HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Educar para el odio y la destrucción
por Susana Grimberg

"Decir que los culpables son monstruos es una excusa. Los monstruos existen pero son demasiado pocos. Los más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios listos para creer y obedecer sin discutir"

Primo Levi


El 19 de abril de 1943, primera noche de la Pascua Judía, fue el día elegido por los combatientes del gueto de Varsovia para iniciar una sublevación armada. Himmler había dado la orden de arrasar el gueto con los sesenta mil judíos que vivían (sobrevivían) allí, eligiendo también la víspera de la Pascua Judía para el asalto final.

Los combatientes del gueto, dirigidos por Mordejai Anielewicz, 24 años, ya habían excavado túneles, conectándolos con la red cloacal. El joven había logrado reclutar a setecientos cincuenta combatientes y juntar nueve rifles, cincuenta y nueve pistolas y algunas granadas. El 8 de mayo, Anielewicz cayó muerto, pero el resto resistió ocho días más.

Los soldados nazis, luego de una lucha cruenta, casa por casa, fueron incendiándolas con la intención de hacer salir a los que aún se ocultaban en ellas y rematarlos al final; por otra parte documentaron prolijamente el triunfo, ignorando que los cien combatientes que habían escapado por las alcantarillas le harían saber al mundo acerca de la masacre.

Transmisión oral, la de los que lograron huir, versus transmisión escrita, la que llevaban los nazis, educados para la muerte, con una rigurosidad tan científica como burocrática.

En la Argentina, durante los años del Proceso, el torturador cumplía con el trabajo como si fuera un empleado de una oficina, de modo tal que podríamos llamar a los torturadores como los burócratas del crimen. En Alemania, casi todo el pueblo, no sólo los militares, estuvo implicado en la industria de la muerte. Daniel Jonah Goldhagen, en su libro "Los verdugos voluntarios de Hitler", sostiene que un tan gran número de campos de concentración, requería que la población no militar prestara sus servicios. Muchos alemanes corrientes que no estaban afiliados a las instituciones nazis como el partido y las SS, aportaron personal para el sistema de campos, matando, torturando y sometiendo a atroces sufrimientos a los prisioneros.

En la Argentina el pueblo no tuvo esa participación. Sin embargo, hay un punto en que la semejanza es fundamental: los integrantes tanto del ejército como de la policía estaban sujetos a una obediencia ciega, a una subordinación absoluta de un modo tal que, salvo los altos mandos, nadie era responsable.


Sobre la educación de los jóvenes en el Tercer Reich

"Educación para la muerte" es el libro donde el pedagogo estadounidense Gregor Ziemmer, fundador y director de la escuela de la embajada de EE.UU en Alemania a fines de la década del treinta, traza una especie de trabajo de campo con datos recogidos en "tiempo real" sobre la vida y la educación de los jóvenes bajo la hegemonía del Partido Nacionalsocialista.

En la primera edición hecha por la Editorial Claridad (junio de 1943), en el prólogo realizado por Alicia Moreau de Justo, la dirigente socialista anticipó la posibilidad de que el Estado, al multiplicar sus medios educativos, impulsando la gratuidad, obligatoriedad y laicidad para todos los habitantes con una pretendida igualdad, "se hace de un formidable instrumento para dominar y dirigir al pueblo".

Adolf Hitler, preso por su fallido asalto al poder en 1923, le dictó a su compañero de prisión el texto Mein Kampf en el cual dice que una vez que su revolución triunfe, "en la educación de los jóvenes en el Estado Alemán lo fundamental ha de ser la educación física: sólo después se tomarán en consideración los valores espirituales e intelectuales".

Sin embargo, el dictado de asignaturas referidas al conocimiento técnico o cultural era tan pobre como extremadamente político. Además, en los diferentes niveles educativos, las clases eran constantemente suspendidas para los desfiles, las "largas marchas" y los actos de todo tipo que organizaba el Partido. De este modo, los nacionalsocialistas arrasaban con la moral privada, la intimidad familiar y la educación intelectual.

