HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
   En Axxón:
(Finalista "Ciudad de Arena 2004")

Algo brillaba en el fondo
un cuento de Daniel Alejandro De Leo

Eran las dos de la tarde, ni las moscas merodeaban. Primero intentamos por el portón. Rompimos el candado, pero fue inútil: las hojas metálicas parecían trabadas por dentro. La puerta lateral tenía varias cerraduras; tampoco nos resultaría fácil meternos por ahí. Decidimos forzar una de las ventanas. Lito lanzó patadas contra la chapa que cegaba la abertura, hasta aflojarla. Hizo presión con las manos, hundiéndola cuidadosamente para no lastimarse. Pasó una pierna, pasó la otra, después se lo tragó el hueco. Entré yo también.

      Hacía cuatro años que habían cerrado la metalúrgica. Pero todo seguía en su sitio: las máquinas, los matafuegos en las columnas, los carteles señalizando cada sector. La luz entraba por un agujero en el techo, haciendo resplandecer el piso inundado. Los primeros peldaños de una escalera se perdían en ese charco verdoso, y también las patas de una prensa. Nos movíamos pegados a la pared, por un pasillo donde el agua no llegaba. Mechones de pasto habían crecido entre las baldosas. Lito iba adelante, husmeando la penumbra.

      En los rincones se insinuaba la oscuridad, y entre las sombras desenmascaré el pasado: vi a los compañeros, con cascos y antiparras; las carretillas yendo y viniendo; las soldadoras irritándose en chispazos.

      —Pasame la arpillera, Mauro —dijo Lito.

      Le entregué la bolsa y metió adentro un par de pinzas que yacían cubiertas de polvo sobre una guillotina mecánica.

      —Si pudiéramos llevarnos esta guillotina —suspiró—. ¿Funcionará?

      —No creo —dije, agachándome para examinar mejor la máquina—. Está muy oxidada.

      —¿Por qué no vamos arriba —sugirió—, a las oficinas? Quién te dice, en una de esas nos topamos con un botín.

      —Fijate la escalera —hice un gesto negativo—. Nos vamos a mojar.

      —¿Ahora sos cafiolo? Vos sabés que como están las cosas, Mauro, si no arañamos de donde sea nos van a comer los piojos. Tenés que tomarlo como un trabajo, viste.

      —Está bien, está bien —dije, sin ganas de escuchar sermones.

      Nuestros pies chapoteaban rumbo a la escalera. Lito me sacó ventaja y trepó al entrepiso. Sus pasos metálicos resonaron en los recovecos de la fábrica. Comencé a subir. El cielo permanecía límpido, azul. Una paloma se lanzó desde un tirante, sobrevoló mi cabeza y escapó por el hueco del tinglado. Ya en la cima, miré hacia abajo: mis huellas todavía temblaban en el agua. El charco era ahora de un púrpura brillante; seguramente mi perspectiva le daba ese matiz particular. Unas burbujas brotaron, esporádicas. Se me ocurrió que el lugar no había muerto del todo, que el murmullo de esas burbujas era una de las señales de su agonía.

      —Qué macana —dijo Lito—. No trajimos linterna.

      Me di vuelta y lo vi plantado en el umbral de la Administración.

      —Tenemos los fósforos —dije, y entré en la Administración empuñando la cajita.

      Hundido en la oscuridad, saqué un fósforo. Oí los pasos de Lito detrás de mí. Al reventar el chispazo, pude ver las paredes grises y desnudas. El círculo de luz se redujo, palpitante.

      —¿Y el tesoro, Lito? Está todo pelado, esto.

      Sentí un ruido, una vibración tenue de pasos que venían de afuera, de la escalera.

      —¿Oíste?

      —Qué cosa.

      Mis ojos buscaron la puerta. Descubrí una figura contra la luminosidad del umbral. Lito también pareció notarla, porque lo sentí retroceder. La llama me alcanzó los dedos. Solté el fósforo y me quedé duro, guarecido en la oscuridad.

      —Qué buscan —dijo una voz hostil pero no del todo desconocida.

