(Finalista "Concurso para Docentes del GCBA, Año 2004")
La visita
un cuento de Mabel Nora Martinoli
Abrió los ojos porque su reloj biológico no fallaba. Sintió incontenibles ganas de orinar. Por eso calculó que debían ser las seis de la mañana. La mujer estaba ahí, a su lado, con la guagua prendida al pecho, completamente dormidas, tapadas con los cueros. Despacito, se levantó, se calzó el pantalón que le habían dado hacía dos años en la iglesia del pueblo las señoras de la caridad, una camiseta de manga corta y abrió la ventanita de madera desvencijada, la única que había en la pared lateral de la casa, la que daba a los corrales. Hacía frío a fines de febrero. Pero el cielo estaba azul y limpio y todavía hacia el este persistían matices rosados. Se puso el poncho y salió al costado del rancho a orinar. Estaba caliente la casa de adobe y la helada de la noche cubría aún la tierra.
A un lado de la habitación única, separado por un cortinado colgado de una tensa soga de pared a pared, estaba el lugar de los hijos, cuarto improvisado, que cierta vez aconsejó una maestra que los visitó en ocasión de un censo. Ella misma se lo había entregado tiempo después. Era buena cosa: protegía del frío, daba intimidad, separaba a los chicos del resto de la pieza. Nuevo, habría sido de un verde oscuro, suave, como peludito, pero el transcurso de los años lo había manchado sin remedio y hubo que colocarle alguno que otro parche. Había sido el teloncito del salón de actos de la escuela. Así que descorrió el cortinado y vio a los chiquillos de ocho, siete, seis, cinco y tres años en un sueño apacible sobre los cueros tibios. Cada uno con su ropita, listos para levantarse y salir a sus ocupaciones.
Prendió el brasero con dificultad y puso la tetera negra que fuera alguna vez de reluciente aluminio para calentar el agua. Con resignación, comprobó que sólo quedaba yerba y pan para ese día... y la escuela empezaba el 3 de marzo. Vistiendo poncho, chulo y abarcas, salió a los corrales para llevar a las ovejas al puesto. No pensó más... Toribia sabría arreglárselas para la comida. Después de todo ésa era la manera de vivir... ingeniándoselas. Con el palo en la mano y los seis perros haciendo cabriolas, abrió la puerta de tronco y las ovejas salieron ordenadamente, dándose algunos cabezazos. Enfilaron para el cerro. El hombre de unos treinta años, de piel oscura y ajada, dejaba estelas de tierra reseca a su paso rápido, jugueteando con un perro negro, grande y sucio que andaba a su lado, mientras los otros trabajaban con entusiasmo en mantener reunida a la majada rumbo a destino.
Toribia había despertado dos horas después. Con la chiquita lloriqueando. Una chiquitita de ojos achinados y negros que sufría escaldaduras en la cola. La madre tomó un jarro de agua, la lavó en una olla en desuso y le cambió los trapos que eran los pañales, sin olvidarse de colocarle una crema transparente y untuosa para aliviar el ardor y de la que ya quedaba muy poco. Descalza, puso a la pequeña en sus espaldas en el aguayo y encendió el brasero. También ella salió al costado de la casa para ponerse en cuclillas y satisfacer su necesidad fisiológica. Utilizó una piedra lisa para higienizarse y con una palita herrumbrada desprovista de mango enterró las heces.
Vio el día despejado y se acordó que aún le faltaba mucho para terminar de tejer las prendas para ofrecer a la gente que viajaba en el tren de los sábados.
Cuando María Justina se levantó vestida como estaba, y en pata, apenas pudo ir al costado de la casa. La madre la requería a gritos.
Andate a lo de Cusi, y decile que te escriba en la libreta. El sábado le pago con lo que saque del tren. No hay para comer.
¿Y qué va a querer?
Fideo, arroz, sal, aceite, zanahoria, azúcar, harina, trigo..
Mama... ¿y si no me da?
¡Que le vo a pagar, decile! Pedile... pedile.
María Justina se fue cruzando la ruta con el cuaderno en la mano, al almacén que estaba a un kilómetro. Llevaba una bolsa de tela sin manijas.
Entre tanto la casa iba despertando. Sin hablar, cada chico salía al costado del rancho, menos el de tres años que solía orinarse en los cueros a los que había que sacarlos a secar al sol y que conservaban un olor residual insoportable.
Chuy... ¡Evaristo! ¿Cuándo ti vas a hacer la pis afuera? Este cuero está podrido... Esta noche no sé ande vas a dormir.
Pero Evaristo, que todavía no contenía, la miraba con una triste, tristísima carita de luna, entendiendo que no tenía que orinarse pero no sabía cómo se le salía solo el pis...
