1° Premio Ciudad de Arena 2004
DE CHÂTELET A BOLIVAR
un cuento de Romina Doval
Hacer la combinación en Châtelet-Les Halles justo a la hora en que la gente sale del trabajo no es siempre la mejor idea. Pero ella ya la hizo y sobre las cintas transportadoras no puede ir atrás. Se queda a la derecha donde se alinean los que, como ella, no quieren mover más las piernas y se dejan llevar. El hall central, donde convergen y se bifurcan un montón de líneas, es una especie de hormiguero humano y la única forma de atravesarlo rápido es teniendo el paso firme, decidido, casi altanero.
En el andén de la línea 4 las personas se arriman al borde y, en pocos segundos, llega el metro con la gente comprimida. Para qué esperar otro que estará exactamente igual. Aunque el vagón se descarga un poco, ella sube con los últimos que entran a presión y consigue un lugarcito cerca de la puerta. Un hombre de traje con una pequeña valija aterriza en el andén y entra un segundo antes que las puertas se cierren y lo guillotinen. Sólo los franceses tienen esa precisión matemática de las puertas del metro.
Hoy hace mucho frío, tanto que ya no le molesta estar apretujada entre varios hombres que hablan un francés de suburbio y que ella apenas entiende. Por las dudas aprieta la mochila y las carpetas contra su pecho y se dedica a observar la perfecta negrura de un africano con sus palmas desteñidas. A su lado hay una francesa, es evidente que es una francesa porque está bien vestida y tiene el pelo castaño, finito y grasoso. Casi al mismo tiempo descubre la mirada de una alemanota cautivada por su pendiente hippie. Está segura de que la alemana nunca vio un aro así. Las puertas son abiertas por una mano llena de pulseras coloridas y tintineantes. Los que están cerca de la puerta bajan para permitir el acceso a los que suben y ella aprovecha para pegarse contra la pared. Suena la alarma y las puertas se cierran violentamente a un centímetro de la cara de un linyera que apesta a alcohol. Trata de no respirar con la nariz y cierra los ojos.
A pesar de todo le gusta tomar el metro. Viajar a gran velocidad por debajo del mundo la hace entrar en otra dimensión, una dimensión poética. El bamboleo la adormece y, entre los murmullos, puede percibir una voz hablando un castellano familiar. No tiene nada de extraño, hay muchos argentinos en París y, en el mismo momento en que lo piensa, siente un calor sofocante. Húmedo. Abre los ojos y, mientras trata de aflojarse la bufanda, busca a los argentinos con la mirada. Cerca de la puerta de enfrente le parece ver una remera con uno de los dibujos de la banda de rock de la que alguna vez había sido fanática. Con esa remera, en cuántos estadios ella y Santiago habían cantado ese tema que decía: No lo soñé, ¡eeé-eeeeh! los ojos ciegos bien abiertos. El calor es ya insoportable y va a tener que pedir un asiento si no quiere verse en el suelo. Piensa la frase: S´il vous plaît, j'ai besoin de m'asseoir. Y mentiría: Je suis enceinte. A las embarazadas siempre le dan los asientos. No, no va a pedir un asiento, le da vergüenza y además puede que no la entiendan y sería peor. Ya nadie va a escuchar tu remera, piensa recordando otra canción del grupo y de pronto siente ganas de ir hacia los argentinos y ponerse a hablar en su idioma. El metro se detiene y las puertas se abren solas. El de la remera y otros dos salen del vagón y ella los sigue con la mirada hasta que, por casualidad, descubre el cartel que dice Boedo. El corazón le da un vuelco. Cómo Boedo, si en la línea 4 no hay ninguna estación con ese nombre y acaban de dejar Cité o St-Michel. No es el cartel, es la tétrica estación de Boedo. Intenta abrirse paso para ir hacia la puerta de enfrente pero cuando llega, se le cierra en la cara. Aplasta la nariz