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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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Aproximación al devenir histórico de los fantasmas en el imaginario de la Cultura Occidental Visitantes de la Noche por Fernando Soto Roland IX: Ruidos, Brujería y Fantasmas
Con títulos sugestivos, pomposos, irónicos o crédulos, un significativo número de historias de fantasmas han quedado testimoniadas en la literatura jurídica, autobiográfica y clerical del siglo XVII. Aunque no demasiado extenso, este corpus bibliográfico conserva opiniones, anécdotas y relatos de testigos que facilitan el reconocimiento de gestos, prácticas, creencias y temores, que sorprenden por su larga permanencia. Y son justamente esas permanencias las que, resignificadas por el paso del tiempo, parecen haber mantenido en el imaginario colectivo temores ancestrales con muy pocos cambios.
Existe un término que desde hace más de cuatrocientos años ha venido repitiéndose una y otra vez. Seguramente, Martín Lutero —que lo utilizó a principios del siglo XVI— no imaginó jamás el éxito que alcanzaría en las centurias posteriores, ni las controversias que todavía hot suscita en algunos círculos. La palabra poltergeist, de origen alemán, hace referencia —etimológicamente hablando— a un "espíritu [geist] que produce ruido [polter]"; a una entidad traviesa que , progresivamente, fue perdiendo con las décadas su carácter demoníaco para ser actualmente interpretada como el producto de un "poder mental muy desarrollado", capaz de mover objetos a distancia y que recibe el nombre técnico de telekinesis. Si bien no todos los testimonios escritos en el siglo XVII hacen referencia directa al término poltergeist —en especial los ingleses, ya que recién fue incorporado a ese idioma en la primera mitad del siglo XIX—, un porcentaje muy alto de casos testimonian sólo ruidos, olores y movimientos de objetos sin causa natural aparente alguna, relegando a un lejano segundo puesto el sentido de la vista. Así, pues, el poltergeist "se huele", "se escucha", "se siente", pero rara vez "se observa". La modernidad —arrastrando aún una vieja costumbre medieval— se resistía a materializar sus fantasmas. Hacia fines del siglo XVI, el abogado alemán Peter Binsfeld —en el Tractatus de Confessionibus Maleficarum et Sagarum [Tratado de las Confesiones de lalhechoret y Brujas] de 1589— repetía las justificaciones dadas años antes por Pierre de Loyer, respecto de la anulación de los contratos de alquiler, cuando "espíritus ruidosos" alteraban la tranquilidad de los inquilinos. Por su parte, el demonólogo francés Nicholas Remy, impulsado por denunciar y publicar los males de la brujería —asociada por entonces a los fantasmas—, escribió en Demonolatreiae [1595] varios apartados sobre "Duendes", acompañándolos incluso con ilustraciones que mostraban a los "traviesos espíritus" desordenando un salón claramente burgués. Era esa "inconstancia de los ángeles malvados" —como los denominaba Pierre de Lancre en Tableu de L’Inconstance de auvais Anges [1612]— la que producía incertidumbre; no sabiéndose nunca qué actos perniciosos podían esperarse de ellos.
Basada en la obra de Nicholas Remy, el Compendium Maleficarum [Manual de las Brujas] de Francesco María Guazzo —publicado en Milán por petición del Obispo de la ciudad en 1626— describe un caso de poltergeist, fechado en el año 1608. Según F. Guazzo, después de la muerte de una joven en el pueblo de Callas:
"Una piedra golpeó a una criada en el hombro [...], una vasija que estaba en la mesa salió volando hacia ella. Y en toda la ciudad se vieron tejas y trozos de pizarra arrojados con gran estruendo hasta una distancia de tres kilómetros (no es que haya muchas tejas y pizarras en las afueras de callas, pues casi todas las casas de la ciudad tienen el tejado hecho de hojas de palmera) [...]. En el jardín, un ladrillo salió volando y volcó una mesa preparada para la cena".
Así mismo, Increase Mather, pastor puritano de la North Church en Boston, y rector de Harvard entre 1685 y 1701, trabajó copiosamente en la recolección de casos extraños de aparecidos y brujas, en épocas de las colonias inglesas de Norteamérica. Preocupado por el constante aumento del ateísmo racionalista. I. Mather publicó en 1684 la colección titulada An Essay for the recording of Illustrious Providences [Ensayo para la relación de providencias famosas], en la que pretendió —a través de casos ejemplificadores (moralizantes)— mostrar la existencia real de espíritus y brujas. Su lucha intelectual contra los incrédulos lo llevó a documentar historias de fantasmas que, según sus propias palabras, estaban en la época perfectamente probadas. Gracias al celo que I. Mather le imprimió a su trabajo, es posible disponer hoy de dos historias ya clásicas de poltergeist. La primera, conocida como "El Demonio que tiraba piedras"; la segunda, hace referencia al caso titulado "El Tamborilero de Tedworth".
Confirmado por un opúsculo publicado en Londres en 1698, "El demonio que tiraba piedras" es quizás el ejemplo más típico de lo que por aquel entonces se consideraba el accionar característico de un duende. Las víctimas de los extraños sucesos fueron los miembros de la familia de George Walton, quienes durante el verano de 1682 y la primavera de 1683, se vieron sometidos a una inexplicable lluvia de piedras, en su mansión Great Island, Newcastle, Nueva Inglaterra. Escribe Increase Mather:
"El 11 de junio de 1682, domingo por la noche, cayó una lluvia de piedras sobre el tejado de la casa de George Walton. Salieron varias personas, quienes vieron que las verjas estaban arrancadas de sus goznes, y de repente se vieron rodeados de piedras. Algunas caían a su lado, otras les rozaban, pero ninguna llegó a hacerles daño. Aunque caían con gran fuerza, sólo le rozaban. Las piedras volaban por la habitación, a pesar de que las puertas estaban cerradas; los cristales de las ventanas quedaron hechos añicos por las piedras, que parecían que procedían de adentro y no de afuera, y las emplomaduras y barras de las ventanas se doblaron hacia fuera".
