(Finalista "Ciudad de Arena 2004")
Acordate Clara
un cuento de Irma Elena Marc
Volvió a probar el té, afortunadamente ahora estaba a la temperatura que le gustaba, bebió con ansiedad el brebaje, tenía un lazo en la garganta, un gran lazo de piedras, el té corría entre las piedras, no ayudó a bajar ninguna.
Clara le preguntó por qué estaba tan sombría. Lo preguntó por señas, Leah miró las manos hablar, estaba harta de palabras, a ella las palabras ya no le decían nada. Hablar por señas con Clara era una tregua. Había querido ignorar su presencia, fingir una indiferencia que estaba muy lejos de sentir. Lo que más la hizo enfurecer fue que con una sonrisa Clara preguntara:"¿qué te quedaste pensando?, ¿estás bien vos, hoy?... No, estás rara, muy rara, como en otra parte"y que además se quedara mirándola con la mezcla de comprensión y ternura que usaba al principio, cuando todavía no la conocía bien, cuando todavía no había mostrado su verdadera cara.
Oyó su propia voz contestándole a Clara, sintió la puteada gruesa, pesada, hecha con las piedras que cerraban la garganta, la insultó hasta que se quedó sin piedras y entonces, recién entonces, recordó lo de las señas, las piedras arrasaron con la angustia y con la soledad y con la sensación de vacío que sentía en la boca del estómago y no era hambre, sino dolor, amenaza de caos.
La mano, porque podía usar de a una por vez, respondió "Tenés razón hija de puta, puta madre de todas las putas, hija de la reina de las putas, puta diosa de todas las putas que existen desde el principio del mundo, puta entre las putas, maldita entre las putas, cómo puta te parece que puedo estar bien, hija de puta, después de lo que me hiciste. Quiero que sientas cuánto te odio, quiero darte de beber mi odio, quiero que expliques por qué me sacaste a mi marido, por qué me robaste la vida. Clara se echó hacia atrás, impávida ante la furia de Leah, la cara con la dureza de un martillo, sólo los ojos ardían, los ojos pequeños de rata gris o parda, de rata acostumbrada a alimentarse de basura, de rata habituada a disimular su presencia en huecos oscuros, húmedos, fétidos, los ojos con brillo de fiebre, de enfermedad, de veneno instantáneo. Los ojos que se movían con rapidez de agujas, acero negro irisado hundiéndose en los ojos de Leah, cosiendo las miradas, una espejo de la otra.
Leah miró la taza casi vacía de té, luego miró el techo, suponía que mirando hacia arriba las lágrimas no empezarían a caer, pero las sintió correr calientes, redondas, urgentes. Se dijo a sí misma que era una estúpida que le daba el gusto a Clara de verla llorar. Miraba a Clara a través de las lágrimas, un manchón desdibujado, un trapo, un espantapájaros. Leah estaba harta, harta de todo, harta de palabras pero en ese momento comprendió que las necesitaba.
La mano libre de Leah y la boca dibujaron letras, signos que hablaban el odio: "Me cagaste la vida, vivo preguntándome cómo fuiste capaz de hacerme lo que me hiciste, no me acostumbro a vivir sin Aldo, no soporto ver como me robaste todo lo mío. Yo no tenía nada, Clara, sólo la vida tranquila y feliz al lado de Aldo, vos sabés que yo no soy nada, ¿qué te hice, Clara?, ¿cómo fuiste capaz de fingirte mi amiga, de meterte en mi vida, de usarme, de reírte así de mí? Acordate, Clara, cuando te conocí no tenías una amiga, te empecé a tratar porque me dabas una enorme pena. No tenías familia, me pareciste simpática, eso sí, la simpatía en persona, y muy culta además, vos sabías de todo, más que nada de filosofía y de poesía y yo de eso no tenía ni idea, así que poco a poco me fuiste atrapando, algo parecido a enamorarse, pero claro, distinto.
Me quedaba embobada oyéndote contar las cosas que sabías. Me decías por ejemplo: la lengua es un ojo y yo te miraba estupefacta sin entender un carajo, pero vos explicabas que quería decir que la imaginación transforma al mundo, que el poeta transforma la realidad por medio de la imaginación. Y me leías Adagia con tu voz de caireles y de brisa. Entonces entraba a mi vida un señor apellidado Stevens. Agregabas: mi voz llega hasta donde mis ojos no alcanzan y con el giro de mi lengua enlazo mundos y nebulosas de mundos, aclarabas: Whitman y me mirabas con esos ojitos de rata con fiebre como diciéndome "entendiste, ¿viste que es fácil?" Y a mí me daba pena o vergüenza preguntarte en qué idioma hablabas, porque yo pensaba que vos no hablabas el mismo idioma que todos nosotros. Y me daban ganas de hablar ese idioma, de aprender, de comprender, de ser como vos.
Vos me abrías la cabeza, hablabas de gente de que yo jamás había oído mencionar, me mostrabas mundos desconocidos, insospechados, habitados por gente especial, elegidos. Eso pensaba de vos, que eras una elegida y que yo era afortunada porque te habías cruzado en mi vida y me habías elegido a mí, a mí que no era nada, a mí que por tu culpa ahora soy menos que nada.