Ziemmer revela cómo, desde las aulas, el discurso nazi promovió el "ser", la supremacía de la raza aria, "ser-raza-superior". Los pilares habían sido: la estructura militar, la propaganda (Goebbels, ministro de Propaganda, insistía en que una mentira repetida se transformaba en una verdad), las redes que les proporcionaba el avance de la ciencia, las comunicaciones y los ferrocarriles (sin las cuales los campos de concentración no hubieran sido posibles), y la educación.

En "Educación para la muerte", Gregor Ziemer narra cómo logró penetrar en los recintos sagrados de los centros educacionales nazis, previa lectura del manual escrito por el ministro de Educación, Kerr Bernhard Sust, bajo la supervisión de Hitler.

El manual tenía su propio vocabulario nazi. Un dato significativo es que al maestro no se lo llamaba Lehrer sino Erriejer, palabra que sugiere que no se trataba de instruir sino esencialmente de ordenar, apelando a la fuerza en caso de necesidad. En el manual se establecía una fe única en la Nación y el Fuhrer decretaba que todas las inteligencias debían ser iguales para fundirse en la Gran Conciencia del Estado.

La educación se consideraba satisfactoria sólo cuando los estudiantes hubiesen aprendido a someterse a la autoridad y a adaptarse al casillero que les había destinado el Partido Nazi. De la lectura del libro resta la muerte como ideal, en obediencia debida al Führer, quien dijo: "Dejad que los niños vengan a mí, pues ellos me pertenecen hasta la muerte".

Todos los niños debían terminar la escuela primaria antes de los diez años; después de esa edad, las escuelas eran campos de prueba para el Partido. A los niños, desde la edad preescolar, se los educaba en la supremacía del fuerte sobre el débil y en la supresión de toda forma de misericordia. Los maestros estaban imbuidos de una sola idea: hacer que el niño pensara, sintiera y actuara como un verdadero nazi. Las marchas diarias eran de apenas doce millas y media para los principiantes, cantidad que aumentaba para los mayores. En el manual resaltaba la consigna para toda la juventud alemana: ¡Aprieten los dientes! ¡Aguanten!

Con respecto a las mujeres, se crearon clínicas prenatales para controlar la pureza de la raza aria; clínicas de esterilización donde se vaciaban los vientres de las consideradas retardadas, débiles, locas, además de las de espíritu rebelde.

Se alentaba a las mujeres a aparearse con soldados arios, evitando los lazos afectivos con los mismos, pues los hijos iban a ser para el Estado personificado en el líder. Esto era posible despertando en ellas un sentimiento casi místico en relación a Hitler. Una de las mujeres entrevistadas por Ziemmer, manifestó desear sufrir terribles dolores de parto como una verdadera prueba por el Führer.

Otro de los efectos de tipo místico eran las bendiciones que se realizaban antes de las comidas: "Führer nuestro, te damos las gracias por tu magnificencia, te damos las gracias por este hogar, te damos las gracias por estos alimentos. A ti dedicamos todas nuestras fuerzas; a ti dedicamos nuestras vidas y las de nuestros hijos".

El misticismo era alentado tanto en las mujeres como en los hombres. Se consideraba un pensamiento "santo" la determinación y la esperanza de convertirse en un buen soldado para Adolfo Hitler y desear morir por él.

Al finalizar el libro, Gregor Ziemer se pregunta, no sin temor, a partir de la premisa de que los totalitarismos educan eficazmente para la muerte, si las democracias son capaces de educar para la vida.


La muerte como amo absoluto

"En lo que concierne a nosotros, hemos quemado los puentes a nuestro paso. Ya no podemos regresar, ni queremos regresar. Pasaremos a la historia como los más grandes hombres de estado, o como los mayores criminales".

Joseph Goebbels, 1943.

George Steiner, en su libro "El milagro hueco", dice: "Todo lo qué ocurría era registrado, catalogado, historiado, archivado (...) Es nauseabundo y casi intolerable recordar lo que fue hecho y hablado, pero es necesario hacerlo. En las mazmorras de la Gestapo, los estenógrafos registraban cuidadosamente los ruidos del temor y la agonía arrancados a la voz humana, retorcida, incinerada o apaleada (...) Cuando los rabinos polacos eran obligados a limpiar las letrinas con las manos y la lengua, estaban presentes los oficiales alemanes que tomaban apuntes del hecho, los fotografiaban y ponían glosas al pie de las fotografías...".

