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| HISTORIAL | Género Fantástico y Realismo Indeciso | Actualizado: 13-05-2007 |
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La Fortaleza de la Soledad por Carlos Gardini
A
Paula, en el fin de la infancia Ese
verano tuvo sus ventajas y sus desventajas. En la casa que habíamos alquilado
papá podía hacer asado con más frecuencia, pero cenábamos afuera menos
seguido, y en ese pueblo casi no había donde cenar afuera. No había juegos
electrónicos, ni alquiler de bicicletas, ni tantas heladerías, ni chicas
regalando muestras de crema o bronceador, pero todo era más barato y más
tranquilo, y mamá decía que papá necesitaba descansar en serio y no podíamos
gastar mucho. La
playa era un desierto inmenso. No te pisaban ni te tiraban arena ni te clavaban
la sombrilla al lado, y se podía jugar a la pelota, aunque casi siempre había
que jugar solo. A papá y mamá no les gustaba ir a la playa todos los días,
pero en ese lugar me dejaban ir solo y yo podía explorar a mis anchas, con el
bolso a cuestas, lo poco que había para explorar. No
recuerdo el nombre del pueblo, quizá porque mi memoria lo ha borrado en su afán
de borrar la culpa. Recuerdo anchos atardeceres donde el mar era pura luz, y el
muelle de los pescadores, y el único cine del pueblo, que se llamaba Gran Fénix
y tenía un solo acomodador que también vendía las golosinas. Y recuerdo a mamá
leyendo una novela en la playa, y a papá prendiendo el fuego para el asado, y a
la familia que alquilaba la casa vecina. Y recuerdo un quiosco, y las pocas
calles asfaltadas, y las noches de luna, y recordando tantas cosas no recuerdo
lo único que quisiera recordar, una simple sonrisa. Recuerdo que era una
sonrisa, recuerdo el momento y el lugar, pero si intento verla en mi memoria,
evocar el dibujo de la sonrisa, sólo veo una sombra, y alrededor la playa y el
mar como un planeta desierto. Ese
verano hubo revistas, largas tardes de pescar sin pescar y un par de películas,
pero no hubo ruido, y cada vez que llego a un lugar tranquilo y ancho es como si
llegara de nuevo a ese verano, donde sé que hay una sonrisa dedicada a mí que
yo no podré ver nunca. En
otro lugar, en esos lugares ruidosos y atestados, no habría conocido al Rubio.
Habría tenido otros amigos, habría ido con ellos a la playa, al cine y a los
juegos, y tal vez después de las vacaciones nos habríamos carteado o llamado
por teléfono. No volví a ver al Rubio, y nunca le mandé una carta, quizá
temiendo que él supiera y quisiera acusarme. En todo caso fue un temor injusto.
El Rubio nunca me habría acusado aunque hubiera sabido lo que pasó.. Conocí
al Rubio en el muelle de los pescadores, la única construcción que se veía en
toda la playa, salvo por un espigón ruinoso y enmohecido donde las olas se
estrellaban con fuerza, como queriendo torcer aún más los fierros oxidados que
sobresalían del cemento. Le decían el Rubio, pero no sé si era rubio.
Recuerdo que tenía el pelo claro, largo y sucio, con algunos mechones atados
con piolines que él usaba como ayudamemoria. Esto es para acordarme de comprar
el pan a la vuelta, decía el Rubio, tocándose un mechón; y esto es para
acordarme de comprar la leche. Yo
iba al muelle de mañana, caminando por la playa, pero el día en que conocí al
Rubio fui de tarde, a una hora en que sólo había viejos que miraban el mar
como si miraran la muerte. Me gustaba apoyarme en las barandas a mirar el mar,
pero no para mirar la muerte. Yo era el Príncipe Valiente, y desde la costa de
Thule miraba el mar brumoso añorando la corte del rey Arturo. O era Darth
Vader, y envuelto en mi armadura negra miraba un planeta destruido desde el
puente de mi crucero estelar. O era Superman, y desde la Fortaleza de la
Soledad, mi refugio del Polo, miraba la nieve arremolinada mientras mi capa
ondeaba en el viento. —¿A
vos te gusta pescar? —me dijo el Rubio, que pescaba apoyado en la misma
baranda. —No
—le dije, un poco molesto porque en ese momento era Nippur de Lagash y con un
grupo de espartanos o macedonios me disponía a resistir contra invasores
egipcios que venían del mar. El Rubio tenía la ropa sucia y harapienta, igual
que mis macedonios o espartanos. —A
mí tampoco —dijo el Rubio—. Pescar es aburrido. Intrigado,
le señalé la caña con un gesto. —Yo
te explico —dijo el Rubio—. ¿Vos a qué venís? —¿Yo?