Alrededor de la mesa coja, sentados en sus sillas que el padre había construido con asientos de cuero, tomaron en tazas enlozadas un mate cocido con una única y última rebanada de pan en silencio.
En la casa casi no se hablaba. Los niños no se peinaban en vacaciones y los cabellos sucios y duros parecían crines sin forma... había que tener un peso para comprar el jabón y hacerlo durar. Era una pobreza inmensa, una soledad, un abandono. Un sino de desdicha porque jamás tuvieron, desde sus ancestros, ninguna ocasión de progreso. Pero el joven padre, cuando se amañó con Toribia, se había procurado el rancho cerca de la ruta, de la estación de tren y de la escuela, porque los dos integrantes de la pareja nunca habían vivido en sus infancias el privilegio de estar cerca de la civilización y porque ambos deseaban construir su casa en el paraje. Habían nacido entre los cerros, habían visto morir a sus padres sin atención médica, habían sufrido hambre, desnutrición, frío... esos argentinos a quienes sólo Dios miraba con sus piadosos ojos de cielo y Puna y ninguno de sus ministros podía hacer el gran esfuerzo de llegar hasta ellos.( era mucha la distancia). Sólo uno, un cura joven, llegado de Abra Pampa, cuando visitó el rancho nuevo les señaló el grave pecado que significaba el concubinato y consiguió celebrar la boda.
En una caja, una gran cantidad de madejas de hermosísima lana de llama mostraba el producto de la esquila del pequeño rebaño.
La maravilla de vellón sedoso era, hilado por las manos de Toribia, el sostén de la familia. Una mujercita de faldas raídas, con sombrero de ala, y veinticinco años, cuyo arte consistía en tejer abrigadas prendas para los turistas ocasionales que viajaban en el tren. Su abuela le había enseñado los tradicionales ritos para curar resfríos, empachos, ojeaduras, el susto, oraciones para conjurar los rayos y las envidias... pero todo eso no había bastado para impedir la muerte temprana de Mónica, una de las hijas que debía cumplir cuatro años. Ocurrió una mañana. Despertó la guagua con mucho calor en pleno invierno, sudando, llamando con voz ahogada...
En vano le aplicó paños en la frente, en vano puso sobre su vientre abultado los emplastos de coca y tola quemada. Cuando pasó el ómnibus hacia Abra Pampa, el padre, que la sostenía en brazos envuelta en una frazada, le rogó al chofer que los llevara al hospital. Después de tres días Mónica murió de neumonía. Una larga agonía que acabó en sólo tres días de internación, porque en verdad su cuerpito de aguja tuvo que soportar la enfermedad en silencio durante largo tiempo acostada en un cuero de oveja humedecido por el sudor de la fiebre. Mónica fue enterrada en el antiguo cementerio rural con el cuaderno de Jardín dentro de su cajón, que como una caja de muñecas, era demasiado grande para su cuerpo resumido, vestido por las comadres con el atuendo de angelito. En sus manos oscuras, arañadas por el frío, llevó al otro mundo un jarrito blanco de cartulina con cuatro monedas para que San Pedro le permitiera entrar al cielo. Mónica, la más morena, la más india, tenía los ojos verdes como las cabezas de los olmos siberianos en primavera.
En estos pensamientos andaba Toribia mientras la bebé dormitaba en sus espaldas y los otros chicos se ocupaban de variados asuntos: Justina, en el almacén, Isaías, arreglando los cueros y sacando los del pobre Jaime que pesaban el doble por los líquidos absorbidos, María Dolores, buscando una batea, agua y trozos de jabón para lavarlos. Toribia sacó una madeja gorda agrisada que después del lavado sería blanquísima, de hilo de torsión admirable. Desde pequeña sabía manejar el huso y hacerlo bailar como un trompo largamente. La divertía ver cómo la lana se iba convirtiendo en una interminable viborita suave y hacer con ella ovillos o madejas.
Ya tenía tres chalinas. Tejería medias. Y le quedaban todavía tres días para otras cosas. Ah, pero las madejas de llama gris eran bonitas y no tan comunes, por el color.
Era pobre, analfabeta, pero inteligente. Estaba habituada a ver gente bien vestida, a los turistas que venían en tren, o a los que bajaban por unas horas de algún ómnibus que se había descompuesto en la ruta y observaba a las mujeres con ropas modernas, con sus sonrisas de dientes blancos, que conversaban y sacaban fotos, a las que ella corría a ofrecerles sus tejidos y le compraban sin pedirle rebaja. En cambio, muy frecuentemente llegaban al rancho las Hermanitas de la Caridad que vivían en el asilo de Peuma y estacionaban frente a su casa la camioneta azul, una Ford grande. Tocaban bocinazos para anunciarse y le preguntaban cómo estaba la familia. Luego venía la oferta.
Toribia, ¿Tenés lana?
