HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Quinta Entrega de "La Salvación después de Noé"

El Primer Emperador, Octavio

por Alejandro Maciel

Por un error que corrige Suetonio, Julio César nunca fue emperador; el máximo título que obtuvo en vida fue el de "dictador" y si bien unos cuantos generales de nuestros gloriosos ejércitos codiciarían el puesto, no basta para consagrarlo como emperador.

Cayo Julio César Octavio Augusto, sobrino-nieto de Julio César nació en el Palatino el año 63 a. de C. y murió en Roma el año 14 d. de C. Suya fue la orden de catastro general que movió al carpintero José desde Nazareth a Belén, donde estaba empadronado. Cayo Octavio se agregó el nombre de su pariente y el Senado le otorgó el título de "Augusto" que significaba <elegido por los dioses mediante un augurio> el 17 de enero del año 27 a. de C., fecha que, curiosamente, ningún militar celebra con pompa y circunstancia y fue la primera delegación pública de los poderes del Estado en una sola persona que registra la historia. Un senador más obsecuente quiso agregarle el título de "Segundo Rómulo" por haber fundado Roma por segunda vez luego de la anarquía que siguió a la muerte de Julio César, pero prevaleció la cordura y dejaron a los antepasados en paz.

Él decía provenir de una familia de caballeros pero Marco Antonio lo detractaba en la asamblea diciendo que el bisabuelo había sido un esclavo liberto y el abuelo paterno, un cambista de moneda. Si Octavio se refugiaba en el linaje materno lo amparaba la suerte ya que su madre, Acia, era hija de Julia, hermana de Julio César; pero Marco Antonio seguía injuriándolo asegurando que el bisabuelo materno era un africano panadero de Aricia. Cuando Octavio discutía algún asunto público en contra de Antonio, éste lo refutaba preguntando ¿qué se puede esperar de un nieto de panaderos?

Siempre me dejó un poco perplejo este complejo tema de las genealogías. Creo que es absurdo acusar a Juan por los errores de su padre o su abuelo. Pero en la Biblia está una de las raíces de esta aberración: se nos dice, e inocentemente lo aceptamos, que somos los herederos del pecado original de nuestros protopadres Adán y Eva. Yo me absuelvo de ese desatinado destino de cargar culpas ajenas. Que Adán responda por Adán yo responderé por mí llegado el caso. En la variada lectura de nuestra historia muchas veces sabemos que se quiso desprestigiar a tal o cual personaje en base a sus antepasados; el "patriciado" (si acaso existiera tal cosa en Latinoamérica) repetía insistentemente este error agregándole el estigma de oficios y profesiones que (nieto de panaderos) en los países nórdicos serían motivos de orgullo pero entre los meridionales acarrea vergüenza. ¿Quién se arrepentiría de tener un abuelo talabartero, ebanista o panadero en Suecia, Dinamarca o Alemania? El desprestigio de la cultura del trabajo fue una de las causas de la miseria de la España de los Felipes. Mientras los hijosdalgos trataban de ocultar su miseria con jubones de terciopelo ralo, en el Norte se gestionaba la Revolución Industrial.

