HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
   En Axxón:
 

Ensayo Ganador del 1° Premio de la “Asociación Internacional de Fantasía en las Artes” (www.iafa.org) en la Categoría "Mejor Ensayo Académico sobre el Fantástico en Lengua no Inglesa"

Las Utopías Literarias Argentinas en el Período 1850-1950

por Carlos Abraham

Parte 3: El Género Utópico en la Argentina

La utopía (tanto en formato de novela como de cuento) tuvo numerosos cultores en la literatura rioplatense del período 1850-1950, sobre todo a partir de la publicación de varias obras de Julio Verne en forma de folletín entre 1870 y 1875 en el periódico El Nacional y entre 1872 y 1880 en La Nación, y de la aparición de Looking backward or The year 2000 (1888) de Edward Bellamy, uno de los textos más influyentes del género.

    El género constituye un área apenas explorada en las historias de la literatura argentina (y, también, de la literatura hispanoamericana). Los escasísimos trabajos críticos existentes sólo se han ocupado de las obras de Eduardo Ladislao Holmberg, entre cuyos principales textos cabe citar Viaje maravilloso del señor Nic-Nac (1875) y Olimpio Pitango de Monalia (1915), y de las utopías anarquistas de Pierre Quiroule y Julio Dittrich. El resto de los autores está aún a la espera de atención académica. En parte, ello puede ser achacado a que tales obras son casi inhallables, habiendo perdurado sólo unos pocos ejemplares en algunas bibliotecas. En parte, a la incuria: nuestro país carece de una tradición archivista que preserve con rigor y erudición su pasado[1], y de una tradición crítica que lo examine de modo minucioso. Nuestro presente trabajo constituye, por lo tanto, un intento casi sin precedentes de solucionar este vacío historiográfico.

    El punto de partida está constituido por Argirópolis (1850) de Domingo Faustino Sarmiento, donde se propone la formación de los Estados Unidos del Río de la Plata, mediante una confederación de los tres países que habían formado parte del virreinato: Uruguay, Paraguay y la Confederación Argentina. La capital es la isla Martín García, en la confluencia de los ríos Paraná y Uruguay. Esta nueva capital sugerida -una isla como en las grandes utopías de Tomás Moro, de Bacon, de Campanella- reúne las características de orden, de progreso y de modernidad legislativa y tecnológica propia de las utopías decimonónicas. Años más tarde, Sarmiento seguía llamando a esta isla “mi Utopía”.[2]

    El siguiente texto es Dos partidos en lucha (1875) de Eduardo Ladislao Holmberg. Subtitulado fantasía científica, transcurre en un Buenos Aires cuyas referencias y nombres reales han sido distorsionados sin dejar de ser, en algunos casos, reconocibles. Relata el enfrentamiento entre dos bandos, a causa de las doctrinas de Darwin, mediante conferencias, mitines públicos, periódicos, boletines y cuantos medios tienen a su alcance. La lucha entre darwinistas y rabianistas concluye con la llegada del propio Darwin a Buenos Aires y el triunfo de sus prosélitos argentinos.

    El título es una referencia irónica a un acontecimiento de la época: los choques políticos del año 1874 (último de la presidencia de Sarmiento), que culminarían con una sublevación militar. En el texto en sí, abundan las alusiones (en clave alegórica) a los conflictos con Chile y a la campaña presidencial que finalizó con el triunfo de Avellaneda; satiriza los mitines, el periodismo político, las polémicas de los periódicos y el afán, típico de la Generación del 80, de plantear todos los problemas en forma pública y estrepitosa.  

    Del mismo año y del mismo autor es Viaje maravilloso del señor Nic-Nac. El protagonista (cuyo nombre, irónicamente, está tomado de una marca de galletitas de la época) realiza un viaje psíquico al planeta Marte, bajo los oficios del médium Seele. Arriba en primer lugar a la ciudad de Sophopolis (ciudad de los sabios), y a continuación a una comarca llamada Aureliana. Como resulta evidente, se trata de una alegoría de la Argentina (aurum = oro; argentum = plata). Holmberg describe extensamente a sus habitantes y a su sistema social, que participa de los mismos defectos que el terrestre.

    Entre los rasgos de Aureliana se encuentran la disminución del sentimiento de nacionalidad, las querellas internas, el choque de razas, los conflictos inmigratorios y, especialmente, el afán de lucro y de mercantilismo (que aparece como tema de muchas novelas realistas del período 1870-1900, entre ellas La bolsa, de Carlos Martel). Según Holmberg, en Aureliana: “El pueblo aprecia más un reflejo amarillo del mejor de los metales, que todas las aureolas que se ostentan en Sophopolis”. Esta transparente alegoría de las circunstancias sociopolíticas de la Argentina, que parodia a diversos políticos, periódicos e instituciones de la época, puede considerarse así la primera antiutopía nacional. Otro objeto de ironía está constituido por la prensa, las luchas periodísticas y el sensacionalismo de los boletines partidistas.

    También abundan elementos científicos (como curiosas armas explosivas y un “rayo de sol condensado”), así como una terminología que hoy nos resultaría exótica: en vez del término marciano, se utiliza marcial; así, se habla de “un árbol marcial” o “una casa marcial”.

