Es curioso pensar de qué modo suceden las cosas. Siempre me acuerdo de Zulema cuando decía mientras se cepillaba las ondas rojas del pelo, que en cualquier esquina, en cualquier estante del ropero, del otro lado de la ventana o donde se nos antoje,
puede aparecer lo mágico. Algo que de repente surge, que se trepa por la pared o el techo, gatea por el suelo, no sabe cómo ni por qué y ya el reloj no camina en el sentido habitual sino que gira hacia el lado inverso. La cara de Fulano es la de siempre,
dice lo que se espera que diga, Fulana se mueve como se espera que se mueva, la casa es la casa habitual, pero el conejo de Alicia se esconde en un rincón, acechante. Cómo me gustaba ese cuento. Pensar que no lo leí en la infancia, sentada en una reposera
del jardín, ni lo recibí en la voz de ninguna abuela con rodete blanco y anteojos, ni de ninguna madre con aspecto etéreo y resignado, ni de ninguna maestra con olor a tiza. Alicia, al igual que todos los resplandores nació de las palabras de Zulema, de
Zulema Carroll como a ella le gustaba llamarse (quién sabe cuál era el apellido y quién sabe si se llamaba Zulema), de Zulema la Reina, como yo la llamaba. Existía un mundo con horarios, cadáveres, envidias, hedores, golpes, menstruaciones, enfermedades,
defecaciones, ginecólogos, mugre, dolores, angustias, y un mundo secreto donde el conejo de Alicia era posible, sólo había que descubrirlo. Entonces ya todo era distinto.
Lo interesante es que yo creía que ese mundo vivía en el fantaseo pero no había llegado a suponer que puede aparecer en la vigilia y en la lucidez, si una es capaz de poner mucha fuerza en convocarlo. Zulema me había enseñado a convocar el otro
lado de las cosas. En el mayor infierno hay un paraíso, solía explicar, y también que no sé qué tipo (aquí la memoria me falla) había dicho que el infierno es un estado mental y no un lugar determinado. Mientras hablaba, comía eternos caramelos de menta
y se arreglaba esa cabellera roja de Reina de las Maravillas.
Pero lo que yo deseo narrar es lo que me sucedió ayer un ratito antes del anochecer. Yo estaba en algún sitio sin interés cuando descubrí una ventana abierta. Abajo había una extensión con aspecto de terreno baldío. Algo me asombró. Estaba lleno
de gatos y latas abiertas. Pero repito: había algo. Por un rato estuve tratando de descubrir qué era ese algo. Los árboles (yo no entiendo de botánica) tenían una apariencia débil, cierta inconsistencia: uno imaginaba que cualquier viento lograría
derribarlos (así son los árboles de los sueños). Un olor confuso a flores silvestres (también a orines de gato y a comida). Quién sabe qué razón me llevó a caminar por allí, a perderme, a descubrir montículos de arena (los sueños están hechos de arena,
eso se lo oí a alguien). Sólo hacía falta una señal para que sucediese un acontecimiento extraño.
La señal fue un grito o un chillido animal (¿gatos en celo?) que después se fue alargando. Caminé con cierta timidez por ese bosque desgreñado o basural. Hasta sentir que había llegado.
Allí estaba la puerta. Inconfundible. Puerta de casa vieja con zaguán. No había más que esa puerta. Sólo había vivido para reencontrar esa puerta. Lo interesante es que esa puerta no estaba en mi dimensión presente, en esa noche del dieciséis
de agosto de mil novecientos noventa y dos. Porque esa puerta estaba por ejemplo en el año cincuenta y siete. Yo tenía treinta y cinco años menos. Esa puerta había desaparecido del presente. No había ni puerta ni casa. Pongamos que se la llevó un incendio
o cualquier otra catástrofe, ahora no importa. Pero allí estaba, lo que supone comprender que hay tiempos paralelos, que el año cincuenta y siete subsiste en el año noventa y dos. Que en cualquier lado, a través de la ventana de un edificio más o menos
anodino en el que uno permanece por circunstancias sin interés, se puede encontrar el camino hacia un tiempo paralelo.
La puerta de casa vieja con zaguán no estaba cerrada. Nunca había estado cerrada. Sólo con empujarla fue suficiente. Salían dos hombres trajeados, uno fumando. Les sonreí. Miré el reloj: como sospeché las agujas iban en dirección contraria. En
el zaguán noté un olor característico a maderas viejas. El perfume parecía más penetrante, era un olor a siesta, a cansancio. Vi el barómetro, la repisa con la bailarina que giraba al revés (observé este detalle). Hacía frío en esa casa húmeda, pero yo
sentía una tibieza: la sensación de volver al vientre primero.
