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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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Merali por Reginaldo Arturo Castro Ortega ![]() Son
las 6 de la mañana y debo ir a mi trabajo, una de las tantas rutinas que debo
llevar en este nuevo día, rutinas, rutinas, rutinas, rutinas… Me
levanto, me ducho, desayuno, beso a mi mujer, llevo mis peques al colegio y
luego al trabajo… El jefe no me saluda, tampoco la Susy, ¿qué pasará? me
pregunto, ¿no me habrán visto?, bueno la vida es así, y la gente tiene sus
cambios digo yo. Voy
derecho a mi escritorio, cuando oigo una vocecilla que me dice ¡Hola!, ¿cómo
estás? Miro
para todos lados como tratando de identificar esa voz tan melodiosa… ¡parece
que fue mi imaginación!!! ¡Vaya
qué cosa! Continúo
con la tediosa rutina de revisar los papeles que me dejó mi jefe para
tramitarlos ante el Banco… ¡Hola! ¿Cómo estás? vuelvo a escuchar… Y
nuevamente no veo a nadie. De
pronto sobre mi cabeza siento un cosquilleo, como si alguien rozara mi
cabello… ¡Hola! ¿Cómo estás? me
repite esa misteriosa vocecilla… Pero ahora agrega algo más: soy Merali, del mundo Atli-cha Me
sorprendo pues creo que me estoy rayando. Me dirijo al espejo y miro sobre mi
cabeza… ¡Carajo! Exclamo y pregunto a la vez ¿Quien eres tu..? Entonces me doy cuenta de algo fuera de lo común
mas allá de mi pastosa rutina… Es una diminuta muchacha, casi del tamaño de
mi pulgar, con alas transparentes, de grandes ojos negros y tez violeta, que
despide colores iridiscentes. Esta
vez ella me dice con una tímida sonrisa:
tal vez no me creas, pero llegué aquí por accidente y necesito regresar a mi
mundo…te ruego me ayudes a hacerlo, mi nave se descompuso y tengo solo cinco
minutos para retornar a mi ciudad natal, de no ser así estaré condenada a
permanecer hasta mi muerte en tu mundo. Mi
corazón había comenzado a latir fuertemente, esa pequeña aparición era real,
tan viva como yo lo soy y me pedía ayuda. Merali me indicó donde estaba su
nave, un artefacto en forma de cenicero, como construído de cristal. En
ese instante, Susy irrumpió súbitamente en mi oficina, preguntándome con
quién estaba conversando, lo cual
negué rotunda y nerviosamente….creo que estás equivocada amiga, acá no hay
nadie! Bueno dijo Susy, igual vine por que mi jefe quiere un cenicero, por lo
cual me llevo este que tienes en tu escritorio. Noooó…
Grité nerviosamente, no te lo lleves, tal vez lo ocupe luego, pues fumaré otro
poco. Susy
un poco sorprendida me miró fijamente diciendo: ¡Oye! ¿Eres tonto o te
haces..? Tienes dos ceniceros en tu oficina y no puedo llevar éste! a lo que mi
compañera cogió el “cenicero” para llevárselo, tal como lo había
anticipado. Fue ahí que tomé la mano de Susy con intención de quitarle el
objeto y en el forcejeo, este cayó por la ventana y se perdió en el vacío. Yo
estaba estupefacto, la pequeña nave que Susy confundió con el cenicero se
había esfumado, lo cual comprobé al bajar al primer piso donde supuestamente
cayó. No
había nada de nada y yo con una mirada perdida, como vagando en la nada no
podía entender lo que me había pasado. Un ser, una nave, otro mundo… Una
lejana vocecilla, su eco, permanecía en mi mente… Gracias
amigo por salvar mi vida, he regresado a mi mundo, y mis padres te lo agradecen
de todo corazón, volveremos a vernos! Después
de esto, todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor y mi cuerpo cayó al piso de
la oficina. Algo
desvanecido, sentía un lejano ulular de una ambulancia que me trasladaba no sé
donde. De
pronto sentí un fuerte golpe eléctrico que me puso los pelos de punta,
estremeciendo mi cansado cuerpo… Abrí los ojos y me encontré tendido en una
helada mesa de un pabellón quirúrgico, escuchando a unos enfermeros que
decían: oye!, este gallo no tiene
remedio, está mal de la cabeza, lo único que hace es hablar de Merali,
Merali… No entiendo nada de esto, porqué no le inyectas diazepina otra vez,
pero de 200 mg., tal vez reaccione mas tarde y pueda salir de ese estado
calamitoso el pobre. Una
hipodérmica clavó mi brazo y lentamente caí en un profundo sopor, sentía
como si yo me alejara flotando
desde mi cuerpo, y una agradable y potente luz me llevara no se donde; me vi
flotando dentro de una atmósfera azulada, grata, de gran paz, y sentía que mi
tamaño en ese momento se había reducido al tamaño de un dedo pulgar… Ví
que Merali, junto a sus padres y un hombre anciano con atuendos ceremoniales me
estaban esperando. La ceremonia de recepción se efectuaba en el corazón de una
ciudad de edificaciones al parecer construidas de brillante cristal; era el
mundo de Atli-chá, mi nueva vida estaba comenzando. Me había liberado
definitivamente de mi cuerpo humano y junto a Merali partíamos a nuestro nuevo
hogar, más allá del planeta azul que sus habitantes llamaban La Tierra. En
el hospital psiquiátrico, un
insignificante punto en un lejano planeta azul, el encargado de los registros
anotaba el fallecimiento de Manuel Herrera Campos, cuyo deceso decía, se debió
a una embolia cerebral.
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