A mirar el agua. —Yo
también vengo a mirar el agua —dijo él—. Pero a éstos no les gusta que la
gente venga a mirar el agua —añadió en voz baja—. Se creen los dueños del
muelle. Miré
a los viejos que pescaban alrededor. Parecían bastante pacíficos, y ni
siquiera se fijaban en nosotros. —Por
eso yo pesco sin pescar —dijo el Rubio—. Tengo la caña, ¿ves? Pero abajo
de la boya no hay nada. Ni anzuelo ni carnada. —¿Y
nadie se da cuenta? —No.
Hay que saber disimular. Cuando te preguntan si hay pique, decís que no pasa
nada. Me lo tengo todo estudiado. Así te dejan mirar el agua tranquilo. ¿Tu
viejo no tiene caña? —Creo
que en la casa hay una, pero él no la usa. —Traé
la caña y te enseño a pescar sin pescar. No
dijo nada más, y los dos nos quedamos mirando el agua. Yo había temido que el
Rubio fuera cargoso, pero él sí sabía mirar el agua, y si querías ser el Príncipe
Valiente o Darth Vader o Superman te dejaba en paz. Esa
noche le pregunté a papá si podía usar la caña que había en el galpón. —Qué
raro que a vos se te dé por pescar —dijo papá. —Es
para pescar sin pescar —le expliqué—. Tengo un amigo que quiere enseñarme. —Ah
—dijo papá. Y mientras cenábamos le dijo a mamá—: A tu hijo le gustan los
deportes violentos. —Y le comentó lo de la caña, riéndose y acariciándome
el pelo. Yo también me reí, aunque no supe por qué. El
Rubio tuvo la paciencia de enseñarme a pescar sin pescar. Aprendí a disimular
que ponía la carnada, a echar la caña hacia atrás y arrojar la boya al agua,
a quedarme sentado y a decir no pasa nada si alguien preguntaba cómo anda el
pique, aunque en general nadie preguntaba nada. Mientras pescábamos sin pescar,
el Rubio quiso saber si tenía novia. —No
—le dije—. Tenía en la escuela. Tenía muchas en la escuela. —¿En
qué grado estás? —Paso
a séptimo. ¿Y vos? —Yo
ya terminé la escuela. —No,
digo si vos tenés novia. —¿Yo?
¿Yo para qué quiero novia? Ya estoy cansado de las mujeres. Nos
quedamos un rato mirando el agua sin decir nada. —¿En
serio estás cansado de las mujeres? —le pregunté al fin. —Imaginate
—dijo—. En mi casa son tres, con mi vieja y mis hermanas. —Pero
eso es distinto. —No
veo en qué es distinto —dijo el Rubio—. Mi viejo dice que todas las mujeres
son iguales. Entonces
le hablé de ella. Ella era una chica de mi edad que yo veía a veces en
la playa. Tenía pelo negro y ojos oscuros, pero nunca habíamos hablado. —Ella
no es igual que todas —le aseguré. —¿Y
vos qué sabés, si ni siquiera le hablaste? —Yo
sé. Y mamá tampoco es igual que todas. El
Rubio me miró con escepticismo y sacudió la cabeza. Esa tarde nos despedimos
medio enojados. Al
día siguiente, para no hablarle, llevé revistas al muelle. Fui más temprano,
para llegar antes que él y no verme obligado a hacerle el desprecio de
instalarme lejos. Pero cuando llegué él ya estaba: también había ido más
temprano. Caminé de un lado al otro como buscando un lugar libre. Al final me
senté cerca del Rubio, pero a mayor distancia que el día anterior. Me puse a
pescar sin pescar y abrí una revista. —¿Me
prestás una? —dijo el Rubio. Le
dije que eligiera una y hojeó la pila. —¿No
tenés cómicas? —preguntó. —En
casa. Ésas son todas de Superman. Si un día traés, podemos cambiar. —Yo
no tengo —dijo el Rubio—. Pero el quiosco que hay al lado del Gran Fénix
vende usadas, y a veces el quiosquero me presta. Es amigo mío. Un día te llevo
para que te preste a vos también. Se
puso a leer, y de vez en cuando los dos mirábamos el agua. Nos quedamos hasta más
tarde que el día anterior. Mamá y papá pasaron por el muelle dando una vuelta
y me dieron permiso para quedarme hasta la noche. Les presenté al Rubio. —¿Cómo
anda el pique? —le preguntó papá, guiñándome el ojo. —No
pasa nada —dijo el Rubio. Cuando
llegó la noche vimos caer una estrella fugaz. —¿Viste
eso? —dijo el Rubio. —Sí.
