HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Memorias de una Princesa Autóctona

por María Laura Amuchástegui

"Ay, qué bonito es volar, a las dos de la mañana".

(Canción popular mejicana)

Hube de empezar a mentir. Cansada de que me pregunten, le hice una rebaja al tiempo. Y qué rebaja. Más de la mitad, por lo menos. Si dijera la verdad nadie me creería que tengo ciento doce años. Y en mi profesión es importante la credulidad del prójimo. Debemos parecer transparentes, como hechas de aire.

Recuerdo la primera vez que llegó la gringuita. Triste, asustada. Sin pensar voy y le digo: Ya sé. No hace falta que aclare. Usted es la gringuita propiedad del propietario. Puso aire entre las dos: apretujó al niñito que traía entre los brazos y dio la media vuelta.

Perdón, no se ofenda, es que no hablo bien en español, en cristiano, le dije para acercarla. Usted es la señora, la mujer del propietario, legítima, casada con todas las de la ley. Y veo que trae a su hijito. Qué le anda pasando.

Que no sabía, que lloraba mucho, que le recomendaron mis manos. O mis artes, algo así susurró con la cabeza gacha. Empecé a alabarle el niño a ver si entraba en confianza. Le alargué mis manos limpias: aceptó entregármelo pero prefirió no ver qué le hacía. Demasiado joven. Y cómo cambió su rostro cuando vio los resultados. Se lo devolví otro: tranquilo, sonriente, pegándose al pecho como si fuera la última vez.

Susurró muy seria: cuánto le debo? No me va a dar las gracias, le respondí con suavidad. Sí, claro, gracias, disculpe. Pero cuánto es, cuánto le debo. Abrió los ojos como el dos de oro ante mis palabras: Una canción, y en su lengua. Por ser la primera vez, una atención que tengo con los clientes. Sí, ya sé cómo canta: para eso soy adivina, o bruja, como dicen otros. A pesar de que vivimos lejos he oído su voz entre los aires mezclados que me llegan. Sé también que le sirve de consuelo, y a todos nos hace falta, por eso le pido que me la preste.

Al principio le salió vacilante, algo ronca, pero fue tomando confianza, confianza en ella, entrecerró los ojos y entró a elevar la voz al aire hasta alcanzar la máxima dulzura. Nunca sentida antes por estos pobres oídos. Y en esa lengua ajena, extraña para mí. Cuando terminó la aplaudí, no pude contenerme, me acerqué para tomarle las manos pero se fue yendo hacia atrás, saliendo de a poco y susurrando como si no pudiera oírla: Con tal de ahorrar, lo que sea. Me arrojó un seco Adiós y le dio duro a las riendas del sulky, un carruaje vacilante y quejoso por ser de un propietario.

Nunca me alegraré bastante de haber quedado viuda joven: eso mismo me dio derecho a no casarme más, según reglas de la tribu. Si habré rechazado pretendientes. Y sin excusas de tejer y destejer: los telares están viejos, ya no dan para más. Cada cual que venía dándose aire con su tropilla de un mismo pelo, o el cinturón de monedas de plata que se había robado, tal otro que me ofrecía un harén de cautivas para maltratar. Y yo muy dulce: No, gracias, solita y sola me las arreglo bien. Y me arreglaba bien para recibirlos, así se suspendían un poco más: mi mejor túnica de lana con esas figuras, con esas guardas que aprendí de las abuelas, el largo collar de plata, los aros que tintineaban sobre mis hombros, parte de mi pelo, mi negro y espeso pelo recogido con agujas de plata. Y el arreglo de la cara de toda una princesa: ojos y cejas subrayados de negro hollín, mejillas y labios enrojecidos con polvo de piedra roja, uno que otro lunar de barro salpicando aquí y allá.

Cuando ya creían que el lujo era por ellos y se deshacían en ofrecimientos, a veces, muchas veces con los ojos brillantes por el alcohol_ tomaban para tomar coraje_ yo los dejaba hacer, los dejaba hablar, los dejaba desquitarse, al menos. A más, no me venía mal escuchar elogios de cuando en vez. Y en lo mejor de la avalancha de palabras daba mi media vuelta y salía con la cabeza más erguida que nunca por la puerta de atrás. Por el hueco posterior del toldo. A respirar aire puro. Pocas humillaciones como ésas: quedarse hablando solos, salir por donde vinieron sin respuesta de mujer.

