HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Decima Entrega de “La Salvación después de Noé”

Colofón de los “Paralipómenos Paganos”

por Alejandro Maciel

Sin ánimo de polémica o panegírico (nuestros tiempos son hostiles a héroes y modelos que no provengan de la T.V.) ofreceré la versión oficial de los hechos que siguieron a la muerte de Saúl, tal como se encuentran registrados en el Primer Libro de Samuel, capítulo 31. He agregado al relato sagrado algunas descripciones inanes que en nada adulteran el fondo del mismo.

“No se conocía el espanto en la tierra disputada hasta que los buitres bajaron en círculos cada vez más estrechos hasta el valle riscoso donde se litigaban con los filisteos el asedio a los cadáveres; éstos para recoger armas e indumentarias, aquéllos para saciarse de carne, ojos y entrañas de los cuerpos desnudos e insepultos. Entre tantos escombros humanos Saúl y sus tres hijos yacían en la suave pendiente del monte Gilboa. Los decapitaron, les despojaron de atavíos y arreos y enviaron los restos por todo el país de los filisteos para dar la noticia en los templos idólatras. Depositaron las armas del rey difunto en el pórtico del templo de Astarot y clavaron su cuerpo en una pica en lo alto de las murallas de Be-San. Cuando los habitantes de Yabés de Galaad lo supieron se levantaron todos los valientes y rescataron el cadáver de Saúl y sus hijos, se volvieron a Yabés de Galaad y allí los incineraron; luego hicieron una fosa bajo el tamarisco de Yabés, donde sepultaron las cenizas. Ayunaron siete días, como lo prescribe la ley”.

No creo necesario escoliar el pasaje. El salvajismo de hombres y dioses me exime de esa tarea; además mi competencia intelectual en materia de crueldades y venganzas iguala a mis conocimientos acerca de reglas deportivas, nada agregaría mi opinión a un tema tan infausto.

Sin embargo, no deja de sorprenderme la interpretación que ofrece el R.P. Profesor Alejandro Díez Macho, M.S., catedrático de la Universidad de Barcelona sobre la muerte de Saúl. En las notas aclaratorias al capítulo correspondiente de la Biblia publicada en 1963 por Fratelli Fabbri Editori, Milán, el exegeta admite la muerte de Saúl (innegable después de leer tantos detalles funerarios en los Paralipómenos) pero no el suicidio. El argumento del R.P. Díez Macho está formulado en estos términos: “Saúl defiende el último jirón de su realeza dándose muerte antes de caer él, el ungido, en manos de los incircuncisos cultural y moralmente inmundos y que no podían tocar personas ni objetos sagrados. No podemos hablar de suicidio sin más, ni menos enfocarlo a la luz de la moral católica”.

Han pasado luengos años desde mi apostasía cuando quedé huérfano de “moral católica” y sin embargo sigo creyendo que Saúl se suicidó. Me extraña el razonamiento del R. P. Díez Macho. ¿Deberíamos pensar que existe una moral católica, otra luterana, otra calvinista, otra samaritana, otra judaica, otra anglicana? Tal vez esta sucesión infinita de morales explique en parte la atomización del cristianismo en miles de sectas, cofradías, congregaciones, grupos y pandillas.[1] Cuando escribí la primera versión de esta nota era patólogo. El tiempo, que todo lo perjudica, me convirtió en psiquiatra. Es curioso que el patólogo y el psiquiatra tengan la misma opinión forense: Saúl se suicidó si nos atenemos a lo que relata la Biblia. Sin embargo, un eximio profesor de Teología contradice esta conclusión. Algo me dice que si estuviésemos en un anfiteatro de la morgue  judicial o en un ateneo psiquiátrico mi razón prevalecería, pero el relato se inscribe claramente dentro del ámbito de los libros sagrados y en este contexto, el juicio del R. P. Díez Macho se impone. Entonces, cabe preguntarse, ¿cuál es la verdad? Sabemos, por el principio de identidad, contradicción y tercero excluido que las proposiciones: Saúl se suicidó / Saúl no se suicidó se invalidan mutuamente desde el punto de vista lógico. ¿La ciencia tiene una lógica y la religión otra? Esto sería absurdo y si lo aceptáramos mañana vendría otro grupo (propongamos los adeptos al rock o las huestes de ufólogos) reclamando para sí un tercer criterio lógico y ya que estamos, la asociación de almaceneros exigiría una cuarta y la verdad andaría a los tumbos entre los laberintos de razonamientos opuestos o divergentes. ¿Esto no se llama relativismo y no ha sido condenado por el concilio de epistemólogos en Viena, en el siglo pasado?  Seguramente, de estar vivo, el R.P. Díez Macho recurriría a la anagogía[2] mientras yo me conformo con recurrir al diccionario y el sentido común. A fin de cuentas, la lógica no es más que el sentido común organizado en premisas, términos, antecedentes, consecuentes, inferencias y obversiones.

Suicidio. (Voz formada a semejanza de homicidio, del lat. sui, de sí mismo y caedêre, matar). m. Acción y efecto de suicidarse: quitarse voluntariamente la vida.  (D.R.A.E.) 22º Edic. 2001.