Los ejemplos abundan y dan cuenta de algo muy propio a la especie humana: la tortura, a través de la cual el torturador da rienda suelta a un goce que no deja de ser una dimensión de descenso hacia la muerte.

El campo de concentración, lugar donde los números grabados en la carne de las víctimas reemplazaron a los nombres, fue sostén de una economía basada no sólo en la guerra sino en la industrialización de la muerte: el aprovechamiento de los cabellos, el oro de las piezas dentales extraídas a los prisioneros apenas llegados a los campos, la piel para fabricar lámparas, la grasa del cuerpo para hacer jabón, son ejemplos.

El libro "Crónica del Holocausto", de varios autores, menciona a dieciséis compañías entre las cuales estaban Mercedes Benz, Siemmens, Volkswagen, Hoechst, Krupp, BASF, Bayer, BMW, Degussa y los bancos Deustche y el Dresdner, que en los noventa crearon un fondo para compensar a antiguos trabajadores esclavos, judíos y no judíos, cuyo trabajo había sido utilizado por las mismas durante el período nazi y que habían beneficiado las políticas genocidas del tercer Reich. La corporación de Degesch fue la que fabricaba el Zyklon B, gas que fue utilizado en las cámaras.

La exigencia de entrega ciega a los postulados del nazismo era similar a la de los nacionalismos en general: conduce a la supresión de la diferencia entre los sujetos, con-fundidos en la masa, con la consiguiente pérdida de los lazos de filiación y la indiferencia ética. La muerte era el amo absoluto. En la Argentina tras consignas como "Patria o muerte" y otras similares, aparece con nitidez la muerte como un ideal, además de que la terminología militar impregnaba a aquellos grupos que nombraban a sus líderes como comandante, general, capitán o teniente general.

El rechazo a la alteridad

La ideología nazi, paradigma del imperio de lo mismo, del rechazo a la alteridad, de la eliminación de cualquier otro que marque una diferencia, obligaba a sus seguidores al sacrificio en pos del ideal que postulaba. Como expresé en mi artículo "El Siglo del Horror", hay un paso del goce de autosuprimirse en la masa, al goce de la eliminación del otro.

Hoy, continúan resurgiendo aspirantes a dictadores, afectos a un discurso que promueve el Bien de la humanidad. Independientemente de la clase social a la cual pertenezcan, con ideologías que abarcan todo el espectro que va de la extrema izquierda a la extrema derecha, conducen a sus pueblos, inmersos en democracias débiles, a aniquilarse a sí mismos. No olvidemos que Hitler fue nombrado canciller en enero de 1933, con el acuerdo del Parlamento donde su partido había logrado ser la primera minoría.
Alicia Moreau de Justo, en el prólogo del libro de Ziemmer, destaca que "la mística totalitaria hecha de nacionalismo vocinglero, arrogante y vanidoso, que incita la ambición de mando o la voluptuosidad de la sumisión, se difunde y prende sin esfuerzo". Para agregar que "la mística democrática necesita de paz y trabajo" (...) "El totalitarismo es agresivo y militarista; la democracia es pacifista y civilizadora" (...) "Hambre, miseria moral e ignorancia no pueden ser la base de la democracia".

Hoy, a causa del exceso de información y el hecho de no haber otra cosa que lo actual, hay poco lugar para la reflexión. Lo actual, tiene un efecto de borrar el tiempo con la consecuencia de no poder establecer una relación entre el ayer y el hoy; tampoco de anticipar el futuro.

J. Lacan, en una entrevista que le hiciera la televisión francesa, supo anticipar que el fascismo formará parte del porvenir.

Para concluir, Jorge Luis Borges, mencionado por Ricardo Feiersten en su prólogo al libro de Jack Fuchs ("Tiempo de recordar") puso en boca del protagonista Otto Dietrich zur Linde, condenado por torturador y asesino, la siguiente frase: "Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones por venir".


     
       

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