Vaya mi silencio por los gritos al aire de mi abuela cuando la mataron. La hechicería, como antes la astrología, era muy importante, cuestión de vida o muerte: Bruja que se equivoca, bruja que muere. Ya vería poco, la pobre, y la ocupación es de por vida. O las vísceras de la oveja no estaban buenas. La cuestión es que la correría, la invasión a los pueblos de los blancos fracasó ostentosamente. Volvieron como el perro arrepentido, con la lanza entre las piernas. Y de dónde iba a saber la bruja que los del fuerte habían comprado armas nuevas y recibido refuerzos. Tal vez quiso ser optimista, darles ánimos. Pero no hay caso: no hay comedido que no tenga su merecido.

Y por qué la mataron. Ah, era ley, aunque no escrita. Siempre las viejas tuvieron mala prensa, pero no es para tanto. En la tribu aprovechaban cualquier oportunidad para desvanecerlas. Del todo. Que si es la suegra, encierra el diablo. Si se convive con ella en el mismo toldo, no se la puede mirar: hay que poner una tela grande que los separe. Que si hechicera, y le yerra, hay que eliminarla. Sin pena ni gloria, sin que nadie lo sepa, total, para lo que se pierde. Que muere algún miembro de la familia, un caballo se enferma, se malogra un puchero: la culpa es de la más vieja. Acabemos con ella.

Y así murió la abuela, cuyo nombre, secreto como el mío, no revelaré. Se le fue acercando despacio el hombre, en la noche cerrada, y en puntas de pie se agachó para adornarle el cuello con el último collar que usaría: una cuerda de tripas que primero acaricia y luego ahorca. Fue un grito largo primero, gemidos tenues después mientras se fugaba el aire hasta el silencio final. Todos se hicieron los dormidos, salvo los borrachos que no precisan simular. Era la costumbre. Yo sentí cómo la arrastraba hasta hacerla desaparecer del toldo primero, de la superficie del universo después. Y no digo más. Aquí le hago un nudo.

Sin embargo una vez me enamoré. Y de un cautivo. Ya estaba tan decidida a no mirar varón por siempre jamás. Pero quién no tiene su corazoncito. Malhaya quién dijo amor, por qué no dijo veneno. A éste no hubo forma de ignorarlo, gritaba como cerdo que lo han atado con alambre. Pelo largo y amarillo, ojos claros, torso desnudo y fuerte: una no es de fierro. Cómo lo traían arrastrando atado a dos caballos, cómo corcoveaba con su pelo al aire.

-Basta, basta, que esos caballos son herencia de mi abuelo, son sagrados, mentí hasta confundirlos.

Y surtió efecto: lo desengancharon enseguida. Y enseguida se apuraron a estaquearlo en lo más duro de la tierra, cosa que le diera bien el sol hasta rajarlo. Me mordí la lengua inoportuna para hacer sangre. Y la escupí al lado del que lo trajo. Vieran cómo se encogió y entró a tiritar de miedo y a postrarse a mis pies. Retira tu sangre, retira tu sangre, repetía el desdichado. El destinado a la enfermedad y a la muerte. Maldición de bruja no falla, murmuraban los demás, alejándose de espaldas.

Tuve que esperar la noche cerrada para alcanzarle agua y cortar las sogas de sus manos mientras le prodigaba caricias para borrar las marcas. Tuve que indicarle el camino para huir y refugiarse entre los pastizales más lejanos. Le prometí que a la noche siguiente le alcanzaría un caballo: volví a morder mi lengua inoportuna, y esta vez me tragué yo la sangre. Se me tiñó de rojo el alma: cómo iba a dejarlo partir, a ayudarlo a partir si ya se había adueñado de mí. Me puse mis mejores galas, casi gasto el espejito de plomo verificando arreglo. En mi bolsa de arpillera puse lo mejor del asado de yegua, los zapallos cocidos, algún que otro choclo y el aguardiente de más edad. Me deslicé en el silencio de la noche y no precisé buscarlo: me fueron guiando sus gemidos. Cuando me oyó llegar casi me atropella: Y el caballo, el caballo, repetía, mi cuerpo por un caballo. Entré a explicarle con mi mayor dulzura que había que ser paciente, que nos surgió una urgencia: un malón nocturno. No quedaron ni los potrillos de los niños. Entretanto podíamos compartir la humilde vianda, la generosa bebida que ensancha los espíritus. De qué es, me preguntó con desconfianza cuando le alcancé la carne enternecida por el paso del tiempo. Cuando se enteró la arrojó al suelo, a la madre tierra, y entró a pisotearla con odio gritando: Pero usted no sabe quién soy yo, cómo voy a comer esa porquería, prefiero morir de hambre. Me le arrojé encima y lo amordacé con mis manos, a falta de mejor material: si lo oían estábamos perdidos. Ya cuando vieron que zafó de la estaqueada me miraron fijo y feo: tuve que inventar una historia de espíritus de cautivos que se llevan a los suyos. Pero en lo mejor del arrojo perdió pie, nos fuimos los dos al suelo y mientras mi cuerpo lo aplastaba hasta dejarlo sin aire aproveché para susurrarle insinuante: Y si compartimos choclos?