Conté cada uno de los azulejos resplandecientes y noté un número levemente cambiado: el pasado subsiste, pensé, pero con pequeños cambios (tantas veces había contado los azulejos en momentos de ocio). En el jarrón había flores como era normal
aunque al tacto tenían la suavidad y el aroma de las flores verdaderas: las otras, las de antes, me parecía, o estaba segura, eran flores de plástico. ¿O las habían puesto porque me esperaban? ¿Cómo podían esperarme?
Enseguida vi a Marlene. Brillaba con una pequeña luz, una luz de lámpara escondida bajo un ropero. Aspiré el perfume que tenía en el pelo, ese perfume a pan, a dulce de membrillo. Vestía de blanco. Le toqué las manos, me pareció que lloraba de
alegría. Tal vez sólo me pareció, probablemente estaba resfriada, su estado habitual. La cara pintada con prolijidad (¿o es que ese día para esperarme había elegido maquillarse pulcramente y no a golpes de puño como solía hacerlo?). Marlene, movediza,
con su cara de ratón, de historieta cómica, de liebre, de animal diminuto que corre entre los muebles.
-¿Me esperabas? - pregunté aunque la pregunta sonaba un poco rara. ¿Por qué habría de esperarme?
-No sé, no sé - chilló Marlene con esa voz que saltaba de un lado hacia otro-. Vos sabés que yo nunca espero nada. No tengo paciencia para esperar nada. Trabajo, eso sí, vos sabés, aquí no hay respiro.
-¿Pero no podrías detenerte un minuto? - estuve a punto de pedirle pero no me animé, quizás no hubiera entendido. Seguramente no sabían que yo estaba en otro tiempo que no era el de ellas.
Me imaginé que decía:
-Qué cambiada estás, Alicia. ¿Ha pasado algo?
Me gustó imaginarme que me llamara Alicia, ese nombre que me había puesto Zulema, ese nombre en esa boca que se abría como para anunciar un bostezo. Alicia, pensé, soy Alicia nuevamente.
-Tengo una cara vieja ¿no es así? -imaginé preguntarle.
Creo que el pelo de Marlene era más fino que antes. Parecían hebras muy suaves de algodón que se contagiaban del olor de ella a pan, a dulce de membrillo, sólo que a pan recién horneado, a dulce más dulce que el antes. Vestía de blanco, lo repito.
Más lejos estaba Isabel, que no se acercó. Me sonrió de lejos, como solía hacerlo y me miró compasiva a través de sus pestañas largas con rizado artificial. Parecía más alta, más flaca, con el pelo más claro. Más linda, quizás: Más aspecto de gato
amarillo con ojos amarillos que titilaban. Le faltaba un teléfono blanco como en Hollywood o quizás un perro faldero con estampa de almohadón de plumas.
-Cuánto que tardaste - me parece que dijo, pero apenas la oí.
Encendió un cigarrillo, después otro.
-Estoy mal vestida ¿no?
Hizo un gesto ambiguo, de esos que no se comprenden mucho.
-Soy feliz de estar aquí - le dije, pero supongo que no oyó. Jugaba a las cartas. Después pasó María del carmen, con sus pasos de seda, a pesar de los tacones. Me hizo un saludo con el brazo, En la sala esperaban Lulú y Eusebio. Lulú se reía,
un confuso rumor de tacitas de porcelana. No me hizo preguntas como si el verme no tuviera significación especial. Eusebio me miró con una especie de alegría muy suya, ese placer de vivir que solía enseñar. La piel de Eusebio más oscura, más aterciopelada,
el pelo amarillo de Lulú con tintes dorados.
Zulema me esperaba en un cuarto, el gran cuarto que yo llamaba "de intemperie", mientras se cepillaba el pelo y comía caramelos de menta. El ruido de los envoltorios se retuvo largamente en mis oídos mezclado con el tintineo de las pulseras.
-Zulema, vine para verte.
Los papelitos hicieron un ruido a vidrios trizados. Zulema resultaba una huérfana en esa habitación tan grande con esos techos tan lejanos.
-Todo me parece más hermoso. Este pasado que recupero tiene un brillo nuevo.
Toqué las sábanas, más suaves que en el otro tiempo (casi las recordaba ásperas), me encandiló el resplandor de un vaso en la mesa de noche, el rojo de las largas uñas de Zulema. Había whisky en el vaso.
