HISTORIAL Género Fantástico y Realismo Indeciso Actualizado: 13-05-2007 
   
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Entrega Nº 12 de “La Salvación después de Noé”

Job, o la Depravación de la Justicia

 

por Alejandro Maciel

In memorian: a Fernando Díaz Ulloque, un gran amigo a quien siempre extrañaré. A Josefina Sevlever, a Ramón Chavez. QEPD.

 La historia a contarles podría ser abreviada de este lacónico modo: la observancia de las leyes no garantiza a nadie una vida dichosa.

Si se me permitiese (qué otro recurso le queda al lector o lectora, pobre gente…) la usura de restarle todo el sentido teológico al Libro de Job, texto irrefutablemente religioso, les pediría que me acompañasen a hurgar su argumento para demostrar lo que digo: la ley no siempre ampara a quienes la observan, la justicia puede ser una trampa.

                                                 

                                                    I

 

Había una vez un hombre en la tierra idumea de la ciudad de Hus, puro de espíritu, incondicional a la obediencia de Dios siendo el más poderoso de los hombres del naciente. Este hombre se llamaba Job.

La abundancia de los bienes, que vienen y van le otorgó la felicidad que pueden garantizar las cosas efímeras. Tampoco le faltó el respeto que pagamos a la numerosa servidumbre cuando nos rodea. El júbilo acompañó a su casa, su esposa, su hacienda que al pacer clareaba los valles; sus hijos y su alma.

Por las noches, meditaba tratando de descifrar en el mundo que lo rodeaba la escritura de ese Dios misterioso al que amaba más que a sí mismo; sin esperanzas de sentirse recompensado, ni saber si era amado o detestado más allá de sus propios dominios. Por un lado la vastedad del cielo que parecía envolver la tierra con una galería interminable de luces y destellos. A la izquierda de la torre de Hus el árido desierto de piedras rojizas perdiéndose entre caminos invisibles que en las siestas reverberaban como la llama de una alcuza. A la diestra, la llanura verdosa del collado umbrío que se adivinaba en los olores de la noche, en los susurros de las palmeras en lo alto, en el crujido transparente de la hierba bajo el plenilunio.

Aquella noche Job, el hombre de Hus presintió la soledad por primera vez, como un mensaje escrito en símbolos que están grabados en el desierto y en las ondulantes dunas, en la llanura esmeralda, en el curso sinuoso de las aguas que bajan por la pendiente, en el pedregal estéril, en el día santificado por la luz y en la noche profunda de misterios. En todo leyó fragmentos de un mensaje cifrado y tuvo la inquietante sensación de ser leído al mismo tiempo. Después, se durmió para soñar un arenal de dunas, un desierto de piedras y una llanura verdecida por la luz. Algo, o alguien (el sueño como el de todos, era confuso y parco) lo condujo al desierto y en el desierto a una gruta socavada entre la roca donde se encontró después de instantes de angustia, con una mujer cuya serenidad invitaba al sosiego. Vestía una larga túnica blanca llena de pliegues que la suavidad de la luz marcaba tenuemente. “Venimos del verdor y vamos al desierto”, saludó al sueño de Job. Aunque la visión resultaba benéfica, Job presintió cosas aciagas porque lo que no decía la mujer lo decía el paisaje hosco de la caverna. En un rincón, goteaba agua. El eco incansable de las gotas se hizo insoportable igual que el viento de la desgracia que sopló toda la noche desde el desierto.

Job también soñó con el trono del Cielo y a la criatura perversa negociando con el Altísimo unas apuestas desconocidas.[1][1]

Pasó la noche llegó la alborada que despertó a la pesadilla a Job. El horizonte polvoriento trajo un jinete que se acercaba, sofocado. “Tu hacienda y tus pastores han sido aniquilados por los sabeos durante la noche, soy el único sobreviviente de la masacre y he venido a darte la noticia”. Job miró el suelo y recordó al instante dos abismos bajo las flores de loto en la ciénaga espesa: Behemot, la prueba furiosa del poder del Señor.

El hombre mortificado se hundió en sus recuerdos pensando que la justicia pide resignación cuando vino otro mensajero: “una lluvia de fuego cayó sobre tus peones y tu rebaño, sólo yo pude salvarme para avisarte todo lo demás fue arrasado por el fuego”. Volvió a Job la turbidez de aquel sueño[2][2] con sus juncos uniformes, la fístula de bronce y la nasa, inútiles ante la cólera de Leviatán, el monstruo que acecha en los humedales. Recordando el sueño, volvió a soñar: la respiración sofocante que incendia la noche, los ojos que paralizan a los inocentes, la coraza de piedra que defendía el corazón invulnerable de la bestia.