Me empujó sin consideración alguna, tomó su cabeza entre las manos y volvió a gimotear revolcándose: Dios mío, Dios mío, por qué no me dejaste morir antes de caer entre esta chusma hedionda, salvaje! Ahí se me evaporó la suavidad, le sujeté los brazos con toda la fuerza de los míos y amenacé con entregarlo ya si no se retractaba. A mí, tan luego, que me venga a tocar en suerte un depresivo. Depresivo pero no tonto: la amenaza le hizo efecto inmediato y aceptó sin condiciones todas las mías: instalarse en mi toldo y obedecer mis órdenes. Ya se me ocurriría qué decirles a los demás sobre cómo lo encontré.

Había sido malcriado el cristiano. No sabía ni agarrar una escoba. Soy de familia principal, me repetía con gesto soberbio, jamás manejé un utensilio, salvo los cubiertos de plata de mamá. Observe, observe mis manos si no me cree. Y, sí, yo le creía, y hubiera deseado esas finas manos para otros menesteres, pero debía justificar su adopción, por decirle de algún modo. Ése era el destino de los cautivos, y de los primerizos: la servidumbre. Hasta que se me ocurrió una treta. Que hiciera como que. La mímica de barrer, de sacudir las mantas, de llevar la ropa al río. No quiso saber nada con los guantes que le tejí, del mismo color de la carne. Y una chiquilina, una sobrina mía muy trabajadora le daba vueltas alrededor, como quien le ayuda, y en realidad se encargaba de todo. En cuanto se dio cuenta de que lo favorecía entró a exigir, el hombre: que cordero al asador, que las mejores verduras, que las sandías más jugosas. Al final el ama terminó de servidora. Yo, que no tuve hijos, no daba abasto en atender sus menores deseos, y no hay cosa peor que tratar de reeducar a un grandote con malas mañas. Y sin comerla ni beberla: no se me acercaba a menos de un metro.

Entretanto, las otras mujeres también entraron a codiciarlo cuando lo apreciaron más en detalle, yendo de aquí para allá con poca ropa. Y llegaban de visita, como traídas por el viento, en grupos de a cinco o seis, de modo que me la pasé atendiendo gente, ofreciendo de comer y beber a medio mundo. Así no hay presupuesto que alcance. Aunque como princesa tuviera derecho a más provisiones, no eran buenas épocas: vivíamos de las magras cosechas, los botines de los malones entraron a decaer. Total que en cuanto llegó una comitiva de blancos a rescatar cautivos se los di por lo que me dieran. Que lo sostenga otra. Y le hice un nudo a mi corazón.

Si quería estar ocupada, tenía mi oficio. Siempre hubo niños y grandes para curar. Me concentré tanto en mejorar los sistemas secretos de mis antepasadas que se corrió la voz de que tenía poderes. Y hasta me llamaron del pueblo más cercano con el encargo de rastrear a una joven perdida. Cuando llegué me dieron algunas prendas, por si servían. No soy perro, les dije, altanera. Quiero ver la casa, escuchar de ella. Los padres se removieron incómodos en sus asientos, se miraron desconfiados, guardaron silencio. Sólo una hermana menor se ofreció a acompañarme en el recorrido: en su cuarto hallamos unos papeles rotos en un cajón. Pudimos reconstruir algunos y era lo que me temía: cartas de amor. Y de amor imposible. La cara de la niña se llenó de sangre cuando leí en voz alta algunas frases, y hubo que sacarla al aire, a respirar todo el aire de afuera, aunque viniera mezclado con tierra y hasta papeles. Apenas se repuso entramos a caminar por esos espacios descuidados, y comenzó la confidencia. Los padres no le permitían aceptar el cortejo de un forastero, trabajador el hombre, pero guitarrero y cantor en sus horas libres. Esos esparcimientos eran mal vistos, propios de gente vaga y mal entretenida. Y muy dada al trago, por lo general. Se cansó de rogarles la joven para que aceptaran al candidato: dejen entrar aire nuevo a sus almas, les repetía, afecta a la novelas románticas. Pero el hombre se cansó de las citas a escondidas, del pudor de la mujer, de las negativas paternas y partió, voló como peón golondrina que era. Y después voló la joven, pero no con él, como podría pensarse.

