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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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Vaca Loca por Viviana del Villar
Allá en el campo en donde vivía estaba esa vaca. Las había por
docenas pero una sola
era mi preferida. Me sentaba con el termo y el gran porongo de madera y
tomándome unos amargos la contemplaba: sobre todo sus ojos miraba, sus ojazos
repletos de ternura, de una bondad absoluta. Desde atrás del alambrado la vaca se
me acercaba como un imán, como si los dos cuerpos nos atrajéramos aún sin
saberlo. Entonces atravesaba sus ojos, los
traspasaba de tal manera que era como si entrara en ella, como una posesión,
como si fuésemos un solo cuerpo. Pero mi marido siempre estaba
llamándome, siempre interrumpía ese ritual único, maravilloso. Me gritaba palabrotas reprochándome
mi inacción. Yo no respondía con palabras, iba al lado de él y ponía la cara
bien de frente y el cuerpo bien blando, para soportar los golpes. Ni un maldito reproche. Ponía el
cuerpo, como buena esposa. Como lo buena hembra que era: porque en la cama sí
que me comportaba, ahí sí que me movía con soltura. Ahí él no tenía
reproches. Porque las vacas responden a sus
toros, éstos las montan y ellas responden. Y así se preñan, luego tienen
terneritos chiquitos, preciosos, suavecitos… En eso no éramos iguales, yo no
tenía terneritos, no tenía hijitos. Mi hombre me los había negado; me montaba
pero el semen quedaba desparramado sobre las sábanas pulcras de algodón, sobre
el piso, sobre mis tetas, mi vientre o mis labios. Nunca adentro, dentro mío,
de mi útero. Por eso lo maldecía a él, a mi
querido y pegador marido, lo maldecía cada noche al dormirme y cada día al
levantarme. Pronto llegarían los parientes
(hermanos, tíos, primos, sobrinos). Me esmeraría para que la casa estuviese
impecable. Con ayuda de María, lavé cortinas y sábanas, repasé los vidrios
de los amplios ventanales, refregué los pisos de baldosas antiguas y a los de
madera les pasé cera y los lustré. Enjuagué y sequé los juegos de loza
(pieza por pieza), extendí camas con sábanas amplias, blancas, que olían a
lavanda y puse mantas (las cuales habían sido tejidas por mi) sobre los
respaldares de dura madera. Sobre las mesas de luz, floreritos con ramas de
eucaliptos, menta y cedrón. Ya en el inmenso comedor acomodé
sobre la mesa larga y rústica, una fuente de plata antiquísima con variadas
frutas y ramitas de menta. En la galería limpié los masetones de barro con
plantas (corté las hojas secas y las regué), luego repasé los pisos de
ladrillos y ventilé los almohadones de los cómodos sillones de hierro. Por último, fui hacia el monte y
corté varias ramitas de ruda, las metí en una bolsa bien cerrada y volví a la
casa. Me senté en la mesa gastada de la cocina y empecé a cortar de los tallos
las hojitas, luego las volví a meter en la bolsa, fui hasta las habitaciones y
las coloqué debajo de cada cama. Por la dudas -pensé con una leve
sonrisa sarcástica- uno no sabe con que intenciones vienen esta vez. Mirando la hora supe que mi marido
llegaría en cualquier momento desde campo abierto. Prendí varios inciensos que
inundaron toda la casa de bellos aromas. Respirando profundamente me senté a
esperarlo, mientras masticaba hojitas de ruda. Angelita es una niña de sólo seis
años y está en las faldas de su niñera: La vaca me cuenta cosas, Monina… ¿Qué cosas te cuenta, m’hijita? Cosa, cositas, cosotas… Ay, te hacés la loca vos. Que no, de verdad es, me habla al
oído… Y bue’… ¿de qué le habla, mi
amor? De la naturaleza, de los pajaritos,
las mariposas, los perritos, las plantitas. ¡Ah…qué vaquita linda, como vos
de linda es la vaca…! Sí… como yo de linda… Y ahora ¿qué te pasa m’hijita? Nada, es que a veces, pero a veces
nada más, me cuenta cosas feas. Feas… ¿cómo cuáles? Y… de las que a vos no te gustan,
malas palabras me dice… Pero entonces no es tan linda la vaca
esa… Y sí, es malita a veces… -pausa
corta- Hoy me dijo una… ¿Y qué le dijo? Me dijo concha. Ah no… eso no se dice nena… Me dijo “el toro me perforó la
concha”, eso me dijo… La cara de Monina era un fuego. - Pero la mamá siempre le dice eso al
papá y también le dice cuando se enoja “la concha de la vaca que te
reparió”, le dice. La niñera le lavó la boca
fuertemente con jabón. Ay, Moninita, si estuvieras ahora y
