HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Novena Entrega de “La Salvación después de Noé”

Paralipómenos Paganos

por Alejandro Maciel

Primero fue Adán, después Set, después Enós: todos vamos hacia el pecado pensando en el arrepentimiento.

Después se desgarró el cielo en aguas: cuarenta días y cuarenta noches sin detenerse un suspiro; porque si todo nació de la abundancia del agua, la  demasía del agua también lo destruyó. Todo quedó exterminado menos los elegidos, Noé y su familia.[1]

Cumplidos los 101 días del diluvio salieron del arca Noé y sus hijos: Sem, Cam y Jafet ignorando que se avecinaba una de esas historias macabras con las que juega el destino.

Noé volvió a confiar en la tierra sembrando todo tipo de simientes entre ellas la vid. La mies se combaba con el viento cuando en el lagar los racimos sangraban el vino que trajo la dulzura del recuerdo donde no había dioses coléricos, tempestades ni aguas asediando las criaturas.

El Patriarca sintió la caricia del viento en la desnudez, su hijo Cam pasó frente a la choza y observó la decadencia de la carne sin cubrirle la vergüenza como lo ordenaba la ley. La ley ordenaba cosas extrañas; que los hijos deben obedecer a los padres pero otras veces, los padres deben obedecer a los hijos. Cuando se recobró de la dulzura del ensueño, Noé se enfureció: “has visto la miseria de tu descendencia en mi desnudez”. Así sentenció la generación de Cam por una falta de Cam. La justicia de la ley obra de un modo extraño. La ley de la justicia, también. 

Maldito quedó Canaán, hijo de Cam, padre de nuestra raza. De Canaán nació Sidhón, de Sidhón nació Jeth y los jebuseos, los amorreos, los jivveos y siseos. Toda nuestra nación nació de la maldición de un hombre ebrio.

Este es el registro del último día del rey Saúl quien gobernó sobre Israel y después quedó abandonado en su desgracia, otra cara del destino que ama las venganzas.

Es sabido que los judíos tuvieron que combatir con los filisteos y otros pueblos antes de ocupar la tierra que su Dios les había prometido. Ese Único Dios había ordenado desterrar a los pueblos nativos que adoraban a Dagón, mitad pez, mitad hombre, odioso al Señor de Israel que no tiene figura alguna según aseguran, porque nunca nadie lo ha visto y se manifiesta por medio de Su palabra que es también Su arma mortífera.

El templo de Azoto que se levanta sobre una pendiente por la que el sol resbala volviéndola verde, las diáconas del dios anfibio despiertan con el alba cumpliendo su liturgia que es muda. Otras veces, en el crepúsculo, cuando los espíritus descansan de sus pasiones, visten túnicas negras como premonición de la noche, que es la puerta del sueño, que es el anticipo de la muerte. Se untan los largos cabellos con óleos sagrados, caminan silenciosamente mortificándose en lo más íntimo, recordando las pravedades y crímenes que hubieron cometido aún conociendo a dios. Encienden piras de cedro en una torre del templo donde inmolan a una doncella cada diez lunas. Nadie sabe quién será la elegida antes de la ceremonia pero todas la rodean en el momento del sacrificio porque el espíritu sagrado infunde la verdad en medio de las sombras. Siempre es la más vieja quien señala a la víctima. No falta quienes sospechen oscuras venganzas detrás del escrutinio. Entre los filisteos, la edad prestigia, por eso es necesario un anciano para cuestionar el designio. Cuando lo hace, apelan aduciendo que todos los dioses son igualmente misteriosos y criminales. Si es un hebreo quien condena la práctica ni siquiera discuten, para significar que no es menos escandaloso adorar  un dios mudo que uno que castiga a través de su palabra. No es menos temible un dios que destruye con su voz que uno que guarda todos sus pensamientos. Si algún magistrado recusa el sacrificio, le recuerdan la anúteba que ellos amparan y lleva a las víctimas a la guerra.