Hay que pedir tres deseos, pero yo no la vi a tiempo. —Yo
siempre pido que no caigan más —dijo el Rubio. —¿Por
qué? —Si
se caen todas las estrellas, nadie va a ver de noche. Y mirá si un día se cae
la luna. —No
son estrellas —le dije—. Mi papá me explicó que son meteoritos. —Como
los de Superman —dijo el Rubio. —Sí,
como los de Superman. —Cuando
él los rompe para que no caigan sobre la gente, ¿pedirá tres deseos? —Para
qué va a pedir tres deseos, si es Superman. Cayó
otra estrella fugaz. —Aquí
caen más que en la ciudad —le dije al Rubio. —No
es que caigan más. Es que se ve mejor el cielo. ¿Pediste los tres deseos? Había
pedido uno solo, tres veces, y al día siguiente se me cumplió. A
la mañana nos visitó la familia que alquilaba la casa de al lado. Mientras papá
y el vecino preparaban el asado y mamá y la vecina intercambiaban recetas de
cocina y los hijos de los vecinos corrían en el jardincito, yo me fui a la
playa. Por suerte los mocosos no quisieron venir conmigo. Cuando
llegué a la playa, ella también estaba sola, sentada en la lona. Los padres se
estaban bañando. Admiré su pelo negro y sus ojos negros. De pronto ella se
volvió hacia mí y sonrió. Desconcertado, yo miré hacia atrás temiendo que
le sonriera a otra persona, y ella debió tomarlo como un desprecio porque no me
miró más. Me senté en mi lona, un poco avergonzado, pensando en acercarme
para hablarle. Cuando al fin me decidí, los padres salieron del agua y me dio
timidez. Al
rato no pude más de la vergüenza. Recogí mi bolso y caminé por la playa
hasta un lugar alejado donde ella no pudiera verme. Me
tendí al sol pensando en ella y la sonrisa, enojado conmigo mismo. El deseo se
me había cumplido, pero yo lo había echado todo a perder. Al rato oí un
zumbido en el aire. Abrí los ojos y vi que era Superman. Lo reconocí enseguida
por la S en el pecho. —Hola
—dijo Superman. —Hola. —Leí
en El Planeta que un gran meteoro de kriptonita cayó en esta zona. Me
acordé de las estrellas fugaces. —La
kriptonita puede matarme —explicó Superman—. No quiero que caiga en malas
manos, así que debo encontrarla y deshacerme de ella. ¿No has visto nada? —No
—dije—. No he visto nada. —Es
una piedra verde, brillosa. —Ya
sé cómo es la kriptonita —dije—, pero no vi nada. Si querés te la busco. —Me
harías un gran favor —dijo Superman, y alzó los ojos al cielo. Miré hacia
donde él miraba pero no vi nada, aunque oí el rugido de un jet de pasajeros. Me
molestó que mirara hacia otro lado, pero me ofrecí a ayudarlo. —Yo
me fijo y te aviso —le dije—. ¿Cuándo volvés? —Mañana
es domingo —dijo Superman, pensativo—. Mañana a la tarde, aquí. Ahora, ese
avión tiene problemas. —Un
trabajo para Superman —bostecé. —Exacto
—dijo Superman, remontándose en el aire. Pronto fue una mancha azul y roja en
el cielo. Me
alegró haber visto a Superman, aunque me fastidió un poco que hubiera venido
desde Metrópolis sólo por interés, y no para visitarme. Me consolé pensando
que al menos salvaría el avión. Había tiempo de sobra para buscar la
kriptonita hasta el domingo a la tarde, así que me fui a comer el asado. Cuando
llegué, papá conversaba con el vecino frente a la parrilla. Comentaban que había
llegado un circo al pueblo y me preguntaron si quería ir el domingo a la tarde.
