HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
   En Axxón:

Instructivo sobre Perros 

por Ricardo Noceti                                                                                                        

Había aprendido a querer ese trabajo que, al principio agarré porque no tenía más remedio. Me resultaba raro y hasta chocante ver a los paseadores de perros andando por la ciudad. Por otra parte, yo nunca me había destacado por un excesivo afecto a los animales. Además, tenía miedo de hacer el ridículo ante mis amigos y conocidos. No conocía las mañas del oficio y tenía que arrancar de cero. Pero mi buena voluntad superó todos los obstáculos. Hasta me tuve que aprender de memoria un pequeño manual del Gobierno de la ciudad titulado: Instrucciones para los paseadores de perros, para poder recibir la chapa. No les cuento la de boludeces que contenía el instructivo: desde “sea dulce y tranquilo con los animales y ellos le responderán de la misma manera”; pasando por “nunca permita que hagan sus necesidades en lugares inoportunos y mucho menos sobre una pareja que hace mimos en el parque”; hasta llegar al superlativo “un perro puede ser el espejo de lo que es su amo o su paseador”.  Desde entonces pienso que, en muchas cosas, mejor ser ignorante que instruído. Las instrucciones no te sirven precisamente para lo más importante, que lo tenés que aprender por tu cuenta. Si se lo habré dicho a mis viejos tantas veces, ellos que son manuales en dos patas y que saben siempre lo que hay que hacer: cuándo ponerse el pulóver, con quién juntarse y de qué conviene estudiar o trabajar.

Pero no fui un mal aprendiz y aquella profesión me fue resultando cada día más entretenida. Había logrado una comunicación muy directa y fluida con los animales que, poco a poco se fue haciendo recíproca. Sobre todo, me fui dando cuenta y aprendí a valorar muchas cosas que yo, hasta ese momento, ignoraba de estos bichos, no al azar tan cercanos al hombre.

 Lo que yo no sabía, lo que no podía ni remotamente imaginar,- ni ninguna lista de instrucciones me podía enseñar- es lo que me sucedió con el dálmata de la abuela Segismundo.

Cuando conocí a la abuela, ya llevaba por lo menos un año de experiencia en la tarea. Era una anciana encantadora, sencilla y alegre, que me inspiró siempre la mayor confianza y simpatía. Me dijo que hacía alrededor de un mes  se había mudado al edificio, justo cuando le habían regalado el perrito. Que ella lo estuvo sacando a pasear durante ese tiempo, pero que ahora un imprevisto malestar a las piernas -algo así como una flebitis- la tenía atada a su sillón. Me comentó además  que el Rulo era un perro extraordinariamente dulce y dócil, hasta tal punto que no ladraba, lo cual me costó creerle en ese momento. Que era capaz incluso de adelantarse a los deseos del amo, por una extraña cualidad, no fácil de encontrar en los perros. Efectivamente, cuando me lo presentó, me encontré delante de un magnífico ejemplar de dálmata de mediano porte, de mirada serena pero inquisidora. Concluyó la conversación dándome una propina para mis gastos de estudiante y diciéndome que me entregaba su joya de cuatro patas, a quien debía cuidar como oro en polvo.

Yo imaginarse, sí señora, claro que lo voy a cuidar, va a estar muy bien, tengo experiencia, no se preocupe. Pude comprobar, es cierto, en el transcurso del tiempo, que era un animal sensible e inteligente, dos cualidades que raramente van juntas ya que casi siempre (y no solo los perros) los sensibles parecen un poco bobos y los inteligentes bastante fríos

Pero claro que iba a ser uno más. Tengo veinticinco canes a mi cargo y no puedo estar pendiente de cada uno. Porque, aunque en general, son mansos y tranquilos, siempre hay que estar atentos, ya que hay animales caros y dueños quisquillosos.

Los primeros días todo fue perfectamente normal. Rulito se iba integrando naturalmente  a los demás perros.  Casi diría, con más rapidez que otros. Cuando lo dejaba en casa, no dejaba de prodigarle algún piropo, que la abuela siempre agradecía. Pero, a partir de la tercera semana, varios perros de mi enjambre comenzaron a enfermarse. Aproximadamente, cada dos días caía algún pichicho enfermo. Cuando me quedé con seis  me alarmé muchísimo. También varios dueños comenzaban a pensar que yo los llevaba a lugares insalubres o que alguna epidemia había cundido entre ellos. En fin, mi buena fama de paseador se estaba viniendo irremediablemente abajo y corría peligro de perder buena parte de mi clientela. Además, algunos de ellos estaban siendo tratados por afecciones serias. Porque -y esto era lo curioso- no todos tenían las mismas enfermedades o las mismas alergias.

Entonces comencé a observar a Rulito, el cual seguía gozando de perfecta salud. Y noté que, cuando estábamos en el parque, cortaba con los dientes una especie de hierba o pasto de los que crecen allí, en el césped. Después, lo masticaba largamente, casi como un rumiante. Y luego de unos treinta o treinta y cinco minutos de rumia, depositaba esa especie de baba verde en la cabeza de otro perro, en este caso de Fichi, una perrita hermosa y dócil, que aceptaba ingenuamente el cumplido.