Indefectiblemente, estos hechos fueron asociados con el accionar de las brujas y los actos de malvados espíritus / demonios. Años más tarde, la interpretación cambió de sentido; atribuyéndole causas naturales, no sobrenaturales, como pretendieron varios escritores de la época, encabezados por Mather. Se dijo entonces que las piedras habían sido lanzadas por un pueblo disconforme, que buscaba la expulsión de Great Island del representante de la corona británica. Por lo tanto, aquel bombardeo lítico no estaba dirigido hacia el pobre de G. Walton, sino a su huésped, Richard Chamberlain, víctima propiciatoria de las agresiones que setenta años después desembocarían en la independencia de las colonias inglesas.
Testimoniado por I. Mather, pero largamente desarrollado e interpretado por Joseph Glanvill en su libro De Saducismus Triumphatus [1683], el caso del "Tamborilero de Tedworth" refleja claramente la asociación existente entre fantasmas y demonios. Abogado y capellán del rey Carlos II de Inglaterra, Joseph Glanvill ha sido el autor que más influencia tuvo en la difusión de la creencia en aparecidos, demonios y fantasmas, dentro del ámbito británico. Interesado profundamente en lo oculto, buscó dar explicaciones a los fenómenos sobrenaturales, que abundan en su obra; aunque siempre relegando la vía racionalista y cargando las tintas contra todos aquellos que se atrevían a descreer en el mundo de ultratumba, que él daba como "peligrosamente verdadero". Cierta vez Glanvill escribió:
"Cuando más absurdas e increíbles son estas acciones, más me convenzo en la veracidad de estas historias y de la realidad de lo que los incrédulos quisieran destruir".
Glanvill sitúa el acontecimiento del tamborilero en la ciudad de Tedworth, Inglaterra, entre los meses de marzo de 1662 y abril de 1663. Las víctimas del extraño duende fueron los residentes de la mansión perteneciente a John Mompesson, magistrado de la localidad. Todos testimoniaron fenómenos inexplicables, los que nuestro autor ligó —sin dudar— con brujas y vengativos diablillos. En la edición de 1683, un dibujo en blanco y negro muestra cómo dos sorprendidos testigos observan sobre la propiedad a un demonio alado —rodeado de culebras voladoras— tocando el tan afamado tambor y alterando la paz de la residencia. Todo parece que se inició en marzo de 1662 con la detención de un tamborilero vagabundo a quien Mompesson le confiscó su instrumento, al encontrarlo culpable de falsificación de documentos. A partir de ese momento, la casa del magistrado se convirtió en un caos: el tambor tocaba solo, los zapatos de los niños volaban por el aire, los orinales se vaciaban sobre las camas y persistentes ruidos impedían el descanso nocturno. Los siguientes párrafos —extraídos del Saducismus Triumphatus— ejemplificarán los extraños sucesos que la familia Mompesson debió —supuestamente— soportar: "El ruido retumbante de un tambor se repetía con frecuencia por lo general cinco noches seguidas, y se paraba otras tres. Se oía a las puertas de la casa, que es de madera en su mayor parte. Siempre empezaba cuando iban a acostarse, ya fuera tarde o temprano. [...] El 5 de noviembre de 1662 [...] un criado, observando que en el cuarto de los niños había dos tablas que parecían moverse, dijo que quería una, tras lo cual la tabla llegó a un metro de donde él se hallaba (sin que viera a nadie que la moviera). El hombre añadió: No, la quiero en la mano; y la tabla salió disparada y llegó hasta él. La arrojó hacia atrás y volvió a sus manos; y así una y otra vez, lo menos veinte veces, hasta que el señor Mompesson le prohibió a su criado tales familiaridades [...]. Después empezó a sufrir molestias otro criado. Estando ese hombre acostado durante las horas de mayor ruido, alguien intentó arrancar las ropas de su cama, varias veces en las noches seguidas, de modo que el criado no paraba de tirar para mantenerlas en su sitio, y varias ocasiones consiguieron quitarles las ropas y arrojarle los zapatos a la cabeza. De vez en cuando alguien lo agarraba con fuerza, como si lo ataran de pies y manos, pero descubrió que cuando lograba desenvainar la espada y dar una estocada, el espíritu lo soltaba". Sucesos como los descriptos por Glanville se repetirán cientos de historias de fantasmas de siglos posteriores; que no eliminaron el carácter vacilante e incierto que —hasta hoy— las caracterizan. Los hechos de Tedworth tendrían también —durante el siglo XVIII— su propia explicación racional, y las mujeres de la mansión Mompesson pasarían a ser las únicas histéricas responsables de los perturbadores fenómenos. A partir de entonces, el fraude, la ilusión o el desequilibrio mental ocuparían gradualmente el espacio interpretativo de las elites cultas (americanas y europeas), que se inclinaron hacia soluciones racionales, desestimando cualquier tipo de injerencia satánica o trascendente. Aunque, por supuesto, las denuncias sobre duendes siguieron registrándose. La convivencia entre el escepticismo y la credulidad se volvió cada vez más tensa; y la nueva ortodoxia científica —que empezaba a imponerse con fuerza— calificó de supersticiosas a todas las creencias que contrariaban las doctrinas y prácticas que esta nueva elite de intelectuales pronunciaban como únicas valederas. La ortodoxia religiosa se veía suplantada por otra nueva: la ortodoxia científica, y con ello los fantasmas volvieron a modificar su status.
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