HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
   En Axxón:

Verano Caliente
por María Laura Amuchástegui

Acaban de llegar, otro verano más, a pasar una semana en la playa, en casa de Socorro. Se las ve sonrientes, activas, hasta que terminan de bajar de la camioneta con sus bultos y sus víveres y de golpe algo las paraliza.

El aire frío.

Pero como mujeres grandes, son prevenidas. De la época en que mamá les decía: Nena, no te olvides la camperita, por si acaso. Y desde el fondo de los bolsos entran a salir, nomás, los sweaters, las camperas infladas, y hasta alguna bufanda.

Al poco rato ya tuvo que escabullirse Dolores, la inquieta, a estirar las piernas. Las otras se reconfortan en el living, tomando café, picando galletitas. Pero pasan las horas y Consuelo se preocupa: nunca tardó tanto en volver. De golpe sienten un arrastrar de piernas, unos rasguños en la puerta de calle.

—Alto ahí, no se atrevan a abrir, pide Socorro.

—Podemos espiar por la mirilla, al menos, solicita Amparo.

Como poder pueden, pero no se alcanza a ver nada. Y se le suman gemidos, siempre desde afuera.

—Esto se pone cada año peor. Aprovechan que está anocheciendo para acosarnos. Por eso no quiero venir sola.

—Pero quiénes son?

—Esos seres rastreros, que ni nombre tienen.

Dolores, se lamenta en susurros, soy su Dolores.

—No seamos desalmadas! Hay que ayudarla, abrirle, urgente.

—Pero cómo viene, en estado lamentable!

—Bueno, nunca fue una pinturita.

—Llamen un médico, urgente!

—Mejor recurrir a Milagros. Para eso está.

—Con que era una invitación por interés.

—Además, qué problema hay: siempre te cuelga eso, ese largo estetoscopio del cuello.

—Pero déjenla hablar, qué te pasó, muchacha.

—A simple vista, parece que un camión por encima.

—Agua, agua, por favor, gime la damnificada.

Los propios bomberos voluntarios en acción: la que no trae una jarra viene cargando un balde.

_Sin exagerar, un vaso, sólo un vaso. Pueden ser dos, también.

Venían tan embaladas que se atropellaron y le echaron encima todo el líquido elemento. Los gemidos se hicieron toses, ahogos. Palmearle la espalda, secarla un poco. Esto se complica.

—Dónde te metiste esta vez.!, la acorrala Justina, que se las sabe todas. O casi.


Que no pudo resistirse, que ya conocen su vicio, su adicción, que no hace falta nombrarlo: sólo para ellas, hay confianza. Su pasión inmobiliaria. Que vio una casa que decía SE ALQUILA, con la puerta entreabierta. Tal vez estaban los dueños, siempre le gustó ver casas, porque sí. En cambio se encontró con un grupo de gente de largas túnicas y cabezas rapadas, algunos; pirinchos parados y pelos rojos o azules, otros. La recibieron con mansedumbre, manos tendidas, frases de bienvenida. Así quién no se deja. Se sentó con ellos en el suelo, en la madre tierra: ya saben que siempre le gustó compartir. Que té de jazmín, que nueces, que frutas secas. Y ella dele preguntar, no puede resistirse, es una periodista frustrada. O no superó la etapa infantil. Así que la charla se extendió un buen rato, pero de golpe callaron. Y entraron a mirarla fijo.

Tienes que ser una de las nuestras, estás predestinada. Pero cómo lo saben, alcanzó a preguntar con débil voz mientras la llevaban casi a la rastra. Porque los demás salen corriendo en cuanto nos ven, le dijeron. Y allí estaba, en el centro del gran cuarto: el círculo de fuego, el mandala. No supo por qué le hizo recordar al aro por el que saltan los leones en el circo.

Cuando se dio cuenta ya era tarde. Entre dos la arrearon de los brazos y en un triple salto mortal la metieron dentro.

Le hicieron unos pases mágicos, le soplaron encima: habían comido ajo, y aún faltaba lo peor.

De golpe tomaron envión hacia afuera y la dejaron abandonada entre las llamas. Entre todos formaron un círculo alrededor y entraron a cantar y aplaudir: Que salte, que salte, que no se me acobarde!!! Que se largó a llorar como loca y a rogarles que la sacaran, pero los cantos y las palmas iban en aumento, tan ensordecedor que con tal de no oírlos saltó como un resorte y salió huyendo por un resquicio, de la gente y de la puerta. Y no paró hasta llegar a la casa, al final en cuatro patas, casi.

—De nuevo ruidos raros, hoy han soltado todos los fantasmas, mejor nos volvemos, pide Socorro con mala cara.