contra el vidrio y, boquiabierta, mira la estación que va quedando atrás. Putain merde, il fait froid, très froid, está diciendo el borracho. Sin embargo ella tiene calor o más bien tuvo, ya no hace tanto. Las piernas le tiemblan. Tuvo una visión. Está muy cansada. François debe vez en cuando tiene razón: Erés exigenté. Es fácil decirlo cuando se es francés. Ella quiere verlo en Buenos Aires tratando de recuperar en otra lengua los dos años de estudios que uno pierde cuando atraviesa el Atlántico (siempre que sea de izquierda a derecha) y trabajando de garçon en algún barcito de San Telmo. El linyera le pide una moneda. Ella dice que no con la cabeza pero su cuerpo todavía no puede desprenderse de la sensación de haber estado en la estación Boedo. Comprobar que la siguiente es Odeón la tranquiliza. No Urquiza como debería suceder si realmente estuviera en la Línea E que va al sur, paredón y después, donde se encontraba con Santiago. Un hombre con un violín y otro con un acordeón tocan algo parecido a una milonga. ¿Y este quién es?, ¿el pianista?, le había dicho Santiago con una suave sonrisa irónica mirando la foto de la famosa plaza de la Contraescarpe donde estaba François tomándola de la cintura. Ah, el pianista, el personaje del libro de francés de la escuela. Je m´appelle Jean Nassau, je suis pianiste et je habite en face de la place de la Contraescarpe. Eran las primeras líneas del libro y también las únicas que habían aprendido en la clase de francés. Cómo no iba ella a acordarse si en los exámenes se macheteaban las conjugaciones o ponían el libro abajo del banco y la vieja afranchutada que tenían de profesora nunca se daba cuenta. Qué risa hasta que ella dijo: Me voy o, más bien, me vuelvo a ir. No había nada que explicar. François no era ningún personaje y entre ella y Santiago ya no había más que una extraña amistad como la que habían tenido en la escuela, antes de estar de novios, allí donde también por primera vez miraron las diapositivas de una ciudad que se llamaba París y que algún día visitarían juntos. El músico le acerca su gorra y ella busca un franco y lo tira adentro. Gracias, dice el músico. Ella no se da cuenta del gracias y sí en el franco plateado perdido en el dorado de los centavos argentinos. Pestañea. ¿Realmente acaba de ver centavos argentinos o se esta volviendo folle? En menos de dos años no se puede olvidar ni de cómo es una moneda y lo que acaba de ver, lo sabe bien, eran centavos argentinos. El vagón se va deteniendo. Cerca de la puerta una señora muy gorda, toda primaveralmente vestida, se levanta del asiento. La banqueta no se levanta porque, acaba de descubrirlo, es una banqueta de madera clara como le cuesta admitirlo las de la línea E. Mira el cartel del itinerario arriba de la puerta. Estación Plaza de los Virreyes, Varela, Medalla Milagrosa. Cierra los ojos. Ahora va a abrirlos y se va a encontrar con la estación St-Germain de Prés y todo volverá a su normalidad. Leer Jujuy la deja menos perpleja que cuando leyó Boedo. No, esto no puede estar pasándole, sólo se está produciendo en su mente y lo que tiene que hacer es tranquilizarse. Respirar hondo y exhalar despacio. Ce pas drôle, le dirá François cuando se lo cuente. Se acerca a una ventanilla. Claro que no es gracioso pero qué va a hacer si la estación Jujuy está allí con sus azulejos verde agua y esos grandes cuadros de cerámica donde hay naranjos, campesinos trabajando y una misteriosa tropa que acaso represente el éxodo jujeño o vaya a saber qué. Va a desmayarse si no se sienta. Allí donde estaba la señora gorda está libre. La transpiración le corre por la espalda. El guarda da el pitazo, las puertas se cierran y se queda con la mirada perdida. Se niega a mirar afuera, esa estación no es la realidad.