Volviendo a Octavio Augusto, gobernó primero como triunviro con Lépido y Antonio, después compartió el poder con Antonio doce años y finalmente quedó solo como Emperador durante cuarenta y cuatro años más. La astucia que unió hábilmente con una sabia combinación de adulación y uso de la fuerza hizo que mantuviese nominalmente la división de poderes durante su gobierno unipersonal, convirtiendo al Senado en un cuerpo que deliberaba pero no decidía. Pero como la política requiere apariencias, empezó depurando el Senado al que Julio César había convertido en un cuerpo colegiado tan numeroso que era tácticamente imposible tomar decisiones entre esa multitud. Octavio le devolvió su jerarquía destituyendo a los senadores infiltrados pero condicionando su función a una fórmula que (el diablo nos salve) le dejaba la parte del león en la dirección del Estado: "el Senado debe aconsejar al César el mejor modo de decidir según la voluntad del César". Declinó con falsa modestia el otorgamiento de los poderes extraordinarios pero los usó sin el menor escrúpulo cuando creyó necesario. Desde el año 38 a. de C. aceptó el título de Imperator: había nacido el Imperio Romano degradando a la república que había dejado en el camino. Desde el año 36 gozó de inviolabilidad tribunicia y a la muerte de Lépidus se convirtió además en Pontífice Máximus. La república que habían soñado los patricios se hundió bajo el absolutismo de Augusto. Su gobierno puede considerarse como de los más sanos y prósperos que conoció Roma; trató de embellecer la ciudad y organizar la administración y control del Estado. Suetonio en su capítulo "Augusto" de la Vida de los doce césares escribe que: "recibió una Roma de ladrillo y dejó una Roma de mármol". Combinó la serenidad de un buen administrador con la saña de un enrolado. Decapitó a Bruto cuando lo venció y envió a Roma la cabeza para ser arrojada a los pies de la estatua de Julio César que había sido su víctima. En medio de una batalla en la cual los enemigos doblaban en número a la legión que comandaba, relevó al aquilífero que había sido herido de muerte para impedir que el símbolo de Roma cayese en el barro. Fue cruel con los derrotados. A un general vencido que le pedía que le diera digna sepultura respondió que de eso se encargarían los buitres. Un padre y su hijo pedían mutuamente clemencia ofreciendo su vida para salvar al otro; Octavio los instó a que lucharan entre sí y prometió respetar la vida del vencedor. El padre se arrojó sobre la espada del hijo, y éste, al ver al padre muerto, se suicidó que era lo que esperaba Octavio al proponer el combate entre parientes. Durante la campaña a Sicilia una tempestad destruyó su flota en el Adriático, gritó a todo pulmón que "sabría vencer a pesar de Neptuno" e hizo retirar del Coliseo la estatua del dios marino en repudio público. Antes de romper su alianza con Marco Antonio hizo abrir públicamente el testamento que había dejado en Roma en el que declaraba herederos a sus hijos habidos con la reina Cleopatra, lo que causó, como esperaba, una profunda indignación en la ciudadanía. Acorraló en Actium la flota de Antonio y Cleopatra; desestimó el pedido de paz de parte de Antonio obligándolo a morir. Verificó el cadáver de su enemigo como lo haría un forense. Tenía una extraña relación con la muerte (como todos, en el fondo); estando en Alejandría hizo abrir la tumba de Alejandro Magno, le colocó una corona de oro y lo homenajeó como si estuviese en su presencia. Cuando los sacerdotes le preguntaron si quería que exhumaran también los cadáveres de los Ptolomeos, respondió: "he venido a ver a un rey, no a muertos". Cuando el pueblo se quejaba en la asamblea por el alza del precio del vino, contestó que ya había hecho ampliar la red de acueductos para que ningún ciudadano tuviese sed. Impuso una severa disciplina militar que permitió limpiar de enemigos las fronteras del Imperio. Nunca llamó "compañeros" a los soldados porque, decía, eso relajaba la templanza militar y el ejército no era "una reunión familiar". Repudiaba la temeridad como acto de animales; repitiendo siempre "se hace muy pronto lo que se hace muy bien". Recomendaba prudencia en la guerra ya que le parecía superfluo arriesgar la vida que lo es todo por una batalla que es nada comparando el arrojo insensato en la batalla con alguien que pesca con un anzuelo de oro: ningún pez podría compensar la pérdida del anzuelo que se está arriesgando. La vida del vencedor era oro para Octavio; la vida del vencido era nada. Como todo hombre también él pasó de ser todo a ser nada, ¿qué nos queda como testigo de tanta gloria? Quedan las ruinas de la Roma de mármol que hoy podemos admirar en la ciudad eterna o en sus provincias. Nos queda el mes de octubre, la estatua célebre que lo retrata de pie, algunos denarios acuñados en Roma y Éfeso, las páginas de Suetonio que lo resucitan algunos instantes porque, a fin de cuentas, el conjuro de las palabras escritas sobrevive por ahora con más intensidad que los monumentos, la numismática, los mármoles y la sucesión de los meses que como todos sabemos, no duran más de treinta y un días.

     
       
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