—Parece un grupo, y canta.

—Deben ser los del coro que esta noche actúa en la plaza. Raro que golpeen a la puerta.

—Andarán pidiendo una contribución, mendigando, como buenos artistas.

Eran nada menos que los muchachos de la casa en alquiler que habían seguido a Dolores y la reclamaban como suya.

Que no podía dejarlos, que ya estaba iniciada, que había pasado con éxito la prueba de fuego, privilegio de los elegidos. E insistían con golpes, palmadas, cantos, gritos.

—Basta, basta, hay que hacer algo. Dolores, vos empezaste esto, terminalo, acotó Justina.

Pero Dolores no cesaba de temblar, de miedo y de frío.

A Consuelo, conciliadora, se le ocurrió que saliera a saludarlos por la ventana y les prometiera volver pronto. La promesa fue más por señas, la prófuga no tenía casi voz.


Aceptaron. Pero no así como así. Se quedaron unos momentos más dando una especie de serenata: No tardes mucho, paloma amada...vuela pronto hacia aquí...mientras se alejaban sin apuro.

—Las que tendríamos que volar somos nosotras. No creo que se rindan tan fácil.

—Dentro de todo, tienen su corazoncito. Qué tema romántico, creo que se lo escuché a unos mariachis, recuerda Milagros. Pero hay que curarle las heridas, alguien puede prepararle un baño de inmersión, relajante.

—Yo diría que le conviene una ducha, hay mucha tierra que sacarse de encima.

—Pero no, jamás, la tierra para el que la rejunta.

Tuvo que agregar la militante.

Quién si no, Consuelo, la insomne profesional.


Esa misma noche, cuando las demás entregaban sus huesos-y sus carnes- al reparo de los colchones, de su liviano entresueño la despertaron unos sonidos alarmistas. No, a los ronquidos ya estaba acostumbrada. Eran pequeños silbidos, que fue siguiendo como al flautista de Hamelin. Y así llegó hasta la puerta de calle, casi: antes se topó con la casilla de la alarma. Ahí estaba el misterio. Ahí o en los alrededores, adentro, para peor. Para qué sirven las alarmas? Para indicar que alguien no autorizado se coló en la casa. Elemental. Y ahora qué. Sola en la oscuridad.

Se aleja en puntas de pie hacia los cuartos, logra despertar a dos que roncan menos:

—Hay alguien en la casa.

—Y, sí, ya lo sabemos. Cuántas somos: cinco, seis.

—Hay alguien extraño en la casa.

—Será el gato de la vecina.

—Son unas irresponsables. Si estoy de pie es porque sonó la alarma.

—Vamos, urgente, todas al pie del cañón! Pega un salto y grita Socorro.

—Si no todas, por lo menos nosotras. Hay que pensar una estrategia, sugiere Consuelo.

—Llamar a la policía, antes que nada.

—El teléfono!

—No se puede usar. Tiene candado.

—Un teléfono con candado! Qué es, una caja fuerte camuflada?

—Para que no lo use la doméstica. Todavía estoy pagando esas llamadas a Cuzco.

—Y la llave?

—No me puedo acordar adónde la guardé el año pasado.

—Busquemos linternas, velas.

—Al contrario, así nos van a ver más fácil. Hay que usar su misma táctica: espera en la oscuridad.

—Como la película de Audrey Hepburn que hacía de ciega y sola, y esperaba a los asesinos en las sombras.

—Gracias por tranquilizarnos.

—Hasta ahora mucha palabra y poca acción. Lo raro es que no haya ruido de pisadas, ni de voces.

—Salvo las nuestras.

—Y si se encerraron con las chicas en un cuarto?

—Ya hubieran gritado.

—Según. Digo, capaz que las amordazaron.

—Propongo mantener la guardia hasta que amanezca.

—Y si salgo por una ventana y corro hasta la casa más cercana?

—Seguro que hay más de uno afuera vigilando.

—Nos turnemos, entonces.

—Quiero ir al baño, primero.

—Tun tun...

—Ocupado! Contesta con impaciencia una voz de hombre.

—Están ahí!

—Al menos uno. Quién sabe cuántos son.

—Voy al otro, no doy más.

—Tun tun...

—Ocupado! Contesta con impaciencia otra voz de hombre.

—Pero basta! Qué está pasando! Éstos entraron para ir al baño!

Asoma primero un arma y luego una nariz tapada por la otra mano. Que se dejen de molestar, para qué se habrán metido en esta casa de gallinas viejas, a todas les dio por cacarear de miedo y ellos aguantando los hedores como verdaderos héroes.