Por esta vía llegamos a un callejón sin salida. Las proposiciones contrarias “Saúl se suicidó, Saúl no se suicidó” enunciadas por el psiquiatra y el teólogo no conducen a la síntesis hegeliana sino al contrasentido lógico. Propongo buscar otro camino para evitar el descrédito del teólogo que tan amablemente nos permitió la intromisión en sus dominios. Retomemos el Argumento Ontológico para demostrar la existencia de Dios formulado por San Anselmo en el segundo capítulo del “Proslogion”. Antes, resumamos brevemente la prehistoria de este razonamiento. Los más de diez siglos de la Edad Media no necesitaron pruebas filosóficas para validar la fe ya que como sabemos, la filosofía trabajó como sirvienta de la teología desde la Patrística hasta al menos el “Discurso del método” cartesiano. No obstante, durante esos mil años se postularon las ideas y los grandes sistemas de Tertuliano de Cartago, Hilario de Poitiers, Agustín de Hipona, Boecio, Beda el Venerable, Juan Escoto, Anselmo de Aosta, San Buenaventura, Alberto Magno, Santo Tomás, Guillermo de Occam y Juan Mair. En tiempos signados por el dogmatismo religioso cada cual buscaba certificar por medio de la razón lo que había predicado la revelación. Siendo la fe una conducta obligatoria en esos tiempos, parece superfluo buscar los cimientos del Templo de Jerusalén en castillos de palabras pero como la fe es algo tan enigmático y está permanentemente amenazada por la duda que todo lo corroe, los insignes maestros deseaban apasionadamente hallar el puente que condujera racionalmente de la vida interna a la vida eterna. 

San Anselmo, arzobispo de Canterbury desde el año 1093 siguiendo el programa augustiniano de saber por la revelación y comprender por la razón escribió el Monologion, un tratado sobre la verdad, otro sobre el libre albedrío, un opúsculo sobre el diablo y su obra más célebre, el Proslogion donde expone el argumento ontológico de la existencia de Dios. Desde que apareció en el pensamiento occidental el argumento no ha dejado de recibir objeciones, modificaciones y contestaciones para refutarlo. Una galería de escoliastas insignes precede las ediciones actuales: Descartes, Leibtniz, Santo Tomás, Kant y Hegel le dedicaron páginas, ensayos y demostraciones. Kant le agregó el adjetivo ontológico que desde entonces figura como apellido de la idea y observó que constituye una supuesta prueba “a priori” (es decir, sin supuestos e independiente de experiencias previas) de la existencia de Dios, que debe ser necesariamente independiente de cualquier experiencia de los sentidos ya que sabemos que Dios es invisible, insípido, inodoro, intangible e inaudible. Ninguna percepción sensorial podría servir para certificar su existencia, ni siquiera el caudillo Moisés que lo creó en la cima del Sinaí alcanzó a verlo personalmente; sólo percibió los símbolos de Su poder: el fuego que no quema en la zarza, el resplandor del relámpago de Su ira, el sonido aullante del viento, la nube que sobrevolaba camino a la tierra prometida. Anselmo quiere confutar, desmentir e impugnar a escépticos, agnósticos y ateos a partir del contenido inmanente al concepto “Dios”. Pensemos, nos invita el arzobispo por un momento en la unidad conceptual “Dios”. ¿Qué comprensión requiere?, o dicho de otro modo, ¿cuál es el conjunto de elementos pensados estructuralmente que conforman esa unidad conceptual? ¿En qué pensamos cuando decimos “Dios”?

Primero, señala Anselmo, al decir “Dios” evocamos intuitivamente una convicción a la que debemos oponernos para declararnos libremente escépticos. La intención ya implica una trampa: ¿por qué oponernos a “Algo” que sin embargo afirmamos negar?

Vayamos al argumento del arzobispo; buscaré buena compañía antes de internarme en la delicada línea divisoria que une y separa el pensamiento teológico de la gnoseología. Me acompaña el profesor Antonio Rodríguez Huéscar, autor del estudio preliminar del “Proslogion” presentado por la editorial Aguilar en español.

En el segundo capítulo del “Proslogion” anota san Anselmo: “creemos ciertamente que Tú eres algo mayor de lo cual nada puede pensarse. ¿Y si, por ventura, no existiese una tal naturaleza puesto que el insensato dijo en su corazón: ‘no existe Dios’?. Pero el propio insensato, cuando oye esto mismo que yo digo: ‘algo mayor de lo cual nada puede pensarse’, entiende lo que oye; y lo que entiende está en su entendimiento, aunque no entienda que aquello exista realmente. Una cosa es que el objeto esté en el entendimiento y otra entender que el objeto existe en la realidad. O como dirían los modernos epistemólogos: “un orden lo constituyen los objetos ideales (el centauro, el triángulo isósceles, el número natural 5, las categorías aristotélicas, el libro que nunca escribí..) y otro orden, los objetos reales (el triángulo isósceles formado por las esquinas de Av. Rivadavia y Ayacucho; Av. Rivadiavia y Paso; Viamonte y Pasteur de la ciudad de Buenos Aires, cinco naranjas que compré en la verdulería, el libro “La salvación después de Noé” que publiqué en 1990).