      Encendí otro fósforo. Con la mano extendida, el pulso inquieto, di unos pasos hacia la entrada.

      —¿Sos vos? —dije—. ¿Sos vos, Molina?

      Lito se me adelantó, sin duda también a él aquella voz le había sonado familiar.

      —¡El susto que me pegaste, carajo! —soltó al reconocerlo.

      Molina había sido el sereno de la metalúrgica. En aquel entonces ya era viejo. Ahora rondaría los setenta años. No sé por qué lo daba por muerto. Alguien, creo, me había contado que el tipo estaba de últimas, internado en un hospital de Flores.

      Dio unos pasos hacia atrás, y nosotros salimos al rellano. Había cambiado bastante Molina: una barba gris le abultaba la cara, y algo relucía en sus ojos negros. Una luz agria, acuosa. Noté un llavero que le colgaba del pantalón: el viejo se habría quedado con un juego de llaves de la fábrica.

      —Qué buscan —insistió sin autoridad, con esa voz de viejo deseoso de que lo dejen solo.

      Hubo un silencio. Lito me miró, después lo miró al viejo sondeándolo hasta lo más profundo.

      —Pero qué tenemos que andar dándote explicaciones; decinos qué hacés vosacá.

      —A veces vuelvo —el viejo se aferró a la baranda del pasillo, la mirada fija en el agua—. Es que necesito esclarecer algo.

      El viejo andaba siempre con ideas estrafalarias, recitaba versos. Decía que las noches lo ayudaban a pensar. Más de una vez me descubrí hablando con él de libros, en una especie de insólita complicidad.

      Lito soltó la arpillera con las herramientas, que se estremecieron al golpear el suelo de chapa. Prendió un pucho, después se dirigió a Molina:

      —Vos sí que sos un tipo raro, eh. Venir acá para resolver algo.

      —Estuve muy jodido de salud, y un par de meses atrás vine acá para morir.

      —Pero se te ve entero, che —dijo Lito, contemplando la pereza del humo.

      Molina continuó como si no lo hubiera escuchado. Ni siquiera levantaba la mirada.

      —El dolor me comía las tripas, yo me retorcía en los rincones. Cuando no aguanté más, me fui tambaleando hasta el centro de ese pozo de agua y busqué la luz —giró la cabeza hacia nosotros, la boca entreabierta, vacilante—. Llega un momento en que uno se ve forzado a creer. Yo atravesé ese momento. Y en mi desesperación, en mi delirio, miré al cielo y pedí por la vida. Acá estoy ahora, sin dolor... Recuperado.

      —Un milagro —murmuré, observando las partículas que se agitaban en los rayos del sol.

      —No —corrigió Molina—. Estoy seguro de que no fue eso. Acá se dio otra cosa: yo sentí trepar por mis piernas un calor, una fuerza que vino de abajo. El agua empezó a temblar, a cambiar de tonos. Y mi deseo se cumplió.

      Nuestra atención se desvió hacia las profundidades de ese espejo violáceo. Algo brillaba en el fondo, y no era por la luz del sol.

      —Sigamos con lo planeado, Mauro —dijo Lito—. Este viejo está loco.

      Yo no me atrevía a defender a Molina, aunque de algún modo me sentía unido a él, a su necesidad de esclarecer el fenómeno.

      —A veces —continuó Lito—, cuando uno deja el tratamiento, empieza a repuntar.

      —¿Y lo del agua? —dije, y numerosas burbujas brotaron de las entrañas de aquel charco.

      Una luz rojiza latía en el fondo y reverberaba en las ondulaciones de la superficie. Lito puso cara de fastidio, como incapaz de aventurar un razonamiento. Tiró el cigarrillo al agua en un acto de provocación. Mis ojos recorrieron el lugar. Y una revelación se me presentó de golpe.

      —El agujero en el tinglado —afirmé—. Tuvo que entrar por ahí... Miren el piso hundido, miren el agua estancada. Como si algo hubiese caído del cielo.

      —¡Claro! —dijo Molina—. Ahora se explica: esa cosa, esa luz en el fondo... no es de acá.

