HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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4 Relatos Breves sobre Mujeres

por Viviana del Villar

 

I

Dos mujeres están sentadas junto a sus bebés sin vida pero robustos -recién muertos- en una esquina de la ciudad junto a varias bolsas abiertas y malolientes de basura. Si se observa bien a los bebés no se sabe si son niños o muñecos.

La desesperación de las madres es tremenda: sobre todo la de una de ellas mientras la otra trata de consolarla.

De uno de los niños sale una especie de cordón umbilical y una de las mujeres lo toma entre sus brazos magullados mostrándolo a los que pasan.

Gritos de angustia desmedida. Horror en sus rostros.

Se dice que copularon y concibieron con el mismo hombre: atlético, semental, “un súper hombre”.

Pero los niños están muertos. Han nacido demasiado grandes y desgarrado a sus progenitoras. Las han abierto de lado a lado.

Y ahora yacen junto a la basura inmunda con sus madres dementes.

 

II

Ella iba en un auto con su madre o con su tía (no recuerda bien de quién era el rostro). Alguna de la dos manejaba y ella iba sentada del lado del acompañante. Sentía una angustia extrema y miraba al vacío.

De pronto apareció corriendo justo enfrente del auto una mujer joven que tenía puesta sólo una bombacha.

La que manejaba disminuyó la velocidad y observaron que la mujer estaba por completo cagada: la mierda le salía a través de la bombacha y tenía una gran bola de caca pegada al culo, además de sangre que le iba chorreando por los muslos mientras pedía en tono de súplica y después gritando que detuvieran el auto.

Ella sentía terror y asco a la vez e iba cerrando las puertas con seguro pero la mujer había logrado subirse igual por la de atrás mientras un hombre apareció persiguiéndola. Logró zafarse violentamente de éste y bajándose del auto corrió hacia su casa.

Ella se despertó totalmente sobresaltada y sudada. Pensó que lo que más la había espantado había sido la actitud implorante de la mujer y la visión tan clara de la caca y la sangre juntas.

Volvió a dormirse entre pesadillas.

Al día siguiente encontró una bombacha totalmente manchada sobre la bañera. 

 

III

Luego del trabajo fue a la casa de su amiga. Llevó bizcochos y dulce de leche casero.

La encontró tirada en su amplia cama haciendo fiaca y tapada con una sábana muy estropeada. La sorprendió un tipo que estaba arreglando una bicicleta -dada vuelta, con las ruedas para arriba- en calzones. Lo saludó y al momento vio a otro encima de la cama -la cabeza dando al respaldo- con ropas ya puestas.

Fue a la cocina a preparar los bizcochos, mientras el hombre de la bici se puso a tomar mates. Ella fue al baño y vio grandes algodones y toallitas con sangre de menstruación y toallas manchadas, además del inodoro sucio.

Tuvo una profunda sensación de repugnancia.

La amiga le dio a entender que habían tenido un “menage a trois” .

Ella miró a su alrededor y siguió comiendo los bizcochos con dulce de leche.

      -      Se fueron los tipos, ¿no? ¿Puedo comer los bizcochos en paz?

Sí, se fueron, estás como acelerada. ¿Qué tenés che…?

Me preguntás qué tengo…Vengo a la casa de mi mejor amiga y la encuentro                     terminando un “menaje a trois” … Somos re modernos mi amor, pero…

¿Qué te pone así? Dále…, ¿no me vas a decir que te asustaste por esto?

No, no me asusté por los tipos, me sorprendí por los algodones y las toallas con sangre en el baño.

Estoy menstruando…, ¿y?

No…todo bien.

¿Y…?

Que sos una asquerosa hedionda, eso…

¿Qué te incomoda de verdad, chicha?

Pausa corta.

      -      Que no me hayas invitado, eso me incomoda…

Era un “menage a trois”…

Podría haber sido uno de cuatro.

No sería “menage”.