Nunca pronuncian oraciones. Nadie jamás pudo escuchar un cántico, letanía o alabanza de sus labios. Prefieren la reserva a la calumnia, la virtud a la propaganda. En su catecismo, que es muy breve, proclaman abiertamente su desconfianza en la palabra y su aborrecimiento a los escritos.

En cuanto a las costumbres y culto del pueblo judío, no hace falta aclarar más que aquello que promulgan sus libros.

Cuando las sombras huyeron a la llamarada del sol naciente, se inició el combate. Amaneció la guerra en el monte de Guilboa el último día del primer rey de los judíos, Saúl, que vio morir a sus hijos en la batalla; primero Jonatás atravesado por el ciego filo de una lanza filistea, después Abinadab y por último Marki Súa. El mismo Señor de Israel que ya lo había sentenciado le permitió presenciar la decadencia de su casa. Saúl lloró diciéndose “Yahveh está cumpliendo el jerém exterminador sobre mi raza”. Viendo la matanza, recordó su pacto con el Señor. Había condescendido a servir de instrumento a Su voluntad para garantizar la Ley que está por sobre todo hombre y por sobre todo dios. Cumplió mandatos  terribles creyendo que un hombre únicamente puede conocer las consecuencias, nunca las verdaderas causas y se hizo criminal masacrando a los pueblos que  le ordenó devastar. Samuel, el profeta, la voz de Dios, le impuso frente a Jericó: “lanzad el grito de guerra pues Yahveh os entregará la ciudad y todo cuanto exista en ella será maldito y visto bajo anatema para Yahveh y será consagrado al exterminio total, a filo de espada todos cuanto moran en ella: hombres, mujeres, ancianos, niños, ovejas y bueyes”. Y la ciudad cayó desde sus cimientos al son de las trompetas. Y la matanza santa, el jerém exterminador se consumó para escarmiento de la muerte.

Y vio Saúl, rey victorioso con Dios pero derrotado con sus semejantes el  desierto del mar a orillas del desierto de piedras. Y vio, Saúl, rey de los judíos una serpiente devorando una perdiz entre la arena arisca y en rebrillo del sol que atardecía apaciblemente.

De nuevo el profeta habló: “ahora atacarás Amaleq y destruirás todo lo que encuentres. No tendrás piedad de nadie ni nada, pasarás a cuchillo toda alma viviente desde el más anciano hasta el lactante y el hijo que lleva la madre en su vientre. Así ha proclamado Yahveh, así se hará”

Levantó Saúl los ojos buscando explicación en el cielo y vio que un halcón asesinaba a una torcaz desgarrándole las carnes en el azul plácido. En el mundo, la crueldad es una necesidad de las criaturas para sobrevivir, esa es la ley de la naturaleza. Ese mismo día empezó la matanza de los amalaquitas pero Saúl rey se compadeció de Agag, rey de Amaleq y salvó también su ganado para propiciarlo como ofrenda a Yahveh. Pero el profeta, la voz de Dios, tronó la condena al enterarse de la piedad de Saúl: “la obediencia es el único sacrificio que merece gracia. Has rechazado la orden de Yahveh, y ahora Yahveh que no quiere hombres sino soldados, te rechaza”.