    En 1876 el Almanaque Ilustrado Sudamericano[3] incluye entre sus páginas un relato de José de Alcándara titulado “Buenos Aires en el año 4000”. El breve texto narra el repentino despertar del protagonista en el siglo XL, sin que se explique cómo realiza el viaje en el tiempo. La Buenos Aires futura es descripta como ruidosa y llena de movimiento: el pavimento está limpio y asfaltado, las anchas avenidas están surcadas por ferrocarriles eléctricos, los guardas de tránsito hacen sonar constantemente sus silbatos (un invento nuevo en 1876), los idiomas de todo el mundo se mezclan en las veredas, el horizonte está infestado con edificios de tres y hasta cuatro pisos: “Máquinas cuyo uso no comprendía llenaban aceras, fachadas, balcones y hasta azoteas”.

    La crítica social aparece cuando un oficinista, extrañado ante la pregunta del narrador de si la gigantesca ciudad es Buenos Aires, lee en un libro de historia: “Buenos-Aires: ciudad riquísima, donde nunca existió ningún género de crisis y no circuló otra moneda que la acuñada en oro de buena ley. (...) En sus habitantes no se dio un solo caso de embriaguez, ni a semejanza de otras partes hubo una sola casa contraria a la moral pública”. Incapaz de tolerar esos errores, el protagonista se desmaya y despierta en su cuarto, en 1876.

    Achilles Sioen, profesor de lenguas extranjeras y autor del manual Nuevo método para aprender el francés (1877), publica en 1879 la novela Buenos Aires en el año 2080. La trama es simple: Enrique es un joven que debe viajar en ferrocarril de la Patagonia a La Rioja, para asumir su primer empleo: la administración de una mina de cobre. A medida que se desarrolla el viaje, se describen las características de la Argentina futura. El país es cosmopolita, y los idiomas como el francés, el inglés, el ruso y el chino son tan usuales de oír en la calle como el castellano. Buenos Aires ha pasado de 250 000 habitantes a 2 800 000; la Argentina cuenta con 30 000 000. Hay libertad de cultos, y el espiritismo ha entrado al dominio de las ciencias exactas; en cuanto al ateísmo, “se ha hecho tan escaso en el mundo como un animal feroz en la Pampa”. Entre los inventos destaca la fotografía a color y el tren eléctrico. El mundo tiende a la unificación (Europa es un solo país) y las guerras han cesado.

     A pesar de los numerosos avances técnicos descriptos (como un gran “sol eléctrico” que ilumina la ciudad durante la noche, sostenido por una estatua de Prometeo), la eutopía de Sioen es reaccionaria: la soltería es considerada un vicio inmoral, al extremo de que el matrimonio es obligatorio a partir de los veinte años; los piropeadores son condenados a prisión por un Consejo de Ancianos; el teatro ha sido erradicado debido a que “exalta las bajas pasiones”; las mujeres no tienen iniciativa individual y son sumisas a sus maridos, etc.

    Eduardo de Ezcurra (1840-1902), de profesión jurista, es autor de la novela En el siglo XXX (1891). En esta antiutopía, dos habitantes de la decadente ciudad de Fisiócrata (nombre futuro de Buenos Aires), Andros y Filos, deciden componer, en la primavera del año 3000, una sátira a los vicios sociales y a los malos procederes políticos de su tiempo. Ubican la acción en el siglo XIX, lo que les permite aludir a su presente sin hablar directamente de él. De este modo, su crítica asume una forma sesgada, indirecta. Recorren la ciudad; cada sitio que visitan da tema para un nuevo capítulo, lleno de crítica social y de sarcasmo. El texto concluye con la aparición en las librerías de la recién editada novela En el siglo XIX. Como puede apreciarse, esta trama es una inversión paródica (una lúdica “puesta en espejo”) del auténtico proceso desarrollado por la novela de Ezcurra, que mientras habla del siglo XXX está indirectamente hablando del siglo XIX. Al describir cómo Andros y Filos redactan un texto de crítica social, ubicando de modo alegórico en otra época los hechos de su presente, Ezcurra está mostrando cómo redactó su novela. 

    La razón para situar la crítica sociopolítica y cultural en un ámbito futuro es la necesidad de evitar la mención de nombres propios, que podrían con plausibilidad iniciar pleito al autor. El uso de la alegoría permite a Ezcurra referirse a hechos y hombres de su época de un modo reconocible pero no comprometedor. Esto es notorio en su sátira al diario La Nación, fundado por Bartolomé Mitre: “El principal diario era El gran papel de la mañana. Su fundador era un distinguido historiador patrio (...). Tuvo la habilidad de hacerse del cariño del Pueblo Soberano, en medio de sus sucesivos errores, que le valieron por otra parte más estimación y más renombre. (...) El gran papel de la mañana se había heredado de padres a hijos, y las inteligencias que formaban parte de su cuerpo de redactores perdían enseguida su personalidad”.