Andáte a cagar…

Ella introdujo con furia los bizcochos en el tarro y los devoró uno a uno, con desesperación.

LLegó a su casa pasada la medianoche. El inmenso espejo apoyado en la pared (una antigüedad carísima) le devolvió su imagen iracunda. Pensó en Rosa, su amiga: en su total desprejuicio, en su “cosa salvaje”. Ese lado por el que ella sentía pánico. Lo salvaje…

Se miró detenidamente en el espejo y sus lágrimas comenzaron a caer calientes, como algas furiosas, caían y caían por su rostro y el maquillaje (ya apagado por las horas) iba desapareciendo como la máscara más cruel y absurda.

Observó las fotos enmarcadas en nácar, colgadas en las paredes blanquísimas. Eran fotos en blanco y negro de su madre sola y de ella con su madre. Ella era una nena en las fotos, a determinada edad dejaron de sacárselas junto a la madre.

Miraba con detalle los cuerpos de las dos: cuerpo de niña el suyo, cuerpo de mujer-adulta el otro: alta, soberbia, largas piernas, pechos espléndidos. Su madre.

¿Porqué no podía precisar cuándo habían dejado de sacarles fotos y por qué?

Ella empezó a crecer, a adolecer, “a desarrollarse” (como se decía en su tiempo), a convertirse en mujer. ¿Y su madre?

Ella sabía casi a la perfección cómo había mutado su cuerpo, no así lo que había pasado con el materno. La angustia la dobló en dos. Tomó un fuerte sedante y se durmió al fin.

Despertó sobresaltada, con un agobio feroz y paralizante. Prendió la lámpara antigua de mármol de su mesa de luz y se quedó mirando el vacío. Recordó la sangre seca, olorosa y pegoteada que tanto la había asqueado en lo de su amiga y con detenimiento el sueño que acababa de tener. Todo fue como un remolino mental que desembocó en la palabra aborto. Su primer aborto, el segundo, el tercero. Sus pérdidas de coágulos, de fetos: esas vidas que se le fueron yendo entre las piernas para no volver.

Prendió el primer cigarro del día. Lo fumó con violencia y mirándolo consumirse pensó en ella misma. En su patética y consumida vida, pensó.

Fue hacia la cocina y tomó de la heladera un gran tarro de helado. Lo devoró mientras sus lágrimas caían gordas por un rostro totalmente desfigurado.

 

IV

Era la fiesta de quince años de Cata. Con parientes y amigos estaban reunidos en un gran salón decorado, la música se escuchaba de manera estridente y todos habían salido en grupitos a bailar.

Ella tenía puesto un vaporoso vestido rosado de satén y gasa, zapatos blancos (sus primeros tacos altos), el pelo caía lacio, lleno de brillo sobre sus hombros y el perfume exquisito que la mamá le había puesto la envolvía toda.

Se sentía la reina del lugar, todos la alababan, la aplaudían, la abrazaban.

Cuando después de un tiempo (no sabía exactamente cuánto) empezó a cortar la enorme torta de tres pisos mientras los demás la rodeaban y seguían cantando el cumpleaños feliz, apareció su hermana Cloto (que hasta ese momento no había estado en la fiesta) en su silla de ruedas porque ya no podía caminar. Se veía tremendamente gorda y mugrienta, desnuda por completo.

Fue lo que más espantó a Cata.

Al momento, su hermana empezó a vomitar a más no poder largando toda clase de porquerías por su boca abierta.

La adolescente se sintió desfallecer; creía que se iba a morir del asco y de la vergüenza.

Sus padres, estupefactos, se abalanzaron sobre la hija y con un mantel la trataban de tapar y limpiar; los demás rodearon la silla de ruedas y Cata ya no la pudo ver más.

Pero cuando se acercó, después de lo que creyó una eternidad, comprobó que su hermana no era su hermana, que su cara era la suya. Cloto era ella misma.


     
       
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