¿A cuánto?
Te damos un peso por madeja...
Cuántas veces tuvo que decir que sí... cuántas veces... Porque el almacén no podía esperar, ni podían esperar las tripas de las guaguas que sonaban como ronroneo de gato. ¡Un peso era un insulto! ¡Para el asilo! Ya sabía que mentían. Los viejos del asilo tenían ropa usada que las monjas arreglaban y que recibían de España, desde donde la mandaba la congregación. Eso le había contado doña Albina, una india que había trabajado como sirvienta en el asilo de Peuma y quiso la suerte que consiguiera irse a la ciudad con una familia que por techo y comida le había dado un empleo en la casona de un barrio acomodado.
La lana que las monjas devotas, dedicadas a ayudar al prójimo, le compraban, se vendía en la santería por el módico precio de siete pesos la madeja. Pero antes de venderla a las Siervas de la Caridad, salvo en caso de extremo apuro, prefería que quedara en la casa para hacer prendas.
María Justina volvió a media mañana. Ya la puerta estaba abierta y los chicos andaban vigilando las llamas de pelo a medio crecer, que comían pastos duros de las cercanías. Jaime miraba cómo tejía su madre. Justina fue sacando de la bolsa todo lo que había conseguido, sentada junto a Toribia: fideos, aceite, azúcar, un paquete de polenta y yerba.
¿Eso sólo?
Más no quiso. Y hasta que pague, no habrá otra cosa.
¿La harina para el pan?
No.
Ese mediodía los fideos con aceite constituyeron el almuerzo tan esperado, el plato único del día, el que pudo comer al atardecer, a su regreso, el padre ovejero.
Toribia repasó las prendas que estaban cuidadosamente dobladas en la canasta para el sábado. Eran pocas... muy pocas.
A la noche, cuando el cielo se volvió negro y encendieron la vela, la tejedora salió al campo mientras el marido se metía entre los cueros. A lo lejos vio el ómnibus que desde San Salvador viajaba con destino a La Quiaca. Muchas ventanitas iluminadas y una polvareda intensa pasaron como estrellas fugaces. El cielo era un techo infinito cargado de estrellas con una luna redonda, amarilla y brillante que siempre o casi siempre estaba allí ( su abuela le había contado que cuando la luna desaparecía del cielo, bajaba a la tierra para contarle a la Pacha lo que Diosito, con enojo, había visto hacer a los hombres malos)
La mujer sintió la quietud en los corrales, el dormitar de los animales, vio los perros vigilantes, acostumbrados a su presencia, descansando de la fatigosa rutina, y recibió el flechazo de piedra del frío en el rostro, en las manos... La guagua ya no estaba en su espalda y su cuerpo se aliviaba del peso constante que la curvaba. Era la arañita que salía a la oscuridad, la hilandera de sueños bajo la luna, la que con paso rápido iría a la estación en dos días a vender todas las ropas a los gringos del tren que admirarían sus habilidades.
Entonces levantó sus ojos negros al cielo y buscó estrellas fugaces para pedir deseos. Cientos de ellas aparecían corriendo con brillo efímero para desaparecer en el infinito. Y pidió, pidió y pidió, que pedir era gratis, nomás. Pidió por el descanso de Mónica, para que el Juan no fuera en busca de sus animales y especialmente para que le concedieran el bien de vender todos los tejidos. Aquellos que cansaban las manos y adormecían sus ojos, las noches que pasaba trabajando mientras se consumía la vela.
Se acomodó en la tibieza de los cueros de oveja. Su compañero dormía y las guaguas habían desaparecido bajo el calor de las pieles de llama.
La luz de la vela, amarilla y firme, le permitía atender su quehacer con facilidad. Y comenzó la carrera. Cinco agujas pequeñas iban dando forma a la parte superior de la media gris con una guarda blanca.
De pronto, la luz se tornó más intensa y en el rincón donde estaba la canasta vio acuclillada, mirándola fijamente, con rostro apacible, a la abuela Guala, la que la había criado, la que le había enseñado con rigor las artes del hilado y del tejido, con tirones de oreja: “ para que aprenda”, “deshaga esa vuelta, que está mal hecha”, “el trabajo ha de ser bueno, si no, no sirve”... y la escuchaba así decirle, pero no su voz en el cuarto sino dentro de su cabeza... clarito, su voz que le decía: “ Toribia, apurate, querís...”, “ No, está mal así, la guarda...”, “ Más rápido...”