    La novela pretende señalar los peligros que acechan si determinados defectos y problemáticas del presente no se solucionan debidamente. En ello se notan huellas de la crisis económica de 1890, causada por la desenfrenada especulación financiera y por irreflexivas políticas comerciales que generaron un amplio endeudamiento del sector público. El siglo XXX descrito por Ezcurra (es decir, el siglo XIX) es un ámbito descaradamente mercantilista donde cada componente de la sociedad piensa sólo en su propio beneficio y no en el bien común: “En una zona que se creyó fuera la tierra de promisión, imperaba la decadencia moral, en medio de la agitación del utilitarismo y del guarismo... Los hombres sinceros eran los menos en Fisiócrata.[4] En cambio, los falsos componían las mayorías. ¿La igualdad ante la ley... del dinero? La túnica de la república había quedado en poder de unos cuantos, cuando pertenecía a todos”. No sólo impera la corrupción en la política, sino también la mediocridad en el ámbito cultural (periodistas, actores, eruditos): los puestos en las academias son comprados por magnates en busca de prestigio; los teatros representan comedias vulgares, y cuando se dedican a los clásicos (por ejemplo, Shakespeare) se trata de versiones chabacanas, donde los parlamentos originales son modificados en procura del efectismo.

    Los filólogos e historiadores (como el doctor Apariencias), con falta de rigor y basándose en documentación no comprobada, postulan hipótesis erróneas acerca del pasado nacional. Por ejemplo, teorizan que el nombre antiguo de la ciudad de Fisiócrata no era Buenos Aires, sino Buenos Aries, debido a la importancia que tuvo en el siglo XIX el ganado lanar (aries, en latín, significa carnero). El filósofo griego Diógenes es citado como “el gringo Diócanes”. Este tópico del historiador futuro que elabora hipótesis absurdas sobre el pasado, o del arqueólogo futuro que se equivoca al interpretar la naturaleza de los objetos que desentierra, es muy frecuente en la ciencia ficción del siglo XIX.[5]   

    La crítica a los problemas sociales está sustentada en una visión clasista (típica, por otra parte, de la Generación del 80, como lo vemos en Prosa ligera de Cané, en En la sangre de Cambaceres, en Irresponsable de Manuel Podestá, etc, textos en los cuales las figuras del inmigrante italohispánico y del “inmigrante interno” con sangre aborigen aparecen estigmatizadas). Los cuestionamientos a las clases altas no tienen como objetivo una apertura hacia los sectores populares, sino que constituyen sólo una autocrítica tendiente a una mejor consolidación del sistema imperante.

    En la descripción de la urbe se magnifican hasta la apoteosis los elementos definitorios de la modernidad, especialmente la migración interna del campo a la ciudad y las innovaciones tecnológicas. La ciudad de Fisiócrata ocupa una superficie de 25 leguas cuadradas, con una población de 15 millones de habitantes de las edades legales. Está dividida en cuarteles, que a su vez se subdividen en parroquias. Las dos principales avenidas se llaman “El pasado” y “El porvenir”. Citando el texto: “Los principales boulevares están techados. Parecen grandes corredores de cristal esmerilado, que se pierden a la distancia en una arcada colosal, con sus medias naranjas o rotondas en las boca-calles. Debajo de ellos, en los pisos inferiores de los edificios de diez pisos, edificados según el gusto arquitectónico moderno, se puede contemplar un mundo de tiendas y almacenes lujosísimos”. Las novedades científicas son extrapolaciones de las presentes en 1891: la iluminación eléctrica (“A la noche, iluminados por el asfalto de las fachadas y el inmenso número de grandes y pequeños focos eléctricos, se diría que en los boulevares las sombras no se conocen y que impera la claridad de un perpetuo día”), los ferrocarriles y automóviles (“El público viaja en vehículos automáticos de todas formas, en velocípedos, en ferrocarriles grandes y pequeños, como los tranvías de otros tiempos, los unos por encima de los edificios y los otros por los afirmados de goma elástica que pavimentan las vías”), los sistemas de comunicación, entre los que destaca una “máquina telefonográfica”, y los implementos de trabajo, entre los que se cita a la máquina de escribir. El texto, más que constituir una anticipación plausible del futuro, constituye un interesante muestrario de las expectativas y preocupaciones de los intelectuales argentinos del siglo XIX.

    Julio Popper (Bucarest, 1857 - Buenos Aires, 1893) fue explorador patagónico y buscador de oro. En 1893, publica Atlanta, un proyecto para la creación de un pueblo marítimo en la costa atlántica de Tierra del Fuego, que compitiera con la ciudad chilena de Punta Arenas. Describe los lugares apropiados de la costa patagónica para su emplazamiento, y las ventajas económicas que proporcionaría. Su limitado tiraje (seis ejemplares, repartidos entre autoridades políticas de la época) revela la intencionalidad de la obra, más urbanística y política que literaria. 

    La novela La estrella del sur (a través del porvenir), editada en 1904 por Enrique Vera y González, presenta a un joven aburrido de la vida a quien un hechicero indio propone realizar un viaje en el tiempo, lo que le brindará esparcimiento. El procedimiento es una “espiritualización del cuerpo”. El objetivo es visitar la Buenos Aires del año 2010 (es decir, en la época del segundo centenario).

    La ciudad se ha transformado en la tercera del mundo por su superficie, y el desarrollo científico es tan alto que se considera al siglo XIX como un período de barbarie en el cual “la humanidad apenas comenzaba a deletrear el alfabeto científico”. El caballo y la bicicleta no se utilizan, habiendo sido reemplazados por el automóvil; las máquinas voladoras pululan por el aire, tanto las de gran porte como las de uso individual; el alcohol y el petróleo se fabrican sintéticamente, así como los cereales (lo que ha permitido resolver el problema del hambre), y existen nuevos productos “explosibles” que han sustituido la hulla. El telégrafo permite comunicar imágenes, y las tareas domésticas son desempeñadas por autómatas. La psicología experimental permite inducir con precisión las características morales y mentales de cada sujeto. Las religiones organizadas se han disuelto, y cada cual profesa la propia: hay tantas religiones como seres humanos. El texto concluye con la descripción de los preparativos para el festejo del Segundo Centenario.

