HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Ciencia Ficción: El Desembarco

por Ana María Shua

Miro hacia atrás, hacia mi adolescencia, y veo una confusa suma de ingredientes que sin embargo en ese momento se combinaban en una mezcla perfecta y deliciosa. ¿Cómo explicar ese plato de sabor intenso que fueron los años sesenta? Hubo un momento en que era posible ser intelectual de izquierda, y estar cerca, al mismo tiempo, de un esoterismo que con los años se demostró profundamente reaccionario. Estoy recordando El retorno de los brujos de Pouwels y Bergier.

Con un resonante éxito de ventas en el mundo entero, el Retorno de los brujos y su continuación, la revista Planeta, difundían un nuevo, actualizado acercamiento a la magia, a los misterios del espíritu, a la parapsicología. Fueron los primeros (o al menos los más famosos entre los primeros) en aproximarse con una propuesta pseudo científica a ciertos misterios que la ciencia no había logrado resolver. La relación entre los extraterrestres y las pirámides, el parecido entre los trajes de los cosmonautas y ciertas armaduras medievales, los "espiritualistas" Gurdieff, Madame Blatavsky, los estudios universitarios que intentaban demostrar en la Unión Sovietica la realidad científica de ciertos fenómenos parapsicológicos...Todo esto se mezclaba, confundía y ejemplificaba con la ciencia ficción.

Sin duda los adultos con más información y formación política separaban y distinguían. Yo tenía quince, diecicéis años y estudiaba marxismo en uno de los tantos grupos de estudio que reunían a los chicos en ésa época como hoy pueden reunirlos los juegos de rol. Estábamos bajo la dictadura de Onganía, que en 1966 había destruído la Universidad provocando la renuncia de más de tres mil docentes. Recuerdo haber ido a una librería en particular a comprar el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels, que no cualquiera se atrevía a vender. Lo pedí en voz tan baja que tuve que repetir tres veces lo que quería. Y tal vez en ese mismo momento, pude haberme llevado el número 14 de la revista Planeta, publicado en 1967, que tengo aquí, al lado mío.

Dos años después se produciría el Cordobazo y, en el 70, el secuestro de Aramburu por los montoneros. Entretanto, el jesuíta Tehilard de Chardin nos conmovía con su Himno a la Materia, Allen Ginsberg aullaba, William Burroughs, después de deslumbrarnos con su Almuerzo desnudo nos hablaba de los hongos alucinógenos y sus experiencias con el yagé. Las drogas eran un juego sofisticado de intelectuales o artistas.

Para ser sinceros, de la revista Planeta, que hojeaba con dedicación, yo terminaba leyendo solamente los cuentos. Ray Bradbury había comenzado a seducir a los argentinos con sus Crónicas Marcianas. Esa seducción abrió el camino al desembarco de la ciencia ficción a través de la editorial Minotauro, dirigida desde Sudamericana por el editor español Paco Porrúa. La colección y la revista Minotauro me hicieron creer que la ciencia ficción era esa gran literatura que leía y releía con pasión. Ahora sé que en la cf esa calidad literaria existe, pero que está muy lejos de ser el promedio general. (Me refiero a la primera revista Minotauro, la de los sesenta. Hubo otra del mismo nombre en los ochenta, dirigida con excelencia por Marcial Souto.)

Aquella Minotauro era una exquisita selección que hacía Paco Porrúa de la exquisita selección que hacía The magazine of Fantasy and Science Fiction, proclamada la mejor revista del mundo en 1963 por la Convención Mundial de Ciencia Ficción. Era bimestral y yo corría a buscarla con ansiedad en librerías, a veces en quioscos. La revista tenía forma de libro y por primera vez en la historia, los quioscos empezaban a vender libros.

Hasta entonces, la cf no era un género en la Argentina, salvo para unos pocos iniciados. En cambio todos nuestros grandes autores escribían cuentos fantásticos, muchos de los cuales podrían haber sido considerados dentro del género: cada vez que lo imposible cruzaba el límite de lo improbable. Bioy Casares y Borges se acercaban desde distintos ángulos (por ejemplo, con La invención de Morel o con Tlön, Uqbar y Orbis Tertius). Arlt escribía sobre la rosa de cobre. Pero no eran considerados cf: eran simplemente literatura argentina.

Además de la revista, la colección Minotauro, dirigida por el mismo editor, nos trajo lo mejor de la cf de la época. Mi gusto personal se inclinó siempre más hacia los cuentos de cf que a las novelas. En diez, veinte páginas, es posible mantener esa voluntaria suspensión de la incredulidad que exige la lectura. En cambio encuentro que es difícil sostener ciertos agujeros técnicos en la verosimilitud a lo largo de una novela. Con gloriosas excepciones, por cierto.

     
       
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