1° Premio Ciudad de Arena 2004
EL HOSPICIO
un cuento de Guillermo Mac Kay
Manuscrito hallado en excavaciones
(LA NACION, 27 de mayo de 1974)
Un día, nada de viento, lluvia de a ratos.
Nunca voy a ser preferida, lo sé, no necesito que me lo digan. De eso estoy completamente segura. Las preferidas son las angélicas, seres superiores y algunos días, con suerte, las crucificadas. Aunque entre nosotras, verdad no dicha, ser crucificada no es algo tan bueno, no es un buen premio que digamos.
Ayer ingresó otra, una nueva, y por lo que contó Catalina del Doctor (arrodillado para recibirla, como los perros mugrientos de la calle para verle la cara de idiota desamparada, rubia sucia, para darle un beso y dejarle un hilo de baba en la boca) parece que está destinada a llevar estrella por un mes.
Ojalá se muera antes.
Por las dudas, todas decidimos odiarla.
En la huerta, abajo del limonero, Belén nos dijo (como siempre, porque ella trata de no hacer caso y el Doctor tiene miedo de acariciarle la cabeza) que tendríamos que pensar algo, hacerla desaparecer por un tiempo y así se olvidarían, "total somos tantas que una menos, quien va a andar buscando, ¿no?"
Pero Alicia, como siempre, que de buena es estúpida, dijo que no, que había que esperar los acontecimientos venideros y alguna, no me acuerdo quién, le dio la razón sin entender.
Al final nos fuimos a dormir porque el ruido de la lluvia nos hacía doler la cabeza.
Otro día, a veces sol, barro, bichos de la humedad.
Desde la mañana el calvario de la pobre de la salteña. La elegida. A Alicia, una vez y en medio de una risa general, le regaló cuatro arañas negras de las más grandes, en un frasco pintado por ella. Sabíamos que le gustaba Alicia, claro. Era algo que se sabía. Pero nunca hablaba. No sabíamos por qué.
La escupimos. La pateamos. Le tiramos piedras.
Alicia le hizo una corona hermosísima con rosas rojas del jardín, y al colocársela, se le llenó la cara de hilos de sangre.
Después el Doctor se la llevó adentro, realizó los trámites que se deben realizar en esos acontecimientos y a la tarde, muy desmejorada, desnuda y temblando, envuelta en una sábana con manchones, la sacó afuera para que la veamos.
Entonces la acostó en el césped, sobre la cruz de siempre, y él se puso encima, para efectuar la santificación.
Esperamos un rato, viendo las convulsiones, viendo que la salteña lloraba de costado y las lágrimas le hacían surcos en la mugre de la cara. Hasta que el Doctor terminó la santificación, hablando en un idioma extraño, inentendible, muy triste.
Mas tarde, las novicias la clavaron a la cruz y la fueron levantando con gritos, para apoyarla contra el cerezo del centro del jardín.
A la noche hubo viento y la cruz, claro, se cayó.
Nos reunimos para ver y creo que Alicia dijo que la salteña todavía respiraba.
Otro día, calor, ruido de cucarachas cuando se pisan.
Las novicias y las monjas alaban al Doctor. Lo sabemos. Belén nos contó cosas que no se pueden escribir porque no hay manera. Porque es como si miles de hormigas salieran de un agujero que está en la nuca y empezaran a caminar por brazos y piernas y se metieran en la boca, en los ojos, en todos los lugares posibles del cuerpo.
Otro día
Toda la tarde hicimos excavaciones en el jardín. Nadie se acordaba dónde habíamos enterrado a la nueva. Alicia hizo una escena de abatimiento y tragedia, pero Belén la castigó con silencio absoluto.
Al final, entre las amapolas que cultivan la angélicas, descubrieron que asomaba una mano.
No me gusta matar con tenedores. A nadie creo. Pero la nueva se la buscó.
Otro día, ganas de verano pero no. Insectos.
Aburrimiento total. Nos acostamos de la mano en el jardín para inventar historias a partir de formas de nubes. "Las nubosidades son fuentes de inspiración, apreciar los movimientos, los cambios, las relaciones, ejercita la mente", recitó Belén una vez, mientras baldeaba un patio, castigada.
En un momento, vimos la sombra del Doctor junto a la ventana y supimos que nos observaba.
No sé por qué, empezamos a reírnos de cualquier cosa.
Ridiculizamos a las angélicas hasta cansarnos.
Otro día
Alicia estuvo vomitando toda la noche y las monjas tuvieron que correr las camas para limpiar la inmundicia.
Catalina nos dijo, secreto juramentado-beso de sangre, que posiblemente estuviese engendrando un demonio en su vientre. Alguien que nacería para matarla.
Otro día
Extrañamente se suspendió una crucificción. Tristeza general. Sin comentarios.
Otro día, pájaros nocturnos, dolor de ojos.
Desde la mañana misa y desmayos de angélicas, rezos, lecturas en la capilla que es un recinto divino que se abre cada tanto, para pensar en lo que estamos haciendo, en los desvíos incomprensibles de nuestra conducta.
Cuando recibí el milagro de la comunión de parte del Doctor, metió los dedos en mi boca para acariciarme la lengua y después cayó de rodillas, gritando en latín.
