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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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En la Hostería del Alemán por María Laura Amuchástegui ![]() Plena
selva salteña. Fuera de temporada. Salíamos a caminar hasta el arroyo y nunca
me cansé de sentarme a su orilla, sobre una piedra grande, a mirar el agua
translúcida, horadando amorosamente las piedras menores que resistían con
ayuda del musgo desde el esplendor de sus venas de mica. Cada tanto irrumpía un
estallido de oro. Podía
ser una bandada de maripositas amarillas, o blancas: lo único que me hacía
desviar la vista. Salvo
la montaña que tenía enfrente, por prepotencia de tamaño, y de colores. Ni
qué decir cuando nos internamos en la boca generosa de la quebrada que se hace
más angosta a nuestro paso: según la viste y la desviste la niebla, nos va
mostrando o escondiendo sus helechos de la izquierda o las enredaderas de
enfrente. Si es andar por un túnel. De la tierra en estado puro van saliendo
hojitas de helechos como lenguas y recién a la altura de nuestros hombros
entran a elevarse los árboles. A cuál más alto. De golpe una sombra y unos
cascos invaden nuestro costado. Le
hacemos lugar para que pase la mujer a caballo mientras bordea con lentitud el
sendero y nos pregunta, le pregunta a quien tenga reloj por la hora. Pide la
hora de un modo tan indirecto que cuesta entenderle. De la boca de su rostro
impenetrable sólo surge una cuestión: si no vimos pasar uno a caballo. Y sigue
viaje, lenta y digna bajo sus pobres ropas. Espejo infiel de mujeres soberanas,
de reinas de antiguas razas. Después
de una breve siesta salgo y qué traigo bajo el poncho: un libro, dispuesta a
alternar su lectura con la contemplación de la montaña selvática y el
pequeño arroyo que cruza bajo nuestros pies. Pero en pleno contacto con los
cinco elementos, el libro pierde terreno, sigue cerrado. No me alcanzan los ojos
cortos para ver, para sentir. El cielo, el aire, el agua, la tierra. Y el
quinto? El universo, claro. De modo que sigo sentada en la piedra más alta,
envuelta en mi ruana porque ya refresca, y la mujer que limpia me alcanza un
mate. -No
gracias, no tomo, me imagino que a ustedes no les hará mal, con la paz que los
rodea siempre. -No
crea, a veces pasan cosas y después no se sabe más. -¿Como
cuáles?, entro a tirarle de la lengua. En ese paisaje y escuchando historias. -Y,
vez pasada, por el lado de Cachi se perdió una pastora, una mujer vieja, ya,
que sólo se daba con sus cabras. Se cansaron de buscarla, hasta en
helicóptero, pero nada. Por aquí ni por allá. -La
habrá comido un animal, quedó tapada por la selva. -Si
eso es puro monte pelado, ahí no se pierde nada salvo que pase algo muy raro. -Como
qué. -Y,
dicen que fueron los marcianos, los platos voladores, que a veces se llevan
gente para estudiar cómo somos. Y después venir a mandarnos de prepo, quién
sabe. -Y
a usted qué le parece. -Bueno
por un lado y malo por el otro. -¿? -Y,
bueno, porque en el estado en que estaba la mujer, en una de esas se arrepienten
y no vuelven. Malo porque imagínese cómo nos hace quedar: pensarán que todos
estamos casi muertos, como la pobre Primavera. Ya le decíamos Prima, cosa de no
hacer el ridículo, si estaba más cerca del arpa que de la guitarra. Y se va
enseguida con el matear a otra parte: viene llegando el dueño, Helmuth, me
pregunta si me gusta el paisaje, y en vez de contestar lo obvio le comento que
están a la vanguardia, hasta los visitan los extraterrestres. -Ah,
esa historia, me dice con sonrisa descreída. Mi teoría es que la mujer, la
pastora puede haberse desintegrado, ya era casi ingrávida. O se la llevó un
viento fuerte vaya a saber a dónde. -Lo
que el viento se llevó. -Todas
ficciones. Lo que sí ocurrió fue un caso muy serio, no hace mucho, y muy
cierto, como que fui testigo. La policía me obligó, que si no, ni aparecía. -No
se me vaya sin contar. Se
sentó en la piedra de al lado y con su voz metálica, indiferente, entró a
decirme el alemán: -No
sé si habrá leído en el diario de la capital que dos suizos de por acá, que
vivían en un lugar alejado, de una manera bastante primitiva, fueron masacrados
por un peón. Parece
que era gente que estaba muy bien en su país, eran empresarios o algo así, y
un mal día decidieron dejar todo e instalarse en medio de la selva. Se hicieron
construir una casita. No les iba
mal alquilando caballos y con los turistas armaban fiestas que duraban toda la
noche y hasta se sacaban fotos para recordar. Uno cree que los suizos son prolijos pero viera la mugre de
la casita, el teléfono tenía una capa así de mugre. El
mismo peón, un brasilero que hacía trabajos de lo que fuera, que había
trabajado para mí, también, me comentaba a veces que iba con los suizos porque
necesitaba, que si no. Nunca en su vida ningún ser humano lo había humillado,
lo había tratado con el desprecio con que lo hacía esa mujer. Y el problema
era sólo con ella, racista la suiza. Le decía Negro, negro, al pintor y hasta
lo insultaba por cualquier cosa. Él no, el marido no se metía, se llevaba bien
hasta con el negro, con cualquiera. Y
esa vez el pintor tenía todo listo para empezar el encargo de la suiza, la lata
de pintura, el pincel, los trapos, la lona o el plástico. Pero no va y da un
paso en falso. Pateó o manoteó la lata sin querer y cuando la suiza vio el
enchastre empezó a gritarle, a insultarlo con sus
aullidos de loca hasta que el hombre se fue, mudo, y sin mirar atrás
cruzó la puerta. Pero
volvió enseguida con una piedra grande de afuera y a la mujer, de espaldas, le
destrozó la cabeza. Después fue hasta la pieza donde dormía el marido y lo
golpeó hasta matarlo, cosa que no quedaran testigos. El
suizo tenía la mesa de luz llena de monedas de oro que le traían los amigos,
de su país, cuando lo visitaban, como para zambullirse en el montón. El peón
sólo sacó unas pocas, las necesarias para comprarse un asado. Pasaron unos
días y alguien, tal vez algún turista con ganas de cabalgar entró a querer
comunicarse con los suizos pero nadie contestaba el teléfono. No van y llegan a la casa y se topan con el siguiente cuadro: los pedazos de
la mujer desparramados, medio comidos por los perros, sangre seca ya terminando
de enmugrecer los pisos. La policía fue a buscarme para que les dijera dónde
vivía el peón, pero yo los acompañé lo indispensable hasta indicarles el
camino. De lejos, nomás. Lo
encontraron tratando de quemar la ropa ensangrentada y se entregó manso, sin
resistir, sin negar lo evidente. Y
de golpe, levantando la voz, con pasión, la cara enrojecida: -Y
pensar que con todas las monedas de oro que había en la casa podría haberse
fugado, haberse perdido en esas selvas del Brasil, qué, si ahí no lo encuentra
nadie, nunca, decía, me decía el alemán.
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