Anselmo recurre a un ejemplo para ayudar a despejar la confusión que convoca este aparente fantasma hecho de palabras. Supongamos que un pintor (entre nosotros propongo a Jan van Eyck dada mi calamitosa preferencia por la escuela flamenca de la época) piensa en un cuadro que proyecta realizar. Aún no ha trazado una sola línea; don Jan observa fijamente el lienzo blanco imaginando figuras, horizontes, colores. ¿Dónde está el cuadro en ese instante? Vamos un paso más, imaginemos de un modo más económico que el de Jan, que se trata de “La Virgen del donador Rolín”, actualmente en el Louvre. Es más económico para nosotros que ya conocemos rastros de la obra que dejaron láminas, reproducciones y documentales.

Nosotros tenemos una ventaja sobre Jan. Quien más quien menos, ha visto la pintura aunque fuere de un modo fugaz en algún documental, en libros o catálogos. Jan no ha visto nada que él no deba inventar por sí mismo. Nosotros podemos recordar, Jan sólo puede imaginar creativamente. ¿Dónde están un momento antes que Jan trabaje sobre el lienzo, la Virgen de manto rojo; el Niño rubio que sostiene el globo con la cruz; el Embajador, su códice miniado, el reclinatorio; el triforio con arcos románicos; el río que parece huir entre las almenas; el puente que lo atraviesa; la isla que engarza y refleja con un castillo en lo alto; las montañas heladas en el horizonte brumoso; el ángel que sostiene la corona de filigrana dorada: todos estos elementos están en el “entendimiento” de Jan van Eyck antes de apoyar el pincel sobre la tela.

Pero aunque Jan van Eyck tiene clara conciencia de ese proyecto en su entendimiento, sabe que aún no existe en el plano tangible y contundente de la realidad. No podría vender la idea en una galería de arte: el comerciante le exigiría la pintura terminada para poder subastarla ya que el mercado no admite promesas como valor de cambio.

Entonces Jan pone manos a la obra. Inexorablemente, el tiempo pasa. Convengamos que mi simplificación es convencional, no real. Finalmente una tarde Jan da la última pincelada y firma el cuadro terminado. Recién en ese instante Jan van Eyck puede contemplar la obra que ya existe en la realidad, fuera de su pensamiento donde habrá quedado un plan o modelo agotado; y puede comparar ambas cosas: la obra real con el plan imaginario.

Continuemos leyendo al arzobispo Anselmo: “el insensato[3] debe convencerse de que existe al menos en el entendimiento algo mayor de lo cual nada puede ser pensado, porque cuando oye esto lo entiende, y lo que se entiende, existe en el entendimiento. Pero aquello mayor de lo cual nada puede ser pensado no puede existir únicamente en el entendimiento, pues si sólo existiera en el entendimiento podría pensarse algo que existiera también en la realidad lo cual sería mayor. Mas, si aquello mayor que lo cual nada puede pensarse existe sólo en el entendimiento, entonces aquello mayor que lo cual nada puede pensarse es lo mismo que aquello mayor que lo cual puede pensarse algo. Pero esto, ciertamente, es imposible. Existe por tanto, fuera de toda duda, algo mayor que lo cual nada puede pensarse, tanto en el entendimiento como en la realidad; lo cual es tan cierto que no puede pensarse que no exista.

Según mi siempre intuitiva estimación la articulación perfecta del argumento reside en “aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, no puede existir sólo en el entendimiento” o sea, en el orden ideal.

¿Por qué razón no puede ser un espejismo propio del entendimiento, sin traducción en la realidad como las sirenas, la quimera o las parcas?, nos tienta preguntarnos.

“Porque si sólo existiese en el entendimiento, podría pensarse algo que exista también en la realidad, lo cual sería mayor”, dice Anselmo y esto sería un absurdo porque como todos sabemos por definición, no hay nada mayor que Dios, y en el postulado inicial anunciaba “algo mayor que lo cual nada puede pensarse”. Una resolución circular perfecta. “La máxima verdad es idéntica a la rectitud infinita”, concluye diciéndonos Anselmo para llevarnos imperceptiblemente hasta las puertas de la Academia platónica.

