VII: Libros y Fantasmas
Los libros han ejercido desde la Edad Moderna y ejercen todavía un poderos influjo en los hombres. No sólo con sus textos, sino también con sus formatos (soportes materiales de lo escrito), la palabra impresa supo condicionar
actitudes y reacciones, consolar desilusiones y estimular la imaginación de una buena parte de los europeos, entre los siglos XV y XVIII. Cumplió un papel silencioso aunque nunca pasivo en los complejos procesos culturales que condujeron a
la occidentalización del imaginario extraeuropeo1, y a la cristianización de las comunidades rurales que, dentro de Europa, seguían conservando en plena modernidad creencias, rituales y festividades de raíces claramente paganas2.
El condicionamiento de la palabra escrita tuvo, así mismo, un rol significativo en la construcción de la frontera levantada entre lo real y lo irreal. Por lo tanto, una aproximación a estas influencias puede decirnos mucho acerca del lugar y función que
los espectros tuvieron en dichas sociedades.
Es sabido que el relato verbal excitó la imaginación de los oyentes durante siglos. Al respecto, Louis Vax escribió:
"[...] Lo llamado fantástico no tiene el mismo significado cuando se refiere a una imagen que cuando se aplica a la narración [...]. El hombre no reacciona de la misma manera ante una tela pintada y ante una historia [...]. Mientras que los espectadores
de la Edad Media no ignoraban el carácter imaginario de las obras de arte y la aceptaban como tal, las narraciones de hechos fantásticos eran tomados al pie de la letra"3.
Pero la imprenta difusora fundamental del texto impreso ofreció un soporte (el libro) que prestó mayor convicción a los contenidos extraordinarios de cientos de relatos que venían circulando en la tradición oral
europea, desde hacía siglos. Creencia y rumores se plasmaron en tinta y papel, convirtiéndose en testimonios seguros de veracidad.
El éxito editorial de muchísimos de esos textos y las cuantiosas ganancias obtenidas por editores, libreros y buhoneros permitieron y obligaron a que las obras se reeditaran una y otra vez lo largo de la mayor parte de la Edad Moderna.
En formatos elegantes y ediciones costosas como también a través de opúsculos, pliegos sueltos o almanaques, cientos de obras se readaptaron para un público no experto en el arte de la lectura, facilitando la transmisión, conservación y supuesta
confirmación de las múltiples amenazas que se encarnaban en demonios, brujas y fantasmas.
Hoy sabemos que la gente tenía un acceso a lo escrito mucho más amplio de lo que se creía hasta hace poco4. Por ello es posible arriesgar que, la difusión de los textos arriba indicados, sirvieron de plataforma a creencias, gestos y actos que en la
actualidad se nos pueden antojar como inverosímil.
El poder de los libros era múltiple. Por un lado, la palabra escrita se encontraba rodeada de una mística que hacía de la lectura un acto cuasi-religioso, en donde el temor y el respeto se confundían dando vía libre a la credulidad más absoluta,
permitiendo la convivencia con los aspectos maravillosos o soportando los temores que generaba lo sobrenatural.
La interacción entre lo imaginario y lo real esa mezcla sin solución racional entre dos realidades distintas, la del lector y la del texto no cesaba una vez cerrado el libro. El compromiso emocional que se le imprimía a la lectura (ya sea en
voz alto o en voz baja), prolongaba y alimentaba la secular concepción mágico-religiosa del universo.
Por otro lado, la conjunción de la palabra escrita y el dibujo (los grabados) se constituyó en un instrumento muy influyente de propaganda contra los conventículos satanistas, que invocaban (dentro
del delirio tremendistas de muchos) a los muertos, en ceremonias necrofílicas. Las posibilidades técnicas de reproducir imágenes en el interior o tapas de los libros, permitieron que la credulidad supersticiosa exacerbara aún más el temor ya
presente en la sociedad.
Esos libros, que referían sucesos fuera de lo común, explotaron el poder que la imagen y el texto encerraban; materializando gráficamente, ante los ojos sorprendidos de lectores u oyentes, peligros físicos, riesgos morales, prejuicios y miedos.
Como hemos visto, una lectura emocionalmente comprometida volvía muy poco factible la duda, y casi nadie criticaba a las sabias autoridades que publicaban esos trabajos. La necesidad de comprobar a través de la experiencia todo aquello que se sostenía
por escrito no estaba considerado un paso obligatorio. No obstante, esta situación recién empezaría a cambiar hacia fines del siglo XVII, aunque conservando muchas conductas que impedirían el asentamiento de la duda y la incredulidad
en el seno profundo de la sociedad5.
Es evidente que no leían de la misma forma que nosotros, ni la actitud ante lo escrito era idéntica6. Sus ideales, supuestos y nociones básicas los conducían a interpretaciones que hoy rechazaríamos de plano. Como bien escribe Robert Darnton:
"Los esquemas interpretativos dependen de las cambiantes configuraciones culturales, a lo largo del tiempo. Mundos diferentes, leen diferente"7.
Y fueron esas lecturas modernas, esa nueva manera de acceder a lo escrito, lo que terminó por rodear a los fantasmas de las características negativas que conservarían por siglos.
Notas:
1 Véase, Gruzinski, Serge, La Colonización del Imaginario. Sociedades Indígenas y Occidentalización en el México Español. Siglos XVI-XVII, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1991.
2 Delumeau, J., op.cit., pp.398, 572, 618 y 638.
3 Vax, Louis, Arte y Literatura Fantástica, Eudeba, Buenos Aires, 1963, pág. 39.
4 Chartier, Roger, "Las Prácticas de lo escrito" en Historia de la Vida Privada, Tomo 5, Editorial Taurus, Madrid, 1992, pp. 129-131.
5 Véase, Wootton, David, , Editorial Biblos, 1991.
6 Véase Chartier, Roger, "Historia del libro e historia de la lectura" en El Mundo como representación, Editorial Gedisa, Barcelona, 1995.
7 Darnton, Robert, "Historia de la lectura" en Formas de Hacer la historia", Editorial Alianza, Madrid, pág.178-179.