yo te contara todo lo que me enseñó esa vaquita, la cara te explotaría por el
fuego. Querida..., fuiste una madre
de verdad para mí. Mamá escuchaba a Rafaella Carrá y
papá a Leonardo Favio. Monina odiaba a los dos cantantes, decía que eran
“mersa”, que les faltaba clase. Papá cantaba mientras subía el volumen del
tocadiscos: “Y llovía y llovía, hoy corté una flor y llovía y
llovía…” “Cómo jugaba el viento con tu pelo
de niña lararararará tu mirada y la mía…” ¡La cara de Monina! Y mamá con su Rafaella, la amaba a
“la Carrá”: se movía como ella, se pintaba y arreglaba el pelo igualito al
de ella, la ropa se la hacía hacer a medida (siguiendo las revistas de gente
famosa en donde aparecía su ídola) Y
tenía todos sus discos, claro. Ella cantaba a los gritos junto a la cantante:
“Cero tres, cero tres, cuatro cinco seis lararararará… el teléfono suena y
tú no estás… “o “Si él te lleva a un sitio oscuro, que no te asuste la
oscuridad (…) En el amor todo es empezar…” Papá lloraba con las canciones de su
ídolo mientras mamá bailaba y chillaba como enloquecida con las de la suya. Y
yo me preguntaba ya por ese entonces qué hubiera pasado si hubiese sido al
revés. ¿Y si los dos hubieran escuchado a Favio? Hubiera sido muy triste
todo… Pero igual fue triste, tristísimo fue, horrible. Soy una angustiosa y desintegrada
caricatura de lo que fui. Sufro cada el día el maltrato de la bestia. Me mete
cada noche su verga inmunda, inmensa, peluda por mi culo ya agrandado de tanto
entrarle, ya casi anestesiado mi pobre culito. Porque a él le gusta verme
chillar, dice que le da un placer enorme el que yo chille, como una loca. “Loca, loca, loca, puta del orto,
loquita puta” -me dice a los alaridos- Estando embarazada de cuatro meses,
me corrió una noche por toda la casa y fue tan terrible la paliza que perdí al
bebé, a mi bebito del alma... Largué el feto a la mañana siguiente. Macho malparido, tu vieja debió
desangrarse antes de haberte traído al mundo. Feto, un feto..., vos debiste
terminar en una cloaca, sólo feto ensangrentado, le dije con un terrible ataque
de nervios aquélla vez. Soy una desintegrada caricatura de lo
fui. Aquel horroroso día en que me ató
de pies y manos sobre la cama, le supliqué con mocos y lágrimas que no lo
hiciera tan fuerte. Agarró el rebenque y empezó: gemía y gemía sin parar y
lo hizo más ensañosamente que otras veces. Me cagué encima del dolor, el
terror y la angustia que sentía. Cuando acabó chilló por el orgasmo, luego
limpió mi mierda y me puso alcohol puro en las heridas sangrantes, se sirvió
un vaso de whisky sin hielo, tomó un trago largo y tomándome la cabeza hacia
adelante me dio otro a mí. Tragué el líquido fuertísimo, luego me desató,
me tapó con la colcha y se acostó mientras resoplaba salvajemente. Al darme vuelta muy despacio (por el
pinchazo de las heridas) noté que su cabeza se había convertido en la de un
toro. La “parentela” (así le decía
Monina a los parientes) empezó a llegar al mediodía. Asado, achuras, ensaladas
de todo tipo, morrones grandes y rojos asados, mucho vino tinto y de postre
zapallos en almíbar más flanes caseros (hechos por mí). Todos comieron, bebieron, rieron y
erutaron (por lo bajo, claro, como corresponde a “gente de clase”) Luego, la
clásica siesta campestre. Con María levantamos cada plato y
cada vaso más todas las inmundicias desparramadas, sacudimos manteles, barrimos
los pisos encerados pero ya pisoteados del comedor y la cocina; mientras ella
lavaba la opulenta vajilla salí a los patios con una bandeja repleta de huesos
para los perros: el Sucio, Mingo y el Loco casi me tiraron al piso cuando me
vieron. Al volver, colgué el delantal, agarré mi termo y mi porongo y salí
para los corrales. Los perros eran los únicos
protagonistas en esa tarde siestera, ventosa y con olor a cenizas. El ruido de
los huesos partiéndose en las bocas de los animales me sobresaltó, me detuve,
los observé a la distancia y temblando de pavor seguí la marcha. Mi madre era la puta más reconocida
del pueblo, por lo tanto mi padre, el más cornudo. Así estaban establecidas
las cosas: mamá salía todas las tardecitas de la chacra en donde vivíamos (en
las afueras del pueblo) en su citróen destartalado y despintado rumbo al
cabaret. Monina, papá y yo más los dos perrazos, esperábamos su vuelta.