    La novela de Vera y González, sumamente optimista, se caracteriza por su énfasis en los aspectos científicos (más extensamente descriptos que en cualquier otra utopía del período) y por su descuido del aspecto histórico y social. La obsesión del progreso que la ciencia garantiza recorre todo el texto, y cuando se menciona el pasado es sólo para mencionar a ciertos próceres (en especial, científicos y eruditos, además de políticos que protegieron la cultura, como Rivadavia y Sarmiento): la historia que postula el texto es la historia de la ciencia. 

    Benito Lynch (La Plata, 1885 - Idem, 1951), es principalmente conocido por sus novelas de tema rural, entre las que destaca El inglés de los güesos (1924). Sin embargo, el 19 de noviembre de 1907 publica en el diario El Día de La Plata una utopía futurista titulada “1932”. El personaje es un hombre de negocios que, tras una ausencia de 26 años en Francia, retorna a La Plata, su ciudad natal, para visitar a su hermano. Efectúa la travesía trasatlántica a bordo de un dirigible; el trayecto del aeropuerto a la casa de su hermano, a bordo de un ornicóptero. Mientras atraviesa el cielo, dialoga con el motorman acerca de los cambios en la ciudad durante su ausencia. No puede reconocer ningún edificio, ninguna calle, por lo que cae en un estado de anagnosis: “Se pasó la mano por su amplia frente. Le parecía que ante aquella eclosión formidable de opulencia, él se convertía en una cosa vieja, en algo que estorbaba ya, y que se iba empujado por la ola del progreso”. En ese momento, el motorman le anuncia que ha llegado a la casa de su hermano.

    Julio Dittrich (Barr, 1872 - Buenos Aires, 1950) publicó en 1908 la utopía Buenos Aires en 1950 bajo régimen socialista. El personaje principal es herido en la cabeza por un policía durante una manifestación obrera en 1910; como consecuencia pierde la razón y permanece internado en un manicomio hasta que cuarenta años después, en 1950, una vanguardista operación quirúrgica le permite recuperarse por completo de su demencia. Su hijo será su guía en una sociedad completamente distinta de la evocada por sus recuerdos de juventud.

    La industria está socializada y es dominada por los obreros; la explotación de una clase por otra se ha suprimido. El dinero no existe; la religión es cosa del pasado, desplazada por la lógica racional y científica del socialismo; la mujer tiene los mismos derechos que el hombre. El texto menciona con cierto previsible desprecio a algunos políticos, millonarios y jerarcas del pasado. La visión prospectiva de Dittrich es urbana y más precisamente porteña: las provincias apenas aparecen aludidas. Esto resulta insólito debido a que en ese período la economía nacional estaba asentada sobre la producción agropecuaria.

    Pierre Quiroule, seudónimo literario de Joaquín Alejo Falconnet (Lyon, 1867 - Buenos Aires, 1938), es autor de tres utopías: Sobre la ruta de la anarquía (1909), La ciudad anarquista americana (1914) y En la soñada tierra del ideal (1924).

    La primera narra la lenta y trabajosa implantación del anarquismo en el mundo, en un futuro próximo tras una guerra europea entre Alemania y una coalición formada por Francia, Inglaterra y España. Sin embargo, el final es pesimista: debido a la “ingrata y desalentadora realidad de las cosas”, sólo termina subsistiendo la anarquía en Francia, “cuna de la primera revolución”.

    La segunda constituye el bosquejo de una sociedad ideal futura, ubicada en un ámbito americano indeterminado, designado como “El Dorado”. Describe la trabajosa pugna del proletariado contra la burguesía y las fuerzas armadas, en pos de la constitución de una sociedad ácrata. Las grandes ciudades son reemplazadas por pequeños pueblos autónomos y autosuficientes[6], donde los asuntos de interés general se dirimen a través de la democracia directa. Estas comunidades están organizadas en forma de círculos concéntricos, con la zona industrial en el interior, un perímetro de almacenes, y por último la zona residencial. La restricción del tránsito de vehículos, así como los grandes espacios verdes, garantizan la pureza del aire. Se ha abolido la propiedad privada, así como el dinero y el comercio (esto último debido a que cada comuna es autosuficiente); la distribución de los bienes de uso se realiza en forma gratuita. Ante los hechos de violencia (cada vez más infrecuentes) la justicia apela al perdón, y sobre todo al remordimiento del propio delincuente. Los personajes ostentan nombres simbólicos, como Optimus (inventor mecánico), Utop (escultor) y Super (abreviatura de Superhombre), el personaje principal.

    La tercera tiene dos objetivos claramente definidos. Por un lado, centrada en el período posrevolucionario tras el derrocamiento del orden capitalista “ocurrido hace algunos lustros”, intenta presentar soluciones a los cruentos conflictos causados por el cambio de régimen (un problema notorio de la por entonces reciente revolución soviética). Por otro lado, busca desarrollar los postulados de las dos utopías previas, modificando algunos detalles y lineamientos en la planificación de las comunas anarquistas. Los anarquistas resuelven el caos creando una Dirección Sindicalista Central, que regula mediante bonos la producción y el consumo de productos o servicios. Esta institución, evidentemente provisoria debido a su centralidad, constituirá la transición necesaria para preparar el advenimiento del auténtico anarquismo.