El vecino me dio un papel amarillo con el dibujo de un payaso y un elefante. GRAN
CIRCO AMERICANO PAYASOS
• FIERAS • LEONES GRANDES
ATRACCIONES!!! —¿Los
leones no son fieras? —le pregunté a papá. —Así
es —dijo papá—. Pero el circo no es grande, ni es americano. ¿Por qué no
vamos todos mañana? —Mañana
no puedo ir —dije, recordando la cita con Superman. —¿Cómo
que no podés? —Quiero
decir que no tengo ganas. Me aburre el circo. —Pero
a mí me divierte —dijo papá—. ¿Con qué pretexto voy yo si vos no vas? —Qué
lástima —dijo el vecino—. Podríamos haber aprovechado para salir todos
juntos con los chicos. Les
dije que fueran igual, que yo iría a la playa. —Y
a pescar sin pescar —dijo papá—. Por eso no podés venir. —Qué
lástima —repitió el vecino. —No
importa —dijo papá—. Nosotros vamos igual. A mí me gustan los circos
chicos. Me dan tristeza. La
mujer del vecino dijo que para tristeza ya había motivos de sobra, no hacía
falta pagar entrada en ningún lado. —Uno
está amargado, no triste —dijo papá—. Es muy diferente. La tristeza puede
ser linda. —Mirá
al grandote —dijo mamá—. Las cosas que dice para justificar que él quiere
ir al circo y el chico no. —Al
menos allí los animales están enjaulados, no gobernando —dijo el vecino. Entonces
se pusieron a discutir de política y no se habló más del circo ni de pescar
sin pescar. La gente mayor siempre se las ingeniaba para ser aburrida. Esa
tarde fui al muelle de los pescadores a pescar sin pescar con el Rubio, pero no
le conté de la sonrisa ni de Superman. De vez en cuando echaba una ojeada desde
el muelle para ver si encontraba la kriptonita, pero no hubo caso. Alguien pescó
un pejerrey grande y lo mostró con orgullo. Todos se pusieron a festejar,
porque la verdad era que allí no había mayor diferencia entre pescar sin
pescar y pescar pescando. En general no pasaba nada, así que el pejerrey era
todo un acontecimiento. El Rubio dijo que convenía acercarse y demostrar
curiosidad, de lo contrario nos tomarían por infiltrados, descubrirían nuestro
secreto y nunca más tendríamos paz en el muelle. Seguí su consejo, aunque noté
que otros pescadores seguían en lo suyo sin acercarse al del pejerrey. Me dio lástima
ver al pez boqueando y sangrando. —No
me gusta verlos morir —le dije al Rubio—. No me gusta que se mueran. —Nada
muere del todo, porque todo está vivo —dijo el Rubio—. Un bicho se muere,
alguien se muere, pero en el fondo todo está vivo, ¿entendés? Le
dije que entendía, pero no entendía nada. Nos quedamos hasta la noche. El
muelle iluminado por los faroles de los pescadores flotaba en la oscuridad como
un barco fantasma. Esa noche no vimos ninguna estrella fugaz, y pensé que quizá
yo no merecía que se cumplieran mis deseos. El
domingo a la mañana llovió y me quedé con papá leyendo el diario. Papá me
preguntó si de veras no quería ir al circo. No supe qué contestarle, pues no
sentía muchas ganas de salir a buscar la kriptonita bajo la lluvia. Papá le
comentó a mamá que un avión de pasajeros había tenido que hacer un
aterrizaje de emergencia en Mar del Plata pero que afortunadamente no había daños
ni víctimas. Miré la foto del avión estacionado en la pista, pero no decían
nada de Superman y me pareció una ingratitud. Al mediodía el cielo se despejó
y les confirmé que no iría al circo. —Así
que los chicos nos vamos al circo y el señor se va a pescar —dijo mamá. —A
pescar sin pescar —dijo papá—. Y nos traerá un no pescado para la cena. A
la tarde me puse a recorrer la playa buscando la kriptonita. No encontré nada,
y me quedé sentado en la playa esperando a Superman. Decidí no ir al muelle de
los pescadores, porque al menos tenía que avisarle que no había encontrado
