(Finalista “Concurso Ciudad de Arena 2004”)
Mentiras
un cuento de María Valeria Correa
De las noches, de las horas que ocuparon esos sueños recurrentes y de las mañanas subsiguientes que el hombre pobló de mentiras y disimulos, aún conserva la forma del cuerpo de Elsa marcado en las sábanas de la cama, el peso de su mirada hundida en un
lugar perdido, ignorado e impresiones, fragmentos de la mujer (la mujer en la playa y el dolor de perderla, el gusto por poseerla en el bosque, la tensión en el pecho al abrazarla, la desesperación antes de la caída); la mujer que es hoy sólo el recuerdo
de esos otros recuerdos que se evadían en el espiral rojo de la mañana justo antes de que el hombre amaneciera con gusto a madrugada en la boca y de que Elsa le extendiera un café caliente.
De las primeras horas de esas mañanas, conserva también algunos de sus relatos moldeados con verdades a medias, con viejos recuerdos, con historias prestadas, con invenciones momentáneas destinadas a satisfacer la avidez de su única espectadora y oyente:
Elsa.
Buen día, ¿cómo dormiste?
Bien.
Contame qué soñaste.
Soñé con un pozo y un camino que serpeaba mintió el hombre y se tragó de un golpe el café caliente.
¿Y qué más? ¿Qué sucedía? dijo Elsa apurando el relato.
Y después me dejaba caer en el pozo y me acompañaban unas manos como ojos y era una fuga y un descenso frenético y las manos no me sujetaban, y sin embargo, yo estaba ahí, escapando pero flotando, plácido, en bajada y cuando estaba por tocar el fondo
del pozo, me desperté. Y vos, ¿qué soñaste?
Nada, qué se yo. Nunca me acuerdo de mis sueños, ya sabés contestó Elsa como avergonzada mientras recogía la taza de café vacía con la mirada fija en un lugar distante, como si allí se proyectaran los sueños del hombre.
Quien sabe porqué comenzó a mentirle a Elsa. Quizás, quiso guardarse para sí esa fascinación desmesurada de la mujer en fuga y de la noche, tan opuesta a su rutina doméstica, pautada y convenida en pactos tácitos y antiguos, cómodos e inocentes que oprimían
el cuello del hombre y que le cerraban el paso a las quejas que subían a la garganta de lunes a viernes a la oficina, los sábados almorzaban en la casa de los padres de Elsa y cenaban en la casa de sus padres y los domingos aprovechaban la función del
cine del barrio de las cuatro de la tarde que tenía descuento.
Quien sabe porqué comenzó a mentirle a Elsa. Si no sabe tampoco cuando empezaron sus sueños con la mujer. Ignora cuando la vio por primera vez (le es difícil ordenar esas imágenes dispersas, rescatarlas de la lava indiferenciada que compone su memoria.
Los recuerdos le son hostiles, emergen desordenados y violentos un silencio de espejos, unos labios sin voz, un hombro huesudo, el lustre de un pedazo de carne, una aparición fugaz de cabellos rubios en la playita de piedras, en la cabaña, entre los
árboles como si ella hubiera aparecido de pronto, como si todo hubiera sucedido en un solo instante, todo al mismo tiempo, o como si al menos, los episodios fueran tan próximos unos de otros que no fuera posible distinguirlos, como cuando de un tirón
rápido se despega el vendaje que cubre una herida y todo duele pero deja de doler al mismo tiempo y arde y ya no arde, y se siente alivio y la herida tira y ya no tira, y sin embargo, la mujer no está, la mujer no vuelve y tampoco está Elsa). Quizás le
mintió porque descreyó de la posibilidad de comunicar esa verdad sabida a medias donde sólo había lugar para el deseo, la imaginación, la tentativa del encuentro, el éxito y el fracaso.
Buenos días, ¿cómo dormiste?
Bien. Soñé que estaba tendido de espaldas sobre unas piedras en las márgenes de un mar o de un río; soñé con una cabaña desde dónde se podía ver el agua y oler el silencio de un bosque vecino.
¿Y qué hacías vos? preguntó Elsa.
Nada, que sé yo. Miraba el lugar nomás dijo el hombre indiferente.
¿Esperarías a alguien? sugirió Elsa sin mirarlo, con los ojos fijos, perdidos.
No creo volvió a mentir el hombre, porque tuve una sensación de soledad, no, de paz, no sé de algo que no puedo explicar pero que se parece al descanso, al reposo, a la tranquilidad. No, no era una espera; estoy seguro. Y vos, ¿qué soñaste?
La pregunta cargaba la confianza y la lástima del hombre porque Elsa nunca soñaba. Su vista se perdía en la distancia cada mañana, los ojos se le llenaban de lágrimas por no parpadear, por fijarlos en la nada, allí donde se proyectaban los sueños del hombre
que ella sentía como propios.
Quien sabe porqué ni cuando comenzó a mentirle a Elsa: hay cosas que viven con uno sin que se pueda nombrarlas o explicarlas. Lo cierto es que el hombre había decidido ocultar aquéllos fragmentos de sueños donde la mujer lo dejaba sin aliento (el hombre
sentenciado por una boca invisible estaba condenado a perseguirla afiebrado, sin posibilidad jamás de alcanzarla). Esos sueños que incluían cuerpos desconocidos que se interponían y aumentaban las ansias y el miedo de perderla, o manos que lo sujetaban
o maleza que le impedía verla entera y lo condenaban a la visión parcial pero gozosa de un hombro, del nacimiento del pecho, de unos pies descalzos. O esos otros donde ella se escondía (la mujer era un gato, una sombra, una piedra del camino) y no había
conjuras capaces de rescatarla y, en el instante final, justo cuando llegaban la mañana, el espiral rojo y la mano de Elsa que le extendía el café caliente y esperaba ansiosa el relato nocturno, volvía a ver unos pies descalzos, un hombro, una promesa
de reencuentro la noche próxima.