    “La ciudad del porvenir” apareció anónimamente en el número 601 de Caras y Caretas, correspondiente al 9 de abril de 1910. Profusamente ilustrado (uno de los grabados muestra un plano aéreo de una ciudad de rascacielos intercomunicados por puentes, y cuyo cielo está cercado por un enjambre de aeroplanos; otro, ciudadanos desplazándose de un edificio a otro sobre delgadas plataformas, manteniendo el equilibrio gracias a los giróscopos que llevan en sus sombreros), el artículo destaca el progreso experimentado por la humanidad durante el siglo XIX, y lo que puede esperarse para el futuro: “Todo cuanto facilita los viajes y reduce las distancias contribuye a hacernos conocer a los extranjeros y nos acerca moralmente a ellos. La conquista del aire que ahora empezamos a realizar es uno de los grandes descubrimientos que nos aproxima a la época en que todos los hombres serán hermanos. Pronto tendremos nuestros automóviles aéreos con los que podremos lanzarnos al espacio para dar la vuelta al cielo siberiano, o volar por encima del Sahara”. Ante la necesidad de hallar una fuente de energía barata y potente, que sustituya al carbón, el artículo propone el radio, que había sido recientemente descubierto. Junto a la especulación sobre el desarrollo de los viajes, típicamente verniana, aparece el interés por las comunicaciones: “En los rapidísimos y enormes trasatlánticos, los pasajeros podrán ver y oír una ópera o un drama que se represente en París o en Tokio; el escenario será una tela y la obra será transmitida por el teleview, el teléfono y el telearmonio”.

    Esta ciudad futura, en vez de componerse de un conjunto de edificios con arquitecturas diferentes, será un solo edificio gigantesco; el trazado y sistema de las calles “...no se parecerán absolutamente a los de ahora. Habrá arcadas de calles, de parques, de paseos, etc., construidas unas sobre otras, y sostenidas por columnas gigantescas; cada piso de esos podrá albergar millones de personas, y se verán habitaciones y jardines en el aire puro, a 200 pies de altura. Desde lejos la ciudad futura ofrecerá el aspecto de una tela de araña colosal, de mallas de acero, a través de las cuales circularán el aire y la luz más fácilmente que entre los espesos muros de las ciudades actuales”.

    La ciudad de los locos (1914) de Juan José de Soiza Reilly describe la operación que un científico realiza sobre Tartarín Moreira (un descendiente del célebre Juan Moreira) para convertir su dandysmo, su spleen y su hastío vital en la inteligencia visionaria de un superhombre nietzscheano. El método: inyectarle el fluido cerebral de un negro retardado (la teoría del científico es: “De la suprema idiotez debe surgir la suprema sabiduría”). Tartarín se vuelve loco, y es llevado a un manicomio. Allí desarrolla un nuevo sistema social, que constituirá la base de la “ciudad de los locos” que da nombre al texto. Los locos huyen del manicomio y fundan su comunidad.

    En esa nueva ciudad, llamada Locópolis (lejos de toda población, y oculta por un bosque), se prohíbe leer “para evitar la inmoralidad que nos enseñan las novelas y los libros científicos”, aprender matemáticas “para que nadie engañe con números” y estudiar geografía e historia “porque la descripción de las batallas despierta en las almas el deseo de pelear”. Para repartir los cargos, Tartarín decide aprovechar las manías de cada locopolitano: “Viviremos en casas que construirán aquellos que tengan la manía de creerse buenos albañiles. Juan el Lagarto, que se cree presidente de la república, lo será de la nuestra. El señor Palmeta -que tan sanos proyectos pedagógicos expone- será el jefe de la educación de nuestros niños”. 

    Las casas son previsiblemente extrañas (unas, de tres paredes; otras, sin techos; otras, con tres techos); en las escuelas, se enseña a los niños a “...aprender a callar, aprender a dormir y aprender a olvidar”. Los habitantes realizan crímenes impunemente, ya que según Tartarín: “La libertad es la madre de todas las honradeces”. Luego emprenden la busca de un ave misteriosa (“quizá un cisne”) cuyo bello canto los conmueve por las noches; resulta ser el rebuzno de un burro perdido. El epílogo de la novela nos informa: “Cuando desapareció el último hombre, comenzaron a reinar en Locópolis los seres del porvenir. Eran una mezcla de orangutanes, de hombres y de asnos”.

    Olimpio Pitango de Monalia (1915), de Eduardo Ladislao Holmberg, permaneció inédita muchos años, hasta ser publicada en una fecha tan tardía como 1994. Es una descripción de una isla imaginaria, Monalia. En ella no existen jerarquías sociales, constituyendo una democracia perfecta y, de hecho, un “paraíso terrenal”. El Estado es sumamente laxo, y el desarrollo científico no es elevado. Esto motiva a que otras naciones envíen profesores y eruditos para que con sus conferencias ilustren a la sociedad monaliesca. Las visitas generan una moda por lo exótico, que lleva a Monalia a interesarse en adoptar instituciones y costumbres foráneas. El sabio escritor Olimpio Pitango expone la necesidad de que su país se organice constitucionalmente para entrar entre las naciones civilizadas. La nación, según Olimpio, necesita héroes, un pasado glorioso, ruinas históricas: fantásticamente se crea una situación falsa, se descubren ruinas falsas, se inventan héroes. También crea partidos políticos y una constitución. Monalia se va modernizando y desarrollando, en un reflejo de lo sucedido a las naciones sudamericanas después de la independencia de España. De esta manera, Monalia puede ser leída como una alegoría de la Argentina.