nada y que seguiría buscando. Cuando empezó a oscurecer, pensé que Superman
no vendría. Me dio rabia. Creía que él siempre cumplía sus promesas. Volví
a la casa. En el camino me crucé con ella y la familia de ella. Sin duda se habían
quedado hasta más tarde en la playa para aprovechar el sol después de la mañana
de lluvia. Ella me miró, pero entre mi abatimiento y la oscuridad no pude verle
bien la cara. Cuando llegué a la casa, estaban los vecinos y los hijos de los
vecinos. Los chicos gritaban, reían y lloraban hablando del circo. —No
te perdiste gran cosa —dijo mamá para consolarme, porque sin duda me vio cara
larga y pensó que me había arrepentido de no haber ido con ellos. Pero los
chicos sólo hablaban del circo. —Había
payasos —dijo uno. —Y
un tigre africano —dijo el otro. —Un
leopardo —dijo papá—. En África no hay tigres. El
chico lo miró con escepticismo. —Cómo
no va a haber tigres en África —dijo. Papá
me preguntó si quería ir a dar una vuelta. Acepté. —¿Te
pasa algo? —dijo. —Qué
me va a pasar —respondí. Fuimos
a dar una vuelta por el pueblo, y en el camino los chicos sólo hablaban de los
leones, los tigres y los payasos. Papá y mamá y los vecinos hablaban de cine,
de una película que se llamaba La Strada o algo parecido. Me acordé del
manual Estrada y pensé que no quería volver a la escuela. Cuando
llegamos al pueblo, papá me dio plata para que fuéramos a comprar helados en
un quiosco. El quiosquero era calvo. Lo miré atentamente, pensando que tal vez
era Luthor que había venido a buscar la kriptonita para matar a Superman.
Cuando me miró a los ojos vi que no era Luthor. Tenía cara de bueno, o de
idiota. Fuimos
caminando hacia el muelle mientras tomábamos el helado. Esos mocosos me tenían
aturdido con las fieras y el circo. Cuando pasamos por el Gran Fénix dije que
tenía ganas de ir al baño, y entré en el cine. Al salir del baño, vi en el
hall a un hombre de anteojos mirando las fotos de una película. El hombre se me
acercó. Me resultó cara conocida. —Hola
—dijo—, me han mandado de El Planeta para hacer una nota sobre este
lugar. En Metrópolis no es muy conocido. —Y añadió, guiñándome el ojo—:
Y Superman me manda preguntar si has visto algo. —Usted
es Clark Kent —le dije. —El
mismo —dijo tímidamente Clark Kent. —¿Se
va a quedar mucho tiempo? —Ya
he visto todo lo que había que ver. Me voy esta noche. —¿Vio
el muelle de los pescadores? —Claro
que lo vi. ¿Alguna novedad para Superman? —Dígale
que no encontré nada, pero seguiré buscando. —De
acuerdo. Él pasará por la playa mañana a la tarde. —Lo
espero allá. ¿Cómo está Luisa, Clark? —¿Luisa? —Luisa
Lane. Clark
Kent se ruborizó, tartamudeó algo y entró en el baño. Yo eché a correr para
alcanzar a papá, mamá y los vecinos, que ya estaban cerca del muelle. —La
semana que viene dan El imperio contraataca —le dije a papá. En ese
momento vi que el Rubio venía del muelle con la caña al hombro. Cuando nos
cruzamos, se hizo el indiferente. —¿Ese
no es tu amigo? —preguntó mamá. —Sí,
el Rubio. Mamá
saludó al Rubio con un ademán. Él se sorprendió, contestó el saludo y siguió
de largo. Como los chicos me aburrían, aproveché la pregunta de mamá para
pegarme a los mayores y hablar de cine con ellos, pero ellos hablaban de películas
prohibidas que yo no podía ni quería ver. En
la mañana del lunes seguí buscando la kriptonita, pero no encontré nada. A la
tarde volví a la playa para esperar a Superman. No sabía si la rabia se me había
pasado o no, porque en realidad no sabía si él había cumplido o no con su
promesa de venir. La gente con personalidad secreta era complicada. Me
tendí al sol sin demasiadas esperanzas, pero esa tarde vino. —No
