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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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Aproximación al devenir histórico de los fantasmas en el imaginario de la Cultura Occidental por Fernando Soto Roland
XIV:
Volver con el Rostro Marchito Un
aspecto muy explotado por la literatura del siglo XIX —y que reflejaba el
sentimiento de terror que flotaba en el ambiente— fue el del temor a ser
enterrado vivo. Posiblemente nunca como en esa centuria, la angustiante
y morbosa fantasía de despertarse en un féretro bajo tierra, impactó tanto el
imaginario funerario de una sociedad. Y aunque nunca se probó que accidentes de
ese tipo hubieran sido generalizados, los artículos periodísticos de la prensa
amarilla difundieron el rumor, otorgándole la asiduidad que jamás tuvo. Así,
puestos en duda los diagnósticos médicos de los certificados de defunción,
enfermedades como la catalepsia —productora de un estado de aletargamiento e
inmovilidad del organismo, que se decía podía ser confundido con el óbito—
agudizaron los temores y, por qué no, el ingenio decimonónico. Fue
un chambelán del zar de Rusia quien, inspirado en la obsesión de moda, lanzó
al mercado europeo —hacia fines del siglo XIX— un aparato sencillo y
eficiente. “Era
una caja herméticamente sellada con un tubo largo colocado en un agujero
abierto en la tapa del ataúd en el instante de bajar éste a la tumba. Sobre el
pecho del muerto se colocaba una bola de vidrio unida a un resorte que a su vez
estaba conectado a la caja sellada. Al menor movimiento de la persona encerrada,
el resorte abriría la tapa de la caja, de modo que la luz y el aire penetrarían
en el ataúd enterrado. Al mismo tiempo se iniciaría una reacción en cadena
digna de una novela de ciencia ficción. Una bandera se alzaba a más de un
metro por encima de la caja; una campana sonaba durante treinta minutos; se
encendía una bombilla eléctrica. El tubo, además de permitirle la entrada de
oxígeno, servía de megáfono para ampliar la voz presuntamente débil del
moribundo” [1]. El
tema fue tratado por ciertas publicaciones médicas y el parlamento inglés, por
ejemplo, estipuló como obligatoria una espera prudente entre la defunción y el
entierro. Incluso se aconsejó que a aquellos que no podían comprarse un féretro
con “sistema de alarma”, se les alquilara uno por un tiempo. Como
es de imaginar, fantasías tan morbosas no pudieron dejar de tener su correlato
maravilloso, y numerosos relatos montaron tramas en las que el desesperado
fantasma del enterrado-vivo, reclamaba venganza o ayuda. Muertes
prematuras o violentas suelen esconderse detrás de los relatos victorianos de
fantasmas, en especial cuando esos decesos impiden —o dejan inconclusos—
rituales de especial significación social, tales como el casamiento o el
bautismo. En muchas localidades de Europa y América aún pueden escucharse historias de aparecidos en las que sus protagonistas son cónyuges muertos en el día del casamiento, o niños que atormentan a sus padres en reclamo de un sacramento que no alcanzaron a recibir. Idéntica suerte podían seguir los excomulgados, los suicidas o los que ahogaban en el mar. Toda una legión de infortunados a los que se les había negado un descanso bienaventurado, pasaron a los folklores locales siendo así aprovechados por el afán didáctico y moralizador de las instituciones religiosas. [1] Véase, Davis, Wave, La serpiente y el Arco Iris. Historia secreta de la magia, los zombis y el vudú, Emecé, Buenos Aires, 1986, pp. 145-146.
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