Job se compadeció de sí mismo; apartó sus ojos del resplandor del día que regocijaba el desierto cuando escuchó otro mensajero, otras penurias: “tus hijos e hijas celebraban cuando el viento del desierto entró por puertas y ventanas a derrumbar la casa donde comían. Murieron todos, únicamente he sido salvado para informarte”.

Job cayó de rodillas desgarrando sus vestiduras mientras desde la pesadilla ascendía Leviatán del el abismo, haciendo hervir la ciénaga como si fuese una inmensa marmita; trillando los sembrados con su quijada inmortal a flechas y venablos. La ley del Señor así lo hizo.

Job, desamparado, cantó una alabanza:

Tal como me entregó la matriz, desnudo, al mundo / he de volver a estar sin oros ni atavíos: desnudo / prestada mi carne miserable, el cuerpo desgraciado / al que quita Quien dio sus desventuras: el destino”.

 

                                             II 

 

La eterna disputa en medio del Cielo reinició. Todos los hijos de Jahveh, entre ellos Satanás se delegaron frente al Digno de toda alabanza como decía su víctima en la tierra: Job, el justo.

¿Ha visto la firmeza de mi hijo Job que permanece fiel a pesar del infortunio?

Piel por piel, insidió el Tentador, hasta ahora has respetado su cuerpo pero escarmienta su hueso, hiere su carne y verás, oh Creador cómo blasfema en tu propia cara.

Llovieron sobre el paciente Job úlceras y roñas que ensuciaron su piel desde la cerviz al calcañar. Pústulas y diviesos se abrían a la intemperie exudando un líquido viscoso y purulento. Inútilmente imprecó la esposa y rogaron sus allegados cubriéndose de cenizas como muestra de escándalos y oprobio ante el pecado. Job, tendido en el suelo áspero soñaba el bien con los ojos llagados por el mal.

¿Recibimos de Dios la felicidad y hemos de rechazar los dolores?, preguntó.

Volvió su mirada resignada a la oración porque pensar en Dios ya es una forma de alabanza. Invocó las tinieblas de Leviatán contra el día que lo vio nacer. Comprendió que estaba solo porque el dolor no se comparte; se arrepintió de todas las acciones que ofenden al Señor, las pretéritas y las futuras; de todas las intenciones que lo desobedecen y aún de los sueños impíos.[3][3] Se arrepintió de la materia ineficaz de la que estamos hechos. Se arrepintió del arrepentimiento. Y Dios lo tuvo por su mayor testigo en la tierra.

Pasó el tiempo, inexorable. Yahveh devolvió sus bienes a Job; hacienda, casas, hijos e hijas, todo llegó a superar en beneficios a lo expropiado por el mal. Curaron sus llagas y el precio del recuerdo hizo fortuna de todos sus infortunios. Larga fue su vejez y pacífico su atardecer en el mundo.

Murió Job entregando como todos, su alma al misterio y su cuerpo a la calamidad de la disolución. Una luz excelsa llenó el tránsito y sintió en sí la ingravidez de los espíritus donde cada hombre es igual a la multitud de los que lo conocieron durante una vida. Igual a todos los resplandores.

También ante la Gloria se sintió solo.

