![]() ![]() |
| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
|
Entrega Nº 11 de “La Salvación después de Noé” por Alejandro Maciel
Para
el Occidente la Biblia, como su etimología lo indica, es una biblioteca ya que
se podría traducir como “los libros” dejando por sentado que son los
libros inspirados por Dios considerando que por aquellos tiempos del nacimiento
de la civilización únicamente los dioses dictaban o escribían. Toda
la Biblia conforma un corpus fascinante que sigue suscitando piedad, polémicas,
fe, rechazo, anatemas, curiosidad, consuelo y en pocos indiferencia. Pero lo que
se echa por la puerta entra por la ventana. De una forma u otra, algún tema de
actualidad cruza en los medios como este aluvión del “Código Da Vinci” que
tiene como protagonista absoluto al símbolo de Cristo, personaje central del
Nuevo Testamento, apéndice del Viejo Testamento agregado por los griegos,
que siempre fueron propensos a debatir en cualquier forma de pensamiento. El
Antiguo Testamento tiene 39 libros, el Nuevo 27. Es difícil escoger entre 66
libros cuál es el que más profundo sentido refleja, considerando que todos
tienen como centro a Dios. Pero si se me diera a elegir entre los 66 venerables
textos, yo me inclinaría, antes que por la demografía del Libro de los Números,
o la jurisprudencia del Levítico o las truculencias del Apocalipsis; yo volvería
a leer el Libro de Job. ¿Qué
es el Libro de Job? El
testimonio detallado de las mortificaciones de un hombre justo. La historia bien
podría ser breve y enunciarse sencillamente en esta preposición: “la
observancia de la ley no garantiza a ningún hombre una vida dichosa”. La ley
no siempre ampara a quien la vigila y observa. Job
es un extranjero en la patria de Dios; como todos sabemos era Idumeo como los
patriarcas, de la ciudad de Hus. De espíritu puro, incondicional a la
obediencia de la Ley de Moisés era el más poderoso de los hombres del
naciente. Tuvo diez hijos y la gloria acompañaba su casa, su familia y su
hacienda. Pero como todos sabemos, la felicidad es un pasajero apurado. Allá en
lo alto, como en la tramoya de la tragedia griega Dios y Satanás observaban el
mundo, y en el mundo estaba Job, orgullo de Dios por la devoción insobornable
que le profesaba. ¿No
resulta curioso este libro donde Dios y Satanás conversan amablemente, cuando
en el resto de los libros se ven como enemigos enconados? Yo prefiero este diálogo
civilizado entre dos seres que piensan por sí mismos a las guerras celestes de
milicias angélicas y demoníacas que nos plantean otros libros de la Biblia,
como Génesis, Ezequiel o el mismo Apocalipsis con sus bestias 666, sus rameras
babilónicas y sus ángeles pérfidos. No, yo prefiero siempre el diálogo y en
el Libro de Job Dios y Satanás dialogan. Y no está mal. ¿Acaso la función
original de la Serpiente que se escondía detrás de Satanás no ha sido la de
tentar a Eva y Adán? ¿No representaba el deseo de transgredir las normas y
leyes que todos en mayor o menor medida tenemos adentro? Cuando los seres
humanos dejamos de ser manadas y nos convertimos en sociedades tuvimos que
pactar reglas y códigos de convivencia que pusieran límites al deseo
individual en beneficio colectivo. Pero estas leyes siempre están en pugna con
mis deseos. No olvidar por favor este detalle: que no necesitamos a Satanás
para hacer un perjuicio o pecar. Basta con nuestros deseos e instintos. Por eso
en el Libro de Job el personaje de Satanás sigue siendo un cadete de Dios pero
al servicio de la tentación. No hay que olvidar que según los evangelios,
somete al mismo Cristo a la triquiñuela de tentarlo ofreciéndole todos los
poderes del mundo si lo adoraba. Ya sabemos que Cristo lo rechaza.