encontré nada —le dije en cuanto lo vi bajar. —Mala
suerte —dijo Superman—. Ya aparecerá. Tiene que estar en alguna parte. Para
agradecer mi colaboración me ofreció un paseo por cualquier lugar que yo
eligiera. —¿En
serio? —pregunté. —En
serio. ¿Qué lugar te gusta? —El
África. Quiero ver fieras. Superman
me tomó en brazos y en un santiamén estuvimos en el aire. Al principio cerré
los ojos porque tuve miedo. Había viajado en avión sin sentir miedo, pero esto
era diferente. —¿El
África se ve negra desde lejos? —pregunté. —No
—rió Superman—. Se ve verde, o amarilla, o marrón. —Como
en el planisferio físico que tenemos en la escuela —dije. Pero el mar no se
veía como en el planisferio, sino como una gran pradera ondulante que era
verde, gris y azul. Para distraerme, y por cortesía, le hice a Superman una
pregunta personal. —¿No
te da pena que tus padres hayan muerto en Kriptón? —Nada
muere del todo —dijo Superman—. De algún modo, todo está vivo. —Le
estuve por decir que el Rubio pensaba lo mismo, pero noté que ya no sonreía más
y supuse que no le gustaba hablar de eso. Además era posible que el Rubio lo
hubiera leído en alguna de mis revistas, aunque yo no había visto esa frase. Cuando
el viaje empezaba a gustarme, llegamos al África. En el África había una
familia de leones. Estaban aburridos, echados al sol, espantando las moscas con
la cola. Me cansé de ellos y quise ver un leopardo. Superman buscó con su visión
telescópica y me llevó a ver un leopardo que estaba agazapado en una rama. El
leopardo saltó sobre una gacela y la tumbó de un zarpazo. No me gustó el
leopardo, y lamenté no haber ido al circo la tarde anterior. Allí las fieras
debían de ser más simpáticas. Hasta el sol parecía un baldazo de sangre
sobre el horizonte. Le pregunté a Superman si conocía a Tarzán. —Tarzán
no existe —dijo Superman—. Es una fantasía. —Vámonos
del África —rezongué—. Ya vi todo lo que había que ver. De
nuevo sobrevolamos el Atlántico. El sol era blanco y luminoso, no rojo e
hinchado como en el África. Superman me dejó en la playa. —Es
urgente encontrar esa kriptonita —me dijo—. Vuelvo el miércoles a la mañana. —De
acuerdo —dije. Miré
cómo se iba volando mientras yo caminaba hacia la casa. Llegué al anochecer. —Estuvimos
en la playa y no te vimos. ¿Por dónde andabas? —dijo papá. —No
digas el muelle, porque también pasamos por allí —dijo mamá. El
martes me pasé horas buscando la kriptonita en vano. Después fui a buscar al
Rubio a la casa. Temí perderme por no tener la dirección justa, pero el Rubio
me había descrito bien la casa y no había muchas parecidas. Era una casa
grande y pobre, con un jardín amplio y descuidado, lleno de perros, gatos y
tortugas. No había timbre, y golpeé las palmas para llamar. Me atendió una
chica joven, una de las hermanas del Rubio. —Creí
que estabas enojado —dijo el Rubio cuando salió. —No,
por qué iba a estar enojado. El
Rubio se encogió de hombros. —Voy
a buscar la caña —dijo. Cuando volvió a salir, una voz de mujer grande lo
llamó desde adentro. El Rubio entró de nuevo y salió atándose un piolín en
el pelo. —La
vieja quiere que le compre un kilo de pan —me explicó—. Un kilo de pan, un
nudo. ¿Me acompañás? Esa
tarde pescamos sin pescar más callados que de costumbre. Yo iba a contarle al
Rubio que Superman pensaba igual que él, y a preguntarle si él había
encontrado la frase en alguna de mis revistas. Después pensé que quizá fuera
al revés. Quizá la otra noche Clark Kent había reporteado al Rubio en el
muelle y él le había dicho la frase. Preferí no comentar nada. —¿Sabés
una cosa? —me dijo el Rubio. —¿Qué? —Tenías
razón. Tu vieja es distinta. —¿Sí? —Sí.