    La intención de Olimpio no está motivada sólo por el afán de imitación: el motivo principal es su desconfianza ante la expansión de las naciones capitalistas y las aspiraciones de la alta Banca. En una palabra, ante el peligro de los deseos imperialistas de las grandes potencias. En el esquema social propuesto, se establece el servicio militar obligatorio a la edad de quince años, y la igualdad absoluta entre el hombre y la mujer, permitiéndole ejercer cualquier función social y política (entre ellas, la presidencia).

    El relato del desarrollo de Monalia se articula con un microrrelato satírico acerca de la Argentina. Olimpio ha sido designado como embajador, y en cartas a su amigo Toribio realiza diversas críticas de aspectos de la sociedad argentina de la época. Entre ellos, figura el carácter burlón de los porteños (“En cuanto oyen un apellido al que no están acostumbrados, y con esa amable trivialidad que los caracteriza, se desatan en improperios humorísticos, como si les hicieran cosquillas en los departamentos de la imaginación”), el despilfarro de los fondos públicos en los festejos del Centenario, la burocracia estatal, las fallas del sistema judicial, el aumento de precios generado por los intermediarios entre el productor y el vendedor, el acaparamiento de tierras, etc. El ascenso del proletariado enriquecido, tema que preocupaba sobremanera a la Generación del 80, y que llegó a motivar textos abiertamente racistas como En la sangre (1887) de Eugenio Cambaceres, es objeto de una evaluación ambivalente: “Por suerte no tiene aplicación en Monalia donde, si bien es cierto que triunfan los más aptos, jamás se ha llegado a adquirir la fortuna sin aptitudes superiores por su naturaleza”.

    El 23 de octubre de 1927, el diario Crítica publica un extenso texto anónimo titulado “En el año 2177, Buenos Aires será la ciudad que no imaginó Verne”. Se trata del ejercicio proyectivo más global aparecido en los diarios y revistas del período. Predice “...una ciudad fantástica de cientos de pisos de altura, hangares para las monstruosas naves del espacio, que guiarán reflectores de miles de bujías en un cielo que ya jamás enturbiarán los penachos de humo de las fábricas. (...) No habrá pasado un siglo antes de que descubrimientos de orden eléctrico, hayan modificado por completo las condiciones de vida y el desarrollo industrial. (...) Minúsculos aeroplanos tipo “autogiro” servirán a los habitantes de las ciudades para subir al ciento treinta piso. (...) Estos medios eléctricos, unidos a los adelantos de la química que utilizará el poder explosivo de la disgregación de los átomos, permitirán para la ejecución de rápidos viajes transcontinentales, velocidades superiores a 2000 kilómetros por hora. (...) Esto sumado a la radiotelefonía y a las velocidades de locomoción, verdaderamente prodigiosas, crearán un nuevo orden político en el mundo. (...) Los estados pasarán a la secundaria condición de provincias cuya administración estará a manos de un consejo universal. La inutilidad de acaparar riquezas y el estado de comunismo perfecto establecerán un grado de trabajo que, siendo natural y cómodo a todo hombre, no lo humillarán ni lo reducirán a ser el sirviente de un régimen donde el gran proletariado recoge las migas del banquete. (...) Las ciudades, que serán centros administrativos y graneros territoriales, no constituirán el refugio del hombre. Como los rápidos medios de locomoción suprimieron las distancias, éstos elevarán sus viviendas en las montañas, en los desiertos canalizados y convertidos en jardines mediante la electricidad aplicada a la agricultura”.

    La síntesis descriptiva se extiende desde la tecnología y la ciencia hasta la esfera política y la organización de la sociedad, estas últimas modeladas por las primeras. La utopía igualitaria del comunismo, que Capek y Zamiatin consideraron una pesadilla de la razón tecnológica que erradica las diferencias y condena a los individuos, en la perspectiva de Crítica (periódico orientado hacia un público de clase media y baja) aparece como un sistema donde el prodigio técnico engendra un paraíso social.

    Enrique Méndez Calzada (1898-1940), publicó en 1929 el contario Abdicación de Jehová y otras patrañas, donde aparece la antiutopía “Neurasténicos del año 2000”. El texto busca ser un retrato de la sociedad venidera, donde el progreso mecánico se ha vuelto alienante, deshumanizador (en este concepto pueden verse huellas de News from nowhere de Morris y de Erewhon de Butler), hasta el punto de alcanzar el absurdo: hay máquinas para saludar, máquinas para anudar la corbata, máquinas para hacer naranjas, máquinas de producir sonetos. Se organiza una reacción para enfrentar esta “neurastenia”: las sociedades pro-lentitud para la desaceleración del ritmo social y el regreso a la naturaleza.