Vio la Tierra en la que los cuatro elementos primordiales están tejidos con tanta intimidad que únicamente lo percibimos cuando la muerte adormece nuestros sentidos; largos tramos de una hebra translúcida que manufacturaban las Parcas, administradoras del tiempo humano, devanando y tejiendo sin cansar la madeja de las vidas que otros llaman destino y no es más que la manufactura de las tres viejas ancestrales. Una cadena de luz atada a los cielos[4][4], los hacía girar a partir de una fuerza invisible. A su amparo se congregaban las diminutas esferas iridiscentes que, encajadas unas en otras, justificaban el infinito concéntrico del universo. El sigiloso paso de la Luna cruzó la ronda dejando el palor de las huellas como quien camina sobre arena mojada. Vio la Sirena lunar, mitad pez mitad ángel; escuchó su voz entonando las primeras melodías de la escala armónica que corean las ocho voces de los ocho círculos y es la música del cielo. Siguió un esplendor más brillante que el de la arena reverberante cayendo a plomo sobre el sol en el desierto. Hasta el sol se afantasmó perseguido por la luz. La Sirena solar encantó el círculo con el cuerpo parpadeante como las llamaradas del crepúsculo al agonizar la luz diurna y después vio aparecer a Venus y el sexto círculo que lo envolvía. Escuchó la tercera voz del coro de las sirenas. Densas vaharadas de vapor o niebla ocultaban la marcha del astro mientras del lado opuesto se abría paso la voz vigorosa y monocorde de la Sirena de Marte que apareció impregnada del color de fuego que emanaba su atmósfera. Tenía el cuerpo de pájaro, recordándonos que siempre aspiraremos a volar más alto que nuestro destino; acaso un halcón gigantesco con las alas cruzadas delante del pecho y el rostro adolescente, de una belleza sensual que recordaba vagamente el de las niñas perversas de la costa eritrea, las que jugaban con el sexo sin saber lo que hacían convidando a los forasteros a coyundas indignas, propias de las famosas rameras babilónicas. La criatura, espantosa de belleza fijó su mirada clara en Job y éste tuvo compasión del recuerdo de su cuerpo llagado por primera vez hasta que Marte la ocultó en uno de sus retrocesos antes de perderse en los confines del recinto rojo. Con el tercer círculo volvió la serenidad en la blancura pacífica, el inmenso Júpiter y su Sirena blanca, mitad pez, mitad mujer que nos recordaba que alguna vez todas las criaturas salimos del mar. Vio la esfera cristalina que se desplazaba con lentitud arrastrando a la criatura pálida y su canto. Del segundo círculo llegó la otra nota de la armonía celestial con Saturno, sus anillos y su Sirena encerrada en un cubo transparente del que solo emergía la voz. La visión, o su recuerdo (la muerte cesa la sucesión que nos hace pensar en un “mañana” “ayer” o “después”) se hizo vertiginosa frente al infinito que nunca ha sido visto, como Dios. En el primer círculo ondulaba la pared de estrellas fijas tan brillante que aún los colores nunca vistos competían con el rojo, el verde y el profundo azul del fondo. Vio todas y cada una de las constelaciones en su lento movimiento eterno. Vio, una a una las doce casas del cielo: arqueros, leones, cabras, dragones, ovejas y mellizos de un jardín perdido retratados en el mapa del cielo. La Sirena estelar daba la última nota al concierto del universo. En la eterna estancia, muralla de la fortaleza de cristal, las tres Hijas del cielo y la tierra tejen en silencio las vidas mezclando hilos del pasado con la luz del porvenir, vestidas de blanco las viejísimas hijas de Temis toman crepitantes hebras de tiempo y las devanan entre sus dedos huesudos creando la ilusión de los mundos inferiores: la fe de instantes que pasan definitivamente para ser reemplazados por instantes que vendrán en su lugar. El tiempo no pasa, pasan las cosas inexorablemente porque la materia es sucesión como esas hebras crujientes que ellas deshacen y vuelven a moldear según su antojo para entregar presente continuo, bien y mal que cada cual invierte a su manera. Cuando se confunden toman el eje de los cielos como huso y giran alguna de las esferas o detienen el curso de una trayectoria astral y de este modo, accidentalmente, fabrican el único presente que está fuera de la ilusión. Mediante este ardid han llegado a pensar que el tiempo es fuerza mecánica.

Pese a todo, pasaron las tres Damas. Job, nuevamente solo, infinitamente solo, vio una puerta labrada con la precisión de un geómetra en la morada sin límites donde las ocho voces del coro universal se convertían en una alabanza profunda como la risa de un niño. Por el dintel se escapaban los destellos de una luz tan diáfana que no admitiría sombra alguna; Job arrodilló su alma para rogar el primer y último perdón. Con temblor y esperanzas abrió la puerta. La luz lo encegueció y al recobrar la visión, lentamente, buscó lo que esperaba sin hallarlo en el resplandor. No había rastros de Dios ni se presentía Su presencia beatífica porque en su lugar acechaba lo ominoso: dos ojos que quemaban, el humo denso, el aliento inficionando el aire. Vio ante sí a Leviatán y Behemot de nuevo visitando su historia. Sintió deseos de llorar.

Empezó de nuevo su oración, antes de volver al desierto.



[1][1] Ver el apartado “La apuesta en el cielo”.

[2][2] ¡Volvió la oportunidad de tratar el tema de los sueños! En el apartado “El sueño de Dios”

[3][3] San Agustín se arrepintió de lo que soñaba.

[4][4] No se enojen conmigo, el Cielo de Job es el de Er el Panfilio según el “Timeo” platónico.

     
       
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