-¿Ves,
cómo me respeta mi siervo Job?, pregunta orgullosamente Yahveh en las alturas. -Claro,
¿cómo no adorarte si le has dado todos los beneficios?, replica el astuto
Tentador. ¿Por qué no le quitas su hacienda y su ganado a ver si no maldice tu
nombre? Dios
acepta la apuesta y este dato es curioso. ¿Por qué, siendo omnisciente,
sabiendo de antemano el resultado del azar acepta que Satanás arrase las
tierras, esclavos y rebaños del justo Job sólo para probar su templanza? Es un
viejo enigma que las escrituras no revelan y que involucra nada más ni nada
menos que la disputa teológica entre determinismo y libre albedrío. A pesar
del daño, Job sigue alabando a Dios. -¿Ves
cómo persiste mi siervo Job?, dice entonces el Altísimo. -Tiene
una larga familia y descendencia, replica el Tentador. ¿Por qué no diezmas sus
hijos e hijas y verás cómo escupe tu nombre? Nuevamente
Dios concede a Satanás la potestad de arrasar con la familia del justo Job “sólo
a él no lo toques”, dice como resguardo. Hijos
e hijas celebraban una fiesta cuando un gran viento derrumbó la casa donde
estaban aniquilándolos por completo. Cuando se entera de la infausta noticia,
Job llorando de pena celebra la gloria de Dios. -¿Ves
la integridad de mi siervo?, vuelve a indagar Dios en su diálogo con Satanás,
el tentador. -¡Rebosa
salud!, responde éste, ¿por qué no me dejas herir su carne y después veremos
si reza o maldice tu Nombre? -Puedes
atacar su cuerpo, de la cabeza a los pies, sólo debes respetar su alma sin
tocarla, autoriza Dios instalando el dualismo cuerpo/alma que después seguirá
abriéndose camino en la obra de Platón, Plotino, Descartes, Leibtniz y otros
grandes filósofos y pensadores. Ya vemos que este Libro de Job es riquísimo en
referencias, en cada línea uno puede detenerse y maravillarse de la amplitud de
ideas y reformulaciones que permite el texto. Pero sigamos nuestro camino. Efectivamente,
Satanás hiere a Job llenándolo de llagas, pústulas, eczemas y mil dolencias más.
El hombre no está solo. Ha perdido su hacienda, su mies, sus tierras, sus hijos
y la salud del cuerpo. Ha perdido todo, sólo le queda su esposa quien, como
Eva, lo instiga constantemente a perjurar de su fe haciendo de nuevo a la mujer,
aliada del mal. No olvidemos que el rol de villana es una preferencia de los
hagiógrafos de la Biblia: Eva, Dalila, Jezabel, Rahab; la misma actitud de Sara
para con Agar; Salomé, Herodías y María Magdalena se nos presentan como
pecadoras, adúlteras, asesinas y traidoras. A
pesar de las recomendaciones de su esposa, Job persiste firme en su fe y
reflexiona con una pregunta que aún hoy resuena en nuestros oídos mundanos: ¿Hemos
de recibir de Dios todo lo bueno y hemos de rechazar lo malo? ¿Por qué? Yo
creo que ésta es la pregunta esencial que hace del Libro de Job la joya de
fidelidad a uno mismo que el escritor ha querido reflejar y la usura de los
siglos no ha menguado. Si adoramos a Dios para recibir bienestar físico
convertimos a la fe en una especie de extorsión. “Si me beneficias, te
bendigo, si me perjudicas te maldigo” sería la fórmula que el hombre
propondría a Dios. Pero a Dios no se le puede condicionar ni dar órdenes ya
que Él es el ordenador del mundo. La
fe de Job es irracional porque está más allá de la razón, no porque la
contraríe. Como diría Kart Popper “no es posible falsarla” es decir,
encontrar argumentos capaces de demostrar que es un error. No conviene olvidar
que el Libro de Job es anterior a los profetas; Dios aún no había prometido al
hombre la vida después de la muerte; una secta completa del judaísmo avanzado
de los tiempos del Cristo, los saduceos, seguía negando que hubiese vida después
de la muerte. Recién con Cristo y su resurrección aparece esta promesa de
sobrevivir eternamente para los justos, pero en tiempos de Job este concepto era
fantástico. Por eso, la figura de Job brilla con luz propia: estamos ante un
hombre íntegro. No traiciona sus ideas para acomodarse a los hechos. Sigue
creyendo a pesar de no tener ninguna promesa de recompensa. Cree como creía Sócrates
que elegir el bien ya es el premio y la felicidad. Pero
volvamos al pobre Job. Ha perdido hacienda, descendencia (algo vital para los
judíos cuya única forma de perpetuarse era a través de los hijos), bienes,
salud. La esposa no hace sino blasfemar lanzando insultos al cielo en nombre de
un Dios desconocido. Job, frente al calcinante resol del desierto, enfermo,
cubierto de llagas y de sarnas sigue alabando a Dios. Así
como me entregó la matriz, desnudo al mundo He
de volver a estar, sin oros ni atavíos, desnudo Prestada
mi carne miserable al desgraciado cuerpo Al
que quita Quien dio sus desventuras: el destino.[1] Y
para quien sostenga que Platón inventó el diálogo como forma de exponer y
confrontar ideas lamento anunciarle que mucho antes, el anónimo autor del Libro
de Job ya conocía el recurso y en lugar de
poner a debatir a Job consigo mismo, nos cuenta que en medio de sus
tribulaciones el pobre Job recibe la visita de tres amigos. Con ellos será el
diálogo. Los
tres amigos en realidad son tres nuevos tentadores. Elifaz de Temán, Bildad y
Sofar vienen a sumar suplicios morales al dolor del abnegado Job. Empiezan
formulándole esta pregunta: ¿cómo es posible creer en tu justicia si Dios te
desprecia enviándote calamidades? ¿Qué
puede responder el noble Job, que se sabe bueno, que se sabe justo y no obstante
ha recibido castigo tras castigo? La virtud produce felicidad, por tanto, Job no
puede ser virtuoso ya que ha recibido desdichas. Elifaz de Temán extrae
conclusiones éticas por medio de un análisis empírico. Ignora que en el cielo
hay una apuesta. Ignora que Dios confía tanto en Job como Job confía en Dios.