El metro está ahora un poco más vacío y al fin entra un poco de aire. Sólo faltan unas estaciones. Todo lo que tiene que hacer es pensar en François. Deberá estar haciendo la cola en la panadería de la esquina. ¿No es acaso el momento más agradable del día cuando él la ve llegar y le sonríe con esos labios tan tibios que ella hiela con el frío de la calle? Dos kir de cassis bien dulces para recalentarse y a mirar el Noticiero de TF1, la Météo que siempre anuncia lluvias, neblinas, grados bajo cero. Ella suele pensar que a esa hora en Buenos Aires todavía es de día y que un sol radiante reina en el patio de la casa de sus padres, tan colorido y lleno de flores. Ça va? suele decirle François cuando ella se queda así, ausente. Quizás tanta vie en rose no sea para ella. El metro se va deteniendo en Saint-Sulpice. Una señora de una elegancia un poco pasada de moda sube con un perrito que lleva un tapado escocés. Lo llama Mimí al perrito. Tal vez sea la propia Mimí Pinson, la purreta del barrio latino que se escapó de una historia de Muzzet y se metió en un tango para enamorarse de un argentino. "Me conozco estas historias, ma chérie", parece decirle Mimí Pinson con la mirada mientras acaricia a su perrito, "y una vez que uno arma su propia familia, ya no hay retorno". Ella podría responderle que ya tiene una familia, está en Buenos Aires y no necesita otra. Pero ella también está en Buenos Aires, Mimí Pinson. No, se está confundiendo de tango, ésa era Madame Ivonne. "No es bueno estar lejos de la familia". Si ella lo sabrá. Pero eso no lo dijo Madame Ivonne ni Mimí Pinson sino su propia madre que nunca quiso entender por qué, recién llegada, partía de nuevo. Para estudiar y trabajar durante trece o catorce meses, decía su madre a sus tías y primos. La palabra "año" ya es muy fuerte y ni que hablar de un nombre propio difícil de recordar, François, para unos una foto, para otros un personaje y un viento que corre muy fuerte, como había dicho Santiago en el barcito del sur, iluminado de a ratos por los faros de los autos que pasaban afuera esa noche en que hubo un corte de luz que duró hasta las tres de la mañana. Fue estúpido hacerle recodar ese corte de luz en una carta: "Ese tipo de cosas acá no pasan, todo parece estar tan bien que es aburrido e idiota como un cuadro naïf. Pero uno se acostumbra rápido, qué más da leer Clarín o Le Monde, qué más da comprar una baguette o una flautita, pasear por el parque de Palermo o por el de Buttes-Chaumont...". Fue darle la letra para que él, en otra carta, dijera: "Eso, qué más da una cosa que otra, una persona que otra, está claro que nada ni nadie es imprescindible". No era eso lo que ella había querido decirle pero entonces qué más daba todo si nunca más iban a volver a escribirse.
El vagón va deteniéndose y el corazón vuelve a latirle más rápido. Si las dos líneas la 4 y la E se están alternando, eso significa que la próxima, ya lo está viendo, es Entre Ríos. Se tapa la cara. Lo sabía. El ambiente es sofocante de nuevo y el vagón se llena otra vez de porteños. Está empezando a aceptarlo o más bien a disfrutarlo. Por qué no. No todos los días tendrá la suerte de pasar unos segundos por las estaciones de la línea E o, lo que es lo mismo, la suerte de viajar por debajo de Buenos Aires. ¿Estará realmente Buenos Aires arriba de ella? Sólo tiene que ponerse de pie y salir. Le dan ganas de reírse. ¿Quién se lo impide?, ¿el miedo a que la realidad se desencante ni bien salga? La tentación es demasiado grande y mientras piensa el movimiento que hará para salir, también piensa en François que ya estará saliendo de la panadería, comiéndose la punta de la baguette como hace siempre. La vida sin François, sin su sonrisa, sin sus miles de atenciones y sin su presencia silenciosa, ya era inimaginable pero, no por eso, imposible. Exactamente como lo que está viviendo ahora, inimaginable hacía diez minutos, posible y real como venir a enamorarse de un hombre que vive en la otra punta del mundo. Porque si alguna vez ella se enamoró de una idea eso fue a los quince años, la idea de tener un primer novio, como todas sus amigas, para caminar de la mano y besarse en las plazas, una idea que terminó en una tarde de verano en la que ella y Santiago, tomando mate bajo la enredadera de su madre, se miraron aburridos sin saber qué decirse.