Eadmero, el biógrafo de San Anselmo escribió que el hallazgo de esta prueba costó al arzobispo unas buenas noches de insomnio. Todos experimentamos alguna vez el asedio de un razonamiento automático. Todo nace de un germen, un pensamiento incompleto que ronda los pasillos de la mente buscando desarrollarse sin darnos paz hasta que encuentra el eslabón perdido y las ideas se encadenan en una sucesión lógica que consigue su propio acuerdo. En ese momento, cesa la tortura de una búsqueda de la que ni siquiera somos guías ni amos. Todos y todas en alguna medida lo experimentamos, a veces bajo las formas inocentes de un dato extraviado por los andurriales de la memoria, un nombre, un recuerdo que reitera una imagen pero se nos pierde el nombre de los protagonistas y el sitio donde sucedió. Los pensamientos de los santos, sería gentil reconocerlo, evidentemente planean por otros hemisferios muy lejos de las cuestiones domésticas que nos ocupan a usted o a mí. Pero el fondo del proceso es similar. Me reconforta saber que no soy el único que se desvela pensando trivialidades. También a mí, la primera lectura del “Proslogion” y una infección que me tuvo postrado con fiebre me ofreció la evidencia, como fulgores, de la revelación que la razón nos concede sólo por instantes fugaces pero que perduran como las estelas de los cometas sembrando la luz de la convicción. Recuperar la salud y la duda fue una y la misma cosa.

“Algo mayor que lo cual nada puede pensarse”, sintetiza en ocho palabras la fórmula con la que Parménides de Elea diseña el Ser frente a la Nada. Si “ex nihilo nihil” (de la nada, nada) del Ser se predica que existe, es increado (de no ser así no sería el principio ya que algo o alguien antes que Él lo creó); imperecedero (ya que, de ser precario, tendría amenazada su perpetuidad); inmóvil; eterno, no fue jamás ni será (ya que ambas condiciones implican un momento previo o futuro carente de existencia); indivisible porque lo divisible tiene partes y éstas podrían separarse menoscabando la perfección  del Ser. En sí mismo descansa, no requiere continente ya que de necesitarlo implicaría que es incompleto. Nada hay ni habrá fuera de Él. Pensamiento puro, terminado como la masa de una esfera que es idéntica a sí misma en todas direcciones a partir del centro. Esto escribió Parménides en “Sobre la naturaleza”, fragmento VIII. La idea de la esfera como cuerpo perfecto siguió girando y configuró toda la astronomía teórica de los griegos hasta el sistema de Ptolomeo que a pesar de sus erratas prevaleció en atención a su armonía hasta la aparición del libro de Copérnico, en 1543.

Esta idea del dios esférico siempre me ha parecido tenebrosa como los ataúdes, las fiestas de aniversario y los circos. Presiento algo siniestro detrás de la inocencia o la simplicidad de estos objetos o fenómenos, aunque seguramente eso se deberá a la mala índole de mi temperamento mal entrenado. Esa esfera divina, me preguntaba, ¿será un simbolismo literario simplemente? ¿Una metáfora teológica? Viene en mi socorro un cardenal; nada más ni nada menos que el ínclito Nicolás de Cusa que publicó “De docta ignorantia” en 1440 y sirviéndose del programa anselmiano: “Existe un Ser mayor que el cual no puede haber otro” lo usa como apoyo de palanca para levantar el edificio de su teología geométrica. El Cardenal nos insta a renunciar a la confianza ciega que depositamos en nuestros sentidos objetando que muchas veces son fraudulentos. ¿Quién no se equivocó alguna vez creyendo haber escuchado algo que no era exacto? ¿Quién no confundió un rostro, un automóvil o un edificio? El que esté libre de tales ilusiones, que arroje la primera piedra contra el Cardenal. Nuestros sentidos, dice Nicolás de Cusa, son instrumentos propios de seres finitos pero Dios es infinito. Nos conmina a “elevar el entendimiento sobre la fuerza de las palabras, antes de insistir sobre las propiedades de los vocablos; ya que éstos, ante tantos misterios intelectuales, no pueden acomodarse con propiedad. Hace falta usar el lenguaje en forma trascendente, abandonando las cosas sensibles”.

¿Qué nos propone el Cardenal? Por un lado nos dice que nuestros falsarios sentidos viven engañándonos; que la vista a veces inventa espejismos, los oídos distorsionan hasta la melodía del cielo, las manos, en una oscuridad donde acechan enemigos, tantean objetos obtusos y traducen filos, puntas, amenazas. La vieja idea platónica del mundo sensible y el mundo de las ideas resucita en Cusa: nunca sabremos la verdad porque es inaccesible, en nuestro entendimiento solamente existe como posibilidad de acercamiento progresivo y gradual aunque tan infinito como el Dios al que perseguimos. Siguiendo una analogía, es como si la Tortuga persiguiera a Aquiles en el mundo real. En el mundo ideal (según Zenón) ni siquiera Aquiles alcanzaría a la Tortuga, mucho menos entonces el animal alcanzaría al atleta. ¿Cómo unir entonces nuestra finitud con el deseo de lo infinito al que aspiramos?

El Cardenal nos propone intuir la perfección detrás del armazón universal y racional por excelencia: las figuras de la geometría de Euclides y Apolonio de Perga. De nuevo, los ecos de la Academia de Platón resuenan en los escritos de Cusa: “Nadie que ignore geometría entre aquí” decía en el umbral del recinto platónico. Con las figuras básicas de Euclides de Mégara podía conformarse todo lo real. Lo que no es un prisma, es un cono, una esfera, un cilindro, una pirámide, o un cubo nos instiga a pensar el cardenal.