Buenos días, ¿cómo dormiste? insistía Elsa, espectadora de la película muda.
(Para qué explicarle la sucesión de persecuciones, la bruma que antecedía la aparición de la mujer, las ganas de ver la luna e irse a dormir a encontrarse con esa materia blanda que se proyectaba detrás de sus párpados: la mujer volvió a aparecer. Emergió
con un secreto, algo que garabateó en un papel y luego guardó. El hombre, sus pasos, la persiguieron implacables como la desgracia y al llegar a un acantilado la mujer rompió el papel en pedazos. Los lanzó al viento. Los papeles eran pétalos livianos,
fríos. El hombre se acercaba; ella, como hipnotizada por el olor a nardos y a jazmines, lo miró, dejó caer su vestido. El hombre alcanzó a ver su espalda, sus piernas delgadas antes de que ella se lanzara al vacío. De algún modo, el hombre pudo saber que
la mujer estaba por entregársele, intuyó el sabor de sus labios e inventó una tersura para su piel que confirmaría en su próximo sueño. Pero no. Nada de esto puede ser explicado con palabras. Como si fuera una revelación, una epifanía, un miedo o una superstición
que no somos capaces de expresar. Como si la palabra mujer no fuera suficiente para dibujar esa mujer unos labios sin voz, un hombro huesudo, el lustre de un pedazo de carne, una aparición fugaz de cabellos rubios en la playita de piedras, en la cabaña,
entre los árboles y así diferenciarla de todas las otras mujeres blancas y rubias y delgadas y escurridizas que habitan este mundo y el de los sueños del hombre y el de todos los hombres. Como si decir la verdad no fuera una forma más de mentir).
Bien. Soñé que un gato, en el sueño era mi gato, se iba de casa y yo lo seguía y el gato me miraba y andaba de lo más feliz por los tejados; me miraba y movía la boca de un modo extraño, como si me llamara y después, justo cuando yo lo estaba por agarrar,
el gato se esfumó. Y yo me quedé ahí parado y lo esperé y lo esperé pero el gato nunca regresó. Y vos, ¿qué soñaste? preguntó el hombre distraído, intentando poner un punto final a su ficción.
Soñé con vos; soñé que perseguías a una mujer; soñé con papeles y con flores.
Pensé que nunca soñabas arriesgó el hombre para cambiar el tema de conversación.
No deberías mentirme dijo Elsa, los ojos lejos, las manos que se llevaron la taza de café vacía a la cocina.
Quien sabe porqué le mintió a Elsa; quien sabe si hubiera sido posible no mentirle a Elsa.
Lo que sigue, el final que el hombre no intuyó no puede ordenarse fácilmente e incluye árboles y valijas y un tapado azul y mañanas y lunas y pies y brazos desnudos y el gozo del encuentro y la desazón de la pérdida, cosas escondidas tras la bruma de la
madrugada que acaba con la noche, que trae el día y el fin de los sueños. La mujer lo esperaba detrás de los árboles. No la vio pero sabía que ella estaba ahí. Con esa forma de conocimiento, mezcla de presentimiento e intuición que adquirimos en los sueños,
supo que la mujer estaba desnuda, supo que la mujer lo esperaba en algún lugar caliente y frondoso del bosque, al final de la playita de piedras. El hombre se deshizo de su ropa y las manos se le tensaron. Se vio de espaldas ondulante, cubriendo a la mujer
y en las manos sintió el calor de su cuerpo y la convulsión de la mujer debajo de sus piernas. Despertó. Recordó que Elsa había dicho esa mañana: ¿Qué hacías con esa mujer anoche, y la noche de ayer y anteayer? No sentía la piel de la mujer. Había dicho:
¿Cuándo vas a dejar de buscarla? Apretó los ojos para volver a la mujer. Elsa se levantó. Le pasó la mano por la frente húmeda del hombre. El hombre giró en la cama, fingiendo estar dormido, tratando de conciliar el sueño: volver al bosque, buscar sus
ropas tiradas al pie de algún árbol, recuperar la atmósfera de sol y viento para que le devolviese a la mujer. Elsa descolgó el tapado azul; el bosque estaba vacío. Sobre el camisón corto se puso el tapado azul y llevó la valija hasta la puerta descalza;
la mujer no aparecía. La escuchó calzarse, cerrar la puerta y bajar arrastrando la valija por las escaleras. Apretó los párpados como una forma de olvido y volvió a buscar a la mujer, su cuerpo desnudo, sus pies descalzos en la playa de piedritas. Cuando
Elsa cruzó el portón de la calle, la reja de la casa chirrió y el bosque, las piedras la cabaña y la mujer, todo se había borrado.
Respecto de las noches, de las horas que ocuparon esos sueños recurrentes y de las mañanas subsiguientes que el hombre pobló de mentiras y disimulos, el hombre arriesga conjeturas. Fuma tendido de espaldas boca arriba y las volutas del humo son su cielo,
su infierno y un remedo de sus sueños, las únicas imágenes que lo acompañarán hasta la mañana siguiente cuando abra los ojos y compruebe que otra vez más no ha podido soñar. Fuma y construye hipótesis. Imagina los pasadizos de bruma por donde ellas se
vincularon, se conocieron, la ciénaga a la que Elsa arrastró a la mujer o tal vez, la huida cómplice que las mujeres tramaron. En la última pitada de esa noche, justo antes de quedarse dormido, se dice una vez más que ahí va Elsa arrastrando el tapado
azul y la valija pesada, y más allá, detrás de ella, camina la mujer desnuda pisando descalza las piedras de la calle bajo la luz tenue de la luna.
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