    Platanda. Un viaje ignorado de Gulliver (1942) de Álvaro Martínez, agrega otra aventura a los Gulliver’s travels (1726) de Jonathan Swift: el viaje a la Argentina. Es una utopía satírica en clave alegórica. Gulliver llega como náufrago a una costa cuyas arenas son de polvo de plata; más allá hay: “...hermosas praderas cubiertas de verdes hierbas donde pacían muchas vacas y ovejas de tan hermoso aspecto que no creo existan mejores en ninguna otra parte del mundo conocido”. No falta el gaucho (“encontré un jinete que vestía unas bombachas como las que usan los turcos”) ni el mate (“un poronguillo con puñados de hierbas aromáticas y agua caliente”).

    A continuación el texto se centra en la crítica política. Abundan las alusiones irónicas a Irigoyen: “El país estaba gobernado por un anciano Príncipe que había llegado a ocupar el trono de Platanda dotado generosamente de la sabiduría derivada de los muchos años de experiencia” y a la manipulación de las informaciones que llegaban al mandatario[7], es objeto de especial mención: “Destinóseme a borrar con un gran lápiz, de los periódicos que constituían la lectura diaria del Príncipe, las palabras libertad y democracia, y en especial fraude, pues los médicos que atendíanlo de la vista habían diagnosticado que esas disposiciones de letras eran causante de ciertos trastornos que padecía”. Sin embargo, hay críticas al Partido Conservador: “Irritaba a estos grupos selectos de ciudadanos -entre los que estaba lo más destacado del país por su inteligencia y virtudes, conforme a la opinión expresada por ellos mismos-, que el pueblo les negase los votos a que tenían legítimo derecho por ser los mejores”.

    La neutralidad argentina durante la Segunda Guerra Mundial también es objeto de alusiones. Los gobernantes, para deducir las opiniones del pueblo (y, por lo tanto, contar con votos) recurrían a un curioso procedimiento: recortaban de los periódicos términos como libertad, solidaridad, neutralidad o democracia, y las contaban: “Si las palabras democracia, solidaridad y libertad eran muchas, y neutralidad y afines eran menos, deducían que la opinión pública se orientaba en un sentido, y si al contrario, en otro”. La guerra es descripta como un enfrentamiento entre Libererra (obviamente, Inglaterra) y Nasilania (Alemania), gobernada esta última por el partido Columnista, que tiene el convencimiento “...de que sus miembros pertenecen a una raza superior y que sus cabellos lacios así como las dimensiones de sus narices son signos infalibles para probar la superioridad de su raza frente a otras que los poseen rizados y cuyas narices aguileñas consideran como causa de inferioridad”.

    “La ciudad del futuro”, de Ignacio Prieto del Egido, subtitulada “Cuento humorístico”, apareció en el número 277 de Leoplán, correspondiente al 5 de diciembre de 1945. Un hombre del presente no puede conciliar el sueño, debido a los ruidos de máquinas y del tránsito. Da en cavilar sobre las posibles modificaciones futuras de la ciudad, de las cuales la principal sería separar la población alborotadora de la silenciosa “...con una franja policial, como lo está el globo terráqueo por el Ecuador. Así los gritones gritarían a gusto y los pacíficos nos podríamos entregar a nuestras tareas silenciosas, que tienen como base el pensamiento: la escritura, la lectura, la meditación”. Luego expande su razonamiento, concibiendo un trazado urbano donde las distintas profesiones tengan un barrio propio. Por ejemplo, habría un barrio para los médicos (“¡La ventaja que reportaría poder reunir a los médicos en el barrio de la ciencia! Podría un médico consultar a otro, a través siempre de los transparentes tabiques de los departamentos, sus dudas acerca de tal enfermo o de tal enfermedad”), otro para los juristas, otro para los intelectuales, otro para los deportistas, y hasta habría barrios para gordos “...a fin de que no sufrieran ninguna clase de depresión al verse comparados por sí o por otros, con gente delgada y elegante”.

    El relato concluye con el protagonista conciliando el sueño (con el avance de la madrugada, los ruidos han disminuido), reconfortado por la convicción de que había ideado: “Una ciudad modernísima que contemplaba todos los problemas urbanos y humanos y que no pareciéndose a ninguna ciudad existente o existida, era, indudablemente, originalísima, digna de ser implantada en el mundo”.

    “Amor ultramoderno”, de Alberto Rivas, apareció en el número 299 de Leoplán, correspondiente al 6 de noviembre de 1946. Es la carta de una muchacha, Democracia van Pérez, a su novio. La misiva exhibe una inversión de roles: en la sociedad futura, corresponde a las mujeres proponerse a los hombres: “Dear Pepito: Te envío mi radiografía. Comprobarás en ella las bondades de mi organización interna, la auténtica constitución ósea de mi sistema y la armónica disposición de mi organismo. ¡Mira qué arcos orbitarios, qué parietales, qué desarrollo perfecto del acromión! Como verás, aquí nada de engañifas; hasta las costillas falsas son auténticas”.

    En esta sociedad futura, los alimentos son sintéticos y el color de los ojos puede modificarse con agregados y colorantes. No sólo el de los ojos: “Merced a ese nuevo sistema de bombardeo atómico, mis glóbulos pueden alterarse hasta adquirir el tono que tú prefieras. Y por las mismas aplicaciones, con el agregado de caseína sublimada, puedo dar a mi piel y a mis uñas un ambiente grato, suavemente cálido o deliciosamente provocativo”. Las duchas no usan agua, sino aire seco; se usan rayos ultravioletas para desinfectar las habitaciones; los alimentos son pastillas. La correspondencia escrita ha quedado anticuada: se utiliza la televisión para todos los fines comunicativos. La temperatura en las ciudades es idéntica en verano y en invierno, gracias al aire acondicionado. En las escuelas, se han erradicado los estudios “maraña”, como las lenguas muertas, la filosofía, el álgebra y la historia. Las lenguas modernas, por el contrario, son activamente enseñadas: la protagonista combina su castellano con palabras en inglés y alemán. En cuanto a la organización social, las parejas constituidas son escasas, y la población se compone mayormente de solteros que establecen relaciones libres.