Acordate, Clara, podíamos hablar horas y horas, mejor dicho: vos hablabas y yo, un granito de arroz en una montaña de granos de arroz, te escuchaba insomne, borracha, a la intemperie de tu voz. Hablábamos de cualquier tema, la verdad, por ejemplo, y vos respondías con esa voz increíble que tenías, esa voz que con sólo oírla me hacía pensar en terciopelo rojo, en un telón que se abría y dejaba al descubierto músicos, cantantes, actores: Y qué es la verdad…hay tantas verdades sobre lo observado como individuos que observan; y yo sentía que adentro de la cabeza me estallaban fuegos artificiales que iluminaban la oscuridad en la que había vivido hasta el momento de conocerte.
Cuando me di cuenta te habías apoderado de mi vida, te la pasaba metida en mi casa, no ésta sino en la que vivía con mi marido, con mi marido, el que vos me sacaste.
Sonrió y con dejo acre dijo: "si seré boluda, la reina de las boludas, cuando quise acordar me manejabas a tu antojo. Es para reírse, te llamás Clara y sos el ser más oscuro que conozco".
Acordate, Clara, tanto hiciste que al final, y no sé cómo, te quedaste con mi marido. Entonces tuve que hacerlo. No me quedó escapatoria. Yo no podía vivir sin Aldo, era lo único que tenía, y además tenías razón, Clara: existen tantas verdades como individuos que la observan, y como yo miraba las cosas eso era lo único que podía hacer, la única manera de defender mi verdad, y a vos, puta dueña de la verdad, puta que se adueñó de todas mis verdades, te regalo esta, esta verdad mía sola, esta verdad a la que llegué solita, sin la pedrería lujosa de tus discursos, sin la luz de fiebre de tus ojos de rata inteligente, sin tu voz de telón de terciopelo rojo: yo los maté, los maté solita, un poco de veneno en la taza de té aquel día que los llamé para hablar, que les dije que teníamos que razonar adultamente y que no había razón para dejar de vernos.
Acordate Clara, vos dijiste que el té tenía un gusto raro, yo te contesté que era un té que me habían traído de la India, un té muy especial para un momento muy especial, ¿te acordás? Y vos lo miraste a Aldo con tus ojitos de rata con fiebre y él te devolvió la mirada, su mirada que tanto extraño y yo tuve miedo porque adentro de la cabeza me repiqueteaba lo que me habías dicho tantas veces: la lengua es un ojo, aunque, claro, lo que querías significar era que el idioma es una manera de ver las cosas, pero yo pensaba que también querría decir que con la lengua, con tu lengua, sobre la que yo pensaba que dormían ángeles, tu lengua sobre la que suponía que cantaban querubines, tu lengua que paladeaba nebulosas de mundos y las hacía girar lanzando palabras que ya no eran las mismas, que tu lengua tenía un ojo que me había visto poner el veneno en el té. Cayeron juntos, ni un pestañeo y ya estaban muertos. Para qué te voy a dar detalles de cómo los hice desaparecer, es desagradable, pedestre, rastrero, de acá abajo no de allá arriba, de donde son las nebulosas de mundos.
No me siento culpable, mi veneno viene en frascos, el tuyo venía con vos, el veneno de tus ojos me dio la idea. Vos me envenenaste la vida y yo te envenené a vos. Pero ahora no me dejás tranquila, estás en todas las tazas de té, sos el último sorbo, el sorbo final, cada vez que me inclino a mirar si queda algo de té en el fondo del pocillo veo tu cara, tus ojos de veneno instantáneo, de rata afiebrada, interrogándome, obligándome a repetir una y otra vez la historia, la maldición. Sólo me he librado de tu voz. Por eso sé que no estoy loca, por eso sé que no alucino, porque no escucho voces como les pasa a los locos, pero tenías razón, cuando decías: mi voz llega hasta donde mis ojos no alcanzan, estabas anticipándome esto y es peor que la locura, es peor, porque veo tus ojos sólo cuando bebo té pero tengo tu voz enlazada en la garganta y el ojo que tenías en la lengua no se cierra, no duerme, no deja de mirarme y esto no es vida, el mundo ya no me importa, es una nebulosa, Clara, es peor que el veneno que mata de una sola vez".
Leah se levantó, la angustia le cerraba la garganta, fue a la cocina, puso algo de agua en un pocillo, vio girar el plato del microondas, el timbre anunció que el agua estaba debidamente caliente, sacó la taza. Buscó entre las cajas de té un sobrecito con sabor a frutos del bosque, jugó a ponerlo y a sacarlo con suaves movimientos de arriba abajo, de abajo a arriba mientras veía teñirse poco a poco el agua de tenue color púrpura hasta volverse más oscura, con tintes violáceos, las pastillitas de edulcorante cayeron sobre el líquido produciendo minúsculas explosiones en el agua, desencadenando ondas diminutas mientras descendían al fondo del pocillo. La cucharita precipitó un caos de grandes ondas, probó la infusión llevándose la cucharita a los labios, pensó que aún estaba muy caliente para beberla, tomó la taza con las dos manos buscando entibiarlas, el humo flotaba como cintas, depositando pequeñas gotas de humedad en su cara, cerró los ojos, sintió una lengua que recorría sus párpados, su boca, que descendía a su cuello, la excitación la hizo estremecer. De pronto el lazo se cerró alrededor de su cuello, la lengua la atrajo hacia el pocillo, no luchó, se dejó llevar, algo parecido a un ojo la recibió, un ojo que la guiaba al fondo, cada vez más al fondo.
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