El comisario la encontró en un hotel de mala muerte de un pueblo vecino, conviviendo con un viajante, un turco vendedor de peines y peinetas, de jabones de olor. Un hombre casi viejo, desagradable, a quien sólo pudo unirse como venganza contra los padres. Eso dijo su hermana. Y el mismo día que la trajeron de regreso desapareció para siempre. Mientras seguíamos caminando mi instinto me llevaba de las narices hacia una zona alejada de la casa, donde los yuyos asfixiaban, cubrían la madre tierra. Y no va la niña y tropieza con una abertura y cae de bruces, y me dice sorprendida: está corrida la tapa del pozo de agua, habrá sido un animal, ya pasó otras veces. Entre las dos la sacamos del todo y el olor nauseabundo nos dejó sin aire: hubimos de taparnos las narices, la niña entró a hacer arcadas, hasta que logré alejarla y sentarla en un tronco. Cuando llegamos a la casa les pedí a los padres que investiguen el pozo. Lamento comunicarles que se han estado bebiendo a su hija. Ni siquiera me pagaron, tal vez por la dureza de mis palabras. Y aquí le hago otro nudo.

Esa noche, cuando regresaba en mi yegua mansa con algunas provisiones, alcancé a oír unos sonidos propios de las esferas, y entré a seguirlos, sin pensar. Sólo una flauta soplada por labios maestros podía lanzarlos al aire de ese modo. Y detrás de la flauta, unas cuantas ovejas siguiendo a su pastor, tal vez. ¿Pero tan tarde? Cuando quise acordar la vi suspendida del aire, luminosa, marcando rumbos de caminante, avanzando sin pausa con el sonido de patas de las ovejas detrás. La flauta mágica. Ya había oído hablar de ella, pero nunca la vi. Y se me dio por seguirla: quién dijo miedo. Valió la pena el riesgo de llegar a un rejunte musical fantasmagórico. Una orquesta de cámara en medio del monte: la guitarra más abajo, como si su invisible intérprete precisara sentarse y apoyar el instrumento en la pierna; el violín agitando el aire sin parar un instante. Tal vez el diablo que lo tocaba masticara hierbas para inspirarse más. Se hizo un breve silencio al soplar de la flauta que se aproximaba, y cuando llegó al centro del círculo mágico se impulsó de nuevo toda la música, la mejor música del universo sólo para mí.

Al menos, eso fue lo que creí al principio.

Me senté en una piedra cercana, en primera fila, como quien dice. Ya entrecerraba los ojos para ser mejor penetrada por la música, cuando un aire violento entró a soplar sobre mi nuca. No quise darme vuelta, no me hizo falta. Pude saber quién era por su inconfundible hedor. Le dicen Carboncillo por el refulgir de sus ojos, capaces de iluminar la noche más profunda. Pero sospecho que merece también el apodo por su rechazo al agua. Y tiene la mala maña de respirar como si fuera la última vez, en especial si oye música, si se excita con la música. Cosa que ocurre casi siempre, y esta vez la suerte, la mala suerte lo trajo a instalarse detrás de mí. Sin disimulos tapé mi nariz con parte de mi manta, no tengo por qué soportar agresiones hediondas. Así que por un rato: ojos cerrados, nariz oculta, pude gozar de la maravilla de esa orquesta sin músicos. Sin músicos visibles. Y cuando estaba en lo mejor del disfrute entra a oírse lejano primero, más rotundo después, un galopar de cascos de jinete enloquecido. Que no nos pise, a mí y a los instrumentos, pensé. Que se desvíe, lejos, lejos, vamos, ya.

Y se cumple mi conjuro pero para peor: pasa sobre mi cabeza, cabalgando el aire, una mula que echa fuego por los ojos, por las narices. Tenía que ser: el alma mula. Éramos pocos y parió la magia. Lanzando esos relinchos horrísonos que erizan la piel del más bravo. Y no sólo eso: que hacen desaparecer los instrumentos en señal de protesta.

No hay derecho, nunca faltan encontrones. Y en estos andurriales, en que podríamos vivir tranquilos. Encima esta señora se dio el gusto de pecar, de cometer pecado de la carne con un prelado, por lo general, según se cuenta, y los de abajo debemos soportar las consecuencias. Total, cuando dan las doce campanadas se transforma, vuelve al cómodo lecho que la cobija y al día siguiente como si nada. Dele vivir su vida, su vida normal. Y a mí que me arruinó el concierto. Otro nudo por aquí.

     
       
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