    En 1947 aparece Etópolis, de Miguel Pecci Saavedra. Se trata de una sátira social estructurada al modo de la utopía clásica: el narrador arriba a una ignota ciudad llamada Etópolis, que es sencillamente la Buenos Aires de 1947 donde los nombres de los personajes aludidos -políticos y escritores- han sido cambiados, sin dejar de ser aún reconocibles.

    El narrador es guiado por Egomet (definido como “esa parte del yo con la que perennemente dialogamos”), quien le revela la onomástica de la ciudad. Ethos significa costumbre; polis, ciudad. “De ahí que, aquí en Etópolis, nunca se da el caso de que ningún etopolitano se atreva a volverse contra la costumbre. (...) La costumbre, constitutiva de vulgaridad y de prejuicios y aún de supersticiones”. Se describen algunos tipos urbanos, como los agílibus, para quienes “...vivir es medrar; son hombres perennemente alertas. Y par a su desmedido egoísmo es seguramente esa nada pequeña ambición que también los domina”. Los agílibus se dividen en dos clases: los trepadores (guiados por la acucia de poder) y los arrapantes (por la pasión del dinero).

    Es destacable también una interesante sátira del peronismo. Una multitud con bombos lleva en andas al Ductor, “amo y señor de Etópolis”. Se destacan sus rasgos autoritarios: “¡Qué gesto imperatorio el suyo! ¡Y cuánta mansedumbre en el pueblo que lo rodeaba y seguía! La turba vociferaba: ‘ ¡Viva el ductor! ¡El ductor es un dios! ¡Viva el ductor!’ El pueblo, con su misma proneidad de siempre a deificar a sus amos. De aquí que el ductor haya logrado fomentar en torno de sí, entre sus devotos, el psafonismo con que ahora lo endiosan”. Llegan luego al Olimpo de los aupados o políticos, enfrascados en leer y releer el Sílabo de las Sinecuras y Obvenciones, también llamado Presupuesto.

    La sátira se extiende a la cultura. El sabio más admirado es Perogrullo, quien asombra a su audiencia con frases como: “Para verdades... yo”, “Nada hay inconcuso” y “Todo es para dejar de ser, sino Dios”; termina citando una frase en latín -marcidae aures equis fessis-, que impresiona al público, ígnaro de que en realidad significa: los caballos cansados tienen las orejas caídas. También pululan los estultílocuos, el grupo de quienes vuelcan su estulticia en palabras: se dividen en dos clases: hablistas de café y pronticultores, “...gente que tiene constantemente en la lengua rasgos de ingenio (según ellos) o supuestas agudezas”.[8] Una visita a la República de las Letras nos presenta a un célebre escritor, cuya obra maestra se titula Del escribir sin ideas; la presentación de la estatua de una diosa desnuda motiva el linchamiento del escultor por parte de una turba enfurecida, agraviada en su pacata moral. El texto concluye afirmando que Etópolis debe ser considerada urbe y no ciudad, ya que “Es toda materialidad, sin alma apenas; es acumulación de edificios, de domicilios y no de hogares. Y el hogar es la familia, y de familias ha de ser la ciudad. Etópolis es, pues, con su sinfín de hombres sin hogar, dolientes de soledad en medio de aglomeraciones innúmeras, urbe que no ciudad”.



[1] Como ejemplo, basta con el hecho de que varias novelas de Eduardo Ladislao Holmberg se han perdido, perdurando sólo sus títulos: Hilda, El vampiro negro, El viaje por el método de Lituria, Puerilia.

[2] Cf.: Zalazar, Daniel; La evolución de las ideas de Sarmiento. New Jersey, Slusa, 1986.

[3] Buenos Aires, Imprenta de El Siglo Ilustrado, 1876.

[4] El hecho de llamar Fisiócrata a la Buenos Aires futura no constituye una onomástica arbitraria: es una referencia al espíritu mercantilista y especulador de la sociedad argentina, satirizado por Ezcurra.

[5] El texto fundacional al respecto es Arqueópolis (1858) de A. Bonnardot, novela de la que sólo se editaron 200 ejemplares, donde un París sepultado por la arena es explorado por un grupo de incapaces arqueólogos. Sin embargo, debido a la reducida tirada de Arqueópolis y a ciertos elementos textuales, consideramos más probable que el texto que haya influido en Ezcurra haya sido un relato de Alfred Louis-Auguste Franklin, “Las ruinas de París en el año 4875. Documentos oficiales e inéditos”, del cual se hicieron cuatro ediciones entre 1875 y 1908.

 [6] En este rasgo puede advertirse la influencia directa de la utopía News from nowhere (1890) de William Morris.

[7] De hecho, los ministros llegaron al punto de imprimir versiones expurgadas de los periódicos leídos por Irigoyen en su segundo mandato.

[8] Posiblemente se trate de una referencia a Ramón Gómez de la Serna y sus greguerías.

     
       
Inicio