció la docencia en Córdoba y San Juan y vivió en diferentes regiones de la Argentina, con residencia actual en el Gran Buenos Aires. Coordinó talleres literarios en la Dirección de Cultura de San Isidro, en librerías y a nivel privado. Obras publicadas: "Chistes Cordobeses", antología de humor, Planeta, 1994; "Lenguas de Fuego", microficciones, El Elefante Blanco, 1997; "Diario de la noche", novela, De los cuatro vientos, 2004.


     
       

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