Ignora que un hombre puede permanecer fiel a sus principios aunque el mundo se
ponga en contra. Ignora que el mal acecha a los buenos porque los malos ya han
probado su incontinencia. ¿Qué
responde el paciente Job en su defensa? Opone la insignificancia del hombre ante
la inmensidad de Dios, el mismo argumento que usará siglos después el obispo
de Hipona, san Agustín[2]:
la imposibilidad humana de conocer a Dios que rebasa toda medida de la imaginación.
Job responde con el misterio y para eso invoca dos monstruos fabulosos creados
por medio de pesadillas: Leviatán y Behemot. Exegetas modernos quisieron
rebajarlos a la condición rupestre de cocodrilos e hipopótamos pero yo
prefiero creer como creía Job que son criaturas espeluznantes soñadas por Dios
para amenazar a los incrédulos. Y aquí se plantean las interpretaciones de los
textos. La
tradición judía tenía el Testamento con la Torá, los libros proféticos, los
sapienciales y los históricos y, paralelamente, el misticismo creó dos
maravillas que trataron de desentrañar a lo largo de los siglos la parquedad de
algunas frases sagradas. Por un lado el Talmud y por el otro el Zohar o Libro de
los Esplendores de la tradición mística judía que se conoce popularmente como
Kábala o teosofía para los alemanes. ¿Y qué viene a decirnos el paciente
Job, enfermo de cuerpo pero brillante de alma? Job nos dice, poco más o menos
que el pensamiento de Dios –que es Dios- es inescrutable porque si en él está
el futuro y fuese legible ya conoceríamos de antemano lo que nos sucederá mañana
del mismo modo que haciendo un pequeño esfuerzo podemos recordar lo que vivimos
ayer. A fin de cuentas, en horas, es la misma distancia. Pero además, Job nos
opone la imagen de dos bestias fabulosas: Leviatán y Behemot, estandartes del
poder de Dios que, aunque son parientes del mal, han salido de Sus sueños como
todo lo creado. ¿Y cómo se creó lo creado en los siete días míticos del Génesis? Isaac
Luria el-Arí (1514-1572) fue un místico, secretólogo y cabalista judío del
centro Sabed que meditó en los jardines del cielo en sucesivos sueños y así
se le reveló el secreto del Séfer Yesirá que enseña la Creación. Es el
compilador y autor principal del Zohar o Libro de los Esplendores. No desconocía
la Torá, ni el Talmud ni las doctrinas de los gnósticos del desierto quienes,
antes de escribir una página ayunaban de una luna a otra viviendo de raíces y
el agua del rocío que recogían en cuencos de piel de camello durante las
noches. El desierto de la Tebaida estaba infestado de cuevas donde eruditos
ermitaños meditaban en sus refugios ante el resplandor de la resolana. Estos
fugitivos gnósticos se habían apropiado de las doctrinas de Platón y de los
gimnofisistas indostaníes. Tampoco desconocían la metempsicosis que proponía
un tránsito de almas vagando de cuerpo en cuerpo hasta alcanzar el perdón
original o fundirse en la inmensidad del infinito con la Nada que ellos suponen
tan sólida como el Todo. Esta antiquísima tradición asimiló Isaac Luria.