Al otro día, Fichi estaba gravemente enferma y no salía a la calle. Los dueños me dijeron que el veterinario había diagnosticado una meningitis fulminante, de la cual sólo por milagro podría salvarse. Tengo que confesar que no sólo me sorprendí sino que me asusté bastante.

Al día siguiente, volví a observar al Rulo rumiando las hojas de pasto. Y cuando intentó acercarse a otro perro, lo detuve en seco. Entonces me miró fijamente, casi con hostilidad -fue la primera y la única vez - casi como para saltarme encima.

Yo no sabía qué hacer. Pensaba que tenía que hacerle escupir la maligna baba verde, pero no sabía cómo, ya que yo también estaba en peligro.

Pero, después de unos instantes, él mismo, como si hubiera adivinado mi pensamiento, se retiró a un costado y vomitó -esa es la única palabra que cuadra- la venenosa saliva en un cantero.

Me tranquilicé, pero a medias, porque sentía que no podía fiarme de él.

Y mientras volvíamos a casa, me decía serenate, no te dejés llevar por la imaginación, pensá que es un perro como los demás, tratá de relajarte y vas a ver que las cosas se arreglan. Pero todos los argumentos de pacificación interior no alcanzaron a convencerme. Decidí que no podía seguir trabajando con ese bicho. Corría peligro de perder mi trabajo. Corría peligro incluso mi salud.

Resolví cortar por lo sano y decirle a la abuela Segismunda que ya no vendría más a buscar a su Rulo, que buscara otra solución. Pero, ¿cómo explicarle a la viejita el por qué de esta decisión? La consideraría algo totalmente arbitrario. No lo entendería, de seguro. Como no lo hubiera entendido yo, si me lo hubieran contado. Tal vez, podría excusarme diciendo que Rulo no se adaptaba al grupo, o que se volvía agresivo con los otros canes, con las personas o conmigo mismo. Sí. Algo de esto intentaría decir para justificarme, aunque ni yo mismo estaba convencido.

Cuando llegamos al edificio, como allí había varios clientes, fui dejando primero los otros perros, pero ya desde el principio noté un movimiento raro: ambulancia, médicos, enfermeros. Toqué el portero eléctrico del departamento de la abuela y la voz de la empleada sonó angustiada y llorosa. Me atendió diciendo que la anciana había fallecido de paro cardíaco algunos minutos antes, que ella estaba tratando de comunicarse con el único pariente que tenía, que estaba enloquecida con diez mil cosas que no sabía cómo manejar.

La compadecí, pero no podía dejar de hacerle la pregunta inmediata y al mismo tiempo dramática, que surgía de mi situación: - ¿Y qué hago con el perro?

- Y, por ahora, pídale por favor al portero que me lo tenga. En todo caso, como es un lindo animal, después yo me lo llevaré a mi casa.

 Le dije que sí, porque ya no sabía qué o cómo responder, pero en mi interior ya había pensado el destino del perro.

Inmediatamente, lo solté y lo eché. Pero él se quedó mirándome, sentando sobre sus patas traseras, con la mirada dulce e indescifrable que yo bien conocía. Tuve que agarrar el escobillón del portero para echarlo a palos. Y se fue trotando mansamente hasta que desapareció doblando la esquina.

Me quedé intranquilo, esperando no sé qué. Tenía un nudo en el estómago, que temía se desatara en cualquier momento en una colitis. Ahora se me haría todavía más difícil dar una explicación.

Le hice entonces una notita a la empleada de la abuela, diciéndole que, mientras esperaba la llegada del portero -también él atareado con las idas y venidas del personal sanitario y de pompas fúnebres- el perro se había escapado a toda carrera. Que esto solía ocurrir a veces ante la muerte de sus amos, que ellos intuían oscuramente. Que daba por terminado mi trabajo y  el sueldo de un mes que se me adeudaba podrían dejarlo consignado al portero, que yo pasaría a buscarlo cuando pudiera. Y que, incluso, estaba dispuesto a renunciar a él, si nadie se hacía cargo.

Volví a casa con un cierto nerviosismo, que no me pude despegar ni con la ducha de agua fría ni con los mates calentitos que tomé con mi madre, mientras le contaba lo sucedido.

Durante las clases me distraje varias veces, pensando dónde podría haber ido el animal acostumbrado a un techo, a un ama y a una comida segura y abundante.

Aquella noche me costó dormirme. Como a las cuatro de la madrugada, me desperté con una sensación extraña. Sentía naúseas y un poco de mareo. Me toqué la cabeza y una inconfundible pasta verde se me había apelmazado en el pelo.

Sabía lo que iba a suceder. Y estaba seguro que ningún instructivo de este mundo -tampoco vos, viejo- me enseñaría lo que tenía que hacer.

     
       
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