Después de la cena papá se levantaba de la mesa, iba rumbo al tocadiscos y
ponía los discos de Favio alternados con los de Salvatore Adamo y cantaba por
lo bajo: “Tu nombre... hiere mi pensamiento,
desde el mismo momento en que me he enamorado. Tu nombre para mi es el emblema y
el más bello poema que el amor ha creado. Tu nombre es recuerdo y presencia,
vivirá su ausencia esta soledad mía...” Verlo sentado en el amplio sillón
-con los perros a sus pies, fumando en pipa y tomando su vaso de coñac con el
fondo de las canciones- era para mí el paisaje más angustioso y desolador. Angelita tiene nueve años y le habla
a la niñera mientras le toma fuertemente las manos: Monina, tengo miedo... ¿De qué niñita, de qué tiene
miedo? De mamá... ¿Por qué, mi amor...? De que no vuelva más... ¿Como no va a volver su mamá? De que se vaya para siempre de esta
casa. No, mi amor. ¿Es verdad que no Moninita? Mientras la mujer negaba con la
cabeza, la niña con ojos inmensos y repletos de lágrimas terminó: ¿La van a matar antes? Siempre tuve terror de que papá la
matara a mamá -a Mamálaputa, a Mamálarafaella- De que le reventara la cabeza
contra la pared y de que todos sus sesos quedaran desparramados por el piso. Ya
al comienzo de la pubertad no distinguía si era pánico o deseo de que la
matara lo que de verdad sentía. Todo se confundía, se entremezclaba, se
borroneaba. Nada era nítido, nada. Por aquél entonces un sueño se
repetía. Mamá no tenía brazos, por eso no me abrazaba. Le faltaban los dos
brazos y por lo huecos le salían víboras inmensas, medianas, chicas y de toda
clase que venían hacia mí, cuando estaban por enrollarse en mi cuello me
despertaba gritando y llorando hasta que Monina venía hasta mi cama, me
abrazaba, besaba y yo me dormía en sus brazos. Mientras tanto papá seguía
escuchando: “Ella, ella ya me olvidó, yo, yo la recuerdo ahora. Era como la
primavera, su anochecido pelo, su voz (...) Y junto al mar la fiebre que me
llevó a su entraña y soñamos con hijos que nos robó la playa...” El fin de semana largo había pasado
y todos los parientes volvieron a sus casas. Con María hicimos nuevamente todo
el trabajo de limpieza. Al terminar, agotada, fui rumbo a los
corrales. Deseaba mucho conversar con mi vaca. Al llegar la busqué por todos
lados, no estaba. Mi vaca, mi vaquita, mi amiga, mi
hermana. No estaba. Corrí hacia los galpones y en cuanto
llegué pregunté a los dos peones por mi esposo, me dijeron que estaba con los
caballos, seguí corriendo hacia el brete, lo encontré y le grité como
poseída: ¿Que hiciste con mi vaca? ¿La
mataste, hijo de puta? ¿Tu vaca? ¿Cuál vaca es tuya acá?
–me dijo montado en una yegua y mirándome como si yo fuera la rata más
insignificante. ¡Vos sabes bien hijo e’ puta...,
mi vaca, la mía, una sola! ¿Qué le hiciste, bestia? No grités más porque te amordazo
puerca, eh... No te tengo miedo ya... Decíme
porqué no está en los corrales... –dije temblando toda. Yo no tengo que decirte nada a vos,
nada de nada tengo que decirte. A mis animales los manejo yo: los compro, los
vendo, los saco, la pongo –decía mientras se reía a carcajadas- Déjate de
joder, querés, que estoy molido, andá para la casa y déjame en paz... Llorando, di media vuelta y me fui
mientras el corazón se me salía del pecho. Imaginaba que me convertía en un
descomunal y horroroso murciélago y que le chupaba hasta la última gota de
sangre. Al llegar a la casa noté como la
furia contenida me estaba aniquilando el cuerpo y el alma. Sentía como avanzaba
por mis venas, por mi sangre caliente. Y deseaba con todo mi ser que el monstruo
que había vendido a mi vaquita y matado a mi bebito, se desangrara. Entonces, como hipnotizada pero
lúcida a la vez fui hasta el cuartito de atrás, abrí el cajón de
herramientas (el cual había sido de mi padre) y tomé dos; ya en la habitación
las escondí debajo del colchón. Entré al baño, me duché
serenamente (como si me volviera a bautizar, como si el agua me despojara de las
lacras de años) Salí, me sequé, me perfumé toda, peiné mi pelo lentamente y
lo até en un rodete (a mi marido le excitaba más así) Abrí el placard,
busqué en el fondo y saqué un vestido de mamá (hermoso, de seda y satén,
regalo de papá). Llegó muy borracho, como siempre y
me preguntó si festejábamos algo; le dije que sí, que festejábamos mi
renacimiento. Al momento me desgarró el vestido de
mamá mientras me decía palabras obscenas, como siempre. Ya sobre la cama, lo
llevé hacia el lado que estaban escondidas las herramientas, abrí mis piernas
y esperé a que comenzara a resoplar. Con la llave inglesa -la misma que
papá usó para golpear de muerte a mamá- lo golpeé en la cabeza y la sangre
olorosa empezó a salir desde un costado. Me miró con los ojos desorbitados,
gritó y se desvaneció. Al momento tomé la tijera de podar y
le corté el pene. Lo sacaron totalmente desangrado. A
mi me llevaron a la ciudad, a la cárcel de la ciudad, al pabellón para
enfermos mentales. Y estoy muy cerquita de papá, como siempre quise estar; él
está en el pabellón de hombres, claro.
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