HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Aproximación al devenir histórico de los fantasmas en el imaginario de la Cultura Occidental

Visitantes de la Noche
IV: Fantasmas Antiguos y Modernos

por Fernando Soto Roland

H. P. Lovecraft, en El Horror Sobrenatural en la Literatura, argumenta lo siguiente:

"Todas las ficciones se encarnaron primeramente en la poesía, y es por eso mismo que sorprende encontrar la irrupción de los elementos sobrenaturales en la literatura clásica. Es bastante curioso, sin embargo, que la mayoría de los ejemplos estén en prosa, tales como el caso del hombre lobo de Petronio (460 a.C.), los pasajes aterradores de Apuleyo (114-186 d.C.), la breve pero famosa carta de Plinio el Joven a Lucas Sura (siglo I d.C.), y la rara compilación De los Hechos Maravillosos del liberto griego Flegón, al servicio del emperador Adriano" 1.

También Homero, en la Odisea, nos relata el descenso de Ulises a los infiernos; y las apariciones de espectros tienen lugar en las narraciones de Esquilo (524-546 a.C.), de Sófocles (496-405 a.C.) y Eurípides (486-407 a.C.)2.

Pero detengámonos un poco en la que quizás sea la historia de fantasmas más conocida de la literatura grecolatina, y que nos fuera transmitida por el orador y estadista romano Cayo Plinio Cecilio Segundo, más conocido como Plinio el Joven, que viviera entre los años 61 y 114 de nuestra era.

En una de sus famosas cartas, Plinio cuenta:

"[...] En Atenas había una casa muy grande, en la que durante la noche atemorizaba a sus habitadores (que acababan por abandonarla) con ruidos de hierro y de cadenas y con golpes, un viejo asqueroso de cabello y barba horribles.

Arredóla Atenodoro, filósofo que sabiendo lo que pasaba, quiso habérselas con el fantasma. Apareció éste [...] y, siguiéndolo Atenodoro, desapareció. Señaló Atenodoro el sitio donde desapareció el fantasma. Al día siguiente hizo cavar en el punto señalado y hallaron debajo de la tierra, entre grillos y cadenas, los restos de un cadáver. Recogidos y sepultados quedó libre la casa de espectros y ruidos" 3.

Este relato en particular llama la atención por las increíbles similitudes que guarda con posteriores narraciones sobre fantasmas, especialmente con aquellas escritas en los siglos XVIII y XIX. La Novela Gótica y la Ghost Story —inauguradas por Horace Walpolle en 1764 y Joseph Sheridan Le Fanu— repitieron en numerosos cuentos la estructura argumental de Plinio, aunque trasladando deliberadamente el relato al espacio de la ficción literaria.

La casa encantada, los ruidos de cadenas y la solicitante figura del espectro, pasaron a ser una parte básica de todas las historias sobrenaturales en las que intervenían las almas en pena de los muertos.

Por lo pronto, la historia del filósofo Atenodoro ostenta tres características que, comparadas con los relatos posteriores, nos resulta interesante señalar y explicar.

En primer lugar, lo que nos llama la atención es la preeminencia que se le otorga al sentido de la vista. El protagonista / testigo ve al espectro, convirtiendo dicho acto en una prueba segura de veracidad. Es la visión —y no otro sentido- el que le permite al pensador griego entender las reales motivaciones del desgreñado anciano que se le aparece4.

Esta relación visual con el espectro contrasta profundamente con el tipo de contactos que los hombres —supuestamente— mantuvieron con seres sobrenaturales, durante la Edad Media y principios de la modernidad. Lucien Febvre, en un apartado de su libro sobre la historia de la incredulidad —subtitulado "Olores, sabores, sonidos"—, refiriéndose al tema que nos ocupa establece que durante el siglo XVI

"[...] no se hablará de una poesía dominada por el sentido de la vista. No, no aparecen esas evocaciones de fantasmas, de siluetas lívidas, perfiladas sobre fondo sombrío, a la manera de las litografías románticas; y sí, en cambio, rumores, ruidos y silbidos"5.