Anselmo había comparado la verdad más grande con una recta infinita. Cusa traviste esa recta infinita en triángulo, círculo y esfera. Me gustaría retomar la estrategia del Cardenal advirtiendo al lector (alguien leerá algún día estas líneas) que cualquier oscuridad debe imputarse a mis carencias e incuria de los sentidos que Dios me otorgó. Un tumor aracnoideo, aunque benigno, ocupó ¼ de mi escuálido cerebro privándome de quién sabe cuántas capacidades y destrezas. A nadie debería extrañar que un hombre con un tumor en la zona parietal izquierda escriba deficientemente. La exposición del Cardenal está libre de manchas y eclipses. Partiendo de la famosa línea infinita de Anselmo (que ningún ser humano es capaz de trazar en un pupitre) infiere la rectitud propia del diámetro del mayor círculo. Para verlo en un esquema:

 

                                      

 

Vemos que a medida que la circunferencia aumenta de círculo, la curvidad de “a” va disminuyendo gradualmente (cada vez menos cóncava, o convexa según desde donde se la observe) en “b”, mucho menos curva aún en “c” y cada vez más recta y menos curva en “d” hasta llegar a “e” en la que coinciden el máximo de linealidad con el mínimo de curvidad del arco de la circunferencia. La máxima curvidad es igual a la rectitud lineal, según nos lo demuestra el sencillo gráfico del Cardenal. Esta posibilidad de transitar de una línea a una curva (o, a la inversa) por la lenta progresión en las vecindades de las figuras geométricas sirve a Cusa como pretexto para dar un salto conceptual: si tal como enseñaban los académicos el mundo material está hecho de copias imperfectas de los arquetipos celestiales, no somos más que vanas apariencias en un mundo de sombras. No se ilusionen, queridos lectores, no sois más que plagios estropeados de la idea de humanidad inmaterial que está depositada en el banco del cielo. La materia es la fuente de los vicios, la corrosión, la enfermedad, la vejez. Oponían los escépticos las fijezas de las figuras geométricas: un triángulo isósceles siempre tendrá sólo dos lados iguales, una circunferencia está determinada por un arco, un diámetro, un radio y un centro; y permanece idéntica a sí misma a pesar de  la fugacidad terrenal. Esta idea ataca el cardenal de Cusa. Ni siquiera la geometría está libre de cambios y las figuras pueden “dejar de ser” una circunferencia para transformarse en una línea, todo depende del grado de adhesión a las reglas que las conforman. Como decíamos, concluye el Cardenal, en este mundo material la verdad es una mera posibilidad no exenta de crecer o menguar pero siempre una aproximación, nunca una meta. Tres siglos de desarrollo científico han llegado a la misma conclusión.

No se detiene el Cardenal. Con la habilidad propia de un prestidigitador matemático, de una línea obtiene un triángulo; gira uno de sus lados y aparece una circunferencia y no cesa hasta llegar a la famosa esfera que ocasionó el debate. Quien desee deleitarse en este jardín de la Geometría puede consultar “De docta ignorancia” con beneplácito. Trabajando con líneas, puntos, rectas, curvas y diámetros el Cardenal pasa del mundo de metamorfosis en el que vivimos que él llamó el “universo privativo” al centro y circunferencia que lo delimita en su contracción: Dios, el “infinito privativo” a Quien nos aproximamos en una variedad indescriptible de grados, tantos como los que hacen posible las trasmutaciones de las figuras en el espacio, símbolo racional del equilibrio perfecto de las formas. ¿Qué son, a la razón humana las construcciones y axiomas de la geometría sino lo que es Dios a la revelación y la fe?, se pregunta y nos pregunta.

“Existe, por tanto, fuera de toda duda, algo mayor que lo cual nada puede pensarse, tanto en el entendimiento como en la realidad”. Con esta conclusión Anselmo había cerrado su argumento.

Creo en esta sutileza aunque la considere imposible fuera del escolasticismo medieval en que fue formulada. Hacia el año 1050 encerrados en claustros y celdas, benedictinos y franciscanos debatían el modo de conciliar dos campos ariscos: filosofía y religión. La teología nacerá como hija de este matrimonio entre la fe y la dialéctica, arreglado por las partes. El siglo XI fue pródigo en cambios; el rígido sistema feudal centrado en conventos, dominios y vasallaje tuvo que negociar con las nacientes ciudades  menos interesadas en el espíritu, por su estrecha relación con el comercio que históricamente ha sido el responsable del derrumbe de dogmas y fanatismos. No se pude discutir sobre las sustancias divinas y el precio del algodón al mismo tiempo. El mercado, como lo enseñaba Adam Smith, pone las cosas en su lugar por medio de la “mano invisible”, residuo teológico perdido entre los libros de contabilidad que anunciaba la era mercantil. Los burgos y ciudades traficaban con ciencias más profanas que la teología y el conflicto entre ambos modos de vida no se hizo esperar.