El guardia da el pitazo, las puertas se cierran y el vagón se pone en marcha. Debe prestar mucha atención para poder comprender cómo se produce la mutación. Mira el piso. Ya no es el piso de goma de la línea E. Mira el cartel del itinerario. Tampoco. Las personas. Tiene que retener la cara de las personas. Ya está Mimí Pinson con su perrito pero al lado todavía hay un muchacho con la remera de Racing. Hay una mezcla que poco a poco se va uniformando. Sin bajar la mirada de la gente, lleva una mano al asiento para comprobar el retapizado y ya perdió de vista al muchacho de Racing o, más bien, ya desapareció y en su lugar hay dos japonesa o chinas bien vestidas, cada una con una gran cámara fotográfica. Pareciera que las cosas cambian con sólo dejar de mirarlas y es exactamente como estar lejos y no ver al otro, porque entonces el otro puede desaparecer en el olvido. No, se negaba a ver las cosas de ese modo, no son los otros los que aparecen y desaparecen las dos líneas existen al mismo tiempo, una a las seis de la tarde en un París helado, otra a la dos del mediodía en un Buenos Aires húmedo sino nadie más que ella la que está en una y luego en otra porque hasta ese día no ha creído un solo instante en su partida. Qué hacer entonces. Debería bajarse en la próxima estación que, ya la ve llegar, es Montparnasse Bienvenüe pero si sale, habrá perdido una vez más la posibilidad de volver. Al mismo tiempo se le va a hacer muy tarde y cómo explicarle a François que se le hizo tarde porque quiso dar una vuelta por Buenos Aires. No se lo dirá a nadie y listo. Pero, pensándolo bien, si sale a Buenos Aires y va a la casa de sus padres después de casi dos años y sin avisar, algo también va a tener qué decir. Con la mente en blanco sale del metro pero, una vez en el andén, se detiene sin saber qué hacer, interrumpiendo el paso entre la gente que baja y la que sube. La alarma suena y cuando las puertas se empiezan a cerrar, ella da el salto y entra cayendo sobre un turco de ojos verdes. Pardon, dice y se da cuenta de que acaba de hacer lo que hace algunos minutos era algo imposible. No pensar y hacerlo pero más que nada: no pensar. No pensar en François, no pensar en nada. Espera con ansiedad el cambio pero su mente ya está en Buenos Aires.
Los carteles color fucsia de la estación Independencia y sus conexiones con las otras líneas no la tientan. El turco de ojos verdes es ahora un moreno de aire tucumano que la mira lascivamente porque ella se está sacando el saco, la bufanda, el pulóver como quien, en un ataque de locura, se desnuda para lanzarse al mar. Un nuevo frío recorre su espalda. No es tanto el frío de París que empieza a invadir de nuevo sino el hecho de darse cuenta de que su juego no podrá durar mucho más. Si después de Raspail, en Buenos Aires sólo le queda la terminal Bolivar, lo más probable es que el metro siga su curso normal hasta la Porte d´Orleáns. No puede correr el riesgo de no poder volver pero de no poder volver a dónde. Vous descendez?, le preguntan. Es ahora o nunca pero sólo puede decir: No sé. El francés la mira extrañado y se baja. Ella se vuelve a sentar. Ya está muy cansada pero qué ganas de salir por la Catedral y sentarse en el banco donde, unas horas antes de partir, besó por última vez a Santiago. Un beso de despedida en el que ella creyó dejar lo más genuino de su persona. El vagón, lo conoce de memoria, va reduciendo la velocidad a medida que se acerca a la terminal. Esos ruidos estridentes como de maquina de carnicería. Se pone de pie. La estación Bolivar sigue siendo horrible y ese día está llena de gente con pancartas. Debe haber una manifestación. Tiene ganas de salir corriendo y sin embargo no puede hacerlo. Se sienta otra vez. Quizás el vagón comience a moverse y aparezca en París, ya no sabe ni le importa, que esa realidad que ya no comprende más decida por ella. El vagón queda completamente vacío y el conductor se asoma por una puerta: Eh, usted, ¿piensa quedarse a vivir acá? En vez de contestarle al conductor, cierra los ojos. En una de esas, cuando los abra, el vagón esté otra vez en movimiento.
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