Cuando murió el profeta, una fría noche de lluvia polvorienta, todo Israel lo lloró arrojándose cenizas en las cabezas y Saúl se sintió más solo que nunca, abandonado por Yahveh a merced de sus enconados enemigos que sitiaban al pueblo de Dios en esa tierra desventurada, llena de emboscadas y amenazas que les había prometido después de vagar cuarenta años por el desierto alimentándose de raíces, panes ácimos y alimañas. Un gran ejército filisteo acampaba en Sunem y no tardaría en lanzar el grito de combate cuando supieran su desgracia. La sangre del miedo, viscosa y salada se lo advirtió. Círculos de aves negras girando en el cielo presagiaban lo peor. Dios ya no hablaba desde la nube que se erguía sobre el Arca, el silencio de Dagón y el de Yahveh hacían más ominosa las noches profundas que siguieron al duelo por el profeta. El espíritu de Yahveh se alejó de Saúl, rey. Un espíritu maldito enviado por Yahveh lo atormentaba. Ni una brisa doblaba las espigas del valle pero un arrebato interior hacía temblar los polvorientos caminos del pasado cuando Saúl decidió consultar un vaticinio. En una cueva de En-dor profetizaba una sibila envuelta en las penumbras de vapores que iluminaban el futuro. Saúl salió al mediodía seguido por tres de sus generales vistiendo como pastores para confundir a Yahveh. Le mentira es disfraz de la mentira. Atravesaron un día del desierto, injusto con los prófugos hasta alcanzar una hondonada  umbría cercada por el Jordán donde se abría la caverna del misterio.

Amparados en las sombras de la noche los vio llegar la adivina; mientras de las paredes pedregosas se despedían bocanadas de vapores y fugaces llamaradas desde las solfataras. El antro era áspero, tenebroso, indolente. La opacidad de brumas malsanas enlutaba el espacio 

Aunque las ropas rústicas cubran los cuerpos, el temblor de las espadas abrigadas bajo la estameña y los reflejos ágiles denuncian a los fugitivos. De algún sitio profundo se oyeron cantos que imploraban y se evaporaban en las oquedades de la caverna. La maga alzó un vuelo de la túnica para cubrirse el rostro y alzó una mano contra el resplandor de la entrada donde los cuatro hombres se habían detenido. “Aquí viene un pastor de Benjamín que buscando asnas encontró la corona que es su cárcel”[2].

Saúl rey husmeó en la penumbra. La adivina vestía túnicas negras y en la flacura de ese rostro mancillado por el tiempo pudo advertir las promesas de Dios; en la cabellera espesa y erizada, en las manos resecas y la mirada tan honda como un pozo cavado en la roca. “Habla, pastor y rey” dijo la mujer ¿Para qué has venido a mí?

La voz de la bruja caía con pesadez en lo hondo de una fosa hasta llegar al estanque de agua.

Quiero saber quién es Saúl, dijo el rey.

Un desertor, como yo. En otros tiempos fui escogida por Dagón como víctima de sacrificio. Me resistí. No pude aceptar con devoción las órdenes de un dios que acaudilla desde su perfección tanta perversidad. Tu Dios y el mío dirigen la matanza y el sufrimiento de nuestros pueblos: adoramos a criminales. Fuimos dos ciegos buscando la luz en el cielo donde brilla el sol que ciega.

La historia que sigue defraudó al destino. Ha sido registrado por los cronistas devotos el asedio filisteo en el monte Guilboa, la muerte, la feroz batalla en la que los arqueros cebados derrotaron y despenaron a los hijos del rey, persiguieron a Saúl y lo hirieron en el hombro.

Saúl el elegido de Yahveh se desprendió de la vida vengándose de sí mismo; desenvainó la espada y se arrojó sobre su filo. No blasfemó antes de entregar su espíritu, tampoco alabó. Murió en silencio como viven los dioses.

Su escudero, según otras fuentes, juró que Saúl rey maldijo de mil formas los mil nombres de Dios. Otros escritos lo desmienten asegurando que el escudero murió antes que el rey. Hemos consultado a los oficiantes de Dagón sin esperanzas: sabemos que no cree en las palabras y jamás habló.



[1] ‘Familia’ viene de fámulus: sirvientes, criados. Hemos nacido para ser mucamos de  nuestros parientes.

[2] Efectivamente, cuando el pueblo de Israel pide tener un rey, Yahveh lo elige a través del profeta Samuel y escoge a Saúl, un benjaminita que fue en busca de unos asnos perdidos cuando fue escogido como rey.

     
       
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