Demostrar que la lógica contradice los misterios es un lujo procaz. Ahorraré al lector consideraciones acerca del dogma de la Trinidad porque pienso que quien esté leyendo estas líneas programe encontrarse con ellas. Plantearé en términos de la lógica otro motivo de controversia mucho menos espectacular y sin embargo tan importante como el Dios uno, dos y tres que nos propone el catecismo de Trento.

¿Cristo es Dios?

La Iglesia, colegiada en Nicea en el año 325 para debatir “el problema arriano” respondió categóricamente: “Sí, Cristo es Dios” o, en una fórmula más técnica, es consustancial con el Padre.

Sigamos con nuestro razonamiento:

Dios es inmortal.

Cristo es Dios.

¿Quién murió en la cruz?  

La pregunta clave que perturbaba el sueño de los monjes era: ¿Dónde colocamos a la razón? Situada por debajo de la revelación, la razón se convierte en su esclava que no afirmará sino lo que el dogma admita;  lo cual es muy poco, un cerco demasiado estrecho para cualquier amplitud de pensamiento. Situada por encima de la fe se convierte en la Hydra de Lerna: un monstruo de nueve cabezas, incapaz de morir y fuente de multiplicación de herejías (como ya lo advirtiera en su momento uno de los Padres de la Iglesia, el furibundo Tertuliano de Cartago) y con el aliento tan ponzoñoso que fulmina las almas donde las encuentre. Hallar un equilibrio conciliador entre ambos extremos animó todo el pensamiento medieval. Arduas deliberaciones, exposiciones sistemáticas, exordios, anatemas, apologías, rescriptos pontificios, proscripciones se interponían en el camino de la búsqueda de la verdad.

¿Cuál es el programa de Anselmo en este malabarismo entre la razón y la fe? Como afirma el profesor Rodríguez Huéscar, el autor del Proslogion concede a la razón un poder casi ilimitado, una vez aceptada la revelación por la fe. La razón tiene un poder condicional a la aceptación previa de las verdades de la fe. Mediante una sencilla maniobra no sobrepone sino antepone el dogma a la razón. No dice “la razón es superior a la revelación”. Lo que dice es “la razón tiene todo el poder de la verdad una vez que reconocemos la verdad del poder de Dios”. Dice el profesor Rodríguez Huéscar: “su actitud no representa una pura reacción antifeudal (de ahí que su punto de partida sea siempre la aceptación acrítica del dogma por medio de un acto de fe), pero ya está ganado parcialmente por la causa de la naciente cultura urbana. De ahí que su punto de llegada sea siempre el “entendimiento” (racional) de lo creído. Anselmo tiene la destreza de ser un mediador entre fideísmo y dialéctica, la capacidad de propiciar el acercamiento entre pensamiento feudal y pensamiento urbano sin ocasionar dolorosas colisiones; aspira a proponer una fe ilustrada por la razón, muy superior a la fe ingenua que imponía Tertuliano con su “creo porque es absurdo” de los primitivos Padres de la Iglesia. La estrategia de Anselmo de Aosta se sintetiza en una frase muy personal: “No busco entender para creer sino que creo para entender”; primero la fe, luego la razón que la explique.

¿Por qué escribir, buscar y rebuscar acerca de estos temas en los inicios del Tercer Milenio? Primero, porque cualquier ejercicio que movilice nuestras ideas abona la salud mental. Segundo, porque detrás de estas disputas hay gente que dedicó su vida a explorar un continente allende todos los mares y que hasta hoy no ha sido colonizado. Tercero, porque detrás de todas estas recetas, cánones y reglas se oculta nada más ni nada menos que su vida perdurable o efímera, la salvación o la condena perpetua. Jugamos con los dados del tiempo, estimado lector o lectora. ¿Cuántas veces habrá escuchado la promesa de “vida eterna”? ¿Cuántas veces habrá ignorado que eso es imposible desde todo punto de vista? La eternidad es “Perpetuidad sin principio, sucesión ni fin” y abarca tanto las dilatadas estepas del pasado hasta los insondables abismos del futuro. Nadie puede prometerle la eternidad porque usted, desgraciadamente, ya se perdió los viejos buenos tiempos de Akenatón, Semirámis, Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, Isabel I y Napoleón Bonaparte. Las fechas que abarca esta sucesión, son apenas un suspiro dentro de la eternidad. Supongamos que lleve usted una vida pía colmada de virtudes y mañana (es una metonima, no lo tome al pie de la letra) se muriera mereciendo el premio de la vida perdurable. Muy bien, le espera la duración sin fin pero no la eternidad porque Dios no abona retroactivos. Ignoro si su plazo se iniciará el día de su nacimiento, el día de su defunción o el de su probable resurrección pero no ignoro que todo lo que precedió a su nacimiento (y que forma parte de la eternidad) ya está perdido para usted, no para Akenatón ni Carlomagno. Las monjas que me educaron me enseñaron que la desobediencia de ciertas cláusulas llevan al ‘castigo eterno’ del infierno. El diccionario y la primera ley de la Termodinámica lo desmienten pero mi ignorancia de ambos me impedía ver con claridad.[4] Ya ven, queridos lectores, a lo que nos lleva la ignorancia.   