      —¿Pero qué es lo que hay allá abajo, viejo? —Lito arrugó la frente, como sin entender.

      —No estoy seguro. Pero mi deseo se cumplió.

      —Volvé a bajar, Molina —dijo Lito, y fue casi una orden—. Pedí otra cosa, a ver qué pasa.

      —Ya lo hice. Una semana después que me curé, volví a pedir un segundo deseo —Molina se miró las manos vacías—. Pero no resultó. Será que ya no funciona conmigo.

      —¿Vos te animás? —le propuse a Lito.

      Me espió medio perplejo, con odio quizá, como si lo hubiese traicionado.

      —Ni mamado le sigo el juego a este viejo —dijo—. Me extraña de vos, Mauro, me extraña que te enganches con su delirio.

      —Pero es posible... —dije, y me detuve, incapaz de sostener las conjeturas.

      —No, no me lo creo —Lito negó con la cabeza—. Además, por qué tengo que bajar yo, eh.

      —Es que yo no me atrevo —confesé.

      —Qué bárbaro —me contestó con sorna—. Nunca pensé que fueses tan supersticioso, tan cagón. Mirá, hagamos una cosa. Voy a bajar. Pero lo hago para demostrarte que el mundo es más pobre de lo que vos creés.

      Lito bajó por la escalera. El charco había cobrado ahora un hermoso color esmeralda. Pisó el agua, que apenas le cubría las zapatillas. Arrastró los pies en dirección al centro, hundiéndose milímetro a milímetro. Por un momento se detuvo y se quedó estudiándonos con la mirada, temeroso tal vez de que todo fuera una broma. Después siguió hasta quedar justo en el centro bajo la luz. El agua le llegaba a las rodillas.

      —¿Está bien acá? —dijo.

      —Ahí fue exactamente donde me planté la primera vez —contestó Molina.

      —Y qué tengo que pedir, che.

      —Es tu deseo —explicó el viejo—. Vos sabrás lo que andás necesitando. Lo único que puedo decirte es que seas prudente.

      —Qué significa eso. Si voy a pedir, que sea a lo grande, ¿no?

      El viejo se encogió de hombros. Lito crispó los puños y formuló su deseo. Lo hizo en voz tan baja que no alcancé a oírlo.Después esperó. Esperó con los ojos cerrados y las palmas hacia arriba, como si fuese a recibir algo del cielo. Pero nada, nada ocurrió en los minutos siguientes. Lito igual seguía esperando, y también nosotros. El silencio llenaba todos los rincones.

      —Lamento desilusionarlos —dijo, al fin—. Yo también hubiera querido que esto funcionara.

      A punto de moverse, un rumor líquido vibró bajo sus pies.

      —¡Esperá! —dijo el viejo—. Las burbujas pueden ser un presagio.

      —Se acabó, Molina. Ya no voy a esperar más.

      Y fue como si hubieran sido necesarias estas palabras para que un algoincipiente se manifestase. Un polvo luminoso comenzó a entrar por el hueco del tinglado, a caer en espiral, enredado en una ventisca. Por un instante creí que cristalizaría, que se transformaría en algo más concreto. Pero enseguida entendí que el deseo ya se había cumplido. El oro bajaba en una danza abundante, brillando en cada partícula, regando el agua. Era una ceremonia, un ritual misterioso al que asistíamos con temor. Los tres permanecíamos en silencio; sólo se oía el repiqueteo en el tinglado, el susurro del viento, el gorgoteo de la arenilla en la superficie del charco. Cúmulos dorados se formaban sobre las palmas, la cabeza, los hombros de Lito.

      La lluvia parpadeó en su final; dos o tres hilos brillantes seguían resbalando por los bordes del agujero, restos que se habían acumulado sobre las chapas.

      —¡Alcanzame la arpillera! —dijo Lito, estudiando el oro que se le escurría entre los dedos.