-Vengo de un tiempo paralelo a éste.
Zulema no dijo una palabra a eso que puede haber sido un extraño discurso porque para ella en cualquier momento podía surgir un acorde impensado. Me miré las manos, tenían la tersura de mis trece años de entonces, con un anillo que no creo haber
tenido nunca (o quizá se me confunden los recuerdos y alguna vez tuve ese anillo. O lo que había sido vidrio se había convertido en diamante). Los ojos de Zulema eran verdes y a veces de un verde semejante al de las arvejas y al de las uvas mojadas, antes
los recordaba de un verde botella de vino barato. La nariz me resultaba diferente. Tenía la rigidez y la distancia de las imágenes de fotografías guardadas en el fondo del cajón. Diferente la voz que llegó a decir:
-Ha llegado Alicia al país de las Maravillas.
Es que tal vez no era el pasado sino un pasado posible.
-¿Se trata entonces de un sueño? - pregunté y ella lo negó diciéndome como antes que el País de las Maravillas estaba en cualquier parte, pero especialmente en la Casa de las Maravillas.
En un momento temí que las cosas se diluyeran al rozarlas o que a través de una rejilla, de una abertura, alguna brisa pudiera devorarlas, llevarlas a esas zonas oscuras de las cloacas.
No sé cuánto tiempo estuvimos hablando del conejo, de la oruga, de Alicia que se agrandaba y se achicaba. Yo, de repente, me sentía enorme, como si el mundo fuese una brizna, un pedazo de maní en mi bolsillo. También hablamos de los espejos, de
Humpty Dumpty porque en Zulema siempre se mezclaban los dos cuentos: "Wonderland" y "Through the looking glass", como ella los llamaba en perfecto inglés. Mientras yo tomaba el whisky que Zulema guardaba en los rincones notaba que crecía sin cambiar de
tamaño.
En la sala sentados vi al Gato de Cheshire, al Sombrerero, al ratón, a los distintos personajes. Vi el piso como un damero de ajedrez o de bridge. Lulú, la duquesa, Zulema, la reina, y no se sabía si era la reina de Wonderland o la Reina Roja
o la Blanca del País de los Espejos. Más allá Amalia tomaba té (la Liebre de Marzo, generalmente acompañada del Sombrerero).
Cerré los ojos y tuve un fuerte sentimiento de alegría, de haber alcanzado el paraíso, ningún otro cielo recuperado. Alicia, me llamaban a voces.
Seguí a Eusebio, el Conejo, a la conejera. Me resultaba cómico que Zulema lo llamara Conejo con esa piel oscura que tenía. Un conejo negro. Como el conejo miraba la hora constantemente y se le hacía tarde, iba y venía, la cara lustrosa, sonriente.
Zulema vino con nosotros y como antes habló con esa voz capaz de fabricar telarañas de luces en la oscuridad. La voz crecía, yo casi no podía escucharla porque vivía una especie de fascinación que nada tenía que ver con el conventillo donde había nacido,
con las voces brutales, con el hedor a cuerpos transpirados que se amontonan en una habitación, si eso que los amontonaba podía llamarse "habitación" . Zulema cantaba, la voz se asemejaba a una canción de cuna y era posible dormirse, soñar otro universo
de lentejuelas y tules, con dibujos de Walt Disney.
De repente pasó algo. Que no se me pregunte qué pasó. Fue una fisura imperceptible, un insecto muy ínfimo que se desliza en el encaje, una pulga en el terciopelo, una grieta invisible en la pared o en el barómetro. Probablemente la bailarina se
había cansado de girar o las flores habían empezado a deshojarse, el plástico a derretirse, las mandíbulas de las muñecas a desencajarse. Un cambio en la voz de Zulema o en la sonrisa de Eusebio. Tal vez vi los ojos colorados de Eusebio y pensé que por
eso le decían Conejo y el pensamiento me pareció fuera de lugar. O tal vez me extrañó que vistieran de blanco. ¿Desde cuándo todos vestían de blanco? Eusebio con traje blanco, Eusebio el conejo blanco, dije y empecé a reír a carcajadas con esa risa fea
que no guarda relación con el humor.
