(Mención “Concurso Ciudad de Arena 2004”)
Ánimas
un cuento de Laura Beatriz Couto
De aquel atardecer, previo a la tormenta, Matías sólo recordaba unas risas jóvenes que llegaron desde el peñón. Maldijo tanta alegría ajena que ahuyentaba su pesca.
Después lo sorprendió el viento; las nubes y el agua que ellas descargaron no le permitieron ver nada más. Toda su energía se concentró en tratar de llegar con el bote hasta la costa. La imagen borrosa del muelle alcanzaba para orientarlo.
Un instante de calma le permitió hacer pie en la playa pedregosa.
Otra vez los escuchó, gritaban fuerte. Miró hacia el peñón, unos brazos parecían agitarse en el agua encrespada. La nueva ráfaga puso fin a la tregua. Cayó contra el bote y se abrió una herida en la frente. Las luces de la cabaña se apagaron. Arrastrándose, para evitar una nueva embestida, llegó al interior. Sólo le quedaron fuerzas para quitarse la ropa y envolverse en el edredón. Tirado sobre el sillón, usó el cognac para sacarse el frío, desinfectar la herida y dormirse.
Quizás lo despertó el silencio, quién sabe, sólo recordaba que al incorporarse vio las luces por primera vez, junto al peñón, sobre el agua aún agitada del lago. Pese al cansancio que le enturbiaba la vista y al aliento que empañaba el vidrio, estaba seguro que esas dos diminutas fosforescencias jugueteaban entre sí.
Al día siguiente, se despertó de buen humor; había pasado la tormenta y el mal trago, hasta la herida resultó superficial. Disfrutó la jornada y la soledad arreglando el bote.
Al atardecer, una figura se recortó sobre el peñón. Esta vez maldijo la intromisión. Observó un buen rato a esa mujer que nunca había visto; parecía una mapuche. Si bien ella nunca se dirigió a él, se sintió incómodo, descubierto. Mirando el peñón, por primera vez pensó en aquellas voces previas a la tormenta, descubriendo que esos brazos, de los que guardaba una imagen borrosa, se habían agitado en la desesperación.
Al caer la noche la mujer decidió retirarse. La brisa que había mantenido inquietas las aguas del lago, le permitió escuchar la voz que al alejarse repetía:
"La rana en el agua
El sapo en la arena
Cada cual en su sitio
Esa es la problema"
Cuando volvió a sentirse solo, por curiosidad, decidió caminar hasta el peñón. No llegó. Vio las dos luces flotando sobre el lago. Incrédulo, bajó la vista tratando que la oscuridad las hiciera desaparecer, pero cada vez que levantaba la mirada parecían más intensas. Se atrevió a darles la espalda quizás porque más lo asustaba pensar que era el comienzo de su locura.
Metido en la cama, volvió a dormirse abrazado al cognac.
Esta vez no fue el silencio sino el motor de una lancha lo que lo despertó. Amanecía. Vestido como había dormido, se levantó para saber que ocurría.
Otra vez el peñón.
Pasó el día sentado en la playa observando el rastrillaje de la patrulla. Un uniformado le aceptó un mate y aprovechó para preguntarle si había visto a los chicos que buscaban. Matías había elegido esa cabaña tan lejos de la ciudad para vivir su duelo en soledad; pero la muerte, aunque ajena, no quería abandonarlo. Este no era el dolor de la pérdida íntima e inevitable sino justamente lo opuesto.
Al atardecer, cuando ya los trabajos se habían suspendido hasta el día siguiente, regresó la mujer y comenzó a rezar. Lo conmovía esa digna mapuche que parecía querer brindarse al lago. Lo enfrentaba sin duda con su egoísmo.
Escuchó los rezos, no los comprendía.
En la oscuridad, apenas distinguió al grupo de aborígenes que oraban rodeando su cama. Sin embargo, unos lamentos lejanos comenzaron a atraer su atención, cada vez más presentes hasta resultar insoportables. Abrió los ojos, estaba solo, se relajó al descubrir que se trataba de un sueño. Intentó seguir durmiendo pero los quejidos se reanudaron fuera de la casa. Al acercarse a la ventana, sin sorpresa esta vez, vio las dos luces; los lamentos parecían provenir del mismo lugar.
Salió. Algo se movió en la oscuridad y lo asustó. Era la mapuche.
¿Por qué? preguntó Matías.
El lago se enojó, no quiere devolver los cuerpitos respondió Remigia.
¿Por qué yo? insistió Matías.
Mis rezos de machi no alcanzan, usted tiene dolor, usted tuvo muerte.
Yo no creo, no rezo ni por mis seres más queridos.
Usted sigue sufriendo, no puede despedirse y a nuestros muertos hay que dejarlos ir.
Los ojos de Matías se llenaron de lágrimas que no cayeron, pero que otra vez generaron ese profundo dolor en sus órbitas.
Remigia lo dejó solo.
Dentro de la cabaña comenzó a hacer su bolso. Estaba decidido a marcharse apenas amaneciera.
En la espera lo venció el sueño. En él volvieron los mapuches con sus rezos, pero rodeando a otra persona que Matías no distinguía. Trataba de espiar entre las espaldas emponchadas pero le resultaba imposible saber quien estaba en el centro de la oración. Se detuvo cuando uno de los hombres giró para mirarlo, seguidamente, uno a uno, lo enfrentaron sin dejar de rezar.
Se despertó por las voces que llegaban del exterior y el dolor de sus ojos.
Sentado en la orilla pasó el día mirando el ir y venir de la lancha del operativo. El mismo uniformado del día anterior se acercó a tomar mate. Le señaló a la pareja abrazada que caminaba con dificultad hasta el peñón.
No le salvamos a los pibes pero Dios quiera que encontremos los cuerpitos, por lo menos que se puedan despedir de los hijos.
Matías se quedó sentado junto al agua encrespada del lago. No supo en que momento habían suspendido los trabajos ni cuando había comenzado a anochecer; tampoco cuanto tiempo hacía que Remigia estaba parada a sus espaldas. Quiso ofrecerle un mate pero el agua estaba muy fría, sabía que sólo trataba de postergar lo inevitable.
¿Cómo se hace Remigia?
Matías recordaba como un sueño haberse dejado conducir por la machi hasta el peñón. A medida que se acercaron los lamentos fueron disminuyendo hasta silenciarse por completo en el instante en que se arrodillaron. También se dejó guiar con las oraciones y mientras que las mismas transcurrían las pequeñas luces se fueron inmovilizando. Con la aparición de la alborada empezaron a languidecer y, cuando se apagaron, Remigia concluyó la ceremonia.
Aunque el sol estaba todavía bajo, la lancha reinició la búsqueda de los cuerpos. Para sorpresa del equipo aparecieron rápidamente uno cerca del otro y próximos al peñón, en el mismo sitio donde durante dos días habían buscado sin éxito.
La pareja llegó para reconocer a sus hijos. Matías los observaba mientras guardaba el equipaje en su auto.
Lentamente comenzó a alejarse cuando vio a Remigia sobre un pequeño cerro que lo despedía con un leve movimiento de cabeza, él sonrió y el dolor de sus ojos comenzó a ceder a medida que caían las primeras lágrimas. Aceleró y se despidió del lugar y de su soledad.
Las aguas del lago volvieron a recuperar la calma.
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