Fragilidad de los vampiros
Algunas veces cazamos vampiros. No son repulsivos ni malvados como cuentan las leyendas y predican las moralejas. Tampoco asumen formas humanas ni muerden el cuello de las mujeres hermosas para darles un placer que humilla a todos los varones mortales.
No parecen fuertes y no besan con labios ni atacan con colmillos. Al contrario, son delicados como telas de araña y pequeños como luciérnagas.
Para atraparlos hay que esperar desnudos en la oscuridad y adelantar al vacío una red pálida y furiosa. El blanco de la piel o de los ojos o de los dientes, las reverberaciones lunares de la red, los marean. El olor del cuerpo sin ropas los conduce, la
fantasía del cazador los abraza con ardiente silencio. Es fácil entonces asirlos entre las yemas de los dedos para devorarlos o encerrarlos en frascos transparentes. Algunos los esconden entre los vellos del pubis, otros los disuelven en jugo de adormideras
para que el significado de sus sueños exceda la miseria de los días que mueren.
Otros se vuelven vampiros también ellos: criaturas de belleza incomprensible, víctimas de los nuevos cazadores que aguardan, los cuerpos irradiantes como lámparas.
Transparencia
Todos los atardeceres la mujer se sienta en el patio de la casa. Si alguien la acompañara vería como su cuerpo se vuelve transparente al compás de la sombra. Primero surge un mapa encendido de venas y de vísceras, luego, más abajo, una población de huesos
huecos por donde el viento corre como un golpe de música.
La mujer sonríe y levanta un brazo en la noche incipiente. Unos minutos más y se apagará el resplandor del hueso iluminado por canciones remotas y ocultará la piel el color de la sangre.
Cuando todo concluye, ella guarda la silla bajo el alero y vuelve a la cocina, llevándose el secreto de la transparencia del mundo.
Dragones
Noche tras noche se construye en la casa un andamiaje silencioso. Los habitantes dejan sus ropas de vivir y su torpe calzado de recorrer ciudades que no miran. Rodean las paredes con sábanas tejidas por la hilandera de un cuento interrumpido y se cuelgan
de los bordes, llameantes como cabezas de dragones.
Por las mañanas la casa apenas conserva alguna marca de ceniza bajo un alero y quizá la sombra del relámpago cruza al sesgo los vidrios de los dormitorios. Los habitantes salen por la puerta del frente vestidos de humanidad, pero en los bolsillos interiores
de un traje, en las costuras de los uniformes, bajo las calificaciones y los lápices, las escamas del dragón van creciendo, tenaces y brillantes.
Ojos de Dios
Los ojos de Dios crecen en las cavidades como los hongos bajo la humedad de las lluvias. Nacen sin cultivar, indisciplinados y múltiples, para ser devorados por animales pequeños o por niños cazadores de lagartijas.
Cada ojo es un mundo minúsculo que sólo puede verse al trasluz. Pero nadie se detiene a mirarlo y el diseño profundo y delicado de todo un cosmos desaparece bajo los colmillos de un perro o los dientes de un chico, con un sabor agridulce y una consistencia
viscosa que estimula la desazón y la melancolía.
Los perros vagabundos que anuncian funerales, los hombres atrabiliarios y las mujeres estériles son -dicen- los que comieron ojos de Dios y ahora ambulan por los bordes de la vida, ciegamente rencorosos y tristes porque alguna vez tuvieron y perdieron
la más secreta irradiación del mundo.
Maquillaje
Ella se dibuja los ojos con líneas oblicuas y flexibles para que esquiven la saña de los inquisidores y resistan las indagaciones inconvenientes. Ella se ensombrece los párpados con una tierra de seda para que tapen y resguarden, para que protejan y acaricien
a la niña sentada frente a la luz que denuncia los males de los hombres y las disoluciones de la muerte.
Ella se unta los pómulos con una crema suave para que no los quemen las lágrimas del duelo, se empolva las mejillas para que no las dañen los rayos de las fotografías y el hueco luminoso de los ausentes.
Ella se mira al espejo cuando todo ha terminado y a través del espejo mira al hombre que ama porque sus ojos ven más allá de las copias y se abren en la verdad del tacto y en las insurrecciones de la noche que vuelve.