HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Microrrelatos

Viajes

por María Rosa Lojo

 

Lo que había

Dicen que aquí no había nada, salvo las danzas de los antiguos que imitaban los pasos del avestruz para esquivar la trampa de la suerte mortal.

Dicen que aquí no había caballos acoplados a las piernas del hombre ni al tranco tormentoso del viento; dicen que no había siquiera cráneos de vaca encendidos por dentro con la luz de las ánimas.

Dicen que sólo las aves y la gente de la tierra cruzaban el cambiante corazón de la llanura. Dicen que el mal y los caballos y las vacas fosforescentes llegaron del mar con amos blancos, sagaces y feroces. Dicen que un día el mar crecerá y se llevará nuevamente todo lo que trajo, salvo las ánimas en pena que ahora son blancas también, pero han perdido ferocidad y astucia y no saben la danza de los antiguos y pertenecen al tiempo y a la muerte.

Los que dejaron de andar

La tierra sueña con los pies de los pueblos que sólo sabían andar, en busca de la sal. Los vientos del Sur, del Norte, los cambios de los solsticios, los llevaban de un lado a otro como semillas, hasta que florecían en lugares extraños y abruptos. Al pie de la cordillera o en las pampas del salitre lloraban de pronto, como apariciones curiosas y patéticas, cabecitas humanas acabadas de nacer.

La tierra sueña con los pies de los grandes corredores que adelantaban al sol en su camino con invisibles alas de avestruz. La tierra añora la repetición de las danzas y su alegría seca como un golpe de trueno. Pero ya no hace conocer su voluntad y calla sus opiniones secretas. Sólo se levanta una noche por siglo, y baila hasta el amanecer con su capa deslumbrante de sales duras y de huesos iluminados, donde ríen las bocas de los que dejaron de andar.

Malón

Donde acaban las ciudades, los teatros y las casas ceremoniales, las fortificaciones y los puentes y aun los ranchos de barro que el viento puede borrar en un solo día, está la línea de la nada.

Tras ella -dicen- yace el Desierto que no tiene fin y es la cara de un Dios incomprensible que ha bajado de las catedrales y ha quemado las manos de los pintores y ha hecho estallar -para que nadie vea el secreto de sus ojos- hasta las más lejanas luces del cielo.

Tras ella -dicen- viven las criaturas de la oscuridad que duermen sobre el lomo de sus caballos, y no conocen el amor ni la palabra, sino apenas la guerra, el grito y el fuego. Dicen que no hay almas encerradas en sus cuerpos compactos, y por eso se mueven con la belleza de la libertad y son resistentes a las seducciones y las insidias. De cuando en cuando cruzan la línea hacia los pueblos frágiles, roban y matan con inocencia, brillan bajo la noche con todas las luces que Dios ha retirado de las alturas.

Humahuaca

El silencio más grande del mundo está dividido en franjas de color de altura desmedida y un brillo perseverante que anonada las palabras y la música.

Tiene el peso y la dureza de lo que permanece, y acaso es más piadoso que el silencio de Dios porque al menos condesciende en hacerse visible a las generaciones de los hombres.

Las voces se estrellan contra el muro resplandeciente que devuelve los signos sin abrir y las súplicas sin responder, hasta que se disipan.

Los gritos de guerra y el galope de los perseguidos y el látigo de los encomenderos han pasado en vano a lo largo de esa garganta que no puede contar, que no puede cantar, que es igual a sí misma, invulnerable, y no dará jamás ni amor ni testimonio.

El señor Santiago

Por todos los caminos -te han dicho- se llega a Santiago. Pero las brujas siempre llegan antes, montadas en antiguas escobas de toxo y cubiertas con el sombrero redondo de las campesinas. El Apóstol las espera encaramado en el Pórtico de la Gloria y en la Quintana Dos Mortos, y sentado en el altar mayor y acostado en la urna de su sepultura, y ofrecido como una estatuita de piedra molida en las mesas de recuerdos turísticos, y pintado en las marquesinas de los restaurantes.

El señor Santiago admira a las brujas que vuelan a voluntad, y cuando bajan en la Rúa do Franco se quitan el sombrero y cuelgan la escoba en el Museo de San Domingos de Bonaval.

El señor Santiago lleva muchos años de muerto trabajando en tareas comunitarias. Y aunque es un santo y desayuna a la derecha de Jesucristo, y tiene su nicho en el Paraíso, que es un lugar seguro, pequeño y bello, suspira apoyado en su báculo mirando los tacones lejanos de las brujas que toman luz de luna, y el refulgir de rojas cabelleras.