Tomé más whisky y me sentí empequeñecer. Me pareció que me miraban con reproche. Creo que hasta les pedí perdón. La pregunta por el blanco me quemaba la lengua cuando tuve una revelación súbita, brutal: esto es un manicomio. La cara de Zulema
se volvió triste, conversaba con el Conejo en voz baja, me pareció que decían que el País de las Maravillas ya no tenía sentido para mí, que lo mejor que podía hacer era volver a la grisura de mi mundo, a mis treinta y cinco años después, sin ningún mundo
paralelo, ningún retorno. Me pareció que Zulema lloraba y que Eusebio agachaba la cabeza y que ambos, quizás en poco tiempo, se dedicarían a destruir la conejera para trasladarme a ese otro mundo donde las moscas se chocan contra el vidrio.
-Disculpen, yo no quise...
Seguramente me disculparon, siempre debieron disculpar mis locuras, mi tendencia al escándalo, a ensuciar el blanco, a buscarle cinco patas al gato para envenenar toda dicha. Pobre Zulema, mi hada madrina, pobre Conejo Eusebio, los rodeaba una
espuma de líquido en descomposición.
-¿Y por qué se visten de blanco? ¿Es el nuevo uniforme?
El sarcasmo de mi afirmación ya era demasiado evidente para volverse atrás. Me expulsarán, pensé. El whisky seguía achicándome.
Fue entonces que el pájaro de Lulú volvió a gritar con esa voz tan terriblemente humana, tal vez la misma que había sido la señal para entrar. Esa voz de los gatos que llaman al amor, pero un amor de gatas preñadas en basurales, de gatos que orinan
para marcar su frontera. La cara de Zulema se iba deformando, se le iba cambiando la nariz, el pelo, hasta los ojos. La cara del Conejo Eusebio se iba ensanchando y en la mesa de noche de la conejera, el vaso persistía, aunque el líquido iba cambiando
de color, desde el dorado al verde. En la pared había una ventana que - estaba segura- no había visto antes, en ningún pasado reciente ni remoto. Zulema me tomaba la mano: era una mano un poco húmeda, una mano de uñas cortas y sin esmalte.
-¿Qué te pasa? Ya no son los mismos.
Oí un segundo grito del pájaro de Lulú, sólo que esta vez me pareció que provenía de mi garganta. O de otras que estaban cerca. Sentí fuertes dolores, la sensación de un cuchillo que escarbaba en medio del vientre, de un perro que mordía las
tripas, de un golpe. Así fue que el país de las Maravillas, como le había sucedido a la protagonista del cuento, se decidió a juzgarme, a rebelarse. Por todos lados nubes de naipes se apresuraban a arrojarse contra mí o sólo era el Conejo, y yo debía luchar
cuerpo a cuerpo.
-Que le corten la cabeza - dijo Zulema, la reina, o no dijo nadie, o yo misma empecé a sentir que la cabeza se me separaba del cuerpo. El Conejo Eusebio se arrojó sobre mí o tal vez fue un médico que me sostuvo de mis ataques. Algunos enfermos
de las camas vecinas maullaban, las enfermeras iban y venía con esos calmantes que nunca sirven.
En un momento hubo una mezcla, el pasado y el presente, los tiempos paralelos se confundían uno con otro y a veces surgían Zulema y Eusebio en el cuarto ya la vez la enfermera o el médico. Pero ya Zulema no estaba transfigurada sino que resultaba
ser la madama de un prostíbulo que entre cuentos y zalamerías me había llevado a conocer al Conejo Eusebio como le decían a ese vulgar rufián, y esa noche en la conejera se convertía en lo que era: esa noche donde los tres habíamos compartido una cama
y yo había sido violada a los trece años sin preámbulos, preparada para conocer a los clientes habituales, el Sombrerero, el Rey Rojo, el Gato de Chesihire, el Ratón, Humpty Dumpty y los otros, los ocasionales, los de una sola vez. Eso, o algo parecido,
me gritó una vieja idiota que había venido a visitarme. Una vieja que puteaba a las enfermeras y que no parecía la pequeña Marlene, la del olor a pan y dulce de membrillo.
-Qué entendés vos, si nunca entendiste nada - quise decirle o imaginé decirle- Aunque no tenía sentido hablar con esa piromaníaca, que alguna vez se había llevado la Casa de las Maravillas. Qué sabía ella de Zulema, de la magia, del conejo que
se esconde en un rincón.
Quiero morirme de una vez, salir de este hospital sucio, de esta vieja sucia que putea, de su olor a pan duro y a membrillo en descomposición. Morirme para que haya un cielo que se abra como la puerta de una casa vieja con zaguán. Que en ese mismo
cielo Zulema y Eusebio me estén esperando.