Consuelo entra a salir, difícil recular en chancletas, con el mayor sigilo, rumbo a la puerta. Cuando va llegando le pasan dos moles por encima y termina en el suelo, desmadejada. Son los ladrones que huyen despavoridos, insultando y gritando que quién los mandó a meterse en esa cloaca, que ya no aguantan más, no son de fierro. En venganza encienden unos papeles en el jardín y los arrojan contra la casa, mientras murmuran Ojalá se quemen esas brujas.

Adentro corren a buscar a Consuelo, que se levanta con esfuerzo y comenta con un hilo de voz: A pesar de todo, qué educados para hablar.

—Seguro que son profesionales desocupados. Otros más.

—Nos salvamos gracias a nosotras, a las miedosas, se restablece Dolores.

—Eso porque no nos dieron tiempo: ya teníamos lista nuestra estrategia, no, chicas? Enfrentarlos con sus mismas armas, movernos en la oscuridad.

Y ahí nomás se cortó la luz.

—Bueno, basta, vamos a dormir, esto es el acabóse.

—O el empezóse, mejor: está sonando la alarma de nuevo.

—Quieren entrar al baño otra vez! Sólo a nosotras nos tocan ladrones con colitis!

—Yo puedo ver unas luces. Veo luces, luces malas, allá arriba, huyamos, pide Socorro.

—Pero si son las de la alarma! Y a mí ya me cansaron: me tiro contra la puerta y pasarán sobre mi cadáver!

—Basta de drama. Si la puerta quedó abierta, por eso suena. Y ahora que lo pienso: cómo lograron entrar sin violentar todos los cerrojos, trabas y cerraduras. Están impecables.

—Y las ventanas, cerradas. Herméticas.

—Ahora que me acuerdo, me olvidé. Me olvidé de poner las trabas anoche. Disculpen, solicita Amparo, le puede pasar a cualquiera.

—Pero a cualquiera no le pasa lo que te va a pasar a vos, se le va encima Justina con las peores intenciones.

—Haya paz, hermanas, haya paz, musita Dolores, después de su experiencia mística. Mañana será otro día.

—Ya lo es. Amanece aunque no mucho. Todo nublado. Más el frío de siempre.

—Alguito podremos dormir.

—Entre las luces difusas que parecen venir de arriba, y los sordos ruidos que emiten los muebles, como de radios viejas, yo no pude pegar el ojo desde que llegamos. Créanme, al menos, ruega Socorro.

—Alucinaciones, decreta Justina. Y eso que no tomás vino. Pizza con agua, dónde se ha visto: termina de leudar en tu panza.

Después del desayuno se arman de coraje, trepan a la camioneta y van a la playa bien provistas de sweaters y camperas. No tardan en volver, con viento en popa.

Abren la puerta y ¡qué ven!

Un sobre.

Invitación al baile.

De un viejo amigo de la dueña de casa. Uno que a pesar de los años aún pedía Socorro, seguía impertérrito solicitando su mano a pesar de las negativas. Ella empezó a romper la tarjeta con furia, pero alguna se la arrebató y juntando los pedazos logró ver la dirección y la hora.

—No seas injusta, Socorro, no podés negarte. Encima del frío, ya está lloviznando: por lo menos algo de vida nocturna.

—Y sí, ni salir a caminar podemos.

—Jugar a las cartas.

—Todo el día?

—Se puede dormir la siesta, también.

—Cómo trabajan las neuronas: cada propuesta más brillante que la otra.

—Eso! Brillantes! No tenemos qué ponernos, si vamos!

—Claro que vamos, atacó resuelta Justina, y vamos a bailar. Me pongo la rodillera y no me para nadie. Total, debajo del pantalón no se nota.

—Rodillera! Qué horror! Me olvidé las mías! No te sobra una, para prestarme?

—Pero cómo vamos vestidas?

—De elegante sport. Estamos de vacaciones.

—Ah, no, y yo para qué traje mis gasas, reclama Milagros.

—No hay drama, puede lucirlas lo más bien. Con camiseta de frisa abajo, claro.

Entre destejes y manejes se les pasó la tarde y llegó la hora de la verdad, o de la mentira, quién sabe. Por el maquillaje. Corriendo de un lado para otro, no quieren llegar tarde, se atropellan y disputan los baños, se piden prestados detalles, que en el arreglo final son importantes.

Resultado final. O casi.

Una luce un conjunto de jean, campera y pantalones, con un toque de glamour a cargo de un pañuelo brillante que enlaza su cuello, haciendo juego con los aros colgantes y las alpargatas rociadas con brillantina. La pintura de ojos le hizo un doblete en los párpados caídos: le da un toque de japonesa de la Edad media.