Y a continuación cita un poema del francés Pedro de Ronsard (1524-1585) que dice:

"Por la noche los flamantes fantasmas
que castañean sus furiosos picos
empavorecen mi alma con sus silbidos [...]".

La comparación entre el texto de Plinio y el imaginario de fines del medioevo y principios de la Edad Moderna, anuncia —después de una lectura atenta— una relación con lo invisible que se sustenta en sistemas epistemológicos y metafísicos muy diferentes.

Tanto Atenodoro (siglo I d.C.) como los estudiosos y juristas de la modernidad tardía (siglos XVII y XVIII), comparten un mismo problema, es decir, el de la visión. En ambos contextos culturales se iguala lo real con lo visible, otorgándole al ojo mayor preponderancia que a los otros órganos sensoriales del cuerpo. "El conocimiento, la comprensión, la razón (a diferencia de la Edad Media) se establecen mediante el poder de la mirada, mediante el ego y el yo del sujeto humano [...]" 6.


En segundo lugar, están los requerimientos que hace la aparición.

Plinio describe a un fantasma preocupado, en última instancia, por su anonimato. Las materializaciones del anciano persiguen algo que sólo Atenodoro logra dilucidar, y es encontrar sus huesos, desenterrarlos y —de alguna manera— identificarlos a través de una sepultura visible, conocida y pública. Sólo después de eso "(...) quedó libre la casa de espectros". Por lo tanto, lo que importa en este caso es el individuo; importan sus huesos y la posibilidad de trascender a la muerte de un modo singular. Son estas características las que permiten reconocer profundas diferencias con las prácticas funerarias medievales, que hacían de las fosas comunes, y los osarios, sitios colectivos y anónimos; espacios de indiferenciación, en donde cientos de cuerpos se mezclaban denotando un interés sólo dirigido a las almas de los difuntos.

En este punto se hace necesario aclarar que, si bien es cierto que desde Pitágoras (582-504 a.C.), los órficos y las religiones mistéricas, pasando por Platón (429-347 a.C.) y su idealismo, existieron en el mundo griego y latino tendencias a enfatizar la importancia del alma en detrimento del cuerpo, la ortodoxia clásica continuó postulando la importancia del reposo corporal, indispensable para el descanso eterno y el recuerdo personal7.


En tercer y último término, el discurso de Plinio no deja entrever ninguna referencia —directa o indirecta— a demonios, u otro tipo de seres en esencia malignos.

En su carta a Lucas Sura, no se asocia al fantasma del anciano con entidades demoníacas, como tiempo después lo estarían (especialmente después del siglo XVI; y por influencia de los libros de demonología, que tanto iban a alterar el imaginario referido a los aparecidos).


Por todo lo dicho, el testimonio de Plinio señala una etapa importante en el devenir de la creencia en fantasmas; encontrando en ella más puntos de contactos y similitudes con leyendas contemporáneas, que con las medievales y modernas

Lejos de los vampiros del siglo XVII —e incluso de los íncubos y súcubos de los siglos XV y XVI— el fantasma de Atenodoro y sus desatanizadas apariciones no recrean la atmósfera de terror sobrenatural que más tarde producirían las fracturas practicadas en la línea de frontera existente entre los vivos y los muertos.


Notas:
1 Lovecraft, H. P., El Horror Sobrenatural en la Literatura, Distribuciones Fontamara, S.A., México, 1995, pág. 370.
2 Vax, Louis, Arte y Literatura fantástica, Eudeba, Buenos Aires, 1963, pág. 73.
3 Granada, Daniel, Supersticiones del Río de la Plata, Editorial Guillermo Kraft, Buenos Aires, 1896, pág. 325.
4 NOTA: En ninguna de las versiones que hay de la historia se hace referencia que el fantasma habla. El espanto sólo gesticula, es mudo.
5 Febvre, Lucien, Los Problemas de la Incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rebeláis, UTHEA, México, 1959, pág. 370.
6 Jackson, Rosemary, Fantasy: literatura y subversión, Editorial catálogos, Buenos Aires, 1986.
7 Armstrong, A., Introducción a la filosofía antigua, Eudeba, Buenos Aires, 1980.



     
       

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