La abuela Guala que era un espectro, una aparecida, por Dios... que era un invento tal vez de su imaginación, un sueño, allí, sin abrir su boca apretada, con el sombrero viejo, las trenzas largas, sus polleras antiguas de tela descolorida, la última ropa, la que se llevó a la otra vida... la Guala, la doña Guala, la brava que montaba a caballo y se iba al pueblo, a la Manca Fiesta, al trueque de lana por harina y carbón, la que le enseñó a curar de palabra a la gente que agarra la tierra cuando la Pacha se enoja... ¡Ay, la Guala vieja, su abuela madre, que nunca había besado, porque los besos no se estilan para expresar afecto, pero que había querido tanto!, la mujer que con certera puñalada mataba una llama, la carneaba, la cuereaba, hacía el charqui, hilaba la lana, haciendo bailar el trompo del huso mientras rezongaba a los muchachos vagos que andaban con vasos de chicha en octubre.
El corazón le latía muy rápido, casi en un trote, para escapar del pecho, ante esa visión neblinosa. Y ahí estaba quietita, hasta que debajo de sus polleras sacó las agujas y las lanas y se puso a tejer con la ligereza de la que siempre hizo alarde y con la perfección que era su orgullo.
Toribia, pensó que la vieja no podía haber regresado de la muerte. Aunque su imagen se desdibujaba en el rincón sombrío, veía su rostro confusamente, como un sueño, una alucinación. Sintió un miedo de escarcha en su corazón sobresaltado.
Como en secreto le murmuró:
Abuela Guala... ¿es usted ? Dígame, estoy viéndola. ¿A qué vino? ¿Me va a llevar? ¿A quién vino a buscar?
En su cabeza sintió la voz que parecía salir del fondo de un abismo.
“No he venido a llevar a nadie.”
¿Pero que no estás muerta, Gualita? ¿Por qué no me has traído a mi Mónica?
“No se habla”
Y en silencio estuvieron las dos, Toribia y la visita, tejiendo, hasta que la vela se hizo tan chiquita que la nieta ya no pudo ver a la abuela y un sueño profundo cerró sus ojos justo cuando había terminado la media.
A la mañana siguiente el hombre se despertó y observó a Toribia dormida, recostada, con las agujas entre las manos y se sorprendió al ver la cesta repleta de prendas. La despertó hablándole en voz baja.
Has tejido toda la noche. ¿Cómo has hecho?
La mujer recorrió con su mirada el rincón donde la abuela había estado acompañándola. No existían señales en el piso que hicieran pensar que alguien había permanecido allí. Y a su lado vio la cesta llena de chalinas, medias, chulos y ponchos con guardas bellísimas que ella jamás hubiera podido hacer.
El hombre marchó al puesto y los niños fueron despertando.
Uno a uno fue sacando los tejidos de la canasta con su alma llena de recuerdos. Las imágenes de su infancia con la abuela iban pasando por su memoria, haciéndola sonreír por momentos. Estaba pensativa, con las manos llenas de tejidos que le aseguraban la presencia de la anciana la noche anterior pero absorta porque no se podía explicar cómo había ocurrido una cosa tan extraña. Y decidió no contarla a nadie, guardar para siempre el secreto.
¿Acaso ella misma habría tejido todo entredormida? Los muertos no vuelven... están con Dios... La abuela había sido un sueño hermoso... un sueño... ¿Pero y todo eso? Ella no sabía hacer las guardas incaicas con esa perfección... un poncho le llevaba un trabajo de tres o cuatro noches.
Los niños llamaron su atención. Se dedicó a ellos y a media mañana comenzó a preparar una polenta en la olla de hierro, revolviendo, revolviendo, recordando, recordando.
Con los ojos vidriosos, conteniendo las lágrimas, miraba de a ratos la canasta y el rincón donde el ángel viejo de doña Guala se había echado a tejer afanosamente para aliviar el peso de su angustia.
Y ese sábado al mediodía el tren, como cada sábado, tocó su larga bocina triste y se anunció en todo el paraje. De las casuchas de adobe y piedra salían rumbo a la estación los Catacata con sus quesos de oveja, los Tolaba con los choclos hervidos, doña Alfonsa Quispe con la damajuana de chicha, José Condorí con las tortillas al rescoldo y Toribia con una exaltación desbordante, y el canasto repleto de prendas de color gris, marrón, blanco, con guardas increíblemente bellas.
Extendió sus productos al alcance de la vista de quienes, detrás de las ventanillas, elogiaron sus prendas y compraron los frutos de amor y de milagro, de extraños sucesos guardados en los secretos del alma y las manos hábiles de mujeres de aquel paraje remoto. El bolsillo de la pollera fue creciendo en volumen en tanto se iba vaciando la canasta.
Toribia era feliz y sonreía, y su felicidad era grande y redonda como la luna de aquella noche, porque llevaba un pensamiento de amor y agradecimiento. Y allá en el banco de la estación, Ay, la Gualita, como una neblina, la vieja acurrucada, solitaria, observando en silencio cómo la nieta vendía todo lo que sus ajadas manos dadivosas habían tejido con caricias en una noche.
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