HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
   En Axxón:
(Finalista "Concurso para Docentes del GCBA 2004")

Espantapájaros
un cuento de Adriana Angélica Billone

El hombre mira al paraguas negro descansar sobre la mesa. Se diría que está velando el sueño del paraguas. Lo acaricia y piensa que es bueno tener uno para protegerse en caso de necesidad. Él lo necesita muy seguido. Querría salir todos los días con su paraguas. Esta mañana, sin ir más lejos, cuando se encontró con el chico. Los días de lluvia a esa gente se la ve mucho menos. En cambio cuando hay sol, como esta vez, es muy fácil que aparezcan en las esquinas, en los zaguanes, en cualquier parte. Si por lo menos hubiera llevado el paraguas, aunque fuera cerrado, no se hubiera clavado en su sitio, con esa sensación de estar hueco y desprotegido frente a los posibles ataques. Con él, sus pasos se vuelven enérgicos. Será por eso, por el balanceo del cilindro negro, por el golpe rítmico de la punta metálica en las baldosas, la cuestión es que cuando lo lleva, nadie se le acerca.

      Sabe que hay gente que nunca usa paraguas. Otros eligen colores insignificantes. Los menos hipócritas opina los adquieren negros, aunque al hacerlo no piensen seriamente en usarlos. En cambio él es absolutamente conciente. Al principio no lo era. Al principio sólo tenía el miedo, el ahogo y las pesadillas. Esas pesadillas donde una horda de miserables armados de picos y ramas, ocupaban su casa. No sabe cuándo los miserables se transformaron en pájaros. A lo mejor fue el mismo día que compró el paraguas, pero cree que fue antes.

      Cuando pensó por primera vez en comprarlo, después de admirar su solidez en una tienda. Ese día sintió la ausencia en forma de un agujero negro capaz de tragarse al mundo. Tanto, que volvió a la tienda y pagó el precio absurdo que le pidieron. Esa noche, en el cielo de sus pesadillas, se abrió un hueco que fue ocupando todo el sueño y pudo, por fin, dormir bien. Desde entonces, piensa en el paraguas como la única posibilidad de vivir en el mundo.

      Ahora puede oírlo respirar dentro de su funda.

      A él, como a todos, le resulta incómodo llevarlo, pero le gusta verlo descansar en la estructura metálica, que culmina en punta. Mirarlo le da tranquilidad. La necesita después de haber visto la cara de pájaro de ese chico. Un chiquito flaco de piel amarronada y ropa desteñida, con ojos llenos de agua, con nariz fina y pómulos altos, como de pájaro, se le acercó, tiene algo para que me dé, mostrando un bracito flaco, sin mano, la manga colgando como un ala rota. Él se retiró un poco, hubiera salido corriendo. Ahora tiembla al acordarse. Cuanto más chicos son, le dan más miedo. Los días de lluvia, no se le acercan.

      Él no se acuerda muy bien cómo fue, pero sabe que una vez, el paraguas lo defendió. Llovía y una vieja enfundada en un mantón oscuro se le quiso acercar. Abrió un poco el mantón para abrigarse mejor y a él le pareció que desplegaba un par de alas. Entonces dirigió la punta de su paraguas hacia ella, para mantener la distancia. Algo hizo que su brazo se moviera, que su mano se crispara, como si él fuera otro, como si el paraguas fuera otra cosa, como si los sueños fueran de verdad y entonces el metal, las plumas, las ramas quebradas, el hierro, el ruido del infierno, la sangre, lo negro, un escudo, lo negro, un cielo, lo negro, la tierra, lo negro, lo negro, un refugio. Por fin, un refugio. Cuando abrió los ojos, estaba solo en la calle.

      Ahora el paraguas está enfundado y eso evita las sospechas. Él cree que su paraguas sabe en esa forma cabal e inescrutable que tienen las cosas de saber cuál es su naturaleza. Tal vez la conozcan también la mesa, las sillas, las paredes. Seguramente la conocen los pájaros y los árboles.

      No le gustan los árboles, porque ayudan a ocultar las cosas. Nunca se sabe qué puede haber disimulado entre el follaje. A veces teme un ataque al pasar bajo un árbol. Imagina picos que vienen de arriba y se hunden una y otra vez en su cabeza, en sus ojos, en sus mejillas. Imagina que lo comen, que lo vacían y se llevan su piel y su ropa, entre muchos, para jugar con ellas. Que se las llevan muy lejos, al campo, para abandonarlas en cualquier sembradío. Imagina los zapatos vacíos en la calle, o en un árbol, convertidos en nido de pájaros. Por eso camina un poco encorvado, ocultando el pecho, evitando las calles arboladas, aunque bajo el cielo claro no se esté mucho más seguro.

      Ahora, en su casa se siente bien. Aunque a veces todavía, a la noche se despierta sobresaltado. Le diagnosticaron asma, pero él tiene otra idea. Cuando siente que la garganta, la nariz, los pulmones se le llenan de esa cosa suave, esponjosa, y no puede respirar, como si estuviera atragantado de plumas, sabe que es por el odio de ellos. Porque lo odian. La cerca electrificada, los custodios, el parque sin vegetación, no evitan que sueñe con pájaros harapientos que entran por las ventanas en bandadas y arrasan todo como cuervos, peor, como gorriones enfurecidos, como chicos flacos con un ala rota.

      Solamente lo calma tener el paraguas cerca, tocarlo.

      En su aparente quietud, el paraguas sueña con espadas, escopetas, cañones. Seguramente a veces tiene sed. Sed de lluvias, por supuesto, pero también sed de toda el agua del mundo, de diluvio universal y que después quede un desierto pero sin sol, un desierto negro, el cielo de los paraguas.

      El hombre siente sed. Mira el cielo por la ventana. Ve otra vez la negrura estallando en todas las direcciones, los pájaros que escapan. Entonces algo, un invierno, un trapo mojado y sucio, estalla dentro de él. Sueña con espadas, escopetas, cañones. Siente sed. Evoca ahora la presión del dedo en el botón-percutor. Mira por la ventana. Las nubes cubren todo el cielo. Es el momento propicio. Recoge el paraguas de la mesa y sale. Una vez afuera, dispara. No duda, no alza la vista. Siente el estallido de las gotas, oye rumores confusos, ve plumas en el suelo entre las hojas caídas de los árboles. Sigue así durante cuadras y cuadras hasta que lo negro de afuera y lo negro de adentro se limpian de pájaros, de gotas, de pobres, y queda un solo negro quieto como un paraguas roto.


     
       
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