Nunca nos habíamos visto personalmente (él en Buenos Aires con sus computadoras, y yo en Tucumán con mis ventas de publicidad) pero teníamos una amiga en común; o sea que, de alguna manera, el puente colgante ya estaba amarrado de las dos puntas. A
través de esa amiga me llegó un ejemplar de la edición colombiana de su primera novela, ganadora del premio cubano de Casa de las Américas. "¡Guau!", dije. Cuando algo me sorprende me da por ladrar. (¿Será que tengo algún antecesor perro en esos increíbles
mundos de Cordwainer Smith? Lo cierto es que dije "¡Guau!") y me puse a leer "Plop". Después de la lectura (que fue rápida, nerviosa) decidí seguir ladrando.
Cuando, por intermedio de Ani Shua, conocí a Gabriel Guralnik, y este (gentil, generosamente) me invitó al 2° Encuentro de Creadores Argentinos de Género Fantástico, fue que lo conocí personalmente. Fueron tres días de charlas, discusiones, conferencias,
lecturas y el inevitable etcétera. Y allí, entre mesa y mesa, entre café y café, mi miopía me llevó a acercarme al cartelito identificatorio que llevaba abrochado en el bolsillo alguien de cara medianamente conocida. Leí "Rafael Pinedo" y mi alegría me
llevó a gritar "¡Rafa!". Y el Rafa en cuestión, que no se dejó avasallar por esas exteriorizaciones de vaya a saber quién, miró mi cartelito, leyó mi nombre, y gritó a su vez "¡El señor Crisolaras!". Ese apodo, directo, espontáneo, sin ambages ni rebusques,
fue para mí la constatación de que nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, aunque nos estuviésemos mirando a la cara por primera vez.
¿Qué puedo decir ahora, con toda la angustia encima? Supongo que nada nuevo. Es que así como hay gente a la que tienen que presentárnosla cada vez que la vemos, hay otra que ocupa su lugar dentro de nuestro afecto de una vez y para siempre.
Ese día él estaba preocupado por el tema de la poesía. Alguien le había dicho que, una vez que lograra descifrar algunos códigos inevitables, encontraría en la poesía el mayor de los placeres a la hora de la lectura; y de la escritura también. Le puse
mi firma a eso que le habían dicho, y ese fue nuestro primer tema de conversación. El segundo tema fueron lo incompleto de toda obra literaria y ese 50 por ciento que aporta cada lector a todo lo que lee. El tercer tema fueron las mujeres, y la decisión
fue por unanimidad: no hay mujeres feas; todas, jóvenes o viejas, gordas o delgadas, altas o bajas, siempre tienen algo lindo, algo diferente, que las distingue. Me pareció maravilloso coincidir hasta tal punto con un desconocido, aunque el Rafa (por su
forma de ser) a los diez minutos de charla ya no era un desconocido.
Cuando le dije que el comienzo de "Plop" me había hecho acordar a la mugre barrosa y maloliente de "El perfume", de Peter Suskind, dejó de sonreirse por primera vez, se puso serio y, como buscando algo más allá de ese enjambre de amantes de la literatura
fantástica que revoloteaba por allí, me dijo "¡Ojalá!". Es que el Rafa (como a él le gustaba que le dijeran) había ganado un premio importante, pero no se la creía. Él prefería seguir pasando como un fan de otros escritores; ese maravilloso punto donde
alguien valora y resignifica el oficio.
"Yo a ustedes los leía en El Péndulo y en Minotauro -me dijo al día siguiente-. Los admiraba y al mismo tiempo aprendía". Y en ese "ustedes", acompañado por un gesto de la cabeza que engloba a los allí presentes, es posible que estuviese
refiriéndose a Angélica, Mario, Elvio, Marcial, Carlos, Ana María, Sergio, Leonardo y a algunos más, presentes o ausentes. "Todos ustedes ya estaban -dijo para rematar el tema más íntimo de esa tarde- y yo aprendí de todos". Fue en ese momento que sacó
del bolsillo un viejo ejemplar de mi Crisolaras, un libro del10 de diciembre del 83 (tan viejo y manoseado como nuestra democracia) y me pidió que se lo dedicara. Maldije una y mil veces, para mis adentros, tener a más de mil kilómetros de distancia
su por entonces inconseguible Plop, y no poder pagarle con la misma moneda.
Hubo otros temas y otros días. Hubo otro Encuentro sobre el Género Fantástico al año siguiente; y allí estuvo también, poniéndoles una sonrisa a las sesudas mesas de trabajo. Y hubo cuentos inéditos que fueron y vinieron por la red. Y hubo proyectos
(ahora imposibles) que fueron desgranándose día a día en el cuerpo aparentemente desabrido de un mail.
Va a ser difícil. Yo sé que va a ser difícil abrir el correo en la computadora y no encontrar sus múltiples mensajes, con información literaria, con fotos extrañas y, sobre todo, con muchísimo humor. Esos mensajes siguieron llegando aun cuando él ya
sabía del carácter terminal de su cáncer. Esa amiga en común que tenemos me dijo que, cuando el efecto de la morfina le aplacaba los dolores, él seguía siendo el mismo tipo chisporroteante de siempre; hacía bromas, actualizaba su correo, se interesaba
por los demás y enviaba toda la información que tenía, sin mezquindad, como si nada hubiese cambiado.
El domingo 10 de diciembre (Día de los Derechos Humanos y día del 23 aniversario de nuestra vuelta a la democracia) tuve un extraño, contradictorio y enfrentado roce con la idea de la muerte. Mientras brindaba conmigo mismo, en soledad, por la tan esperada
desaparición del canalla trasandino, del tétrico pinocho devenido en chucky, me llegó la noticia de la muerte del amigo Rafael Pinedo. El vaso tenía un buen vino de mi tierra (de San Juan) y llamaba a la puerta para darme dos noticias relacionadas
con la muerte: una buena y una mala. ¡Vaya paradoja!
Ahora, mientras hago estas líneas (a una semana de entonces) miro las fotos donde el Rafa sonríe, como hacía siempre, y el absurdo de la vida toma un calibre descomunal, insoportable. Yo sé que va a ser difícil desacostumbrarnos a la generosidad.