Mire muy bien eso que tiene frente a los ojos. Me refiero al dibujo de esa maqueta o si le gusta, estación en la noche, por ejemplo, una casa con techo negro desdibujada, como vista desde un avión, y alrededor algo, una selva, el agujero del cielo.
¿La ha visto bien? Es la muerte. Me entendió bien, no bromeo. Se lo repito en el oído como un secreto: es la muerte. Hay gente que piensa que la muerte es una no-percepción, otros que imaginan habitaciones fantasmales con camas que se hunden y techos a
punto de desaparecer, el mismo mundo de siempre como en sueños, nubes con angelitos, llamas y diablos, pozos, flotaciones en el espacio. La gran incógnita ¿no? Bueno, usted ya tiene la verdad, la única que interesa, el misterio enorme. Como los santos
que no soportan la voz de Dios, como esos que no soportan el goce de los otros, usted tiene ante sí la imagen de lo que no se puede soportar. Respire profundamente, concéntrese y mire lo que le ha sido revelado por milagro. Relájese, deje que la visión
le entre en la retina y detrás de la retina, en lo más oscuro del cerebro, y detrás del cerebro, en el hueco que duerme fuera de usted, y detrás del hueco que duerme fuera de usted, en el absoluto cero, y mientras el dibujo lo llena y lo vacía por entero,
yo, detrás de usted, le incrustaré un disparo en la nuca, con dulzura, con la más extrema delicadeza.