Y pensándolo bien, la mía también. Así que a lo mejor esa chica que vos decís
también es distinta, y no es como todas. Esa
noche vimos caer una estrella fugaz y pedí tres deseos: encontrar la
kriptonita, encontrar de nuevo a la chica, y que la chica me sonriera de nuevo. El
miércoles fuimos temprano a la playa. Papá me propuso correr por la arena
mientras mamá tomaba sol, y nos pusimos a trotar. Nos alejamos un buen trecho,
y cuando nos acercamos al espigón viejo vi un destello verde entre los
escombros. Antes lo había tomado por una mancha de musgo en el cemento
descascarado, o había confundido el brillo con el chisporroteo del sol sobre la
espuma del oleaje. Volvimos trotando hasta la sombrilla, nos metimos en el agua,
ensuciamos de arena a mamá, que nos persiguió hasta el agua riendo y
protestando. Los tres nos bañamos juntos. A media mañana papá y mamá
quisieron irse. El sol picaba. —Yo
me quedo —dije—. Quiero volver al agua. —¿No
te cansaste de nadar? —dijo papá. —En
una hora está la comida —dijo mamá. Cuando
se fueron eché a andar hacia el espigón ruinoso. Me acerqué a los escombros y
encontré lo que esperaba, una piedra enorme y verde medio tapada por las olas y
medio incrustada en el cemento roto. Estaba descalzo, y una protuberancia filosa
me abrió un tajo en el pie cuando bajé al espigón. Mojé el pie en el agua
para que la sal ayudara a cicatrizar la lastimadura. El destello de la
kriptonita me daba un poco de miedo, pero recordé que sólo afectaba a Superman
y la gente como Superman. Era una suerte no haber nacido en Kriptón. Me quedé
esperando, sentado en la piedra verde, para que nadie más la viera. Estaba
orgulloso, pero también sentía fastidio porque el sol picaba y yo tenía el
pie lastimado y Superman tardaba en venir. En una hora estaría la comida, y yo
tenía hambre después de tanto correr y nadar, y el África no me había
gustado, y me había perdido el circo. Además, esa mañana había visto en el
diario que un ómnibus había chocado en la Ruta Dos y Superman no había hecho
nada para impedirlo. Superman
llegó casi al mediodía, y me ardían los hombros y me goteaba sudor del pelo.
Vi que sobrevolaba la playa, buscándome. Aterrizó elegantemente en la punta
del espigón y se me acercó despacio, la capa al viento. —Hola
—me dijo, sonriendo y guiñándome el ojo—. ¿Recordando el África? —Odio
el África —respondí. —¿Has
visto algo? —preguntó Superman con un tono de impaciencia que me molestó. —Estoy
sentado encima —dije con fastidio, y me levanté. A
Superman le cambió la cara y se le aflojaron las piernas. Se desplomó en el
borde del espigón y me pidió que alejara la kriptonita. Se lo notaba cada vez
más débil. —Yo
no puedo mover esa piedra —le dije—. Es muy pesada para mí, y está
incrustada. Además me duele el pie. Murmuró
algo pero el ruido del oleaje me impidió oírlo. Además me sentía un poco
cansado, así que enfilé hacia la casa y no miré atrás ni una sola vez.
Cuando llegué a la altura de la casa, vi a la chica en la lona, con los padres.
La miré de reojo y ella me sonrió, pero yo desvié la cara porque me daba vergüenza
que se me vieran las lágrimas. Durante
el almuerzo apenas probé bocado. —Qué
raro —dijo papá—. Con todo lo que nadaste. —Te
ha hecho mal el sol —dijo mamá—. Vení a dormir la siesta conmigo. ¿O pensás
volver a la playa? —No
—dije—. No quiero volver a la playa. —Pero no me animé a contarles por qué. A
la hora de costumbre, sin embargo, fui al muelle a pescar sin pescar con el
Rubio. Temía que alguien me hubiera visto en el espigón con Superman, y
esperaba que el cadáver se hundiera en el agua. En las películas había visto
que el agua siempre traía los cuerpos, pero tal vez fuera distinto con
Superman. Después de todo era de otro planeta. Quizá se esfumara o se
disolviera. —¿Vos
creés en serio que nada muere del todo? —le pregunté al Rubio. —Qué
sé yo —dijo el Rubio—. Es algo que me decía mi vieja cuando se me murió
un gatito. ¿Por qué preguntás? ¿Te pasa algo? —No,
por nada. —Algo
te pasa. —¿Por
qué? —Porque
llorás sin llorar —dijo el Rubio. Esa
tarde una tormenta inmensa cubrió el cielo hasta el horizonte. Nos tapamos con
una lona y nos quedamos a mirarla. Recuerdo
que los relámpagos parecían anguilas nadando en las nubes negras, y después
de la tormenta el arco iris parecía un gran puente que tal vez llegaba al África.
Recuerdo que encontraron un tiburón muerto en la playa, y cuando la gente se
cansó del tiburón nos quedamos a hacerle compañía porque estaba muerto.
Recuerdo que le regalé al Rubio todas mis revistas. Recuerdo que la chica se
fue pronto, y ni siquiera averigüé su nombre. Y recuerdo que vi muchas
estrellas fugaces, pero nunca más pedí un deseo.
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