Creo que estoy destinada a no ser preferida nunca, a morir olvidada sin alivio.
Otro día, Consagración angélica.
Todas estuvimos muy tristes desde la mañana. No hubo manera de cambiar de ánimo. La tristeza es un olor dulcísimo que se produce entre las flores del jardín, llega al cerebro y baja a la boca en forma de saliva, esparciéndose por todo el cuerpo.
Nos habíamos enterado, por comentarios en el desayuno, de que Belén tendría alas, y lloramos escondidas en la parte salvaje de los frutales.
Supimos que íbamos a perderla para siempre, porque las de su clase están destinadas a no hablar nunca más, hasta que el Señor de la Luz, el que vive en el centro de la tierra, se la lleve a custodiar almas, bestias, toda su creación muerta.
Apretadas en las ventanas que dan al laboratorio, vimos la consagración de Belén.
La acostaron en la camilla, con canciones. La durmieron con venenos. La desnudaron. Luego, con una tijera plateada, el Doctor le abrió dos tajos en la espalda y le injertó, entre los huesos, dos alas blancas hermosísimas, inmensas, que eran de otra angélica que babeaba sangre por los pasillos y se terminó muriendo.
Al final de la costosísima consagración, el Doctor se dejó caer en el suelo, e indicó con un brazo, que desinfectaran el lugar lo mas pronto posible.
Lloramos mucho. También el Doctor, mientras acariciaba a Belén.
Me olvidaba de decir que la lengua de las angélicas se entierra en el jardín. Todo se entierra en el jardín.
Otro día
Nadie me ha hablado por varios días y creo que sé de que se trata, aunque no quiero escribirlo. No tengo miedo, no. Debería estar alegre, sonreír, pedir favores.
Las monjas me bañaron en la fuente de agua bendita, cantando alabanzas. Una de ellas inclinó la cabeza y cerrando los ojos me besó los labios casi sin tocármelos. Luego sonrió. Sé lo que me espera, pero no quiero escribirlo. No sé por qué. Debería estar alegre. Es una especie de pozo, siento. Un pozo blanco donde no hay aire, no hay ruidos, y que dan ganas de que siempre sea así y no termine.
Nadie me ha querido ver a los ojos, tampoco. Aunque eso es algo que no se hace nunca, lo sé. Pero ahora tengo ganas. También de abrazar, si. Pero abrazar no cuando nos abrazamos jugando al amor, riéndonos. Digo abrazar así, calladas, sintiéndonos los pechos, oyendo los ruidos que hacemos al respirar.
Si Belén se enterara de esto me impondría silencio absoluto. Lástima que ahora es diferente, no nos entiende, habla en otro idioma. Ve cosas que nosotros no vemos. Divinidades indescriptibles, de seguro.
Me siento sola, si. Aunque está Alicia, claro. Pero no es lo mismo. Los juegos son aburridos, son para pasar el tiempo. No tienen gracia.
Debería estar alegre.
Otro día, tal vez. Frío, mucho.
Va a pasar lo que imagino, claro, por qué pensar otra cosa.
El Doctor vendrá a buscarme una noche, se arrodillará en silencio junto a mi cama y sin abrir la boca, que es una especie de herida que no cicatriza a causa de las palabras, me mirará sin pestañear, (sus ojos no son como los de los demás, no tienen vida, parecen hechos de la loza de las tazas, o de los platos que se guardan en vitrinas viejas) y mientras empiece a acariciarme la cabeza me dirá cosas que no podré entender, pero como a veces decía Belén cuando se quedaba mirando algo sin importancia, entenderé igual porque no hace falta explicar todo, porque a veces no es necesario tratar de repetir.
Entonces me llevará de la mano por pasillos prohibidos, (los que custodian las novicias), hasta una habitación llena de frascos, aparatos metálicos y alas viejas colgadas de paredes. Me hará acostar en una camilla y besándome la frente irá clavando en mi espalda una aguja helada.
Entonces dejaré de sentir dolores, claro. Tendré sueño. Mareos.
Antes de dormir, podré sentir que me abrirá suavemente la boca para meter una mano con gusto a plástico y a tirones, dos o tres tal vez, me arrancará la lengua.
La veré, con suerte, colgando entre sus dedos, antes de cerrar los ojos y empezar a soñar otra vez, con el jardín, con las estatuas de gente muerta que donaron los inválidos el día de todos los santos.
Más tarde
Debería escapar hasta el jardín. Ir mas allá de los límites de este lugar.
Escribo y no quiero porque sé que queda poco tiempo. Debería enterrar estas palabras junto a mis cosas mas queridas. Cuando llegue la mañana, lo sé, seré angélica. Podré conocer secretos inconfesables, tocar divinidades, hablar en el idioma lentísimo de las flores. Olvidar la risa y el llanto y otras debilidades.
Quisiera que de una buena vez se produzcan alas en mi espalda.
Quisiera dejar de sentir este frío, estos pinchazos de frío en todo el cuerpo que no me dejan seguir escribiendo.*
*La narración termina en la mitad de una hoja. Más abajo hay una palabra tachada, ilegible.