El filósofo Bertrand Russell es conocido por la propiedad ubicua que parece dimanar de su vasta obra, que la hace difícil de clasificar dentro de una escuela, doctrina o capilla a la que son adictos los manuales y compendios. Los autores de estas síntesis parecen ver las disciplinas como si fuesen los anaqueles de una biblioteca donde cada cual debe ocupar su lugar y no otro. Pues don Bertrand se las ingenió para estar aquí y allá en la taxonomía filosófica. Si leemos sus escritos metafísicos parece un realista, pero en el próximo trabajo hallamos a un antiformalista; su teoría del conocimiento lo afilian al positivismo para unos, al empirismo lógico para otros; lo cierto es que el diamante en bruto de su pensamiento brilla más allá de nuestras convicciones didácticas. En su “Diccionario del hombre contemporáneo” dedica una entrada al ‘argumento’ declarando de entrada que se trata de una especie de terrorismo ideológico ya que jamás fue unánimemente aceptado por los teólogos[5]. Adversamente criticado en su época, nos advierte don Bertrand, luego fue olvidado. Santo Tomás lo rechazó, como todo lo que no provino de su propia cosecha; sin embargo, entre los filósofos ha tenido más suerte. Descartes lo resucitó modificándolo levemente; Leibnitz admitía su validez mediante una adición de un suplemento que probara que Dios es posible. Kant creyó haber terminado con él definitivamente pero lo que se echa por la puerta entrador la ventana: para Hegel es una de los ladrillos de su sistema (los muertos que vos matáis, gozan de buena salud…), también se lo reconoce en el principio filosófico de Bradley: “lo que puede ser y debe ser, es”.

Parece inaudito que, a partir de dos versos del salterio (Salmo XIV) los filósofos hayan buscado responder a la proposición atea del tal “insensato” (o necio, según la traducción). El franciscano Duns Scoto a quien la posteridad condecoró con el renombre de “Doctor subtilis” impugnó las pruebas que habían llevado a Santo Tomás a rechazar la demostración “a priori” del argumento. Convencido defensor de la Metafísica como “Ciencia del Ser y sus propiedades” el franciscano la separa de la física y de la teología.

Las pruebas físicas de la existencia de Dios que argumentó SantoTomás, agrega, sólo tienen fundamento en lo que tienen de Metafísica implícitas en ellas. Las “vías” de Santo Tomás proponían una serie de elementos materiales para llegar a lo inmaterial (Dios) y una de ellas incluye un motor. El santo franciscano, previendo las pesadillas que esperaban a la civilización con el invento de Fulton, rebatió las poleas, engranajes, fuerzas y vectores devolviéndolos al terreno de la mecánica o la física de donde jamás debieron haber salido. Como el Cristo, expulsó del templo a los traficantes mundanos. Analizando una de las “vías” de Santo Tomás[6] el franciscano decide cortar por lo sano. La primera vía (ex moto) empieza admitiendo que en el mundo hay movimiento, como cualquiera lo puede comprobar, desde un principio. Pues bien, si la Tierra se mueve, ¿qué fuerza la impulsa? Si respondemos que el movimiento del Sol, ¿qué mueve al Sol? Si respondemos que lo mueve el giro del Sistema Solar, ¿qué mueve al Sistema Solar? Podríamos conjeturar hasta el infinito pero en algún sitio terminaremos por reconocer que hay algo (Dios) que mueve sin ser movido, mueve desde la quietud porque no es consecuencia de nada sino causa de todo; ése primer motor inmóvil es Dios. Esta es la tesis de Santo Tomás. El franciscano replica: aún admitiendo este supuesto teórico, hemos abandonado las fronteras de la física dejando huérfano al razonamiento. ¿Por qué?

“Porque es necesario (dice Duns Scoto) ser más metafísico para demostrar que ese motor es primero, que físico para probar que es motor”. De este modo Duns Scoto regresa al argumento de Anselmo, no sin antes enriquecerlo con algunos ajustes: “lo que existe, propone, es más fácil de conocer que lo que no existe, desde el momento en que lo inexistente en sí mismo no puede ser intuido. Pero lo intuible es más cognoscible que lo no-intuible. Por tanto, el Ser más perfecto que pueda conocerse, existe”.

Para terminar quisiera exponer una conclusión personal, mucho más modesta en sus alcances que las brillantes contiendas que me precedieron. Tomando como punto de partida el argumento de San Anselmo de Aosta, intuyo la sombra que proyecta su convicción en esta sentencia inicial y final al mismo tiempo: “No podemos pensar que Dios no es, si se piensa correctamente lo que es Dios”.

Propuse al principio de este apéndice invertir en cierto sentido el argumento. No más la razón que el desvelo me ha instigado a promulgar este conato de herejía. Si se pudiera demostrar que “Dios” (o lo que así llaman los exegetas de la Biblia) no es “Aquello mayor que lo cual nada puede pensarse”, habremos abierto una brecha que en mi pesadilla o el entresueño de la fiebre se declaró como anarquía en el cielo. Desde este espacio ganado por la duda el tránsito hacia la conclusión del argumento se hace abismal y escarpado.

