por Ana María Shua
Miro
hacia atrás, hacia mi adolescencia, y veo una confusa suma de ingredientes
que sin embargo en ese momento se combinaban en una mezcla perfecta y deliciosa.
¿Cómo explicar ese plato de sabor intenso que fueron los años
sesenta? Hubo un momento en que era posible ser intelectual de izquierda,
y estar cerca, al mismo tiempo, de un esoterismo que con los años se
demostró profundamente reaccionario. Estoy recordando El retorno
de los brujos de Pouwels y Bergier.
Con un resonante éxito de ventas en el mundo entero,
el Retorno de los brujos y su continuación, la revista Planeta,
difundían un nuevo, actualizado acercamiento a la magia, a los misterios
del espíritu, a la parapsicología. Fueron los primeros (o al
menos los más famosos entre los primeros) en aproximarse con una propuesta
pseudo científica a ciertos misterios que la ciencia no había
logrado resolver. La relación entre los extraterrestres y las pirámides,
el parecido entre los trajes de los cosmonautas y ciertas armaduras medievales,
los "espiritualistas" Gurdieff, Madame Blatavsky, los estudios universitarios
que intentaban demostrar en la Unión Sovietica la realidad científica
de ciertos fenómenos parapsicológicos...Todo esto se mezclaba,
confundía y ejemplificaba con la ciencia ficción.
Sin duda los adultos con más información
y formación política separaban y distinguían. Yo tenía
quince, diecicéis años y estudiaba marxismo en uno de los tantos
grupos de estudio que reunían a los chicos en ésa época
como hoy pueden reunirlos los juegos de rol. Estábamos bajo la dictadura
de Onganía, que en 1966 había destruído la Universidad
provocando la renuncia de más de tres mil docentes. Recuerdo haber
ido a una librería en particular a comprar el Manifiesto Comunista,
de Marx y Engels, que no cualquiera se atrevía a vender. Lo pedí
en voz tan baja que tuve que repetir tres veces lo que quería. Y tal
vez en ese mismo momento, pude haberme llevado el número 14 de la revista
Planeta, publicado en 1967, que tengo aquí, al lado mío.
Dos años después se produciría el Cordobazo
y, en el 70, el secuestro de Aramburu por los montoneros. Entretanto, el jesuíta
Tehilard de Chardin nos conmovía con su Himno a la Materia,
Allen Ginsberg aullaba, William Burroughs, después de deslumbrarnos
con su Almuerzo desnudo nos hablaba de los hongos alucinógenos
y sus experiencias con el yagé. Las drogas eran un juego sofisticado
de intelectuales o artistas.
Para ser sinceros, de la revista Planeta, que hojeaba
con dedicación, yo terminaba leyendo solamente los cuentos. Ray Bradbury
había comenzado a seducir a los argentinos con sus Crónicas
Marcianas. Esa seducción abrió el camino al desembarco de
la ciencia ficción a través de la editorial Minotauro, dirigida
desde Sudamericana por el editor español Paco Porrúa. La colección
y la revista Minotauro me hicieron creer que la ciencia ficción
era esa gran literatura que leía y releía con pasión.
Ahora sé que en la cf esa calidad literaria existe, pero que está
muy lejos de ser el promedio general. (Me refiero a la primera revista Minotauro,
la de los sesenta. Hubo otra del mismo nombre en los ochenta, dirigida
con excelencia por Marcial Souto.)
Aquella Minotauro era una exquisita selección
que hacía Paco Porrúa de la exquisita selección que hacía
The magazine of Fantasy and Science Fiction, proclamada la mejor revista
del mundo en 1963 por la Convención Mundial de Ciencia Ficción.
Era bimestral y yo corría a buscarla con ansiedad en librerías,
a veces en quioscos. La revista tenía forma de libro y por primera
vez en la historia, los quioscos empezaban a vender libros.
Hasta entonces, la cf no era un género en la Argentina,
salvo para unos pocos iniciados. En cambio todos nuestros grandes autores
escribían cuentos fantásticos, muchos de los cuales podrían
haber sido considerados dentro del género: cada vez que lo imposible
cruzaba el límite de lo improbable. Bioy Casares y Borges se acercaban
desde distintos ángulos (por ejemplo, con La invención de
Morel o con Tlön, Uqbar y Orbis Tertius). Arlt escribía
sobre la rosa de cobre. Pero no eran considerados cf: eran simplemente literatura
argentina.
Además de la revista, la colección Minotauro,
dirigida por el mismo editor, nos trajo lo mejor de la cf de la época.
Mi gusto personal se inclinó siempre más hacia los cuentos de
cf que a las novelas. En diez, veinte páginas, es posible mantener
esa voluntaria suspensión de la incredulidad que exige la lectura.
En cambio encuentro que es difícil sostener ciertos agujeros técnicos
en la verosimilitud a lo largo de una novela. Con gloriosas excepciones, por
cierto.