Otra se dio el gusto de lucir su vestido largo de gasa pero se cubre los hombros con una frazada a cuadros doblada como chal. Hasta que entren nomás: después, con disimulo, la esconde en su bolso. A pesar del sofisticado maquillaje, se le pasó un detalle: se puso un zapato de cada par. Y, en la oscuridad. Y sin anteojos.

La tercera logró combinar el jogging con collares rústicos de algún rincón caribeño, y cada zapatilla ostenta una flor de hule recortada de un mantel a escondidas de la dueña de casa.

Pero Socorro.

Socorro no quiere colaborar, no piensa cambiarse, Son una manga de viejos, repite una y otra vez.

Así como están más de una se pone de rodillas y le ruega que vaya, aunque no baje del coche: es la única que sabe manejar. Y queda lejos.

—Esa casa está maldita, con ese bosque descuidado, estatuas en ruinas, la niebla que la rodea. No sé si saldremos vivas. No me hago responsable, me consta que pasan cosas raras, casi grita Socorro. Para que la entiendan bien, sobre todo las duras de oído.

Al fin parten, parto con dolor, dijo alguna, frotándose las rodillas después del dramático ruego, sin ver que se le corrieron las medias de nylon por ponerse falda.


Qué mal estuviste dejándolo plantado, Milagros. Te buscaba como víbora que perdió la ponzoña. Que querías que hiciera con uno que se pone mimoso y por apoyarle la mano en la nuca se le entra a correr el peluquín. Se lo hubieras acomodado, con cariño. Qué sé yo cómo se manejan esos artefactos, lo intenté pero hizo un semicírculo, las puntas para los costados, qué bochorno. Ahí nomás le dije Quiero ir al baño, usted no? Qué, pretendías que te acompañara? No, por Dios, que fuera al de hombres y se viera en el espejo. Pero a la que se le fue la mano es a Justina. Le pegó un cachetazo al pobre. Qué se cree, también, invitándome al jardín para tocarme la rodilla apenas nos sentamos. La que tenía la rodillera? No sé, fue tal mi furia que sin pensarlo le di con todo en la cara. Pero te mostró los dientes, me dijeron. Sí, se le cayó la dentadura al suelo. La que ligó lindo fue Amparo. El único más joven, y buen mozo. Y encima desaparecieron, se ocultaron en la espesura. Que cuente, que cuente. Pero por qué esas lágrimas, mujer. Tan emocionante fue? Y, me arrinconó contra un árbol, puso sus manos sobre mis hombros, yo entré a temblar, las manos bajaron por mis brazos, me sujetaron con toda su fuerza varonil. Cuánto tiempo hacía! De golpe sale corriendo y me caigo sentada por falta de sustento. Qué pasó, no le gustó mi perfume, me olvidé el desodorante? Mientras me lo preguntaba me sentí más liviana. Y, estabas sentada. No, me faltó la cartera. Un ladrón! No, si va a ser un coleccionista de antigüedades. Y qué habrá encontrado: mi pañuelito de hilo, bordado por estas manos, el frasquito de lágrimas, la coramina. Pero Socorro, logramos que Socorro entrara y conversara con su candidato fiel, siempre esperándola. Y qué otra la queda, en silla de ruedas no puede ir muy lejos.

—Ay, chicas, yo no tuve a quién ofrendarle mi nombre en toda la noche, dice Consuelo, y no me quejo, aunque estoy muerta de hambre.

—Eso, no había comida, habrán querido emborracharnos, con aviesas intenciones, tal vez.

—Para reírse, en todo caso, si de otras picardías ya no se acuerdan.

—Basta de bajones. Tenemos de todo: luna llena, latas de atún, arroz, una botella de champán que quedó de antiguas fiestas, y la guitarra en el ropero que ya mismo voy trayendo. Aunque le falten cuerdas.

Vamos, a brindar, a cantar, el que canta sus penas espanta. A brindar por la vida, qué tanto. Detalle más, detalle menos, estamos disfrutando de nuestra única semana de vacaciones. A ver, una que sepamos todas.

Qué iba a ser: Lunita tucumana, a medias, letra despareja, con balbuceos, música desafinada.


Tanta inversión en tiempo y plata: para ver y escuchar esto me tomo el trabajo de filmarlas con los binoculares infrarrojos, de grabarlas con micrófonos de alta complejidad. Yo, la buena vecina, por generosa, para cuidarlas por si les pasa algo, con lo solas que están. Vocación de servicio, que le dicen.


     
       

Inicio