      Empuñé la bolsa y aventuré unos pasos hacia la escalera, cuando oí un crujido. Fue un segundo: vi a Lito alzar la mirada y después protegerse con un brazo; vi la chapa caer como de un trampolín, dando una vuelta en el aire, en medio de una nube de polvo. La hoja golpeó a Lito en la nuca y lo dejó flotando boca abajo. Bajé, lo tomé de un brazo y lo arrastré hasta un rincón donde el agua era apenas una capa turbia de dos o tres centímetros. Lo senté contra la pared.

      —Lito —dije, sacudiéndole la mandíbula—, despertate.

      Apareció Molina, se agachó, y sus dedos tocaron el cuello de Lito.

      —Está muerto.

      —Cómo que está muerto —dije, y sentí vértigo en mi desesperación.

      Molina se limitó a menear la cabeza, rascándose una mejilla. Una opresión se me condensaba en la nuca, me latía en las sienes. Examiné los ojos de Lito. Turbios. Ojos de ciénaga.

      —Fue un accidente —me levanté—. La policía va a entender...

      —¿La policía? ¿Qué pensás decirle a la policía?

      —La verdad —dije.

      Molina permaneció en silencio. Miró alrededor, como si buscara una solución agazapada.

      —No —dijo—. No podemos permitir que sepan. Pensá en la catástrofe si llegaran a saber.

      —¿Qué catástrofe? Si hablás de lo de Lito, tarde o temprano van a enterarse.

      —Me refiero a los deseos, a esa fuente que los hace realidad. Los poderosos, los codiciosos, los tiranos, hay que impedir que esa gente llegue, que lo arruinen todo. Y cuando digo todo estoy hablando del mundo.

      —Acá el único problema es el de mi amigo muerto, y no hay solución —noté que las burbujas en el centro volvieron a surgir—. O sí. ¡Puedo resucitarlo!

      —No seas estúpido, no malgastes tu deseo para revivir a un muerto. Pensá en el futuro, en el desastre que nos espera si llegaran a saber —me apretó el brazo—. Pedí que la magia se anule para siempre, que la fuente no funcione más.

      —Es mi deseo, y voy a usarlo como se me antoje —quité su garra de mi brazo, desvié la vista hacia los reflejos en la superficie del agua y me detuve a pensar—. Estoy cansado, Molina, estoy podrido de todo. Quiero un mundo distinto...

      —¡No lo hagas! —dijo, como si me hubiera leído el pensamiento—. El caos es el estado natural del mundo, es un error tratar de arreglarlo. Hay que anular los poderes, hay que impedir que descubran este sitio. Mañana será demasiado tarde.

      —Pero yo...

      —Hacé lo que te digo. Yo te acompaño, y prometo que después vamos a la policía.

      Vacilé, mis ojos buscaron la salida. Pero después caminé hacia el centro, hacia la fuente. Molina me seguía. A medida que yo avanzaba, el agua se tornaba cálida. Bajo mis pies, como una esperanza, latía una luz anaranjada y difusa.

      —Hasta ahí está bien —dijo Molina, que se detuvo unos pasos detrás de mí.

      —Quiero —empecé a decir, la voz palpitante—, quiero que ya nadie más pueda acceder a esta fuente de prodigios.

      Molina quedó pensativo, como si le costara asimilar cada palabra. Lentamente empezó a apartarse, noté el temor en sus ojos. Buscaba salir del agua, pero algo lo detuvo. Sin que nos diéramos cuenta, había surgido una pompa inmensa que nos envolvía.

      —Pero qué es esto —dijo Molina, tanteando la pared de la semiesfera transparente.

      Comprendí enseguida. El deseo, el deseo nos había encerrado, yo lo había formulado mal. Pedí que se anulara la protección, que desapareciera. Pero nada de eso se hizo realidad. Al igual que Molina, recorrí con los dedos la concavidad brillante y perfecta. En vano busqué una falla, una grieta, una salida. Allá afuera, contra la pared, Lito nos miraba con sus ojos de ciénaga, y en su cara entreví una mueca que era casi de burla.

      —¡Estúpido! —me gritó Molina—. ¡Estúpido!

      Nuestro infierno recién empezaba.


     
       
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