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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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por Daniel E. San Martín
Fue
al tercer día que me puse a trabajar; los dos primeros dormí. El quinto
descansé, y en el séptimo vi que el mundo no estaba listo. Me apuré, me
exigí plantas con flores, animales de sangre caliente, nuevas montañas.
Se me dio por crear el fuego, y me gustó. Como los animales le temían,
hice a uno para que lo admire, por vanidad. Entonces le di el
entendimiento, y aprovechando esto dispuse que se encargue de algunas
cosas, como mantener el fuego e inventar herramientas. No
sé cuántos días iban, ya estaban lejos los siete que me había
propuesto en un principio; pero no me importaba, cada vez estaba más
orgulloso de mi creación, de como tomó movimiento y de como se iba
modificando por sí misma, de acuerdo a las leyes que se me ocurrieron.
Por eso el hombre fue lo que más me gustó, porque me sorprendía: hacía
pueblos, los destruía, inventaba historias, se organizaba... Sobre todo
me reconocía: me hacía sentir importante. Un
día pidió una compañera, porque vio que los animales tenían. Le di a
la mujer, y puso a la mujer a su lado al dormir, y tuvieron otros hombres
y mujeres. Y fue la mujer instrumento de justicia entre los hombres,
porque así todos, tanto los más fuertes como los más débiles, tuvieron
a quien mandar y por quien ser obedecidos. El hombre estuvo conforme:
mujer, fuego, caballo, manzanas, guerra. Y yo estuve conforme. Me
dediqué a hacer peces para el océano; probé formas nuevas, colores
atrevidos, conductas sanguinarias. El hombre, en ese tiempo, inventó el
televisor (¡me sentí orgulloso!). Hice la luna, entonces, para dársela,
para que la vea y la admire y me admire en ella; pero también para que no
olvide, para que tenga presente cuál es su lugar. Prefiere
ver el televisor, y hasta se burla de mirar la luna. Por primera vez en
toda una eternidad logró hacerme sentir mal. Ingrato: le dediqué más
atención que a cualquier otra criatura, piedra o viento, puse en él mis
valores más preciados... ¡hasta llegué a considerarlo un hijo! Y cuando
empieza a sentirse un poco seguro lo invade la soberbia y te da vuelta la
cara; cuando más agarrado te tiene, cuando ya es al revés y sos vos el
que necesita su atención, ahí hace caso omiso de la clemencia que tantas
veces le tuve y da con el mazo en donde más duele; cebado como un animal,
ensañado por el mero gusto de creerse independiente, reniega de quien le
dio de comer, de quien le dio manzana, carne y religión, de quien lo
abrigó y concedió a sus berrinches, y te reclama por una costilla, por
la vejez, por el frío... ¡¿Acaso él pudo hacer algo mejor?! Por
momentos me invade el deseo de mandarle un diluvio hasta que se ahogue sin
remedio (¡puedo hacerlo, aunque esté viejo!). Pero
claro, ya no importan mis quejas, ahora es demasiado tarde: me encariñé.
En verdad debería decir que me enamoré, me enamoré de lo que hice. Y soy débil. «Publicado
en el libro "Amoralejas", de Daniel E. San Martín (ISBN
978-987-02-1738-1)». www.Amoralejas.com.ar
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