Museos de palacio

Los palacios acumulan objetos ciegos que resplandecen detrás de las vitrinas, clavicordios y violoncelos destinados a enmudecer mientras los roe una polilla imperceptible. Por la corteza de una luz que amortaja resbalan ojos extranjeros. Miran sin amor las vastas habitaciones inhumanas y las carrozas varadas, y las caras de bellezas desaparecidas. Recogen los fragmentos de un mundo inmóvil y obediente, puesto en orden didáctico.

Los guardias de los restos pasean por los corredores prohibiendo fotografías porque el resplandor carcome las materias antiguas que unos días serán polvo como los huesos de sus artesanos. Los pequeños artífices que han perdido sus nombres bajo el sello de los maestros y sus manos en las fosas de los cementerios.

Pero vuelven en las madrugadas con sierras y con buriles, con punzones y con cinceles. La luna les confiere poderes de disolución. Destruyen y desarman, recrean y reintegran, convierten en inmensos talleres las salas muertas con que el día cubre su tarea nocturna, y el temblor de la anarquía y el brote del crecimiento.

Estatuas

En Burgos o en Praga las estatuas de los héroes desaparecidos bordean los puentes. La noche agrava la sombra del río que corre bajo la gloria, e ilumina las figuras con luces que fingen un recuerdo perenne.

Todos los años alguien se ata al cuello la carga del amor o del dinero y se arroja a las aguas, a escasos metros del Cid o del Rey Carlos. Todos los años los viajeros miran con curiosidad e indiferencia las efigies sedentes antes de pasar al otro lado del puente y de la vida, y olvidarlas.

Curioso destino

Tenías que perderte en los laberintos de la tierra por donde pasan los ángeles vestidos de bandoleros y toman de rehenes las almas descuidadas. Era ése tu curioso destino, escrito en una posdata del gran Libro en el que Dios anota las cuentas menudas con sus infieles.

Tu ángel de la guarda te ató de las muñecas con un encantamiento diferido. Por eso estás, en mitad de la vida, practicando espejismos solitarios con los reflejos de la luz, para ver si la cara del Dios en quien no crees aparece algún día entre el ramaje del bosque.

Banquete de la muerte catrina*

La muerte que ríe, la muerte engalanada con un sombrero de borlas y vestida con traje de comunión, se sienta con nosotros a la mesa. Nos convida con chile y con aguardiente para que la eternidad nos encuentre ardiendo y la mañanita se levante con nostalgias de alcohol y de disfraces.

Muerte catrina, muerte poderosa que le pones al pobre tu sombrero y regalas al ciego una guitarra de cuerdas invisibles. Muerte de felicidad, roja como la flor de Nochebuena, los vencidos de la tierra te saludan para que los lleves a tu mesa gloriosa, y sean saciados de ira y de justicia.

Desaparición de los hombres en Teotihuacan

Una ciudad desierta tiene una avenida que llegaba a la Luna, impulsada por vientos planetarios que soplan del revés, atrayendo al caminante en remolino. La Luna era entonces una mujer de hermosos pechos, con brazos y piernas dispersos que se ajustaban a placer sobre el calendario giratorio del mundo.

Cuando los hombres se cansaron de vivir subieron a la pirámide donde la Luna se sentaba a mirar los peregrinos. Ella tuvo piedad, e hizo sonar los caracoles de templos sumergidos para que vinieran las lluvias. Los hombres se fueron disolviendo como terrones de greda. Se deshicieron los cuerpos y las vestiduras, las normas y los cánones. Se enmohecieron las armas de los guerreros y se borraron las pinturas que intentaban copiar la cara de los dioses.

Ahora sólo los muertos siguen desfilando sobre la avenida central, llevados por el viento hacia la Luna ausente.

Santa María Tonantzintla

Del otro lado del mar las ciudades compiten entre sí con los picos de sus catedrales y los raros colores de unos vidrios que no están hechos para reflejar las luces de este mundo.

Aquí, en Tonantzintla, las alturas son modestas pero los ángeles de su cielo más bajo tienen caras oscuras y doradas y sus alas son plumas de quetzal.

La Madrecita baja a la calle en los días de fiesta. La han visto en la feria de Huejotzingo vendiendo sidra, con trenzas negras unidas en los cabos y un aire sencillo y cordial de ama de granja. Nadie diría que vive en los altares y que gasta un solemne miriñaque de encaje. Pero los incrédulos y los réprobos la reconocen y besan con disimulo la huella de luciérnaga que van dejando en la tierra sus pies descalzos.

* Catrín: esmerada y suntuosamente arreglado.

     
       
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