Saúl, pastor benjaminita de Guibá hijo del terrateniente Cis, es ungido por el profeta Samuel como Rey de Israel. Saúl, siendo un joven pastor de asnas y ovejas desconoce los fundamentos de la teología, que estudia la vida de Dios. Conjeturo que tampoco conocía del todo al Señor al que acepta obedecer.

La noche previa a su unción, Saúl, todavía pastor ve la noche inmensa en la campaña de Tabor. Incontables estrellas iluminando las distancias. La aterradora profundidad de la noche que hace irónica cualquier alegría. No viendo la solución a sus preguntas en la inmensidad de tanta sombra alrededor, Saúl mira en su corazón. ¿Quién es?, se pregunta como nos preguntamos todos alguna vez. Frente al infinito intuido como eternidad Saúl, pastor benjaminita, pudo haber intuido lo que es un hombre: una fugaz interrupción de la nada. Dios le reveló que no tiene nombre y Saúl intuyó aquello que después trajo tantos desvelos a tantos hombres y mujeres: “Algo mayor que lo cual nada puede pensarse”.

Ya ungido Rey, debió cumplir órdenes como General de Yhaveh. El Supremo Comandante exige la expansión de Israel y la ocupación de las tierras que hasta la fecha siguen en disputa; por medio de Samuel le ordena el desalojo de los idólatras, la confiscación y el jérem (exterminio sagrado).

La bondad (capacidad infinita hacia el bien) es una de las propiedades de la perfección. Jérem y bondad no se compadecen uno con la otra; por el contrario, se repelen y excluyen mutuamente. En conclusión, el dios del jérem y el dios del argumento no pueden ser uno y el mismo[7]. El principio de identidad conspira. Aunque Yahveh existiera probablemente tal como se anuncia a través de su amor y su furia, si le falta la bondad estamos autorizados a pensar que debe existir Alguien que, además de la suma de atributos del Dios de Moisés, también tiene bondad: Ése es Dios.

De otro modo deberíamos pensar que el respeto por la vida humana, aún la de los inocentes, sólo es un valor para los organismos de Derechos Humanos. Dios bien podría ser perverso, verdugo y sanguinario y aún así, perfecto. Saúl, en un último intento demuestra hacia Agag la misericordia que Yahveh le niega. Samuel, la voz de Yahveh lo condena alegando que el exterminio y la matanza no son necesariamente malos desde el punto de vista teleológico. Que los designios divinos siempre tienen alguna razón de ser[8] que el alma humana no alcanza a comprender porque observa a Dios con la medida de sus ojos y Dios, como es público, excede toda medida. Samuel asegura que el crimen puede ser, para la víctima, una forma de salvación.

Saúl responde que el daño subsiste, porque de todos modos se vuelve contra el ejecutor envileciéndolo ya que transforma al hombre en asesino incapaz de valorar desde entonces la vida sobre la tierra.

Saúl entonces, sólo entonces, se suicida.



[1] Un amigo de la infancia, el Dr. Martelotte dice que sólo los partidos de izquierda son proclives a tantas divisiones como el cristianismo.

[2] Sentido místico en la interpretación de las Escrituras, destinado a la elevación espiritual. No es lo mismo afirmar: “Saúl se suicidó” sin más (lo que no eleva la fe de nadie, por el contrario pone en duda la caridad de los planes divinos) que explicar el apuro de la espada por salvar al ungidote Yahveh de la horda de los impuros.

[3] El archifamoso “insensato” del que habla Anselmo es el que menciona el Libro de los Salmos XIII, 1 (en la versión Reina-Valera es el Salmo XIV y en vez de “insensato” traducen  “necio”).

[4] “El infierno es imposible” concluyó mi compañera de estudios cuando terminamos de leer la primera ley de la Termodinámica La ley en cuestión enunciaba que cualquier máquina o sistema requiere energía para producir o mantener calor, es imposible que una máquina (el infierno) produzca trabajo (calor) sin provisión de energía ya que entonces estaríamos ante el hipotético móvil perpetuo de primera especie. 

[5] ¿Qué concepto ha sido unánimemente aceptado por esa secta pugnaz de fanáticos de la nada, don Bertrand?

[6] No se oculta detrás de esto la antigua rivalidad entre órdenes religiosas que disputaban la teología: Santo Tomás era dominico, Duns Scoto, franciscano. Ambas órdenes llevarían adelante la Inquisición.

[7] Los Gnósticos y en especial Marción de Sínope dudaban de la legitimidad de Yahveh. Marción había nacido en Sínope en el primer siglo de la Era Común y fue excomulgado por su padre, que era obispo cristiano. Enseñó que Yahveh es un simple carnicero, lleno de odios y celos como una matrona romana; negó enfáticamente que fuese el verdadero Dios y le negó adoración.

[8] Este mismo recurso lo defienden las dictaduras alegando la “razón de Estado” para malograr nuestros estados.

     
       
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