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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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Por qué Escriben los que Escriben Parte XIV: “La Palabra Extraña” por Ana Von Rebeur
Investigando para preparar mi ponencia, antes de partir hacia España
encontré en la web una palabra en español que jamás había visto en mi vida: “carpetovetónico”. El diccionario de la Real Academia Española la define como “adj.
Dicho de una persona, de una costumbre, de una idea, etc.:Que se tienen por españolas
a ultranza, y sirven de bandera frente a todo influjo foráneo. Usado mayormente
en sentido despectivo.” En otro sitio lo encontré como “dícese
de aquello que rechaza todo lo que no sea absolutamente español”. Navegando un poco más, descubrí que esta palabra proviene de los
primeros habitantes de Iberia: los carpetanos y los vetones, dos etnias agrícolas
y cazadoras muy anteriores a las colonias romanas. Los vetones poblaban el
oeste, entre los ríos Tajo y Duero, pegados a las tierras habitadas por el
pueblo lusitano. Los vetones dejaron esculturas de animales en piedra llamados
“verracos”, entre los que se encuentran los famosos Toros de Guisando. Los carpetanos habitaban el centro de España, dentro de lo que hoy es
Alcalá, Sigüenza y la Sierra de Guadarrama Tenían como vecinos por el sur a los
oretanos, por el noreste a los celtíberos.
Pero se sabe poquísimo de esta gente, sólo lo que escribieron de ellos los
historiadores romanos, hablando de los primeros habitantes de la península. Tanto
me fascinó la palabra nueva, que me propuse decirla en alguna de mis
presentaciones en Alcalá. Estuve ensayando fórmulas, como por ejemplo “Gracias
por invitarme a participar de este evento y demostrar con ello no ser nada
carpetovetónicos”. No era una frase memorable, pero al menos me servía
de pretexto para darme corte pronunciando tan rimbombante palabra ante un
auditorio español. Finalmente,
un día me tocó compartir el escenario con la escritora Rosa Regás, Premio
Nadal, Premio Planeta de España y actual Directora de Bibliotecas de España. Para
mí fue un honor enorme hablar de la situación de la mujer en el mundo junto a
Rosa, que dio un discusro directo, sin pelos en la lengua y demostró estar muy
informada al respecto. Aunque muchos prefieran hacer la vista gorda, el 13 % de
mujeres en Europa sufren violencia doméstica. En Francia muere una mujer cada
tres días – según el diario Le Monde – por los castigos a los que la
somete su pareja. Por violencia contra las mujeres, Amnesty dice que hay una
cantidad de víctimas que cada cuatro años igual a la del genocidio nazi. A las
mujeres nos están matando en todo el mundo. Rosa
sabía de esto, conocía los datos, y cuando alguien los puso en tela de juicio,
ella dijo “por favor, no seamos tan
carpetovetónicos”. Yo
abrí los ojos como platos sin poder creer lo que escuchaba. Una
vez finalizada la conferencia, un par de amigos españoles que estaban en el público
me preguntaron por qué puse esa cara cuando hablaba Rosa. Les expliqué el
motivo : escuchar de boca de Rosa
la palabra que había descubierto hacía solo una semana. ¿Qué
fue lo que dijo? – preguntaron ellos Eso
de “no seamos tan carpetovetónicos”. Yo
no escuché tal cosa. Pero
lo dijo. -
¿Y eso qué es? Mis
amigos ni siquiera la habían escuchado. Eso
me hizo pensar que tal vez sólo escuchamos lo que conocemos. Y
sólo leemos lo que entendemos. Muchas
veces, como escritores, queremos usar la palabra difícil, la frase rara y el
tema extraño. Y nos encontramos con que los editores nos piden que escribamos
de los temas de los que todos hablan, de los que todos escriben, con un lenguaje
habitual. Su
temor es que acabemos diciendo cosas que nadie entienda por resultar demasiado
ajenas al conocimiento o al interés del lector común. Pero
así como todos los escritores queremos escribir para que nos entienda la mayor
cantidad de lectores, también soñamos con usar conceptos nuevos y que nos
publiquen ese libro distinto que logre que un lector abra los ojos con asombro,
como los abrí yo cuando Rosa dijo la palabra extraña. Tal vez debamos ser
muchos más los que nos animemos a proponer cosas nuevas, para que lo que antes
parecía extraño, acabe siendo familiar y necesario.
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