Antes de él, todo el misticismo judío se reducía a imitar las formas helenísticas
del viaje astral a través de las siete esferas que envolvían el mundo hasta el
empíreo. Isaac Luria, por otra vía, buscó la visión en éxtasis del carro de
Dios conducido por el profeta Ezequiel: el markabá. No es posible ver a
Dios tal como lo comprobó Moisés en la zarza ardiente. Basta con ver su trono.
Y saber cómo creó el mundo. Para
Platón existen las esencias eternas o arquetipos celestiales que representan la
perfección de cada cosa. En el topus uranus ustedes podrían buscar el
arquetipo del Alejandro Maciel ideal perfecto muy lejos de esta poca cosa que
soy yo. El Alejandro ideal es eterno, inmóvil, no envejece, no tiene problemas
de próstata, no es correntino, ni miente. Lo que ustedes ven es la copia o
encarnación material de esa idea perfecta. Una copia un poco adulterada como
esos DVD piratas que venden en las calles de Ciudad del Este. Una copia llena de
defectos porque al materializarse arrastra consigo todas las carencias propias
de la materia que como dijo Heidegger “es algo tan inmaterial”. Según
Platón, un dios insuficiente llamado Demiurgo nos hizo poniendo los ojos en el
arquetipo celestial y las manos en el barro con el que nos amasó. Los
cabalistas dieron con otra solución: la Creación se operó por medio de 32 vías
misteriosas que habilita el Señor a partir de su nombre, inescrutable. Estos 32
caminos (ni uno más ni uno menos) se forman y señalan con las 22 letras del
alfabeto y los diez primeros números (Sephirots) de las diez primeras letras.
Una combinación de palabras y cifras informa toda la creación de todo lo
posible. Hay tres entidades en los 10 Sephirots: espíritu, agua y fuego que se
orientan dentro de los seis puntos cardinales: Norte, Sur, Naciente, Poniente,
Arriba y Abajo. Pero para crear algo o alguien, se necesita el soplo divino. El
Señor de los Ejércitos piensa en un árbol e inmediatamente el orden de la
creación se pone en marcha porque pensamiento, palabra y obra son una misma
cosa en la mente de Dios. Lo prodigioso es el mecanismo. Supongamos que Dios
quiere crear una tortuga. Escoge en Su Mente la T (tau hebrea) que aún no está
determinada: podría servir para crear una tortuga, una taza, un toro, una
tienda. Pero en la sucesión T+O+R+T+U+G+A ya se incuban los rasgos propios del
quelonio: la forma semiesférica, las patas escamosas, los rombos del caparazón,
la sed de las aguadas y la morosidad de movimientos. Para completar esta creación
harán falta que los Sephirots: seleccionaran el instante exacto en el que la
tortuga iniciará su dinastía en la eternidad. Y también la determinación de
un punto dentro del infinito donde aparecerá el animal. Es decir, la combinación
de espacio y tiempo que han sido las eternas coordenadas metafísicas. Entonces
esa tortuga recién estrenada ya no será un arquetipo en la mente de Dios donde
permanecen los atributos En-Sof. Allí, íntegro, está el alfabeto, las letras
originales que se necesitan mencionar para formar los nombres que serán
entidades materiales cuando Dios los mencione en la soledad de su silencio. El
mundo de la Kábala empieza con las letras uniéndose en palabras para comunicar
lo que Dios piensa y en el acto se materializa en el tiempo y el espacio. Tal
vez no durará lo creado pero el nombre sigue existiendo atravesando tiempos y
distancias. Por eso el Pueblo Judío era llamado por los idólatras “Pueblo
del Libro” porque en vez de postrarse ante figuras humanas, animales y
becerros de oro se encerraba en la meditación de las palabras que contenían
los rollos sagrados, repitiéndolas incansablemente para volver a pronunciar lo
que algún día Dios mismo había dictado. Para no olvidar jamás que Dios habló
una vez para la eternidad. Muchas
gracias. (De
una conferencia dictada a pedido de socios de la Hebraica de Asunción, Paraguay
el 13/7/06). [1] No quiero privarlos de la versión textual de esta cita: “Desnudo salí del vientre de mi madre/desnudo llegaré a mi fin/ Yahveh dio, Yaveh ha quitado/ Bendito sea el nombre de Yaveh” [2] En la anécdota del niño que quería trasladar el mar con sus manos hasta un hoyo que había excavado en la playa.
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||