HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Ese Olor de Azucenas
por Jorge Muñoz Gallardo

Cada vez que la negrita se abre la blusa y le muestra los senos él inclina la cabeza, se pone colorado y se aleja caminando apresuradamente, con el corazón dándole saltos en el pecho, como si se le fuera a escapar. Por la noche no puede dormir, se lo pasa dando vueltas en la cama, pensando en ella, en sus ojos redondos y brillantes como uvas negras, en su sonrisa de dientes tan blancos, en sus senos pequeños y parados.

A veces resuena una puerta. Aparece el abuelo, con el mostacho blanco, los ojos muy abiertos y siempre fijos, avanzando con las manos estiradas, los pasos vacilantes. Aunque la negrita sabe que el viejo es ciego se arregla la blusa, corre a esconderse y le pone llave a la puerta de su cuarto. Él se queda inmóvil en la mitad de la galería, mirando al abuelo, mirándolo sin verlo, simplemente oyendo sus pisadas; sin verlo porque su cabeza está llena de la negrita, de su sonrisa de dientes tan blancos, de sus parados senos, y apenas tiene tiempo para retroceder sin hacer ruido hasta quedar con la espalda pegada a la pared, tocando con las piernas el jarrón de greda con el filodendro. El abuelo pasa rezongando junto a él que otra vez siente ese olor a viejo y a cigarro.

Una mañana escuchó a su madre que hablaba con el abuelo. Estaban sentados en los sillones de mimbre que hay en el corredor. Era un domingo nublado, denso, caluroso. Su madre había vuelto de la misa, el abuelo resoplaba como una morsa con la camisa fuera del pantalón. Él estaba escondido debajo de la ventana, entre la cortina y la pared, las moscas giraban zumbando inquietas encima de su cabeza, pero él no les daba importancia porque toda su atención estaba puesta en lo que hablaban al otro lado del cristal. Hacía ya bastante tiempo que las preguntas lo andaban rondando... El abuelo tosió, expulsó una bocanada de humo gris y volvió a hablar... Entonces supo que la negrita era hija de un primo de su madre que había trabajado allá en el norte y una bailarina peruana. Cuando la negrita tenía seis años la bailarina los abandonó y regresó a su tierra. El padre, que era minero, dedicó toda su fuerza y su tiempo al trabajo y al cuidado de la niña, pero murió en una explosión subterránea, la negrita se quedó sola. Fue todo lo que pudo oír porque su madre se levantó y entró en la casa. Cuando ella desapareció en la ancha galería él se fue caminando en la punta de los pies y se metió en su habitación. Después de cerrar la puerta se tendió en la cama con las manos cruzadas detrás de la cabeza, se quedó pensando en todo lo que acababa de escuchar.

La negrita había llegado a su casa una tarde de abril. Él regresaba de la escuela y entró en el comedor silbando distraídamente. De pronto la vio ayudando a su madre a colocar el mantel y los platos en la mesa. Cuando ella lo miró sonriendo, con esos dientes tan blancos, él se puso rojo como un tomate, no escuchó las palabras de su madre, balbuceó algo parecido a un saludo y se fue casi corriendo a su habitación. Cuando lo llamaron a tomar el té fingió un dolor de estómago y se quedó tendido en la cama. El abuelo, con su andar vacilante y su voz ronca de vejez y tabaco, llegó hasta su puerta para reprenderlo. Él siguió sin moverse, con las manos sobre el vientre y la mirada detenida en el techo, sintiéndose verdaderamente mal, pero no del estómago, sintiéndose mal por aquellos ojos y esa sonrisa.

Pero el tiempo ha pasado, ya no tiene miedo, tampoco inclina la cabeza si la negrita se abre la blusa y le muestra los senos. Por las noches sale de su cama y arrastrándose como un gato va al cuarto de la negrita. Las tablas de la galería son viejas y crujen. Él se mueve con gran cautela, buscando las esteras de pita que cubren el suelo. Antes de incorporarse permanece agazapado detrás del jarrón con el filodendro y solo cuando comprueba que no hay ningún peligro se pone en pie y avanza hasta la puerta. Dando tres golpecitos muy suaves espera conteniendo la respiración. Entonces se oyen unas pisadas menudas, la puerta se abre misteriosamente y se encuentra con la sonrisa de dientes tan blancos. Le gusta todo lo que ella dice y lo que hacen juntos... especialmente ese gustito rico que lo va llenando poco a poco, desde la cabeza a los pies, mientras ella balancea las caderas como si estuviera bailando al compás de antiguos tambores y un fulgor de antorchas le enciende la mirada y el fuego los consume y en ese vértigo de fuego y sudor siente que la vida se le va por la boca y las manos y cierra los ojos y aprieta los dientes porque cree que se va a morir... No habría nada más lindo que morirse con ella, abrazado a su cuerpo, pegado a su piel, sintiendo ese olor de azucenas que le sale de los senos y le entra por los poros y le nubla la razón y lo deja embriagado.

A veces piensa que el abuelo sabe lo que pasa entre él y la negrita; es cierto que el viejo no puede ver, pero tiene un instinto especial, algo que le permite adivinar las cosas y aunque se hace el tonto es astuto como un zorro, porque una noche en que él estaba chupándole los pezones a la negrita y embriagándose con su olor, sintió los pasos del abuelo en la galería. No eran los pasos de su madre, porque él los conoce bien. Era el abuelo. Hasta podría jurar que se quedó unos segundos parado en la puerta. La negrita se asustó mucho, le tiene miedo al viejo, dice que los ciegos poseen poderes mágicos.

A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, estuvo callado y tenso, sin embargo, el abuelo no hizo ningún comentario. En cuanto terminó su café se levantó y avanzando como quien busca en las tinieblas salió del comedor, él se quedó mirándolo y suspiró aliviado cuando se perdió tras la puerta. Su madre y la negrita andaban en la feria. Él siguió sentado contemplando el vapor del té con leche que se enfriaba en la taza, sumergido en sus pensamientos y ensoñaciones... Le gusta pensar que está en el Paraíso, que la negrita es Eva y está desnuda debajo del manzano, sonriendo con sus dientes tan blancos. También se imagina que el olor de azucenas que le sale de los pechos es el olor del Paraíso y que él es la serpiente y está enroscado en los tobillos de la negrita y va subiendo lentamente, ansiosamente, mientras ella balancea las caderas y se queja despacito, como si quisiera escapar y morir a la vez...

Su madre está preocupada porque lo encuentra muy flaco y pálido y ha bajado las notas. Le da leche, huevos y frutas. Le dice que lo va a llevar al médico. El abuelo, que seguramente lo sabe todo, rezonga y se dirige al corredor y tanteando en el aire hasta tocar el respaldo se acomoda en uno de los sillones de mimbre, enciende un cigarro y se queda con los ojos sin vida fijos en algún lugar de la distancia...

¿El abuelo? ¿La negrita? ¿Qué está pensando ?... El abuelo murió hace dos años. La casa ya no existe. Su madre tiene el pelo blanco y camina con los pasos lentos y él es un ingeniero casado con una mujer que no ama. Es él quien está sentado en un sillón de mimbre en el balcón de un departamento situado en el cuarto piso de un edificio céntrico. Es él quien tiene la mirada perdida en la distancia y vuelve a sentir ese olor de azucenas.


     
       

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